Zoom

Zoom - Frame de La Ventana Indiscreta con el protagonista detras de una cámara con un lente grande.

Ahora que ya no está tan mal visto decir que es probable que la mayoría de la sociedad esté paralizada en materia económica, puede que los datos comiencen a tomar otro color y no sean tildados de militantes. Básicamente, porque los números no militan. Las narrativas, en cambio, transitan otro carril, uno en el que el mundo es como lo vemos nosotros y nada más.

Por ejemplo, en las manzanas que me rodean, existen cinco locales deshabitados. Uno de ellos lleva seis meses vacío. Dos, más de un año. Si me guío por lo que yo veo, hay más locales vacíos que hace unos años, porque nunca hubo locales vacíos en mi barrio más que por lo que tardaba en cerrar un comercio y abrir otro. Podría guiarme por la teoría de los cambios en el consumo, esa que, entre otras cosas, puede sostener que, como cada vez se compra online y se espera en casa, no tiene mucho sentido gastar en un comercio a la calle. Pero eso podría justificar el reemplazo de un comercio por otro.

Un sexto local de los que me rodean fue una casa de pastas. Luego, durante un año, funcionó una carnicería. Ahora es una verdulería. El comercio es bonito, está bien puesto, pero también tiene un gasto de cliente bastante menor que los anteriores.

Me tomé el trabajo de contar cuántos locales abiertos existen en las manzanas que frecuento a diario, esas que uno transita en dirección a un lugar cercano. Son unas ocho manzanas que transito a diario en una zona comercialmente alta. Contabilicé 236 locales, nueve de ellos cerrados. No le cuenten a mi terapeuta que hice esto. Si me guío por mi observación y la extiendo al resto del universo, la vacancia de comercios es del 3,8%. Redondeemos en que es un número bajo. Los veo, me apenan, puedo pensar en qué les pasó –bueno, uno era un local de venta de ropa y otro insistía con la idea de que un tenedor libre funcione en el siglo XXI–, pero cuando se traslada la observación a una estadística real de la Ciudad de Buenos Aires, se registró un crecimiento interanual del 123% de locales en alquiler y del 76% de carteles de venta. En mi barrio, ese aumento de vacancia ha sido de un local sobre todos los demás. El 10% de aumento interanual que yo percibo no representa a la ciudad.

Tampoco ha sido uniforme el asunto: mientras en la Calle Florida, epicentro del turismo desde siempre y mucho más desde el cierre del microcentro hace un lustro, la cantidad de locales vacíos bajó, en Avenida Santa Fe, Cabildo y Córdoba, aumentaron.

Es una percepción engañosa guiarnos solo por lo que observamos. Si bien es el primer y mejor factor de comprobación de un hecho o evento, también hay que contar con datos de comparación y otros factores. Es como cuando quieren mostrar reactivación con una foto en la calle Corrientes un sábado a la tardecita. Y sí, siempre habrá gente, es un lugar de paseo peatonalizado. Dar por sentada una observación por un cambio de consumo personal es como pensar que las peluquerías ya no tienen razón de ser porque me quedé pelado. O que los gimnasios no tienen razón de ser porque no hago ejercicio desde la temporada otoño-invierno de 1999. O que ningún local tiene sentido porque he decidido no salir nunca más de mi casa y que me traigan todo a domicilio.

Hay cambios que uno vive con entusiasmo y otros que generan un coso acá en el pecho. No hace falta recurrir a la nostalgia de un viejo club de barrio reconvertido en un bodegón a la espera de salir en el Clarín del domingo para levantar la recaudación por unas semanas. Un local vacío con el que no tenías apego puede pasar desapercibido. Una serie de locales vacíos en una misma zona puede provocar una intriga de qué cazzo es lo que pasa o algún sentimiento distinto; todo depende de cómo nos encuentre. Lo mío solo es contar locales porque soy un obsesivo trastornado. Si viviera en un barrio con veinte locales vacíos por manzana, podría llegar a suponer que el país se hundió. Bueno, que se hundió un poco más. Pero hay gente con poder de toma de decisiones que responde a cualquier cosa con los números que le convienen: cayó el empleo en estas catorce provincias, pero subió en esta otra; el desempleo “no se movió como para preocuparse”, como si todo el mundo se convirtiera en especialista del petróleo y pudiera mudarse de provincia. ¿El consumo está por el suelo? Mentira, mirá todo lo que se gastó y dividilo por los millones de personas que viven en la Argentina. Es como suponer que la Argentina está superpoblada por tomar los 30 mil habitantes por kilómetro cuadrado de Balvanera o que está vacía al extenderlo a todo el territorio y notar que solo hay 16 piojosos por kilómetro cuadrado.

