Servicio Penitenciario Fernández
A esta altura habría que encarar una reforma por ley para que se elimine el latiguillo “hablar es gratis” dado que la Presi nos demuestra día a día lo caro que nos cuestan sus sesiones de terapia grupal televisada. Puedo tolerar que se crea su rol de quilombera superstar al hacer referencia a su pasado en el que “nos movilizamos para lograr el retorno definitivo del General Perón a la Argentina”, aunque lo más cerca que estuvo de eso, fue cuando jugaba con su Barbie Militante en el patio de su casa toloseña. Puedo aguantarme que recuerde cuando Néstor dijo en la Plaza de Mayo “volvimos” en referencia a la generación de la década del ´70, cuando lo más cerca que estuvo de la militancia real fue en alguna peña platense, donde el asado era gratis y había buenos culos. Puedo bancarme que su referencia a Perón finalice con su retorno al país –al igual que en la biografía de Pigna- y de ahí salte al retorno del cadáver de Evita, y que crea que es mucho más importante para el devenir político del país que la vuelta al poder de don Juan Domingo, dado que lo más destacable de su pasada gestión y la actual, fue el paso a la inmortalidad de su exvivo marido. Puedo soportar estoicamente que le de una charla a Hugo Chávez sobre cómo hizo Napoleón Bonaparte para descubrir la piedra roseta en Egipto de la mano del liberalismo y la vinculación que hizo de ese hecho con la gesta de la independencia argentina, para luego afirmar que le cae bien la primavera árabe que terminó volteando a Khadaffi, todo mientras comenta sobre la mirada distinta que tenía Néstor Kirchner. Ahora, que alguien diga que hablar es gratis, ya no. No es gratis por cuestiones de insumos -¿Alguien sacó la cuenta de la que se va en cada cadena nacional y en cada exposición oral pedorra?- ni por la guita que gastamos en analgésicos, ni por lo que nos cuestan sus fantásticas ideas. 
“Tecnópolis es una ventana al futuro del país”, afirman los funcionarios, repitiendo las palabras de Cris. Una ventana que debe tener los vidrios polarizados del lado de adentro, porque si lo que hay para mostrar incluye dos hélices generadoras de energía eólica que se desploman, no me quiero imaginar lo que debe ser el resto de las ideas que tienen para el futuro. Se ve que con viento no vale. Como nuestra sólida economía, que si hay «viento de frente», demuestra su precariedad latinoamericana complicando el abastecimiento hasta de respuestos de máquinas de afeitar. 
Este fin de semana nos enteramos que Sergio Schoklender tenía razón en cuanto a la utilización de presos con fines políticos. Algunos se horrorizaron, otros nos preguntamos en qué otras cosas más tendrá razón don Sergio. Más allá de este detalle, todos quedamos esperando las explicaciones de Cristina al respecto. Y las explicaciones llegaron en forma de cagada a pedos. Enojadísima se la agarró con Clarín –diario en mano- por el titular de tapa en el que escrachaban a Eduardo Vasquez –un tipo tan fogoso que fue condenado por prender fuego a la jermu y que además ya había cometido el crimen de tocar la batería en Callejeros- porque a pocos días de ser sentenciado, estaba participando de una jodita de la agrupación kirchnerista “Vatayón Militante.” 
Como defensa esgrimió un montón de argumentos que pasaron por putear al mismo diario por poner como noticia que Moreno acrecentó su patrimonio un 91% -no se haga ilusiones, no dio explicaciones de eso- y que la Anses estaba dilapidando la guita de los futuros jubilados –no, tampoco dijo nada al respecto- para luego pegarle al Servicio Penitenciario Bonaerense porque se les fugó un homicida hace unos días. Luego se quejó de que a las organizaciones no gubernamentales de derecha no le hacen cuestionamientos cuando llevan candidatos a diputados, pero a las organizaciones populares les pegan por sacar presos a pelotudear. Independientemente de que somos varios los que creemos que ser Diputado es tener un carnet para delinquir, la Presi tiene razón y predica con el ejemplo, no discriminando a nadie por ser de derecha o izquierda, siempre y cuando no le reclamen ni por el derecho a la vida. Como último argumento de lo grossa de la vida que es, contó que, hasta que llegó Roberto Pettinato a comandar el Servicio Penitenciario, los presos usaban traje a rayas y grilletes. Sí, fue hace 65 años, pero no vamos a restarle mérito a la última política penitenciaria seria y planificada que tuvo el país. 
