Inicio » Relato del presente » Un mundo sin frenos
Entre todas las cosas periféricas a estos meses en los que tenemos el cerebro convertido en un esférico de poliuretano de setenta centímetros de circunferencia, creo que me he hartado, al igual que todos, del abuso y mal uso de la inteligencia artificial. Según el día o el clima, puedo sentir vergüencita o admiración por el que logró facturar una publicidad tan mal hecha en medio del segundo de publicidad más caro del mundo. Hay videos realizados por usuarios anónimos que valen mucho, pero mucho más que cualquier cosa que hayamos visto en tevé y que también están hechos con IA.
De las peculiaridades de esta democratización de la tecnología, la abundancia de situaciones en las que se quiere recrear a personas enojadas me genera intriga. Por un lado, la obvia velocidad a la que mejora la tecnología. Por el otro, qué imagen tendrá la IA de nosotros que esos son los rostros del enojo.
Primero llegó una foto con un supuesto cruce entre Nicolás Wiñazky y el ministro de Economía Luis Caputo en la mesa de Mirtha Legrand. La foto los mostraba gritándose, con los rostros desencajados, las cabezas hacia adelante y los brazos flexionados, como un perro que está a punto de lanzarse a la yugular del otro. Mi padrino, una de las personas más vivas que conozco, me lo pasó con la pregunta clave: “¿Esto pasó en serio?”. Ok, estamos en problemas más graves de lo que creía.
Que lo llevara a preguntarme a mí puede obedecer al más ancestral de los principios: “vos que sos periodista y sabés”. A él le sorprendió que hubiera ocurrido algo que podría ocurrir. Si fuera algo totalmente descabellado, como Nico levitando sobre la mesaza o el ministro en slip con un moño al cuello y su torso aceitado detrás de Mirtha, mi padrino lo habría descartado como una ilusión digital. En cambio, dos personas enojadas que se gritan es algo posible.
Entonces, tras miles de videos mundialistas con gente que grita de la misma forma, a la que la Inteligencia Artificial refleja del mismo modo, siempre con el ceño extremadamente fruncido, la mandíbula desencajada y la cabeza hacia adelante, es lógico que uno se pregunte cómo es que eso resultó ser la imagen generalizada del enojo humano, una tan generalizada que no solo la IA la considera como la más correcta, sino que demasiada gente la acepta para compartirla en joda o en serio. Es en ese punto en el que uno puede decir, nuevamente, que el mundo se ha vuelto un lugar demasiado predecible en la imprevisibilidad de los enojos. Me refiero a algo muy sencillo: nadie sabe qué puede llegar a hacer alguien enojado, pero a nadie le sorprende que todo el fucking mundo reaccione con enojo.
“Lo hace más humano”, “es un hombre común” o “por qué debería reprimir sus emociones” deben ser las tres frases más repetidas en la justificación de la oratoria extrema de los dirigentes políticos. Y ahí es que creo que algo se rompió generacionalmente como para que las personas más psicoanalizadas de la historia humana crean que cagar a puteadas a alguien es sano porque lo contrario sería una represión emocional. Y después hablamos de generaciones de cristal.
Entre las conversaciones random que sostuve en estos días, una docente comentó que sus alumnos no estaban tristes cuando Egipto iba por el segundo gol, sino que estaban “enojados”, según sus propias palabras. La remontada la vivieron con desahogo. Da clases en primer grado. Y después hablamos de chicos que no saben gestionar la frustración. ¿De quién aprenden?
Una de las cuestiones más asombrosas del ser humano es cómo puede cambiar radicalmente su pensamiento de acuerdo con las circunstancias. Hasta Freud sostuvo durante décadas una teoría de los impulsos del hombre que tuvo que revisar a partir de 1920, luego de los horrores de la Gran Guerra. Así pasó del instinto de vida a sumar una dicotomía entre este instinto y uno que no había considerado anteriormente: el instinto de muerte. Obviamente, fue cuestionado durante, después y todavía lo es a pesar del contratiempo de hallarse muerto, pero el punto abrió una puerta que no había sido tenida en cuenta hasta entonces: por qué el ser humano puede ser una máquina de crear y, a la vez, una máquina de destruir.