En muchos casos, todo es un deseo de creer y ahí no hay con qué entrar. En cualquier otro contexto –básicamente con cualquier otra persona al frente del Gobierno– no existiría este pacto tácito de un sector de la sociedad para omitir lo evidente. Pero vivimos en la Argentina en la que el Partido Justicialista puede encolumnarse detrás de Topa, mantener silencio hasta después de las elecciones, y nos dirán que no gobierna el peronismo. No hay con qué tirar; si un tipo que fue vicepresidente de Néstor Kirchner, dos veces gobernador por el kirchnerismo y ministro de Alberto Fernández puede compartir los logros de la libertad durante el último fin de semana largo, nos han quitado hasta el recurso retórico de la humorada. Después de todo, ¿qué ejemplo grotesco podría utilizar? ¿Créditos blandos y fastuosos a integrantes de la familia Menem? ¿La política provincial en manos de un puntero kirchnerista? No nos dejan nada para tomar a la chacota.

Existe un estado afectivo que a todos nos ha dominado en más de una ocasión y que consiste en un sufrimiento no físico intenso caracterizado por un temor exacerbado. Puede ocurrir sin una causa física que lo anteceda de forma inmediata o en el acto y, según el estado de la persona, puede deberse a una causa inexistente o real. Se puede manifestar con crisis de llanto, garganta cerrada, dolor en el pecho o todo junto. Se llama angustia y no es una forma popular de llamar a algo que tiene un nombre más técnico. Se llama angustia.

Una de las versiones más populares de esta ya de por sí popular afección ocurre ante un evento sobre el cual no tenemos control y que puede afectarnos de forma directa o no hacerlo para nada. Pero por el solo hecho de que ocurra ese evento, pueden dispararse todas las alarmas de una posibilidad futura. Si quieren, le llamamos empatía por lo que le pasa al otro y eso nos dispara miedos o un egoísmo puro de no querer que nos pase lo que le ha pasado al de al lado.

Hete aquí la trampa: técnicamente, no hay nada que esté bajo nuestro control. Ya lo hemos charlado, pero ni siquiera podemos controlar que no nos pase nada al cruzar la calle. Por más que lo hagamos de manera consciente y con respeto a todas las reglas del tránsito, escapa a nuestro control que todos los autos frenen, que el mecánico que le hizo el service al del carril del medio haya hecho bien su trabajo, que el proveedor de líquidos de freno no le haya vendido Listerine disfrazado, que el viento no nos arroje un cartel mal colocado en un tercer piso porque el tipo de la inmobiliaria estaba cansado o enojado con el hermano, y un eterno listado que puede comenzar con “no se me dobló el tobillo al bajar el cordón” y finalizar en un “qué bueno que no cayó un asteroide”. No quiero paranoiquear a nadie, pero incluso irse a dormir es un salto de fe en una creencia incierta: que nos despertaremos por la mañana.

Necesitamos de determinadas ficciones y por eso aceptamos la creencia de que hay cosas que sí están bajo nuestro control. Si así no fuera, la vida en sociedad sería insoportable. Al menos eso enseña el derecho penal cuando explica los conceptos de negligencia e imprudencia: el deber de cuidado sobre nuestras acciones. En realidad, a no ser que caiga un asteroide, no existe el concepto de accidente. Así es que decimos que nos sentimos impotentes frente a algo que en realidad puede ser una injusticia, que alguien llevó a cabo una acción de más o hizo una de menos y no cumplió con el debido cuidado, y por eso nos pasó algo malo a nosotros.

Tomamos el diario y vemos las noticias, y puede que nos tome por sorpresa el proyecto de ley para que ocurra un “shutdown” del gobierno si el presupuesto no sale de manera que garantice el equilibrio fiscal. La sorpresa es que hay ministerios que, directamente, pareciera que dejaron de funcionar. Soy de la teoría de que un gobierno bonito es uno de los que no nos enteramos de todo lo que hacen. Es lo que se desea cuando uno crece en un país en el que los presidentes, gobernadores, intendentes, legisladores variopintos y pintorescos punteros sienten la insoportable necesidad de contarnos todo el tiempo qué es lo que hacen por nosotros. Cuando es legal, claro.

El tema es que, como el gobierno solo habla de economía, puede que la atención de todos apunte hacia la economía. Al igual que un político que dice solo saber de política y, precisamente por no saber de otra cosa que de política, es pésimo al gestionar la política, un economista que cree que solo es necesario saber de economía puede que se sienta frustrado al no sentir el cariño de la gente ante unos números macroeconómicos que deberían ser aplaudidos.

El superávit fiscal no habría ocurrido sin determinados parches y el propio Fondo Monetario Internacional lo advirtió. Independientemente de ello, que la bonanza argentina se explique en la extracción de recursos no renovables y la exportación del sector agropecuario debería servir de indicador al Presidente para notar por qué hay sectores de la sociedad que, mientras rascan el fondo del bolsillo, se preguntan cuándo es que comienzan los mejores dieciocho meses de la historia del país.

