Y no sabemos qué hacer con las certezas con las que nos criaron

Una mañana un fulano al que llamaremos William Godwin se puso a pensar en el mundo que lo rodeaba –o sea, su país– y pensó que el gobierno «simula estar a nuestra disposición personal, pero que en realidad sólo vigila nuestras transacciones privadas». El pobre Willy, si viviera en la Argentina, no habría tenido que estudiar demasiado su entorno para llegar a tal deducción. Nuestro concepto de Estado presente se limita a la AFIP.

Todo lo que el Estado no puede resolver en otros ámbitos lo consigue mágicamente en la AFIP. Uno quiere firmar un contrato y el Estado no tiene idea de quiénes somos. Queremos tramitar un permiso para salir del país con un hijo y tenemos que practicar una prueba de paternidad ante cinco testigos y, preferentemente, llevar ecografías y algún video del acto sexual en el que el niño fue concebido. Pero a fin de año la AFIP tiene un detalle de todos los pesos que nos ingresaron y de cada compra que hicimos y en cualquier momento puede decidir si podemos deducir algún gasto de Ganancias, porque sabe cuántos hijos tenemos, cuántos alfajores compraron y hasta a qué telo fuimos con la mamá. ¿No es hermoso?

A esta altura creo que no hay que enojarse con la AFIP sino que deberíamos aplicar la ley de la eficacia: si nada del Estado tiene el nivel de funcionamiento que el implacable ente recaudador –que hasta parece tener algún oráculo para calcular cuánto ganaremos el próximo semestre– hay que cerrar el resto del Estado y dejar todo en manos de la AFIP. Si total, para lo que recibimos del Estado, la AFIP puede encargarse. ¿No brinda seguridad? El Estado tampoco. ¿No nos educa? Bueno, convengamos que el Estado tampoco. ¿No nos brinda una salud de calidad? El Estado menos. Si hasta trascendió por bocones que el 70% de la cobertura nacional está en manos de prepagas por derivaciones de las propias obras sociales sindicales. Nada de lo que diga el Estado que hace gracias a su existencia podría sostenerse sin la implacabilidad y eficacia de la AFIP.

Y convengamos que la mayoría de los pobres mortales que caemos en la mira del panóptico tributario dejamos poco más de la mitad de nuestros ingresos anuales en manos de la AFIP. Con el resto de lo que nos queda tenemos que costear una salud privada, una educación privada y, quienes no vivimos en un barrio cerrado, un chamán o bruja privada que nos haga un gualicho protector.

Pero volvamos al pobre Godwin, a quien muchos consideran el padre del anarquismo en un exceso histórico. Willy –cuya memoria tuvo que lidiar con quedar a la sombra de ser “el padre de la que escribió Frankenstein”– llegó a criticar que el Estado aborda equivocadamente la acción pública y la vida política, razón por la cual termina confundiendo –y de forma muy peligrosa– lo individual con lo colectivo.

Y en estos tiempos que estamos viviendo es como si Godwin se me hubiera aparecido en un sueño y me dijera “mostro, te olvidaste de lo básico”, mientras me recitaba que la democracia es más eficiente que otras formas de gobierno porque permite que todos expresen su opinión en vez de centralizar el poder un una figura que puede equivocarse, pero que así y todo hay que evitar que las decisiones de la mayoría pongan en peligro la libertad de aquellos que están en minoría.

Eran otros tiempos los del Willy: la era de las grandes revoluciones liberales, los años de la independencia norteamericana, la revolución francesa y la caída del imperio español en América. Masomeno los mismos años en los que un personaje literario salido de la cabeza de von Goethe aseguraba que, si le preguntás “cómo es la gente de este país”, te dirá que “como la de todos lados”, ya que el humano “es harto uniforme: la inmensa mayoría emplea casi todo su tiempo en trabajar para vivir y la poca libertad que les queda les asusta tanto que hacen cuanto pueden por perderla”.

Obviamente es una cuestión que nos viene acechando desde hace tiempo. Hay una serie llamada The Man in the High Castle que, como todo, tiene adeptos y detractores. Yo me encuentro entre los primeros y, aunque al principio creí que me gustaba por el delirio de aplicar la distopía a un pasado contrafáctico, luego caí en la cuenta que había algo que me incomodaba mucho. Sin spoilear nada, la serie se centra en un sencillo hecho que realmente pudo haber ocurrido: la Alemania nazi gana la carrera por la bomba atómica. Obviamente, no se iban a andar con pequeñeces y la revolean en Washington D.C. finiquitando la guerra y el gobierno norteamericano. Y aquí se acaba todo lo que les voy a contar sobre el argumento. Lo que me volvió loco de incomodidad fue la parsimonia con la que los norteamericanos aceptaban al nuevo gobierno. Si van a ver la serie sin saber ni un poquito de los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, ni se gasten: no dedican ni un minuto a aclarar que los norteamericanos no querían ir a “un conflicto que es de Europa” y tampoco gastan un segundo en mostrar que, salvo un loco suelto al que llamaremos Winston, en Reino Unido la clase política tampoco quería saber nada.