Seguramente, todos hemos escuchado alguna versión que explica el comportamiento agresivo como una expresión lineal de la frustración y que, de modo exactamente inverso, la frustración siempre conduce a alguna forma de agresión. Es una teoría que fue publicada en 1939 y que, con todo lo que pasó en el lustro siguiente, no entiendo cómo es que aún es tan repetida. En esta era en la que se habla cada vez más seguido sobre cómo hacer para que los chicos puedan asimilar la frustración, es incomprensible que no se pueda asimilar la premisa de que la frustración es lo que nos hace crecer, que la inmensa mayoría de las cosas que deseamos no ocurrirán y que el esfuerzo a aplicar es proporcional a la energía que necesitamos para evitar una frustración. Y así y todo, el resultado escapa a nuestro control: porque algo salió mal a pesar de haber hecho todo bien, porque cayó un meteorito, porque un colectivo cruzó en rojo, porque el planeta se detuvo o porque Marte entró en cuadratura con Saturno.
La violencia en sí es un comportamiento destructivo y ya poco importa qué autor o libro saquemos a relucir para entrar en debates insoportables cuando lo que importa es una distinción básica: la defensa o la agresión. El mundo se ha construido sobre una base en la que es clave determinar quién agrede y quién se defiende, y en esto ni siquiera tenemos una distinción cultural entre Occidente y Oriente: aún en países que no se mueven con nuestros sistemas legales, podemos saber quién agrede y quién se defiende. La violencia de uno no es igual a la del otro que ni siquiera quería recurrir a la violencia y no le quedó otra.
Dicho esto, nunca dejará de sorprenderme la cantidad de personas que se mueven por la vida como si hubieran nacido con el lóbulo prefrontal atrofiado y vinieron al mundo con la incapacidad absoluta de aprender cuándo frenar. Si existe una característica que demuestre la evolución del ser humano por sobre el resto de los homínidos, esa es la capacidad de aprender a inhibir determinadas conductas. El debate de los ilustrados del siglo XVIII sobre si el hombre nace bueno o malo por naturaleza se agotó con la investigación del cerebro: puede haber fallas reales, pueden existir problemas congénitos, pero la mayoría nacemos con las mismas condiciones y el resto es aprendizaje y experiencia.
Entre esos aprendizajes, los frenos inhibitorios vienen de a miles y varían según cada cultura, pero en todas se considera al bocón como un mal educado, un mal aprendido, un indeseable o un pelotudo. Puede que existan más categorías, pero estoy casi seguro de que con esas alcanzan. Imaginemos que estamos en una calle cualquiera, parados contra una pared. Delante nuestro pasa una persona que camina con dificultad y un niño la señala mientras pregunta a su madre, a los gritos, qué le pasa a ese señor. La madre, roja de vergüenza, le indica al niño que baje la voz mientras le explica casi al borde de la combustión espontánea. Ahora imaginemos que esa misma madre, en vez de proceder a enseñarle una nueva inhibición a su hijo, se caga de risa y grita “rengo, boludín, se dice rengo”. Quiero creer que si llegó hasta este punto del texto, querido lector, es de los que cree que la opción deseable es la primera y no la segunda.
He dicho esto tantas veces, pero aquí vamos de nuevo: cuando una persona me cuenta que siempre dice lo que piensa porque con la verdad no ofendo ni temo, que nunca es triste sino que no tiene remedio, o la sarasa de sobrecito de azúcar que esboce, yo pienso que estoy ante un sociópata. Ya saben, una persona que registra al otro, que sabe que lo puede herir y que lo hace sin ningún tipo de necesidad porque le pintó hacerlo. Y puede que sea por cansancio, porque ya estamos en el segundo semestre, o porque no sé lo que es un finde largo, siento que los veo por todos lados. “Se naturalizó”, me dice un amigo como cada vez que toco el tema. Para mí, lo que se naturalizó es aceptar esos comportamientos.