Se quejó porque nadie en el Sciolismo dio explicaciones por el terrible hecho de que un tipo condenado a veintinueve años se fugara de la cárcel y que le duele en el alma que se utilice el dolor de las víctimas para estas operaciones. Que lo diga Pérez Esquivel, es una cosa. Que lo afirme la principal –y única referente viva- de una corriente politicofrénica (copyright RDP, registro pendiente) que sacó de la cárcel a un turro que fue condenado a 18 años por prender fuego a la jermu para llevarlo a pelotudear y divertirse, es otra. Más allá de que con Vásquez prendieron fuego la bandera de la violencia de género –vaya paradoja- la idea quedó ahí. No explicó, sólo puteó y pateó la pelota afuera al quejarse de los que patean la pelota afuera, porque acá no importa quién es responsable, sino encontrar a alguien que haga algo parecido, menor o superior, y que se la agarren con él. Lo interesante es que finalmente entendimos qué quiere la monada cuando canta «Cristina corazón, acá tenés los pibes para la liberación»: sólo se trata de una cuestión penitenciaria. 
A continuación, salió Nilda Garré –que compite por el premio al ministro más al pedo de la gestión, contra Barañao, Lorenzino, Meyer, Giorgi y Alak- a fustigar la política de seguridad de la provincia de Buenos Aires. Para ello utilizó las palabras de su asesor estrella León Arslanián. Como no podía ser de otro manera, Garré dijo que la provincia tiene problemas de seguridad por culpa de la policía y la falta de control político sobre la misma, dado que cuando funcionaba de la otra forma, la situación era bien distinta. No sabemos si se refiere a los negociados millonarios que llevó adelante la gestión de Arslanián a través de las compras sin llamado a licitación, a los aparatos de comunicación modernísimos comprados en el primer mundo y que nunca llegaron, a la teoría progresista de cagarse en el personal dándoles chalecos antibalas vencidos y patrulleros con blindaje trucho o a la brillante idea de comprar un zepelín para el conurbano (si alguien lo vio, que chifle). Lo que sí sabemos es que para el discurso del gobierno, la culpa de la delincuencia ya no es la falta de inserción social, la carencia de oportunidades, la crianza en la marginalidad, la falta de acceso a la educación o el desempleo. Y es que este verso progre choca con el otro verso progre con el que nos taladran a diario: este es el mejor gobierno de la historia que luego de nueve años y medio de gestión no ha conseguido revertir ni uno solo de los factores que antes utilizaban para justificar la delincuencia. Ahora que les juegan en contra todos los chamuyos que esgrimían para que las víctimas se sintieran culpables por los pobres delincuentes, la culpa es sencillamente de la policía.
Cuando Cristina afirma que su gobierno ha hecho mucho para mejorar la calidad del Servicio Penitenciario Federal, muestra como logro que los presos que quieren laburar lo hacen en talleres dentro del penal y cobran el salario mínimo por ello. También dice que su sistema penitenciario es “modelo en el mundo” gracias a la inexistente superpoblación carcelaria y al bajo nivel de reincidencia “que ronda el
22%”, un dato que, gracias a la baja cantidad de denuncias efectuadas en virtud del cansancio de las víctimas –ya nadie denuncia un robo, a no ser que le rajen un tiro- resulta tan creíble como todos los que da el gobierno. Por último, le pega a Schoklender por ser «la excepción a la regla» de que la educación te salva de la reincidencia. Pobre Sergio: si hay alguien que realmente se resociabilizó en la cárcel, es el mayor de los Schoklender y no sólo por haber sobrevivido a más de ocho años de Hebe de Bonafini sin haberla carneado, sino por el hecho de ser uno de los pocos que entendió que, para encajar en la sociedad del siglo XXI, debía adaptarse a la Argentina del todo vale, del discurso berreta y pobrerista para conseguir la simpatía de los que serán cagados, del manejo de fondos públicos con fines personales, y del armado de negocios fantasmas para forrarse en guita. Definitivamente, Sergio Schoklender es un milagro de la resociabilización. 
