Un crimen anunciado

En 2006 se creó un organismo internacional llamado EuroLat con la finalidad de que muchas personas que no conocemos puedan tomar café una vez al año en distintas partes del mundo. Su composición es variopinta, mire. Por un lado está el Parlamento Europeo y –aunque usted no lo crea– en igualdad de condiciones se encuentran los ladris del Parlasur, el Parlamento Andino, el Congreso de México y el de Chile.

La reunión de este año fue organizada por la Argentina porque tocaba. Como máxima autoridad –figurativa– del Poder Legislativo, Cristina Fernández fue convocada al evento.

Pocas cosas odio más que hablar en público. Me paralizan la timidez, el temor a equivocarme o a decir algo que no corresponde. Por suerte, cuando uno va a eventos en los que fue invitado de garrón, para cumplir por protocolo, no tiene la obligación de decir nada. Llega, saluda a todos con una sonrisa, se come unos sanguchitos y se va.

Pero Cristina es Cristina y metió un discurso de media hora. Sí, media hora con cantitos partidarios, dardos al Presidente y un inevitable: la necesidad imperiosa de demostrar que sabe cosas, que está a la altura del acontecimiento, que alguien quiere escucharla.

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Recuerdo a un señor que frecuentaba un bar en Parque Chacabuco. Pongamos que se llamaba Gómez. Don Gómez tenía la particularidad de alardear sobre cualquier cosa. Cualquier tema. Uno le tiraba un adoquín y el hombre lo bajaba de pecho. El tema es que después pateaba el adoquín hacia el arco. O sea: Gómez hablaba de todo sin saber de nada. Pero como los tertulianos del lugar solo iban por un café con leche con tres de manteca, les tenía sin cuidado.

Cierta vez, entraron al barsucho de avenida Asamblea un trío de señores mientras Gómez hacía de las suyas. Tema composición del día: la recaudación policial. Los hombres se sentaron, ordenaron sus cosas mientras el mozo ponía cara de diversión y Gómez continuaba su perorata sobre cómo debían los policías aceitar sus circuitos. Y como corresponde a un buen pelotudo, se ponía él como ejemplo de cosas que nunca habían pasado. “Yo le dije al comisario que tenían que fajar a los bares nuevos para que no perjudiquen a los viejos, a los del barrio”, fue un buen momento. Pero decir que él recibía pedidos de consejos de la brigada para laburar mejor fue una de esas cosas que pueden cambiarte el día. Más cuando atrás decís que el motivo de ese pedido es que conocés a todos los quinieleros del barrio.

Para redondear: los tres hombres se levantaron, uno aún masticaba su mantecosa medialuna, y se presentaron ante Gómez para luego llevárselo a declarar a la Comisaría. Gómez no solo no conocía a la brigada, mucho menos sabía del Comisario y ni la más puta idea tenía sobre dónde quedaba ninguna quiniela clandestina. Y eso que hasta yo sabía que Gómez tenía una.

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El problema de hacerse el erudito delante de tus amigos es que estos te quieren y te dejan ser. Pero cuando te toca otra gente, la podés cagar feo. No sé a quién se le ocurrió convertir un evento internacional de lastramedialunas premium en un acto partidario de Cristina, pero no pudo existir peor combinación: Cristina ovacionada por la muchachada es un botón de play a la saraza. Y todo frente a los ojos de personas que escuchan cantar “acá tenés los pibes para la liberación” y no entienden cuál es el límite de edad para considerarse pibe en la Argentina, si el Cuervo Larroque y Máximo ya están en edad de colonoscopía preventiva.

Me tienen sin cuidado los dardos al Presidente porque ni a él le importan. Pero el cantito “de la mano de Cristina vamos a volver” me causó gracia. ¿A dónde van a volver, neuronas selladas al vacío, si son el oficialismo?

Lo que no puedo dejar pasar es la mezcolanza que hizo la Vice delante de parlamentarios del mundo sobre lo que todo el mundo vivió. Es como una suerte de chiste de argentinos que los invitados presenciaron en directo, de esos que se cuentan los extranjeros en los que el argentino en cuestión le explica a un Italiano por qué la Torre de Pisa está torcida o qué representa el Obelisco. Cristina habló de la pandemia y del rol del capitalismo. Ante el mundo. Ante gente que vivió la pandemia. Y, peor aún –porque nadie aún lo dijo– sin ser ella parte del EuroLat.

“Si cuando vos nos necesitaste te pagamos los salarios, te perdonamos créditos, te perdonamos impuestos, ahora que te necesitamos a vos…” dijo la Vice en referencia a los empresarios que insisten con esa manía de pretender que un emprendimiento genere ganancias. “Te pagamos los salarios”, dijo. Te. Los pagó ella. Con la suya. El Estado soy yo en su mayor expresión.

“Tengamos en cuenta que cuando se adoptó esta forma de gobernar no existía la luz eléctrica, no existía el auto, ni los celulares ni nada de eso”, afirmó muy suelta de cuerpo. Acodada como Gómez en la barra del bar de Asamblea, agregó que “se fue generando poder por afuera de las instituciones”. Obviamente, “nuestras constituciones son reglamentos de cómo tiene que funcionar el Ejecutivo, el Legislativo y eventualmente el Judicial” mientras que “el otro poder, el que está afuera, mercados, monopolios, oligopolios, poder financiero internacional, nada de eso figura en nuestras constituciones”.

