Un desfile de políticos en paños menores

Corría el día 7 de abril del año 1837 cuando en Dinamarca se publicaba el cuento número 168 de Hans Christian Andersen: “El traje nuevo del emperador”. Quizá por el título no les resulte conocido, pero es ese en el que dos sastres bien chantas –Guido y Luigi Farabutto; no sé por qué tenían que ser compaisani italianos– le hacen creer a un rey que podrían fabricarle un traje invisible. O mejor dicho: que solo las personas que tuvieran ciertas capacidades intelectuales podrían verlo.

Obviamente nadie quería quedar como un estúpido así que la maquinaria funcionaba perfectamente: el rey mandaba a sus lacayos a chusmear cómo venía la obra, los lacayos volvían y le contaban que era un espectáculo de linda. Y mientras tanto los sastres pedían más dinero para las compras que no hacían y la levantaban en pala. Finalmente, como todos saben, el rey desfiló delante del pueblo como Dios lo trajo al mundo mientras sus súbditos murmuraban “el rey está desnudo”. En realidad no estaba totalmente desnudo sino en paños menores, pero para el caso, teniéndo en cuenta la época, era demasiado.

Andersen se había “inspirado”, por así decirlo, en “El Conde Lucanor” escrito por Don Juan Manuel, príncipe de Villena, aproximadamente en el año 1330 con un factor meramente moralizante. A su vez, el príncipe de Villena lo había “tomado prestado” de las miles de fábulas similares que pululaban por la India y Turquía desde siglos antes. La ruta de la seda hizo el resto.

Y es que el argumento en sí es imbatible, si hasta el mismísimo Miguel de Cervantes tiene su propia adaptación en “El retablo de las maravillas”, publicado en “Ocho comedias y ocho entremés nunca representados”. Pero desde la publicación de Andersen existe un dejo moralista en la utilización de una alegoría interpretada de una forma un tanto –bastante– errónea.

En todos los cuentos de Andersen se busca dar un ejemplo moral. Y en casi todas las narraciones que dieron origen a “El traje nuevo del emperador” el mensaje era el mismo y, como dije recién, fue lamentablemente mal interpretado por la cultura popular. Hoy, o desde hace mucho tiempo, o quizá desde 1837, se utiliza “el rey está desnudo” para decir que un funcionario o un tipo muy importante quedó expuesto como lo que en verdad es, sin ropajes, sin adornos: su esencia.

Por un lado es cierto, pero si lo pensamos dos minutos más, nos encontramos con un mensaje mucho, muchísimo más fuerte: el comportamiento de masas estupidizante. Nadie quiere quedar como un idiota ante el resto de los cortesanos, ni mucho menos delante del jefe. Ninguno se pregunta siquiera si será cierto o no que no hay ningún tipo de tela. Y si alguien llegara a notarlo, tampoco lo diría por no contrariar al jefe. O a sus compañeros de corte. Y aquí hay un detalle para nada menor que sale del cuento: el rey sabe que está desnudo, que camina en bolas por las calles. Y no le importa otra cosa que terminar la gira porque su orgullo de aceptar el error es más fuerte que la vergüenza que pasa delante de todos sus súbditos. Después de todo, él seguirá siendo el rey.

Esto viene a cuento –¡Ja!– porque desde hace casi un año que siento que la pandemia vino a dejarnos en bolas. En 1997 el diario La Nación publicó una nota en la que daba cuenta del colapso del sistema penitenciario bonaerense. En aquel entonces denunciaban que por cada vacante había dos presos. Hoy no hay estadísticas demasiado fiables con tanta puerta giratoria sumada a la mezcla de presos sentenciados y con preventivas, pero las estimación más elegante da a entender que por cada vacante hay cinco personas. Las cárceles más emblemáticas de la provincia de Buenos Aires son históricas pero porque deberían ser declaradas patrimonio de la humanidad: Sierra Chica fue inaugurada el 4 de marzo de 1882 durante la gobernación de Dardo Rocha y la presidencia de Julio Roca. A ver si se dimensiona: no había sido fundada la ciudad de La Plata.

Luego quedamos en bolas con las clases. Está bien que nadie se imagina ser ministro de Educación en medio de una pandemia, pero convengamos que tampoco podíamos esperar muchas ideas de una cartera a cargo de la coordinación nacional de políticas educativas manejada por un abogado.

Y en los temas de educación, salud, economía y seguridad sí que se cumplió la máxima de Andersen o de Cervantes, o de Villena o de quien haya escrito la fábula original. Ni una idea que no fuera opción A o B. Educación o vida, salud o vida, economía o vida.

«Si tenés una idea mejor, decila, maestro», contestan siempre. Pero al pedo, porque no escuchaban ni escuchan siquiera a los que tienen otras ideas, aunque sea para probar. Para todo lo demás, el rey de lo contrafáctico: Alberto. «Si no tomábamos esta medida habría sido peor» debe ser la frase más repetida después de «dejame verlo con Cristina». No importa la medida adoptada que haya terminado en una catástrofe, siempre habrá un “si no hubiéramos hecho esto, habría sido peor”.