Una vez me encontré con un concepto que me voló el peluquín: la fatiga por empatía. Es lo que sucede cuando se agotaron las energías por la exposición continua al sufrimiento ajeno, que puede ser real o exagerado, pero que poco importa para el que lo padece.
Según esta idea, se da cuando pasás tanto tiempo expuesto de forma directa a todos los que te cruzás que se te vació el tanque. Y como siempre que nos agotamos, nos desconectamos.
¿Pensaste cuándo fue la primera vez que viste a alguien en situación de calle? ¿Podés encontrar una fecha en la que digas que dejó de llamarte la atención? Pasó, en algún momento pasó porque se nos hace imposible seguir con nuestra vida si todo el tiempo tenemos que procesar qué nos genera ese otro. Un día una persona te pide una ayudita, podés, no podés, le das, no le das, y un día ni frenás a decir “disculpame, no puedo”. Fatiga por empatía. Es incómodo de asumir, pero existe. Y si vivís en un país que salta de una crisis a la otra, es más que probable que el tanque de la energía empática esté sin una gota de combustible hace rato.
Pero una cosa es este fenómeno comprensible e incómodo de aceptar y otra es ponerse a darle clases de moral a la jubilada que vendía maquinitas de afeitar en la esquina de Hipólito Yrigoyen y Sarandí sobre la importancia de saber ahorrar en la juventud y que a vos nadie te regaló nada y te hiciste de abajo. Con la comida, la educación, la ropa y el techo de tus viejos, pero nada más que eso. Y se naturalizó.
No creo que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen sino el que surge de la dirigencia que mejor los representa en determinado momento. Independientemente de la ideología, si hay algo que caracterizó a la mayoría de los presidentes argentinos ha sido su muestra de carácter. Nos gusta el que pechea y nos desagrada cuando no coincidimos con el que nos lleva a los gritos. Un presidente que no grita, que no levanta el dedo, que no se cruza en público en debates que deberían resolverse en una oficina, es un fracasado, haya terminado su mandato o se haya ido en helicóptero. Entonces, sigo asombrado cada vez que alguien dice que vivimos tiempos de liderazgos disruptivos acá y en el mundo. ¿Qué frecuencia sintonizan? Disruptivo es que alguien demuestre un control de sus impulsos y no lo puteen por cagón.
En medio de todo esto, mientras me preocupa que niños de cualquier clase social sean vistos como una generación “que no sabe gestionar la frustración”, como si eso viniera de fábrica, levanto la vista y veo generaciones enteras de adultos que se las saben todas y, así y todo, no pueden sacar adelante un solo día de sus vidas sin agredir a enemigos que están en el suelo, en total retirada o que no existen. Si la inhibición es cognitiva, si es aprendida, requiere de mantenimiento para que no se olvide, como esas materias de la secundaria que nos sacamos de encima y ya ni sabemos de qué trataban. No debería haber una diferencia de preocupación entre un joven de veinte años que creció con una pantalla como extensión corporal y un señor cincuentón que pasó los últimos veinte años interactuando con las mismas pantallas que a él no le hacen nada “porque tiene calle”. Años de interactuar con objetos como si fueran personas y todavía hay quien tiene el tupé de decir que son conscientes de que del otro lado hay un ser humano. ¿En serio? ¿Te animarías a decir eso que dijiste en la cara de esa persona a la que no conocés?
Personas que ponderan el individualismo como modelo de vida se agrupan en redes de intercambio de validaciones sin notar la incongruencia de la mera existencia de buscar validación en un grupo. Solo pensar en eso por un segundo hace que el grupo se convierta en algo necesario para poder defender lo que se dice sin inhibiciones, a veces como planes idealistas, otras como mera reivindicación justiciera. Pero como la sociedad en sí ya viene hecha pomada de tanto grupito dentro de grupos que se separan para formar nuevos grupos en algo que tan livianamente todavía tenemos la gentileza de denominar grieta, la única forma de aglutinar un grupo es mediante enemigos. Y al enemigo se lo desprecia. Entonces ya no hay grupo: por definición, es un bando. Que no exista violencia obedece a mil quinientos factores, desde el temor, la fiaca o la ausencia de una góndola de fusiles en la fila de la caja rápida de Carrefour, hasta una cuestión de definiciones en la que una agresión verbal no deja de ser una agresión.