En una exposición meramente económica, el presidente culpó a la ley de aborto por la caída de la tasa de natalidad, y eso impacta en la reposición de capital humano. Sé que es un hombre de números, tras lo cual habría que aclarar un dato para nada menor: el 70% de la caída de la tasa de natalidad se produjo entre 2014 y 2020, antes de la sanción de la ley de aborto. Sacando ese detalle zonzo, me pregunto qué reposición de capital humano nos perdimos para estar “pagando caro” en tiempo presente por los niños no nacidos desde 2020, siempre y cuando todos hayan sido abortados. Habría que chusmear si la ley laboral permite contratar chicos que todavía dibujan garabatos, pero tengo entendido que todavía esa parte no fue desregulada. Pero si hacemos el esfuerzo de mirar más allá de lo que nos rodea, puede que el fenómeno de natalidad sea muchísimo más amplio y bastante más global de lo que pensamos. Incluso el presidente podría notar algo tan básico y elemental como lo que le rodea. Después de todo, ¿cuántos hijos tuvieron él o su hermana?

Lo bueno es que se acabó el aislamiento y el presidente informó sobre un próximo recital que dará tras días de encierro en una mansión del conurbano. Se recibió de rockstar. El motivo del concierto es celebrar que la inflación mayorista comenzó con un cero adelante. El día anterior a ese discurso, la ministra de Seguridad dijo por la mañana que había aumentado la tasa de suicidios dentro de las fuerzas de seguridad alrededor de un 30% de un año al otro. Probablemente debió haber pensado un “no debí decir eso”, pero siempre hay un colega dispuesto a tirarse arriba de la granada. Así fue que por la noche dijo que no puede achacar la tasa de suicidios a la situación del país porque el motivo es multicausal, que en otros países de la región que no tienen nuestros problemas también creció la tasa y que, después de todo, el suicidio creció en toda la Argentina. Un dato un tanto engañoso, porque a nivel nacional el suicidio creció un 22.6% por debajo de los datos de las fuerzas de seguridad. Seguidamente le preguntaron a la ministra cuánto gana un policía. “De base, 900 mil pesos a un millón”, dijo. La línea de la pobreza está en 1.6 millones de pesos.

Decía que en determinados ambientes no existen los accidentes salvo que nos toque un terremoto o un asteroide pequeño. Somos muchos los que estamos hace rato en una tormenta de asteroides y, cuando buscamos algo de previsibilidad, nos avisan que nos mudamos al cinturón entre Marte y Júpiter.

La observación es importante, pero también lo es dónde miramos y con qué herramientas. Por eso es que choca tanto el langa veterano que viene y minimiza cualquier cosa porque hubo crisis peores o porque no sabemos lo que es una crisis de verdad. A cualquiera le preguntás cuándo dejó de alquilar y puede que se acabe la conversación.

Visto desde cualquier punto de vista, puede que estos sean tiempos en los que ninguna frase resiste un archivo. Incluso ahí puede que se trate de una estrategia de marketing sin igual: una metralleta cotidiana de frases sin sustento que genere un cansancio en el arte de chequear o contestar. Y por las dudas de que alguien tenga ganas de trabajar en la verificación, mechamos insultos brutales con mayúsculas aleatorias, para que nadie, si quiera, se caliente en prestar atención. Hoy sería difícil contestar cuestiones básicas como que nos quejamos aunque la economía crezca, o que es “el mayor crecimiento económico de los últimos 120 años”, dicho por el presidente mientras gasta una y otra y otra vez a los que “dicen que la gente no llega a fin de mes”. Una conexión con el potencial votante un tanto extraña.

Son formas de ver las cosas. Si nuestra realidad estuviera marcada por no tener que pagar ni un plato de comida, no gastar en viáticos, ahorrarnos el alquiler y no asomarnos ni a la ventana durante semanas, es probable que también nosotros sintiéramos que se puede boludear con el bolsillo de los votantes. Y hacerlo dos días después de que el ministro de Economía dijese que hay que “reactivar” algo que, está clarísimo, no necesita reactivarse porque no hay recesión ni enfriamiento.

Lo que pasa es que, en realidad, llevamos tantos meses como Faro de Occidente que se nos acabó la nafta.

Nicolás Lucca

P.D.: Ya que hablamos de salud mental, les dejo un link a un podcast que grabé sobre suicidios con mayor análisis que «aumentaron los casos». Tambien lo pueden encontrar en YouTube y Apple Podcasts. 

P.D.II: Si tomamos la cantidad de insultos del presidente en un día y la anualizamos, nos da que viaja a un porcentaje del…

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