Y la verdad es que no tengo ideas mejores o peores, dado que no es mi función tener ideas mejores o peores. Es función de los que gobiernan, a quienes nadie les puso una pistola en la cabeza para que se presentaran a elecciones.

No hice cuarentena en toda la cuarentena porque a los burócratas les pareció que el periodista es un trabajador esencial. Se los habría súper agradecido pero en el Congreso no encontré ni al portero durante meses, en los Juzgados solo estaban los roedores meta masticar expedientes archivados y a la Quinta de Olivos es difícil de entrar si no sos funcionario o psicólogo canino. No tengo ideas, solo preguntas: ¿En qué momento dejamos de ser un servicio esencial y pasamos a ser prescindibles salvo que tengamos un amigote ascensorista en el ministerio de Salud?

Arruinaron la vida de mi abuela, una mujer que cumplió sus 90 años en un monoambiente en soledad y que pronto cumplirá 91. Hoy no quiere salir. Arruinaron relaciones familiares, arruinaron vidas –figurativa y literalmente–, murieron cientos de personas en situaciones de violencia institucional, amenazaron en vez de informar, asustaron en vez de explicar, amedrentaron en lugar de intentar ser comprensivos por una vez en sus vidas.

Pero entre todas las cosas que la pandemia vistió de trajes invisibles se encuentra la calidad de nuestros prohombres y mujeres de la política, personas que no entienden que la administración pública es un servicio a la ciudadanía y no un derecho adquirido, que un gobierno es un ente administrador de bienes y servicios ajenos limitado en el tiempo y consideran que en realidad es una propiedad privada. Y dependiendo del signo político, hasta puede ser que crean que es la única propiedad privada.

Cuando uno tiene un problema en su casa piensa en cómo solucionarlo. Cuando el problema es en el Estado es todo más fácil. ¿Circula el virus? Que deje de circular. ¿Se quedan sin plata? Impriman billetes. ¿Están angustiados? Vayan al psicólogo. ¿No le gusta lo que digo? Usted tiene que leer la Constitución. ¿Que la constitución me contradice? Centrémonos en lo serio.

El colmo de la berretada es el temita de las vacunas y no por lo absurdo del asunto, sino porque nos enteramos. Uno busca una reacción del Presidente el primer día y lo escucha decir “con la vacuna no se jode”, a lo que habría que preguntarle ¿y con qué sí se jode, Mr. President? Luego le pide la renuncia al ministro pero nombra en su lugar a la que no vio nada mientras sale a defender al ministro que echó. Es difícil de entender hasta si quitamos parámetros éticos. O sea: podía pedirle la renuncia a todos y ponerlos a disposición de la Justicia, o podía hacerse el dolobu como lo hizo miles de veces. Sin embargo, le pide la renuncia y lo defiende. No jodió que ocurriera, jodió que trascendiera.

Por si fuera poco, el profesor de Derecho Penal que tenemos en el cargo de Presidente dice ante la prensa que “no existe el delito de saltearse la cola”. Se ve que en su cátedra de Teoría del Delito no enseñan nada a partir del artículo 248 en adelante ni mucho menos el 256 bis del Código Penal, ese que habla de tráfico de influencias y demás boludeces para conseguir favores.

Sin embargo no me preocupa en lo más mínimo lo ocurrido con Ginés. Me preocupa el resto. O sea, si hicieron lo que hicieron en el ministerio de Salud, donde tenían todos los reflectores puestos desde marzo del año pasado, qué nos queda para el ministerio de, no sé, Medio Ambiente.

Y acá estamos, en el fino arte de correr a la coneja. Antes porque no confiábamos en los certificados de las vacunas. Luego aparecieron los certificados –no las vacunas– y nos comimos la militancia del “la tenés adentro, gorila”. Y si bien hubo un número interesante de seguidores del gobierno que se despegaron de los que tienen la lengua paspada de tanto succionar medias, también es cierto que con la partida de Ginés les alcanza y hasta sienten pena que el hombre haya terminado su carrera así. Y sí, jode. Jode que sean tan ovejas, que prefieran ser hinchas de un político antes que partidarios, que quieran que el equipo gane “cueste lo que cueste” antes que hacer las cosas bien, como si las relaciones de los individuos dentro del contrato social fueran un partido de fútbol.

Y por sobre todo, a título personal, jode esa mansedumbre en la que se acepta como normal cualquier corruptela porque “hay una explicación”. “Está perfecto que haya vacunados políticos porque el país tiene que funcionar”. Luego que es cierto que no había trato preferencial para amigos, parientes y funcionarios algunos de 27 años y que no atienden ni la gripe de la hermana. Y se acepta la justificación. La tela es invisible y el rey acusa de payasos a los que dicen que no hay ningún traje.

Y nadie quiere quedar como un idiota frente al rey que está en pelotas y que no le importa porque le gana más su orgullo.

  Suscribirme