Y un día llovió

Y un día llovió

Esto no es un texto mundialista.

Lo juro, no lo es.

Tenía veinte años cuando la mejor selección, la más goleadora, la que llegó al Mundial clasificada mil fechas antes, se volvió en primera vuelta. Claro, corría el año 2002 y, si el mejor país del mundo se caía a pedazos, cómo podíamos imaginar que nos iría mejor en un Mundial.

Para 2010 creo que vivimos el golpe en cámara lenta más largo de la historia. Todos sabíamos que el Diego no estaba para dirigir, pero qué importan las razones cuando tenemos mística, ¿no? Época de Fútbol para Todos, Grondona con Cristina y la devolución de “los goles que nos secuestraron”.

En 2014 me sentí tan pero tan mal que no recuerdo absolutamente nada de qué hice el día de la final. Puedo relatar cada minuto de vida de cada partido previo, pero aquel día es un espacio en blanco.

En 2018 nuevamente tuvimos la muestra patente de lo que pasa cuando le das una motosierra a un simio. Un tipo que, públicamente, dijo que no creía en la planificación. Podría haber sido ministro, director general, subsecretario, qué sé yo. Nos quedó el consuelo de “haber perdido con el futuro campeón”. Así, de pronto apareció algo que no se puede nombrar, eso que hace que alguien que es el mejor de todos en algo ocupe un lugar y nadie lo discuta. No lo lea en voz alta, que lo van a mirar mal. Pero le voy a decir esa palabra para que la registre mentalmente: mérito. No se menciona, no se dice pero, incluso cuando nos pasan por arriba, sabemos que fue por eso.

Esta semana pudimos notar cómo el fútbol no tapa absolutamente nada y, al mismo tiempo, nos recuerda que hay un mundo feliz cuando la política desaparece de nuestra cabeza aunque sea por instantes.

Este martes estaba programado que se realizaran piquetes en las puertas de numerosos supermercados para exigir bolsones de comidas. Se suspendió el lunes por la mañana. Primer acto de magia de la Scalonetta: desapareció la necesidad alimentaria de los lìderes piqueteros. Aún continúa la desnutrición de los sectores más carenciados, esos que no ligar un plan, pero no todo se puede. Ocurrieron más milagros de caídas de caretas, pero a casi nadie le importó.

Los momentos históricos tienden a sacar a relucir la realidad de las naciones. Cuando nos agarró la pandemia notamos que el sistema carcelario estaba colapsado, que el sistema sanitario no se encontraba en sintonía con lo que pagamos de impuestos, que la educación no es prioritaria y que los pobres se pueden joder, si ni siquiera tienen balcones para salir a aplaudir a los médicos. Lo que no registraron varios es que el home office no es un lujo para el vendedor ambulante, el personal de limpieza o el sereno de una galería.

Pero no todo evento histórico es negativo ni privativo de festejos globales. De hecho, todavía celebramos el Día del Amigo por un piloto de la Fuerza Aérea norteamericana que en 1969 caminó sobre la Luna.

Y así, tras el disparo de Montiel, no fui el único que se destapó los ojos y quedó mudo al ver cómo se quitaba la camiseta. No fui el único en notar que ya está, que somos campeones del Mundo, que ahora sí lo viví y que lo recordaré por siempre. La sensación instantánea de que estábamos ante un momento histórico hizo que nos olvidáramos de los barrabravas, de los boludos que viajaron sin entradas a una final del mundo, de aquellos que las querían más baratas –la cultura del subsidio hizo estragos– y ni por asomos nos detuvimos a pensar qué pasaría después.

Qué me importa la pareja de alma planera que pidió plata para poder costear una entrada a cambio de nada, la inflación pintada, la mishiadura generalizada y las recomendaciones del Inadi para celebrar con corrección, ¿no ves que salimos campeones, papá? Dejame disfrutar un ratito de una emoción positiva, de un manto de piedad para una sociedad hastiada, cansada y que salió a celebrar y abrazarse entre extraños sin poner el distanciamiento social de la identidad política.