¿Hay algo que pueda incomodar más que saber que todo lo que tenemos se lo debemos a un puñado de locos, de lobos solitarios, de salmones que fueron contra la corriente para garantizarnos este tiempo en el que, desde la comodidad que nos da la democracia liberal, podamos cuestionar a la democracia liberal?

Esta semana he llegado a leer que en China están festejando en la calle mientras Occidente permanece encerrado porque los chinos se sometieron a una disciplina férrea para lograr un resultado, mientras que los occidentales nos quejamos y no quisimos mientras lloramos un por un concepto cortoplacistas de libertad. Obviamente, la culpa de estos magros resultados sanitarios es de los occidentales que somos “irracionales, desiguales, crueles, individualistas y egoistas” y “lo menos flexible, adaptables, resilientes, pacientes y visionarios que hay” ya que “no sabemos de sacrificios ni de largo plazo”.

Al principio lo tomé como un comentario más al pasar en Twitter. Pero como dos décadas de redes sociales algo me han enseñado, comencé a bucear por los polos de atracción de esas ideas y casi me desmayo: es un pensamiento instalado.

Y ya no se trata de cuarentena sí o cuarentena no. Se trata de todo lo que se esconde detrás de los escudos, comenzando por una vocación de ignorar un pequeño dato que no es inocente: China es una dictadura cruel, desigual y violadora de todos los derechos humanos de sus habitantes. Si hay algo para lo que sí sirve China de ejemplo es para demostrar la hipocresía de Occidente que no tiene drama en sancionar a países pequeños por sus dictadorzuelos de encefalogramas planos, pero con China es otra cosa porque tiene mucha plata. Lo que acá llamamos disciplina podríamos denominarlo Estado represivo.

También he leído cuestionamientos a la tecnología desde el punto de vista de que “tantos avances y un virus nos llevó puestos”, y como no podía ser de otra forma, un palazo al capitalismo que ya no sirve o que debe ser repensado. Entre los tuiteros que llegaron a sostener esto se encuentra el Presidente de la Nación. Y ni que hablar de los que consideran que es tiempo de reformular el estándar de los tres poderes del Estado porque “es algo que tiene varios siglos”. Lo dijo la vicepresidente. Obviamente, las falencias del sistema tuvo un momento épico que generó un orgasmo virtual –espero que virtual– en quienes sostienen estas teorías al ver lo que ocurrió en Estados Unidos con las últimas elecciones y el desastre del Capitolio.

Así que partamos desde China sobre las cosas que no se discuten.

  • China es una dictadura con campos de concentración y desapariciones de personas.
  • Como en China no Estado de Derecho tampoco hay libertades de expresión. Quizá si tuvieran un cachito de transparencia, el brote del Covid-19 se hubiera controlado y no hubiera estallado una pandemia. De hecho, hasta en Taiwán sabían que algo raro pasaba en noviembre de 2019.
  • La tecnología es ciencia. Desde que se describió al virus de la polio en 1840 hasta que se encontró una vacuna eficaz, pasaron 114 años. Mirá si la tecnología no habrá hecho lo suyo en estos años de mierda que encontraron no una, sino cinco vacunas contra un virus aparecido seis meses antes.
  • El capitalismo siempre se cura a sí mismo. No existe un país en el mundo que haya logrado una salida sustentable a largo plazo de alguna crisis económica sin aplicar medidas de neto corte capitalista. Ni siquiera China.
  • Todo lo que pasó en Estados Unidos se pudo solucionar gracias al sistema de Estados Unidos. ¿Habrá consecuencias? Obvio. Pero dentro del sistema, todo se arregla.

En cuanto a lo de los tres poderes, es tan demente que mejor abordarlo por fuera de la lista. Cristina Fernández llegó a decir en una entrevista con Rafael Correa que la Constitución es como un quirófano y que nadie se operaría en un quirófano del siglo XIX. Medio que da un poco de nervio no saber por dónde comenzar, dado que la propia Cristina fue constituyente en la última reforma constitucional argentina, efectuada seis años antes de que comience el siglo XXI, pero vayamos con la misma analogía: los quirófanos son quirófanos, tanto en el siglo XIX como en el siglo XXI. El funcionamiento del quirófano, el espíritu del quirófano, es el mismo. Lo que cambió porque evolucionó es la técnica de los cirujanos y el instrumental que utilizan. Y ningún cirujano del siglo XXI podría ser mejor que el del siglo XIX si no utilizara la experiencia de todos los que estuvieron antes que él. Ningún cirujano cuestiona el funcionamiento del quirófano. Suponiendo que el quirófano es la Constitución y el cirujano es el político, nos falta el instrumental, que no son otra cosa que las instituciones. Cada vez que alguien me dice “en qué época te gustaría vivir”, siempre me tratan de amargo por decir “en la que vivo”, a lo que respondo: “¿Pensaste en tener apendicitis en el siglo XIX o un dolor de muelas?”. El bisturí se sigue llamando bisturí o escalpelo. El torno sigue siendo torno y la anestesia sigue llamándose anestesia. Hoy son infinitamente mejores que entonces porque se buscó mejorarlas, no hacerlas mierda porque no servían tanto.

