Sensación de Bronca
Un Oficial de la Federal fue asesinado de un tiro en el cuello después de forcejear con un tipo que entro a chorear al taller donde estaba arreglando las luces de su auto. Tan poco le importó al chorro que tuvo tiempo de pensar y llevarse de botín la pistola del Oficial. La Justicia respira aliviada sabiendo que los agresores -que aún no fueron detenidos- serían mayores de edad. Paradojas de la vida, su último destino en la Fuerza era encargarse de que los funcionarios nacionales no padecieran la Sensación de Inseguridad. Estaba en una División de Custodia.
El Jefe de la Federal dijo que la Justicia tendría que mirar un poquito más el tema de las excarcelaciones. Otro que parece haber salido ayer de un repollo. Si espera que muchachos de veintipico -laburando a media máquina algunas de las 6 horas que pasan por día en un Juzgado, comandados por una persona que ve la vida a través de tipos penales, buscando hasta el mínimo detalle para encontrar algún error del tipo subjetivo que permita excarcelar y hasta justificar la matanza de un monje benedictino- vengan a darles una mano, están al horno. La Justicia no puede ponerse los pantalones largos, porque la vida se les va entre preparar el desayuno, fijarse que van a pedir para almorzar y armar el picadito para la noche.
De todos modos, ya no me extraña una afirmación de ese calibre, tan de pecho frío. Cuando agarró la conducción de la PFA, la mayor parte de la fuerza tenía esperanzas en un tipo que hizo su carrera en destinos de calle, después de tantos años en manos de pisalfombras. Sin embargo, se nos aburguesó. Y con tal de atornillarse al sillón (en el que lleva 7 años) permitió que todos los Comisarios Generales también hicieran lo mismo, haciendo mierda los ascensos de todas las jerarquías de oficiales jefe. Echarle la culpa a la Justicia es muy fácil, pero reconocer que la Policía a exhonerado a oficiales y suboficiales que fueron imputados de «exceso en el cumplimiento del deber» por dejar paralítico a un chorro que andaba a los corchazos por el centro, o por matar de tres tiros y no uno solito a un tipo que entró a corchazo limpio en una heladería a las 5 de la tarde, es más jodido. En las Fuerzas Policiales, sólo reconocen que alguien laburó de Policía -en definitiva, para lo que les pagan- cuando caen en cumplimiento del deber.
La sensación de que la inseguridad nos está cogiendo es mucho más amplia que el asesinato de 44  policías federales en lo que va del año. Pero la Policía es la vidriera de las Políticas del Estado frente a la inseguridad. No lo es la Justicia, ente supremo, inalcanzable para la concepción de los comunes del tercer mundo, que los ve como reyes piadosos, lo es la Policía, el tipo que está en la calle. Es la presencia del Estado en lo cotidiano, el Estado que te cuida y previene de quien quiere quitarte tus derechos. Atentar contra la Policía, es el ejemplo de lo que importa la Policía. Sea con la subversión en otras décadas, sea la mera delincuencia de hoy en día.
Y respecto de la delincuencia en sí, el tema me chupa un huevo. En mi años judiciales, me tocó un caso de un tipo que estaba caminando con su hija de 5 años de la mano, y su esposa al lado. Al entrar a una remisería a pedir un choche, de adentro le pegan un tiro en la cabeza y salen corriendo. Lo reconocieron porque era el policía del barrio. Lo mataron así, de la mano de su hija y su jermu. Cuando finalmente me siento cara a cara con el hijo de puta que hizo tremendo asesinato al futuro psicológico de una familia entera, me responde «uno menos».
Hoy me nefrega la situación social, la debacle de la marginalidad, las generaciones de pibes que crecieron viendo a sus viejos sin laburo y toda la parafernalia de justificaciones que a los familiares de víctimas de delitos, les chupa un huevo. A mi, particularmente, también me da por el quinto forro la diferenciación y el cagasus in extremis que tienen respecto de la cuestión de si son menores o mayores los delincuentes. Entre los libros que detenta mi biblioteca se encuentra un rejunte de sentencias a prisión perpetua a menores de edad. Todos entre finales de los `80 y mediados de los `90, confirmados por todas las instancias de alzada sin chistar. Hoy en día, tenemos que aguantarnos que un pendejo de 14 años te mate el pibe delante tuyo en el hall de entrada de tu edificio de Caballito, para pedirle disculpas en nombre de la sociedad por haber provocado eso.
¡Qué carajo me importa lo que le hizo la sociedad! Si quisiera hacer obras de bien, les aseguro que tengo dónde hacerlas. De hecho, las hago y no para sacarme una puta foto, sino porque lo necesito como hombre que quiere el bien de los demás. Lamentablemente, soñar la paz mundial es una ridiculez en una humanidad en la que nos matamos con nuestra cuñada en el asado del domingo. Así que uno busca prioridades. Y entre las prioridades, está la vida de quienes no hicieron nada para que se genere la delincuencia y, en definitiva, son los que más la padecen.
Mientras en el Poder gastan guita en boludeces y los derechos se los pasan por el orto con los aparatos que montan para controlar a cada uno que piense distinto y lo haga saber por internet, el resto de los mortales, nos sentimos más mortales que nunca.
«Si la Policía no está para reprimir ¿Para qué queremos una Policía?»
Teniente General Juan Domingo Perón.

 
 
 
Turco, Siempre estarás en nuestros corazones.