Relato a la Calabresa
Como la inmensa mayoría de los argentinos, mi apellido tiene origen europeo, más bien italiano, puntualmente del Reggio Calabria, exactamente de Gioiosa Ionica. Gioiosa es una urbe pequeñísima que alguna vez supo ser un marquesado del Reino de las Dos Sicilias, pero con una prolijidad tan asombrosa que se refleja hasta en sus libros: he encontrado registros de antepasados que se remontan varios siglos en el tiempo. A mediados del siglo pasado, espantados por la hambruna de finales de guerra, la mia famiglia emigró buscando nuevos rumbos. Algunos embarcaron en Napoli con rumbo a Buenos Aires, previa escala en Río de Janeiro. Todos mis parientes gioiosani, cercanos y lejanos, residen entre la Capital de la República, su conurbano y la provincia de Mendoza. El resto embarcó del mismo puerto, pero con rumbo a Nueva York. En Calabria no quedó ni el loro, al menos ningún loro con mi apellido, claro está.
Unos años atrás, mi primo Mario tomó el camino inverso y se las picó hacia l’Italia. La crisis que nos dio la bienvenida al nuevo milenio fue demasiado para él y con los pocos ahorros que le quedaban –y corriendo con la ventaja de no contar con vástago alguno- armó las valijas y se fue a probar suerte a la tierra de donde venía il nono. Bueno, il nono no conocía Roma ni por fotos, pero no vamos a entrar en detalles. Mal no le fue, dado que agarró todos los laburos que acá le repugnaban y con el tiempo pudo armarse una economía aceptable en base al rol que él denomina “emprendedor autónomo de la construcción”. Suena mejor que maestro mayor de obra, convengamos. A Marito lo quiero bastante, es un tipo macanudo y lo recuerdo como un goleador nato a la hora de encarar mujeres y un gran jugador de póker, siete y medio, punto y banca y cuanto juego timbero –e ilegal- pudiera armarse. Hoy es un hombre que se casó con una argentina que conoció allí y es padre de dos niñas preciosísimas. Semanalmente nos intercambiamos correos electrónicos o nos vemos vía Skype y charlamos de bueyes perdidos: él me cuenta de los pormenores de su familia y yo lo tengo al tanto de cuán arruinadas están sus exféminas.
Últimamente, Mario anda preocupado porque la crisis en Italia le enfrió la economía lo suficiente como para tener que achicar algunos gastos. Este último sábado me hizo una pregunta inesperada. Mi primo Mario quería saber si es cierto que acá estamos tan bien como le pintan en la colectividad de argentinos arrepentidos culposos que residen en Italia y como sugieren otros italianos que nos miran como «el camino a seguir». No supe por dónde arrancar, pero básicamente le dije que prefería su poder adquisitivo de crisis europea que el mío de bonanza argentina. Me puteó por hablarle irónicamente. Cuando logré hacerle entender que hablaba en serio, inició una tibia serie de preguntas inquisidoras que derivó en una andanada de afirmaciones que podrían convertirlo en un cuadrazo de lujo para las fuerzas oficialistas.
Pero claro, Mario no volvió a Argentina ni a traernos un prosciutto di San Daniele, ni un quesito caciocavallo. Debe ser por eso que se quedó perplejo cuando, luego de espetarme que en argentina casi no hay desempleo, le pedí que se imagine qué sera eso de tener un desempleo en un dígito y una pobreza en dos. Pensé que con eso alcanzaría, pero me arremetió conque esos datos son los que proporcionan los opositores y que por leer diarios contreras me hago más malasangre de la que debería. Me costó hacerle entender que por más contreras que sean los diarios, utilizan las mismas mediciones que el gobierno abandonó por «poco realistas» y que en realidad eran los mecanismos con los que se midieron los índices hasta no hace mucho. Porque, más allá de lo fácil que resulta comparar el ingreso a modo nominal con los de la década del ´90, o los números de paz con los de la crisis de 2001 -todo comparado con la nada, es positivo- hasta se han tomado la molestia de garantizarse datos acordes a la nueva argentina: nueva política, nueva forma de conducir, nueva forma de medir. Lindo paisaje: se usa nuevo reglamento para ganarle la pulseada a los que ya jugaron con el viejo.
