Una Cuestión de Códigos

A esta altura del partido, creo que el temita de Sergio Schoklender merece un análisis que tramite por dos vías distintas: una relacionada a su enriquecimiento desmesurado aparentemente sin justificación alguna, y otra que tenga que ver con su rol de chivo expiatorio. Judicialmente, poco y nada sabemos, dado que el secreto de sumario ni pinta que vaya a levantarse en los próximos días. Los únicos datos que tenemos a esta altura, son todos los que tira el mayor de Schoklender ante cada micrófono que le pongan, sin fijarse si está prendido o no. Es obvio que nadie puede forrarse en dólares en tan poco tiempo laburando para una fundación sin fines de lucro, pero cualquier afirmación que hagamos del cómo hizo, queda sólo en suspicacia hasta más adelante. Al mismo tiempo, tenemos las defensas magistrales que efectúa Hebe de Bonafini, que en vez de defenderse o llamarse a silencio, dispara mierda para los cuatro puntos cardinales cada vez que puede. 

Por otro lado, está la cuestión extrajudicial y que es, convengamos, la más divertida. El ministro de Planificación, que a esta altura debe considerar que los accidentes ferroviarios son una buena forma de disminuír el flujo de pasajeros para que la gente viaje más cómoda, no tuvo mejor mecanismo de defensa sobre la declaración de Schoklender en la Cámara de Diputados, que afirmar que los legisladores se están entrometiendo en las funciones del Poder Judicial, como si además de horrorizarse por ver un caso de corrupción por primera vez en sus vidas, no tuvieran facultades de crear una comisión investigativa cuando un sujeto dice contar con elementos que prueban el desvío de fondos públicos para fines distintos a los que deberían ser destinados. Es lo mismo que pichicho Bossio defendiendo en una exposición la rentabilidad de los fondos jubilatorios desde que los administra el Estado, cuando hace tres semanas dijo que no había plata para pagar los juicios de los viejos que están más cerca del arpa que de la ventanilla del banco. Mientras critica otros sistemas financieros que jugaron con las jubilaciones igual que él, debería ser un poquito más prudente y no decir nada. 
Para pasar en limpio, un tipo es denunciado por quedarse con plata que le giró el Ejecutivo Nacional, cuando tendría que haber sido controlado por los mismos que le dieron la tarasca. Al mismo tiempo, todos los que se vieron «perjudicados» por el accionar del denunciado, en el último mes presentaron declaraciones juradas más irregulares que la habilitación de un telo en el parque República de los Niños. La víctima de la guita que se quedó -o no- Schoklender, no es Julio de Vido, ni Hebe, sino las mismas personas que son víctimas de la que se llevan en negro el resto: nosotros, tristes pelotudos que pagamos obligadamente muchos de nuestros impuestos, mientras intentamos zafar de otros. 
Es por eso que, al ver como se comportan entre ellos, es normal que uno se ponga nervioso. Si entre compañeros de la Sociedad Amigos de la Ajena se tratan así, qué nos queda al resto. Si no tienen códigos entre ellos, a nosotros que ni nos conocen, nos parten al medio. En un país en el que el Diego puede seguir tirando mierda respecto de los manejos que hizo -o no- Batista con los jugadores que llevaba a la selección -como si Garcé se hubiera merecido viajar al mundial- y en el que Ricardo Fort acusa a un conductor de primera línea de tener el culo roto, es lógico que pensemos que todo puede pasar. Y es así, no más. Ya no quedan códigos, una ley básica no escrita, elemental para la convivencia en sociedad.