Cristina Gómez se pidió otro cortado y se acomodó para lo mejor: “En el mundo y en nuestro país, durante la pandemia, el sector privado recibió todo tipo de ayudas de carácter financiero, fiscal, etcétera… Sin embargo, ante esta otra tragedia que estamos viviendo de la guerra, nos contesta ‘no importa, son mis ganancias, es mi rentabilidad y que los demás revienten’”.

Qué pedazo de oradora. “Ni el auto, ni los celulares ni nada de eso”, “esta tragedia que estamos viviendo de la guerra”.

Pero no es la primera vez que Cristina aborda la necesidad de una nueva constitución Hace unos dos años, en una entrevista concedida ante el prófugo internacional Rafael Correa, Cristina aseguró que “la Constitución es como un quirófano” y que “nadie se operaría en uno del siglo XIX”.

Medio que da un poco de nervio no saber por dónde comenzar, dado que la propia Cristina fue constituyente en la última reforma constitucional argentina, efectuada seis años antes de que comience el siglo XXI. Pero vayamos con la misma analogía: los quirófanos son quirófanos, tanto en el siglo XIX como en el siglo XXI. El funcionamiento del quirófano, el espíritu del quirófano, es el mismo. Entrás, te anestesian, te abren, te cierran, te despiertan, te vas. Lo que cambió –porque evolucionó– es la técnica de los cirujanos y la calidad del instrumental que utilizan. Y ningún cirujano del siglo XXI podría ser mejor que el del siglo XIX si no utilizara la experiencia de todos los que estuvieron antes que él.

Ningún cirujano cuestiona el funcionamiento del quirófano.

Supongamos que el quirófano es la Constitución Nacional y el cirujano es el político; nos falta el instrumental, que no son otra cosa que las instituciones. Cada vez que alguien me dice “en qué época te gustaría vivir”, siempre me tratan de amargo por decir “en la que vivo”, a lo que agrego: “¿Pensaste en tener apendicitis en el siglo XIX, o un dolor de muelas?”. El bisturí aún se llama bisturí o escalpelo. El torno aún es un torno y la anestesia es anestesia. Hoy son infinitamente mejores que entonces porque se buscó mejorarlas, no hacerlas mierda porque “no servían tanto”.

La ciencia dura y la política deberían medirse con la misma vara. Newton se bajaba el precio al decir que él no había llegado demasiado lejos, sino que estaba parado sobre los hombros de gigantes. Así reconocía el trabajo de quienes estuvieron antes que él. Si cada nueva generación discutiese si la gravedad es una aceleración de 9,8 metros por segundo, todavía habitaríamos cavernas mientras nos preguntamos cómo corno podemos hacer para que un rayo nos dé un poco de fuego.

En política es igual. Esta democracia republicana con división de poderes nos costó siglos de sufrimiento, océanos de sangre derramada en guerras civiles, entre países y mundiales para llegar a la conclusión de que el hombre tiene derechos inalienables a tener vida, libertad y propiedad privada. Si cada generación va a querer cuestionar los principios del iluminismo, estamos en el horno. Si cada expresidente va a querer modificar la Constitución para salvar su propio culito, el horno es un crematorio.

Pero el problema no es la potencialidad, sino que ocurre ahora mismo. Es cada vez más común ver a líderes políticos occidentales con la capacidad de gobierno muy por debajo de la capacidad para echar sal en viejas heridas internas. El hombre sabio no busca adeptos, los consigue igual por su capacidad, empatía o mérito. El bruto, en vez de querer competir con las mismas reglas de juego y preocuparse por ser mejor que el sabio, rompe el reglamento, fractura a la sociedad y culpa a otros sectores de su propia incapacidad. Construye un enemigo.

La deficiencia en conocimientos básicos de cultura general es total, el fanatismo hace el resto. Imaginemos que hay grandes universitarios que aplauden estas burradas. Y eso es lo que percibimos de quienes alcanzaron a terminar los estudios: bestias que creen que la economía o la salud valen más que los derechos humanos y que no pueden ir de la mano.

Ahora imaginemos a quienes no fueron escolarizados, imaginemos las herramientas que tendrán para moverse por la vida. Y si la empatía no nos moviliza, probemos con el egoísmo: imaginemos cómo puede afectarnos a futuro tener que convivir con una persona que no cuenta con herramientas para sobrevivir.

¿Cómo vas a plantear la necesidad de una reforma constitucional en este país? Yo también estoy de acuerdo en que hay que reventar la de 1994, pero convengamos que tampoco le dimos ni media chance. Y la peor preocupación es elemental: una nueva constitución debería ser redactada por estos eruditos que no pueden pronunciar sus propios apellidos sin errores.

Me cagaría de risa si no fuera por un pequeño detalle: Cristina ya instaló que el fracaso del gobierno es del otro, como la Patria. Y si en este país un inútil como el contador Felleti aún cree que la inflación se controla y un montón de pelotudos lo aceptan, imaginen lo que pueden llegar a decir para plantear la necesidad de una reforma constitucional que convierta este cotolengo en algo aún peor.

Odio hablar de alguien que no merece la mínima atención. Lo hice durante mucho tiempo y ya ni ganas dan.

Pero esto es distinto. Acá habla de los cimientos del país. Una vez se le puede escapar. Dos es un acto preparatorio para el crìmen.

Nicolás Lucca

 

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