Sin embargo, Mario no se notaba muy convencido y no era para menos, dado que la noche anterior se había deleitado siguiendo la última cadena nacional. Se ve que en Roma no hay nada mejor que hacer un viernes a la madrugada, o el discursete de la Presi ya califica como programón: los viernes Cadena Nacional, los sábados Saturday Night Live, y así. En base a esto, me recordó que cuando partió a Europa, Aerolíneas Argentinas e YPF estaban en manos extranjeras. Le recordé que cuando se fue a Europa teníamos autoabastecimiento energético y Aerolíneas daba menos -muchísimas menos- pérdidas que ahora. Se ve que la afirmación que Cristina hizo el viernes encadenada nacionalmente de que en economía «cada vez que se toca algo hay que hacerlo sutilmente», lo entusiasmaron y me lo hizo saber. Sinceramente creo que para tocar las cosas sutilmente es más peligrosa que neurocirujano con mal de Parkinson, pero yo no veo las cosas desde afuera, como sí puede hacerlo mi primo Marito.
De aquel discurso recuerdo algunas burradas interesantes, inexactitudes históricas que muestra como epopeyas simples actos administrativos. Sin nombrarlo, recordó cuando Lavagna propuso que todo el transporte público funcionara a gas natural comprimido (GNC) y se sintió orgullosa al decir que Néstor se opuso, y lo bien que hizo, dado que hoy estaríamos sin gas en el país. Que no mencionara que dependemos de la canilla de Evo Morales para calentar la pava del mate, es un detalle. Que tampoco colocara la anécdota en el contexto histórico de un gasoil disparándose y una producción de gas natural que hasta daba para la exportación, es de tendenciosa. Que mucho menos mencionara que en 2005, su exvivo expresidente consorte fue el responsable de aniquilar en un par de meses esa megaproducción, lo entendería como un acto de prudencia para cuidar el relato, si no fuera porque es tan cínica que tergiversó las cosas para hacer quedar a un dilapidador analfabestia de la política energética como un Estadista con visión a futuro.
A Mario pareció no importarle mucho este tema y tiene algo de lógica, dado que no pudo vivir en carne propia la alegría de la patria kirchnerista, donde la gente se siente tan segura que hasta renuncia al derecho humano a la vivienda digna, para irse con los bártulos, la jermu y los hijos a pernoctar en las galerías de Paseo Colón y, de paso, tener bien cerca la oficina de la Presi, para sentir que los cobija por las noches. Marito, en cambio, supone que toda mi negatividad se debe a que Clarín me lava la cabeza. Ni me calenté en recordarle que cuando el vivía acá compraba el gran diario argentino de lunes a lunes y que más de una vez me comentó las columnas de Marcelo Bonelli contra el gobierno de Menem como si de la verdad revelada se tratara. Quizá fue por eso que me extrañó que se hiciera eco de lo manifestado por la encadenada nacional al exigir una ley de ética periodística, dado que considera que si «el primer poder, el segundo y el tercero, deben presentar declaraciones juradas, el cuarto poder, o sea, el periodismo, debería publicar de qué empresas reciben dinero.» Y sí, lo dijo el día que presentó su declaración jurada, dos meses y una semana después de la fecha de vencimiento par
a el resto de los mortales que habitan suelo argentino.
Es probable que la Presi haya quedado maravillada con la historia de Edmund Burke y la Revolución Francesa, pero que emita tamaña afirmación da más a pelotudez supina que a picardía de gran conductora de los destinos del país. Porque da la casualidad que en las relaciones entre privados, siempre y cuando no se infrinja ninguna ley, el Estado no puede meter ni la uña del dedo meñique en virtud de lo dispuesto por la Constitución Nacional de nuestro ispa. Y pareciera mentira, pero al chusmear ese librito uno se entera que atrás del preámbulo vienen un puñado de artículos interesantes, que hablan de boludeces tales como derechos, obligaciones y garantías, además de contarnos cómo se compondrá esa inmensa maquinaria de cagarnos la vida que la modernidad ha dado en llamar «gobierno». Suponiendo que me había olvidado de algo -y con Marito corriéndome por izquierda- corrí a buscar el librito. Revisé al derecho, al revés, lo di vuelta, leí de atrás hacia adelante y, más allá de un mensaje satánico en el artículo de cómo se compondrá la Cámara de Diputados, no encontré nada que dijera que la Prensa es uno de los poderes que compone la República. Sin embargo, hallé seis artículos -14, 28, 32, 33, 43 y 75, para quién le interese- que garantizaban la libertad de prensa y la imposibilidad del Estado de entrometerse de forma alguna para regular el libre ejercicio de este derecho.
