Algo no hicieron bien

Es cierto que se esperaba una elección ajustada para el oficialismo pero nadie imaginó este resultado ni en el mayor sueño húmedo del antikirchnerista más recalcitrante. Algo comenzamos a percibir cuando cerca de las 21 horas ya existía cerca del 55 por ciento de las mesas escrutadas y aún no habían cargado dato alguno. La sensación se profundizó luego de la conferencia de prensa del ministro del Interior, cuando dijo “ya se liberan los datos” y demoraron otros quince minutos. Obviamente, faltaban los de la provincia de Buenos Aires para ver si lograban equilibrar un poco la balanza.

Creo que, si alguien lo hubiera permitido, daban los datos de las PASO luego de las elecciones generales.

Uno de los últimos oradores de la larga jornada de ayer fue Alberto Fernández, a quien mandaron solito al patíbulo como único orador. Léase: único culpable. Como siempre, comenzó con un tono de voz de fatiga bronquial y finalizó a los gritos. A los gritos vaya a saber contra quién, aunque los vuelos de puteadas en las horas previas dentro de los camarines del Frente de Todos daban a entender la situación que se percibía.

La Cámpora culpó al Presidente por no haber ido en la dirección que ellos le marcaron. Cristina se enojó con el Presidente por los errores de gestión comunicacional y de gestión a secas. Realismo mágico: Alberto pudo designar a tres secretarios y a Dylan como mascota, pero la culpa de la gestión es suya. Alberto se enoja con nosotros. Y un poquito con él mismo, con el Alberto de 2019 que aspiraba a un retiro dorado en la embajada de Madrid y aceptó ser el Presidente de la República. ¿Quién no aceptaría?

En su alocución, con un mapa argentino pintado de amarillo casi en su totalidad, dio una muestra de su claridad de análisis al asegurar que “algo mal debemos haber hecho para que la gente no nos acompañe”. Algo. En singular, o sea, una cosita, un detalle. Del otro lado del mostrador tenemos la impresión de que hizo algo mal, pero desde el día uno.

Ese “algo” es bastante plural y, si bien podemos decir que con el diario del lunes todos somos directores técnicos, lo cierto es que desde ese 10 de diciembre –e incluso antes de asumir– podemos sumar “algos”.

Error de populista sin espalda, Alberto se comió la curva de quienes llegan con el Poder prestado y creen que el abroquelamiento de la sociedad ante una causa de amenaza nacional configura un apoyo eterno y perpetuo a un nuevo líder. Pasó con Malvinas, pasó con una pandemia. El miedo frente a lo desconocido, sobre todo si es una fatalidad en ciernes, lleva a que sea normal apoyar a un líder. Se lo comió. Creyó que ese 80% de imagen positiva y esos casi 70 puntos de aprobación de gestión eran para siempre y a cambio de cualquier cosa. Y luego está el “algo”.

Cuando alguien dice “algo debimos haber hecho mal” es porque da a entender que no sabe qué de todo lo que sabe que hizo mal fue lo que realmente impactó; de qué se dio cuenta el electorado. Porque, como siempre digo, a ellos no les molesta nada, sino que les jode profundamente que alguien se dé cuenta.

Cuando todavía los medios no se habían enterado de lo obvio, Alberto sale en cámara y anuncia la intervención de la cerealera Vicentín. No fue su idea, pero puso la cara. La dejó a medio hacer, pidió disculpas, se retiró, mandó a la mierda a todos y nos culpó. En el medio aumentaban hasta el infinito las tomas de tierras televisadas. Las únicas que terminaron fueron las televisadas. La Patagonia está usurpada y también buena parte del conurbano.

La imagen del gobernador bonaerense en pleno dilate de la solución inmediata a un delito continuado pegó feo. Sobre todo en un contexto de temor social: nadie puede salir, nos usurpan lo que no podemos cuidar por nuestros medios. Quienes tenían o tienen casas en la costa lo saben bien.

Ya había comenzado la danza internacional que algunos planteaban como “arquitectura geopolítica” de un tipo que no puede ordenar cómo quiere que le sirvan el café sin consultar a su vicepresidente. Y muchos compraron. Nos acercamos a Rusia y a China, nos alejamos de los que condenaban a Venezuela para buscar nuestro propio camino. China priorizó a su población, Rusia priorizó a su población. ¿Qué esperaban dentro de sus locas cabecitas? Por si fuera poco, cuando los aliados de Alberto logran un puntapié para el camino del diálogo en Venezuela, Alberto se opone. Porque sí.

En el medio, todo aquel que mencionara la palabra Pfizer, Moderna o Jensenn era tildado de apátrida. Linda palabra porque desde chiquitos nos hicieron jurar a vivir coronados de gloria o con gloria morir.