De la falta de control nacen los peores resultados de la mente humana y también los mejores. La falta de control sobre la vida propia es lo que ha estado presente en el perfil forense de todos los asesinos seriales y de los genocidas. Y también detrás de los trastornos menos dañinos para terceros, como la ansiedad crónica, la depresión, o la nave nodriza llamada Desorden de la Regulación de las Emociones.

¿Cómo puede sentirse un fulano que, sin importar lo que haga, su vida depende de lo que decidan un puñado de desconocidos en La Rosada o de un fumapaco en una calle oscura? Fácil: las consultas psiquiátricas en la Argentina se han disparado y han sobresaturado el sistema en los últimos dos años. Pueden ser los efectos de la pandemia, puede ser la economía, pueden ser ambas.

No hay nada más ancestral y tribal que la celebración. Nadie siente que este triunfo no es nuestro, a pesar de no haber hecho otra cosa que mirar. Y es maravilloso porque esa falta de control, por una vez, nos produce felicidad; como cuando algún antepasado veía llegar la lluvia sin haber hecho otra cosa más que desearla y pedirle a todos los dioses. Celebraba algo fuera de su control.

Los humanos nos hemos dado organizaciones sociales cada vez más complejas a medida que crecimos en número: tribus, clanes, principados, reinos, imperios, repúblicas. Con el tiempo aparecieron los profesionales de la política. Ojalá lo fueran de las funciones que pretenden cumplir, pero se ve que todo no se puede. A esta clase de sujetos, que se siente segura con la portación del Poder, la descoloca la falta de participación en algo masivo. El Poder genera sensación de control. Y no hay control mayor que aquel que se ejerce sobre otros.

¿Qué se sentirá no poder llamar la atención ni aún llamando la atención? ¿Y que nadie dé bola porque celebran? ¿Qué hace que el Presidente se ponga a retuitear las felicitaciones de cada forro del mundo? Evidentemente no debe sentirse de forma muy grata y de allí la triste secuencia de acciones de quienes tienen el Poder y no pudieron ser el centro de atención.

Igual, aceptemos, más denso es Macron. Él no escatimó en tiempo ni se puso a pensar si los jugadores tendrían ganas de verlo: fue y los encerró en el vestuario para darles un discurso. ¿Qué ataque les dará a los políticos con los deportistas? ¿Ven a alguien querido en serio y querrán tocarlos, a ver si se les pega algo?

Por otro lado, entiendo que nunca falte el Grinch que cuestiona la felicidad ajena. ¿Pero vieron el estado del país? ¿Vieron cómo estamos? ¿Sacaron cuentas de lo que fueron los últimos años sin que podamos hacer nada?

En un exceso de optimismo desmesurado, vi a alguien comentar que el fútbol anuló la grieta. Justo en la patria en la que llevamos contabilizados más de 300 muertos vinculados al fútbol. En un festejo masivo ni siquiera existe la contraposición de ideas, necesarias para la evolución de los argumentos. La grieta es otra cosa, una deformidad del sistema de la que se aprovechan los pungas del Poder, los que no tienen más ideas que el conflicto permanente, y los que viven –vivimos– de contar sus tropelías.

El fútbol no anuló ninguna grieta. Tan solo nos llevó por un rato a su instante previo: cuando nuestras opiniones políticas no obligaban a gritarlas a los cuatro vientos todo el día ni a quitarle rasgos de humanidad al que piensa distinto a nosotros.

Igual, en menos de 24 horas el Gobierno nos devolvió la grieta por decreto. Repito: la falta de control sobre las personas los vuelve locos como a nosotros nos altera perder el control sobre nuestra vida. ¿Tenés una mercería en Ushuaia? Pagale doble a tu empleado o cerrá, que en Baires tenemos que recibir a los jugadores. Sí, es la misma semana en la que hay asueto el viernes 23 y se debe pagar un bono obligatorio. Después dicen que el Gobierno no labura.