Una de las tantas boludeces que hice en mi vida para matar el tiempo y ver si conseguía alguna chica –esta vez sí dio resultado- consistió en la investigación carcelaria. Debe haber todavía algún libro dando vueltas por ahí –ni se calienten, ni yo lo compré- de un trabajito efectuado con algunos colegas más que estaban tanto o más al pedo que yo. Por las razones expuestas, puedo afirmar que la situación carcelaria actual es una muestra más del país que supimos tener y lo que quedó del mismo.  
Más allá de mi admiración por Roberto Pettinato padre y su simpatía por reeducar zurdos, hay que ser justos con la historia y con los hombres que la hicieron. Suponer que las cárceles argentinas eran una bosta hasta que llegó San Perón con el Arcángel Pettinato, es de ignorantes, además de una injusticia hacia personas admiradas por él mismo Petti original, como el abogado Juan José O’Connor y el doctor Giuseppe Ingegnieri. Argentina siempre se había caracterizado por tener un sistema carcelario modelo y único en el mundo, incluso para los mamertos que gustan de horrorizarse con el pasado midiéndolo con las varas del presente. 
La primera cárcel modelo argentina –y pionera mundial- fue inaugurada por Nicolás Avellaneda en 1872 y había sido planificada durante la gestión de Domingo Sarmiento, quien también había impulsado el Reglamento para Cárceles, que establecía un régimen de trabajo para los presos que procuraba el aprendizaje de oficios bajo un régimen disciplinario innegociable. Dicho empleo era remunerado, pero principalmente, obligatorio. El aporte de Pettinato fue tan soberbio que hizo mucho más que cerrar el penal de Ushuaia y crear la mundialmente pionera Escuela Penitenciaria de la Nacion. También fue el encargado de implementar la Ley 11.833 a través de la cual dio forma a la primera reglamentación verdaderamente progresista en materia carcelaria del siglo XX, creando entre otras cosas, establecimientos acordes para mujeres embarazadas y menores de 21 años, e imponiendo la obligatoriedad de la alfabetización, algo que hoy es considerado «opcional» ante la doctrina progre conservadora de «no poder obligar a un ser humano a que haga algo que no quiere», aunque ello conlleve una autolimitación perpetua en la marginalidad. 
Sin embargo, y ya desde antes, se aplicaba la mejor forma de resociabilización posible. La ciudad de Ushuaia fue construída por los presos del penal. En la ciudad de Rawson se replicó la idea, siendo que los presos construyeron el penal, una escuela, las oficinas de guardia, los talleres y las enfermerías. Desde entonces, los únicos que han intentado –al menos en las formas- aggiornar el servicio penitenciario con el paso de las décadas, fueron Perón en 1947, Frondizi en 1958 –Ley Penitenciaria Nacional- Onganía en 1967, Perón nuevamente en 1973, y Menem en 1996. En el caso de Frondizi se da la curiosidad de que, al sancionarse esa ley, Argentina adhería a las “Reglas Mínimas para el tratamiento de Reclusos” de la ONU, impulsadas por el mismísimo Pettinato en 1955, siendo que la totalidad de esas reglas ya eran aplicadas en el país desde los gobiernos de Avellaneda y Roca, o sea, 80 años antes, aunque el ladriprogresismo argentino no lo pueda creer. 