Los códigos hoy son denostados como una normativa mafiosa y nada más lejos de la realidad. Tener códigos es distinto a ser cómplice, es no acusar al otro de lo que uno mismo hizo o podría hacer, y es por eso que para tener códigos, hay que tener personalidad y saberse resistente a las tentaciones. Los códigos son la forma de testear el respeto por los valores de un grupo de pertenencia. En los narcos será el código de no mejicanearse la recaudación, en las modelos no cagarse a codazos en la pasarela, en  no usar adrede el mismo vestido en una fiesta, es no mandar al frente al que tomó de más en una cena laboral. Tener códigos es no cagarle la mina a un amigo, no serrucharle el piso a un compañero de trabajo, no hacer hincha de Boca al hijo de un pariente de River. Tener códigos es, en definitiva, un preconcepto básico para la convivencia bajo la cultura occidental judeocristiana que nos rige: no hacer al otro lo que no quisiéramos que nos hagan a nosotros. Y esto, queridos lectores, aplica para puertas para adentro en todos los niveles de la sociedad, incluso los marginales. 
Esto va más allá del bien o del mal, dado que en todos los ámbitos, no existe persona más despreciable que aquella que carece de código alguno. No se trata del que no denuncia al que se está macheteando, sino del que no se hace cargo de romper un vidrio de un pelotazo, aunque vea que a su amigo lo están fajando. Cuando los que junan la jerga tumbera hablan de «ausencia de códigos» se refieren a que, remotamente en el tiempo, el ladrón mantenía ciertos límites: no robaba laburantes, no choreaba violentamente a mujeres -ni que hablar de embarazadas- y no robaba alianzas ni símbolos religiosos, porque se consideraba un cristiano que se alejó de la senda del Señor, pero cristiano al fin. Hoy, el único vestigio de código que conservan los marginales, es la costumbre de usar de mucama multiservicio al violador de turno, aunque a esta altura, lo hacen más por gusto solapado que por folklore.
En toda asociación delictiva, se dedique esta al rubro de las estafas o al oficio de salir de caño, tienen un reglamento interno oral, preconcebido, que establece cierta clase de códigos y lo hacen saber cada vez que alguno aparece en un zanjón, con tomas de aire en la cabeza, como una señal al resto de sus compañeros sobre lo que puede pasar si mandan al frente a un colega. No es que no le perdonen que sea buchón a secas, sino que resulta de la impotencia de saber que podrían haber hecho lo mismo con él y no lo hicieron.
Con esto no intento una apología del encubrimiento, ni ganas de estar cerca tengo. Va más allá de la relación del subgrupo con el resto de la sociedad, en los cuales aplica la justicia y el poder del Estado, los códigos son para con los pares de un grupo, lo que pasa afuera, se mide con otra vara y es necesario que así sea. Hablo de un algo más básico, sencillo y tan común que la mera infracción, nos saca de las casillas. Estos casos se pueden dar, también, cuando usted ve que un compañero llega tarde a la oficina todos los días de la semana y después le dice al gerente que, precisamente usted, llegó cinco minutos después de hora, a pesar de viajar en el Sarmiento un martes 13 a la madrugada. ¿Hay ilícito? No, en ningún lado está escrito que fulanito tiene prohibido ser tan, pero tan alcahuete y garca. Sin embargo, un instinto de supervivencia le hará sentir a usted, eventual víctima de la pelotudez y el resentimiento ajeno, unas ganas irrefrenables de vengarse. Y es un sentimiento natural -no lo haga, por favor- dado que usted no haría lo mismo. Usted no le dice a su señora que debería considerar pedir plata en concepto de sponsor a la panadería, primero porque tiene noción del peligro, y segundo porque no le gustaría que le respondiera que para colocar publicidad ya tiene su pelada. Eso, es un código.
A mi, lo que sucede con Schoklender, me interesa desde el punto de vista legal, dado que estaría chocho si, en caso de comprobarse que realmente se la l
levó toda, pague por ello. Sin embargo, al ver el circo que se ha montado al rededor del tema, temo empezar a sentir empatía desde la bronca y no quiero, me niego a ello. Y es que para la justicia callejera, esa que nos rige en el día a día en los hechos que la ley escrita no legisla, no hay peor traidor que aquel que no tiene códigos. Y en este caso, son todos.

Viernes. El último argentino con códigos es el Coco Basile, qué lo tiró…
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