Pero Marito insistió en que lo de Bonelli es de garca. Independientemente de la discusión de si es mejor creerle ciegamente a la Presi que a Bonelli -o viceversa- le conté a mi primo Mario que existe un programa llamado 678, que lo pagamos todos los boludos que vivimos en sociedad -desde el ejecutivo de Port Madero, hasta el linyera que compra un cartón de vino- y que se compone de un puñado de pelmazos con currículos que brindan una dudosa autoridad moral, y de los cuales la inmensa mayoría -productor general incluído- prestaron servicios a Clarín hasta que el gobierno les puso más plata. Mario insistió en que, más allá de todo, Cristina tenía razón respecto de Bonelli. Me sentí un poco cansado y le respondí que él tenía razón, que en realidad estábamos tan, pero tan bien, que el éxito o fracaso de la micro y macroeconomía local e internacional dependían de los dichos de un periodista.
No es cosa menor el tema de la libertad de expresión. No es que crea en la censura, no al menos en lo que nosotros concebimos como censura. Algún que otro detalle, defecto de fábrica del modelo nacional y popular, habrá, como eso de que no se pueda sintonizar el programa de Jorge Lanata en algunas provincias. Nimiedades que quedan minimizadas ante la máxima «acá no hay censura, Cristina te da libertad de expresión,» enunciado repetido más de una vez por la propia mandataria, lo que genera una pequeña duda: Si gracias al favor de Cristina -yo, tu, Néstor, nosotros, vosotros, Néstores- gozamos del derecho a la libertad de expresión ¿Qué onda cuando la Presi se levante con la pantufla izquierda?
En el árbol genealógico de los derechos inalienables del hombre -a.k.a. Derechos Humanos- la libertad de imprenta -o de prensa- desciende de la libertad de expresión. Y por una cuestión lógica, ésta última es hija directa de la libertad. Por ende, si partimos de la base de que el primer derecho humano comprende vida, libertad e igualdad, todo lo que se diga después es al pedo. Yo no le debo mi libertad a nadie. Sólo por nacer humano ya soy libre y todo lo que digan en contrario, puedo considerarlo una violación a mi derecho natural a hacer lo que se me canta el ocote mientras no invada el derecho a la libertad del otro. Esto es algo que la manga de trogloditas enrolados en el oficialismo, huérfanos patológicos y voluntariosos que no conciben el orden del universo sin la dirección de mamá Cristina, no entienden. Por las dudas, lo repito: mi libertad no se la debo a nadie. Va de vuelta: mi libertad es mía, mía, no me la regaló nadie y no debo dar gracias por ella.
Está claro que Bonelli no es Bob Woodward -de hecho, todo lo actuado en el Watergate, acá sería una picardía cotidiana- pero acá no podés levantar el copete que enseguida te escrachan por cadena nacional y te revolean la Afip por la cabeza. Y está más que claro que, a esta altura, preferimos que vuelvan a poner el delito de calumnias e injurias en el código penal, antes que nos manden la Afip. Pero que la Presi exija una ley para que cada periodista manifieste públicamente su ideología política, y que a esa ley la llame de «ética», es casi tanto una payasada, como un coletazo de nerviosismo. Porque la libertad de decir lo que pienso, incluye también el derecho a callar lo que no me interesa que trascienda, incluyendo a quién pienso votar en las próximas elecciones. A esta intención de pedir a todo el que quiera escribir que manifieste cuál es su afiliación política o quién le paga en privado, la Presi lo define como «profundización de la democracia.» Esto, a Marito le parece maravilloso.
Anoche, mi primo Mario me pidió que me conectara. Quería saber si había visto la charla que dio la Presi en presencia de Joseph Stiglitz. Con ánimos de cantarme la posta sobre lo que el ve de afuera y yo vivo a diario, Marito me dio a entender que si un premio Nobel nos elogia, es que los contreras estamos del tomate. Podría partir de la base de que el Nobel hoy tiene menos chapa que el Prode entre las loterías, y que hasta Obama recibió el de la Paz en medio de la negromanía. Podría, también, recordar que Stiglitz cambia de discurso casi a diario y que, así como acá dijo que Argentina es el ejemplo a seguir por Europa, allá dijo que en nuestro país algo falla, dado que «si hay alta inflación sostenida en el tiempo, anda mal la macroeconomía.»