La ciencia dura y la política deberían medirse con la misma vara. Newton se bajaba el precio al decir que él no había llegado demasiado lejos, sino que estaba parado sobre los hombros de gigantes, reconociendo el trabajo de quienes estuvieron antes que él. Si cada nueva generación discutiera si la gravedad es efectivamente una aceleración de 9,8 metros por segundo, todavía estaríamos habitando cavernas mientras nos preguntamos cómo corno podemos hacer para que un rayo nos dé un poco de fuego.

En política es igual. Esta democracia republicana con división de poderes nos costó siglos de sufrimiento, océanos de sangre derramada en guerras civiles, entre países y mundiales para llegar a la conclusión de que el hombre tiene derechos inalienables a tener vida, libertad y propiedad privada. Si cada generación va a querer cuestionar los principios del iluminismo estamos en el horno.

Pero el problema no es la potencialidad, sino que ocurre ahora mismo. Es cada vez más común ver a líderes políticos occidentales con la capacidad de gobierno muy por debajo de la capacidad para echar sal en viejas heridas internas. El hombre sabio no busca adeptos, los consigue igual por su capacidad, empatía o mérito. El bruto, en vez de querer competir con las mismas reglas de juego y preocuparse por ser mejor que el sabio, rompe el reglamento, fractura a la sociedad y culpa a otros sectores de su propia incapacidad. Lo que te falta a vos es porque otro te lo quitó.

Y en estos tiempos tan extraños, pensé que al menos los liberales de este hemisferio iban a tener un toque de coherencia. Sin embargo tuve que fumarme que así como vieron en Donald Trump a un garante del mundo libre, ahora vieron el triunfo de la libertad en la toma del Capitolio por parte de delirantes nacionalistas y supremacistas blancos con la bandera de los Estados Confederados. Hacemos mierda todo, hasta al liberalismo que cada vez más se centra solo en lo económico. Por todo lo demás, es básicamente un grupo de conservadores en lo social que no quiere pagar impuestos. ¿O acaso es de liberal desconocer el resultado electoral y el funcionamiento del sistema democrático, republicano y federal moderno?

La deficiencia en conocimientos básicos de cultura general es total. Y eso es lo que percibimos de quienes alcanzaron a terminar los estudios: bestias que creen que la economía o la salud valen más que los derechos humanos y que no pueden ir de la mano. Pero imaginemos a quienes no fueron escolarizados, imaginemos las herramientas que tendrán para moverse por la vida. Y si la empatía no moviliza, probemos con el egoísmo: imaginemos cómo puede afectarlo a futuro tener que convivir con una persona que no cuenta con sus mismas herramientas para sobrevivir.

Hay quienes dicen que las redes sociales son burbujas, que el mundo real está afuera. ¿En serio? ¿Y por qué creen que la gente se mata en las redes? Porque pueden. Hoy leí a un burro decir que votó a determinados diputados y no a otros y que no entiende por qué los otros también son diputados. Con estoy hay que construir un país. Hay que levantarlo con fans de liderazgos mesiánicos, con populistas voluntarios capaces de entregar lo que les queda de libertad en pos del buen nombre del Gobierno sin cuestionarse nada; hay que levantarlo con liberales capaces de entregar lo que les queda de libertad en nombre de otra libertad que figura solo en letras, con pelmazos incapaces de reconocer qué está bien y qué está mal y con el grueso de los votantes creyendo que en el listado de prioridades del político promedio está el bien común, cuando primero está su supervivencia inmediata, luego su supervivencia a mediano tiempo y por último su proyecto de dominación mundial.

El mundo se dirige velozmente a un lugar muy turbio, aún mucho más turbio que en el que se encuentra hoy. Vamos hacia un escenario en el que los liderazgos son más necesarios que nunca porque los sentimientos comenzaron a ser más valiosos que las razones, porque las creencias ya son más importantes que los hechos. Un mundo en el que necesitaremos liderazgos reales, no payasos autócratas.

Nos criaron con la certeza de que el fin de la historia era una realidad. Y no lo fue. Porque nunca la historia fue izquierda versus derecha, ni conservadurismo versus liberalismo, ni siquiera comunismo versus capitalismo. La historia siempre fue libertad individual o dominación. Y no sabemos qué hacer con esto.

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