Vivienda Igualitaria
Como muchas otras familias argentinas, me tocó crecer en una vivienda construida por el Fondo Nacional para la Vivienda. Como muchas otras familias argentinas, mi padre estuvo años en la lista de espera para adjudicar el techo. Como muchas otras familias argentinas, se pasó gran parte de su vida pagando religiosamente la cuota mensual. 
Recuerdo que era un cuatro ambientes precioso. Tal vez lo rememore más grande de lo que realmente era. Tenía todas las comodidades que imaginables y estaba cerca de todo, pero no por estar, precisamente, cerca de todo. Había un colegio público con vacantes para cada chico del barrio, había farmacias, almacenes, sala de primeros auxilios, una cancha de futbol, paseos, jardines y hasta un anfiteatro. Para ser perfecto, lo único que le faltaba era tener teléfono, pero eran tiempos de ENTel. 
Como si fuera una extrañeza del paso del tiempo, me siento raro cuando me vienen a la mente aquellas intimaciones de pago que enviaba el Estado a quienes se atrasaban con sus cuotas. También me resulta anormal aquellas visitas previas de parte de gente del FONAVI para ver cuántos éramos y cómo vivíamos. Si bien, yo concurrí a un colegio privado ubicado en otro barrio, aun tengo muy presente la conversación de mi madre con una vecina que protestaba porque su hermana, residente en otra zona, no había podido anotar a su hijo en la escuela de nuestro barrio. El motivo era sencillo: las vacantes eran para los habitantes del radio que le correspondía a la escuela. 
Muchos de mis amigos de aquella infancia, eran hijos de familias que habían salido de villas de emergencia y que amaban ese techo que habían conseguido, no gracias al Estado, sino con ayuda del Estado. Eran épocas en las que aprovechábamos el silencio de la siesta para salir a andar en bicicleta y nuestros padres ni se calentaban por si nos pasaba algo, porque nunca pasaba nada. Yo salía de noche, en pleno invierno, a esperar el bondi que me llevara a mi colegio y mis viejos ni se calentaban, porque nunca pasaba nada. Lo unicó que alteró la calma del barrio, fue aquella vez que la policía vino a desalojar a un vecino que nunca había pagado una sola cuota. 
Hoy, como si estuviera viviendo en otro país, veo que hemos cambiado tanto nuestros paradigmas que cualquiera de los requisitos exigidos para acceder a una vivienda del Estado, sería considerado una violación a los Derechos Humanos. El techo pasó de ser un derecho a una obligación del Estado dadivoso hacia personas que consideran que el único hecho de tener un equipo de fútbol cinco como familia, los hace acreedores al trato de ciudadanos en igualdad de condiciones que aquel que se desloma para darle a su familia un futuro mejor, para que sus hijos tengan una calidad de vida superior a la que ellos tuvieron. 
En algún momento, se nos rompió la brújula y nos encontramos, como si nada, acostumbrados a la cultura villera, esa que se enorgullece de ser de esa condición, mientras siente bronca por aquel que tiene lo que el sudor de su frente le da. En algún momento perdimos la cultura del trabajo como eje de nuestro progreso y nos acomodamos a esta realidad en la que confundimos Gobierno con Estado. 
Ayer escuchaba a una señora que justificaba la toma de las viviendas construidas por el Insituto de la Vivienda de la Ciudad, bajo el argumento «yo quiero lo mismo que tienen todos». Lamentablemente, nadie le explicó a esa señora que para obtener lo mismo que tienen todos, hay que hacer lo mismo que hacen todos. Puedo armar un listado gigante de amigos y conocidos que han tenido que recurrir al alquiler o mudarse a otras ciudades para poder acceder al sueño de la casa propia. No pudieron comprar un techo en la ciudad que los vio nacer y crecer. Sin embargo, ellos también ven día a día como el Estado omnipotente puede construir y entregar una vivienda a cada uno que reclame mediante la violencia y el quebrantamiento de la ley. Ellos, al igual que yo, se indignan cuando escuchan a las luminarias del pseudoprogresismo porteño horrorizarse por la triste situación de las madres desesperadas por la situación de sus criaturas. Criaturas que ellas mismas llevaron en brazos a un lugar donde sabían que podía correr sangre. Criaturas que son educadas bajo el lema de «lo que está en la calle es de quién lo encuentre, incluso las casas». Criaturas que se educan viendo como sus padres los utilizan de escudo por la falta de huevos que tienen para enfrentarse a la policía. 
Del otro lado, los infantes de la clase media crecen viendo cómo sus padres laburan de sol a sol para que elijan quién les roba lo ganado, si el Gobierno o un eventual fumapaco. Hijos que tienen que viajar unas dos horas para visitar a sus abuelos, que viven en el barrio donde se criaron sus padres. Chicos que se mudan cada dos años de vivienda, porque sus progenitores no llegan a actualizar sus salarios al ritmo que suben los alquileres. Chicos que preguntan por qué no pueden tener una vivienda propia y sus padres no saben cómo explicarles que el Gobierno le da casas a quien no las pagará, y ofrece créditos hipotecarios a gente que no necesita acceder a uno para comprarse la casa. Mucho menos podrá explicarles cómo funciona un sistema en el que, aquellos que no pueden acceder a su vivienda, financian el techo de quienes las exigen caprichosamente. 
Viernes. Igualdad no es darle a todos lo mismo. Igualdad es darle a cada uno lo que merece.