No sé si da para sentir demasiado orgullito de la situación actual, ni siquiera del Servicio Penitenciario Federal. Si las cárceles federales parecen hoteles cinco estrellas al lado de los penales provinciales –de hecho, algunas lo son- no es gracias a este gobierno: los dos Complejos Federales modelo de la actualidad (Marcos Paz y Ezeiza) fueron construídos durante el gobierno de Menem, al igual que la Unidad 31 –mujeres- y el Complejo Federal para Jóvenes Adultos. Nobleza obliga, durante el kirchnerismo se inauguró el Complejo Federal III, en la provincia de Salta, sobre planificaciones existentes de otra gestión y una carcelucha de 140 plazas en Jujuy. El resto del Servicio Penitenciario Federal también tiene cárceles modelo, pero que lo fueron en su momento. Sin ir más lejos, la Prisión Regional Sur –Unidad 9- fue inaugurada en 1888 por Juárez Celman y aún hoy, 124 años después, sigue funcionando. Lo mismo que el penal de Formosa -1897, Presidencia Uriburu-, la cárcel de Río Gallegos -1904, Presidencia Roca-, y la de Rawson -1935, Presidencia (de facto) Justo. 
Respecto de las fugas, tampoco da para tanto orgullo, sobre todo cuando un narco con captura internacional -Jair Danny Aguilar Fernández- salió del país en un avión, con pasaporte en mano y sin truchar la identidad, en un acto que haría aplaudir a Aníbal Fernández tanto como cuando escuchó a la Presi enojarse por los presos que se evaden de la justicia, o cuando Tractorcito Cabrera se les dio a la fuga en 2008, momento en el que nos enteramos que tenía acceso a celular y su celda estaba más abierta que bragueta de adolescente. 
Trabajé con presos muchos años. Los conozco bien, sé la jerga que utilizan, estoy familiarizado con sus códigos internos y les juno todas las mañas. Soy de los partidarios de la resociabilización a tal extremo que formo parte de ese reducido grupo de abolicionistas de la pena: no creo que la resociabilización se mida en años de reclusión. De hecho siempre me pareció ridículo que si los informes penitenciarios comunican que un recluso no está en condiciones de volver a la vida en sociedad, tenga que salir en libertad por el sólo hecho de que se le cumplió la pena. Sin embargo, hay cosas que no se toleran, como la impunidad. 
Impunidad no es sólo no ir en cana. Es entendible que Verbitsky, al haber logrado finalmente la confirmación de su ya eterno trato privilegiado a pesar de ser el principal sospechoso de uno de los crimenes más aberrantes y horrorosos de la década del ´70, se sienta más contento que Oyarbide compartiendo vestuario con Maravilla Martínez, pero no es el único tipo de impunidad. El trato privilegiado frente a la ley, es un insulto al cual ya nos acostumbramos. Un pobre boludo no puede opinar sobre su trabajo en un diario que le tiran la Afip por la cabeza, pero a la Presidenta se le puede aguantar que presente su declaración jurada cuando los contadores terminen de dibujarla, que no pasa nada. Que un asesino sádico ultraconocido pueda salir de paseo un par de semanas después de ser sentenciado, también es impunidad. Que a nadie
le dé vergüenza y nos preguntemos cuántos desconocidos estarán en la misma, es impunidad. Distinta, pero impunidad al fin. Y son cosas que, más allá de los chistes, no pueden quedar en el olvido y hasta tenemos motivos mucho superiores que la indignación pura para quejarnos: Si Argentina abolió la pena de muerte por causas políticas hace ya mucho tiempo ¿Por qué mierda vamos a permitir que un tipo salga o no por causas políticas?
Relato te educa, Relato te entretiene, y yo te digo contento “hasta el relato que viene”.
Nota: La repercusión por el post anterior fue tal que a Laura Schneider Covasevic y a Betsy Galbreath les pareció piola meterlo en una nota sobre el billetín de Eva para el sitio Global Voices. Desde ya, muchas gracias a ellas por darme bola. Y a ustedes por hacerlo correr tanto que les llegó a ellas, obviamente.