Soy de la teoría que dicta que todo bocón es una persona que juega con fuego sin darse cuenta de que siempre puede toparse con alguien con menos frenos inhibitorios, o con una fatiga por empatía al alza, o con un sistema educativo callejero que apele a la violencia de primera instancia, la defensiva, la popularmente conocida como correctiva. Debería haber apelado a esto cuando quise explicar la incoherencia ideológica de un liberalismo de derecha nacionalista pronorteamericano anarquista desde el Estado: una persona que realmente descree del rol regulador del Estado en las relaciones humanas debería entrar en un colapso existencial si no encuentra otra solución que recurrir a la ley para que le ponga un límite a la libertad del otro de embocarnos una trompada porque le dijimos lo primero que se nos vino a la cabeza en el claro uso de mi libertad.
En algún punto debería poder frenarse. A veces creo que con este estado de situación no vale la pena calentarse, porque de nuestros enojos también se alimenta el mecanismo. En otras ocasiones pienso que nada va a cambiar y que el mejor remedio en contra del optimismo es una conversación con un joven de clase media recién salido de la facultad. Sin embargo, creo que tan solo pagamos el precio de la adaptación y que todo volverá a su cauce natural, uno en el que, al menos, nos queden energías para empatizar con el que está mal, uno en el que al gritón de la reunión de consorcio no lo veamos como un héroe, sino como un desubicado. Si todos, en mayor o menor medida, nos van a cagar, si no hay ni habrá forma de que todos coincidamos con un gobierno, que al menos se vuelva a poner de moda la empatía o que nos devuelvan los frenos inhibitorios retenidos en algún lado. Pero acá y en el mundo pareciera que las respuestas políticas son aún más hacia el otro extremo para que no haya dudas de la imposibilidad de dejar de creer que todos son nuestros enemigos.
Una persona tuitea que le pasó lo peor que podría pasarle a un padre y otra persona se toma la molestia de quemar 0,02 calorías para hacerle saber su opinión de mierda. Como si la muerte fuera opinable. Como si a alguien le importara lo que tiene para decir en ese momento. Como si el mundo necesitara de su comentario de mierda para girar. Una señora de avanzada edad es entrevistada luego de ser vista a bordo de un automóvil de aplicación; cuenta que su jubilación ya no le alcanza y ahora suma dos ingresos que la tienen en actividad de lunes a lunes. Un grupo de pelotudos engrasa las pantallas de sus celulares para decirle que se joda por no ahorrar y no falta el que sospecha que la señora es kirchnerista, mientras uno infiere que no se adapta a sus ingresos. Ninguno registra que cada vez es más probable que todos terminemos igual tan solo por cuestiones matemáticas.
Podría sumar a Ernestina País y la justificación de la difusión del video del accidente para satisfacer los requerimientos de los agentes de CSI Balvanera quienes se quedaron sin combustible para desdecirse de las acusaciones por sustancias cuando llegó el examen toxicológico negativo, o las mil situaciones cotidianas que vive cualquier persona que quiera salir a la calle, esas que agotan las energías al punto de ya no poder sumar una preocupación o no podamos, siquiera, pensar si una imagen es cierta o difícil de creer.
Y yo quiero que sigan preguntándome si es fake una imagen de gente sacada de quicio. La incredulidad quiere decir que no todo está perdido.
P.D.: La carencia de inhibiciones para el disfrute del dolor ajeno tiene otro nombre. Le dicen “psicopatía”, aunque nadie lo registre atrás de cada “si te hace llorar, mejor”.
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