Los ingratos de los jugadores, encima, tuvieron el tupé de no ir a la Casa Rosada. ¿No vieron que Alberto tuiteó en cada partido? Quizá no se enteraron y por eso fue necesaria la intervención de un pelotudo pago con nuestros impuestos. Un tarado que, en televisión nacional, dijo que los campeones del mundo son unos desclasados. Un golpe tan, pero tan bajo que nunca quedó más en evidencia que quienes lo dicen son los primeros clasistas resentidos.

Hace años que le gritan desclasado a pobres tipos que reclaman un cachito de orden, que no los maten al volver del laburo o que, básicamente, los dejen laburar en paz. Nunca había quedado tan claro el nivel de resentimiento hasta llegado ese inocente punto en un programa. ¿Qué se siente saber que nunca serás admirado, querido, amado y, encima, multimillonario? Yo ya lo tengo asumido y no me quita el sueño, si hasta mi perro me chumba si entro a casa sin hacer espamento.

Llamar “desclasado” a un campeón del mundo es el ejemplo práctico de lo que realmente siente un kirchnerista pura sangre cuando ve que alguien no se deja manipular por los verdaderos seres superiores de la sociedad, que en la escala de valores vendrían a ser Cristina y luego ellos.

Hablamos de poco más de una veintena de tipos que aumentaron el poder adquisitivo propio de su estrato social. Eso no los cambia de clase: les cambia la perspectiva de vida. Todos aún pasan las fiestas con sus amigos de siempre. ¿Visten marcas de ropa que solo le vemos a Cristina? Sí, y pueden pagar mucho más. ¿Cuál es el problema?

La pertenencia de clase no la da el dinero. Y como al pobre lo ven como a un marginal con costumbres y vida de marginales, dan por sentado que uno que elige vivir con sistemas pluviales y techos sin goteras es un desclasado salvo que le chupe las medias al gobierno. Ni les cuento si elige no hacer públicas sus simpatías políticas. No hay nada más clasista que dar por sentado que la pobreza es marginalidad y no, tan solo, un estrato social del que se puede ascender, del que es deseable ascender.

No sé si los muchachos de la Selección saben o no saben que durante la Pandemia hubo lugares donde la policía se llevaba a la comisaría a chicos que jugaban en potreros para matar el rato, o que durante casi dos años no hubo posibilidad de patear una botella de plástico en el patio del recreo.

Lo que sí doy por sentado es que saben muy bien que nadie ocupa un lugar en la Selección de pedo. Nadie es elegido capitán del equipo por ser el hijo del Director Técnico. No hay chances de que el sobrino del utilero pueda ocupar ningún puesto si no demostró previamente que es el mejor en su área. Y que alguien podrá ser el mejor en lo suyo pero, si las circunstancias lo ameritan, deberá dar un paso al costado porque se requiere a otro.

Sí, hablo de nuevo sobre eso que usted no puede leer en voz alta porque en la Argentina está prohibido mencionarlo: el mérito. Ya sabe que la consecuencia para quien menciona este factor es la etiqueta del desclasado. ¿Cómo va a pretender mejorar su perspectiva de vida en base a su esfuerzo? Inconsciente.

Todo esto es lo que nos atosiga hace años. Todo esto es lo que nos quita las ganas de casi todo. Mirá si no voy a festejar. Mirá si no vamos a festejar. Yo nunca vi a mis abuelos hinchar por Italia porque nada les hacía mantener el vínculo afectivo. Sin embargo, el domingo vi venezolanos a mi lado en el Obelisco, hasta el video de tres argentinos sueltos en un pueblo perdido en medio de la nada en un país que siquiera sé si tiene bandera. Y festejaban. Todos los que se fueron, festejaban. Los que nos quedamos, festejamos. Los que vinieron, festejaron. ¿Hubo disturbios? Yo no permito que empañen mi alegría.

Porque no tenemos el control de absolutamente nada de lo que ocurre en nuestras vidas y, por una vez, algo que deseamos se nos dio: llovió.

Tras décadas de sequía, llovió. Mirá si no voy a festejar.

Nicolás Lucca

 

 

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