Sin embargo, ahí andaba el buenazo de Stiglitz, con auriculares y una sonrisa amena que variaba entre el asombro y la carcajada. El tipo, sin dar muchas vueltas, aseguró que uno de los índices que demuestran la gravedad de la crisis europea es «el alto nivel de deuda en relación al PBI». Esto me resultó raro, pero no porque Stiglitz me desagrade, sino porque fue él mismo quien hace no más de dos años afirmó que evaluar la economía de un país en base a su PBI es «inadecuado y contraproducente”, dado que «no se toma en cuenta la calidad de vida» y que «un crecimiento del PBI puede disimular una degradación violenta del bienestar de la población.» Está bien que quisiera ser diplomático jugando de visitante -y con todos los gastos pagos por la nuestra- pero de ahí a cambiar tanto de opinión para no ofender a la reina del «crecimiento sostenido mais grande do mundo», da para sospechar de la buena voluntad del señor economista.
No todos los días se tiene la oportunidad de contar con la presencia de un Nobel en economía, pero acá trajeron a Stiglitz para que hable de la crisis europea y la compare con lo que acá pasó hace diez años, con lo lindo que sería que nos explique cómo hace un país para no enfriar su economía aumentando el gasto y, al mismo tiempo, controlar la inflación sin inversiones, cuando la única forma de aumentar el gasto sin inversión es emitiendo moneda. Nadie le preguntó. Como tampoco le preguntaron si el creía que estaba bien decir que nuestra deuda es el 10% del PBI cuando el gobierno decidió no sumar lo que le debemos al Club de París, ni la que le debemos al Banco Nación, al Central y a la Anses. Mucho menos le preguntaron si quería probar la técnica argentina para com
er cuatro comidas con seis pesos diarios.
Después de Stiglitz, tomó el micrófono la mina a la que nos vendieron como la mejor oradora de todos los tiempos y, convertida en Enciclopedia Británica parlante, abordó tantos temas que pasó de su peculiar versión de la historia económica europea a los refranes vernáculos. Mientras afirmaba que el genocidio nazi surgió como la excusa nacionalista para frenar la crisis económica alemana -genia total- Stiglitz sonreía. Otra no le quedaba: ya tenía dos granaderos impidiéndole la huida.
Cristina, valiente y temeraria, afirmó que en Europa no hay liderazgo político. Mientras intentaba chequear si Angela Merkel se puso a llorar con esta afirmación, la Presi afirmó que «no se puede frenar el consumo y que la gente no pueda comprarse la casa». Gracias a Dios nuestro modelo es distinto y lo único que hacemos es consumir para no perder lo que no podemos ahorrar, mientras esperamos que nuestros viejos pasen a mejor vida y de este modo heredar una vivienda propia. Luego, nuestra primera mandataria afirmó que «el dinero no se reproduce empollándolo como gallinas,» y si bien no aclaró como se hace, suponemos que desde la nursery de la maternidad de papel moneda Ciccone, saben como parir los suficientes billetes como para aumentar en un 40% la base monetaria de Argentina.
¿Cómo hacía para explicarle todo esto a mi querido primo Mario? Él está maravillado y tiene ganas de venirse. Sólo para no escucharlo quejarse, le dije que sí, que se venga pero que tenga en cuenta que las extracciones de su cuenta en euros será en pesos y a cotización oficial. También le expliqué que si puede comprarse una casa medio pelo y un auto, deberá pagar impuesto a la riqueza y que con un ingreso mensual equivalente 1.200 euros, tendrá que dejarle una parte al Estado en concepto de impuesto a las ganancias. Por último, le pasé un listado de precios del supermercado. Luego de darse cuenta que en Argentina, con 1.200 euros mensuales no llegaba a mantener el nivel de vida de su familia, me preguntó qué es eso de pagar impuesto a las ganancias en un salario que no llega a cubrir los gastos propios de una familia tipo de clase media. «Eso forma parte del encanto de la Argentina del siglo XXI, Marito, donde sos rico para pagar impuestos y pobre para sacar un hipotecario.»
Dijo que lo iba a pensar.

Martes. Fidàrisi è bbona cosa, non fidàrisi è mmegghiu.