Lo cierto es que cuando llegaron las primeras vacunas todos mis colegas, del primero al último, se ofendieron e indignaron –a alguno le bajó la presión– al descubrir que existía un vacunatorio VIP. ¿Esperaban, acaso, otra cosa?

Y mejor ni hablar de los culpables de las propagaciones del bicho. Un surfer que llega a su casa es un genocidio, organizar un velorio masivo a Diego Armando, no.

Alberto centró su campaña en los 99 días de gobierno sin pandemia, como si hubieran sido un exitazo. Sí, está bien, tuvimos una mesa contra el hambre que tuvo más cholulaje que una tapa de fin de año de Revista GENTE, pero tampoco fue una cosa que uno pueda llegar a decir que fueron los días más felices de nuestras vidas. Incluso ya daba muestras de “me pongo donde convenga” al aceptar un acuerdo porcino con China y recibir, al mismo tiempo, a un grupo de activistas veganos. No hizo ni una cosa ni la otra.

La Pandemia le vino como anillo al dedo, como a cualquier líder político en problemas. ¿Recuerdan cuántos casos teníamos cuando se decretó el cierre total de actividades? 31 casos. Ayer votamos con 3 mil casos nuevos. ¿Hubo vacunas en el medio? Sí, es cierto. ¿Y? ¿Acaso no era la saturación del sistema el disparador de todo?

Las cuarentenas estrictas fueron la medida adoptada en la mayor parte del mundo. Pero batimos todos los récords. Literalmente. Tanto en extención como en violación a los Derechos Humanos. Quince meses de corrido con los trabajadores informales impedidos de obtener ingresos, con el sector privado en un permanente rezo a todos los santos para que la empresa no cierre, y con el sector público administrativo sin ir a trabajar, con su sueldo depositado del 1 al 10 y hasta con aumentos paritarios. Los trabajadores de los medios, por su parte, teníamos la ventaja de pedir que te quedes en casa, mientras cobrábamos nuestros sueldos todos los meses y contábamos con permisos para circular por todos lados.

Con tanto tiempo disponible para trabajar podríamos llegar a la conclusión de que podíamos hacer mejor nuestro trabajo. Pero no, nos dedicamos a escuchar las clases magistrales de un presidente cada vez más agrandado, con un tono de voz que se hacía más y más paternalista con cada entrevista.

Si le hubieran preguntado por las chicas “suicidadas” en las comisarías de San Luis, si le hubieran preguntado por el gatillo fácil en Tucumán, si le hubieran preguntado por Astudillo Castro y el perrito que prometió y no entregó, si le hubieran preguntado por Formosa, por todo lo que ocurría en Formosa, por la locura que ocurría en Formosa, si le hubieran preguntado por Abigaíl, si le hubieran preguntado por Solange, si le hubieran hecho alguna pregunta que no terminara en un “gracias, Señor Presidente”, quizá hoy el hombre no estaría sospechando que hizo algo mal.

Es curioso, porque uno puede llegar a suponer que administrar un país es algo muy complejo y que requiere mucho tiempo. Pero siempre hay algún funcionario que encuentra un huequito para llamar al teléfono particular de algún que otro periodista que dice algo contrario a la agenda. Rarísimo.

Y ahora quiere que los militantes salgan puerta por puerta a explicarnos que no pasó lo que pasó. ¿Qué nos van a ofrecer? ¿Nos van a devolver los muertos, los velorios que no tuvimos? ¿Nos van a devolver los abrazos que nunca más daremos? ¿Van a decir que eso es un invento de los medios hegemónicos? Hay personas que murieron de infecciones urinarias, ¿se entiende? Sí, de infecciones urinarias en pleno siglo XXI porque “los protocolos”.

Lo mejor es que el kirchnerismo, cada vez que perdió una legislativa, mandó todo a la mierda: estatizó el fútbol, las jubilaciones, Aerolíneas, YPF, destrozó el sistema energético y demás. Pero con plata. ¿Qué puede hacer sin plata? Daño.

Como todos los que tienen complejos de inferioridad, Alberto quiere quedar en la historia. Por el momento tiene varios motivos, pero a nivel político adquiere uno por ahora imbatible: la peor elección del Peronismo desde su fundación. Pero el partido no está terminado. Y eso, al menos a mí, me preocupa.

Sobre todo cuando escucho a Albert decir que algo hicieron mal y que están en juego dos modelos de país. Una tara que no se les quita ni con el coche volcado e incendiado: Macri.

Podría comenzar por gobernar. O intentarlo al menos. Encima le quieren pasar la factura a los gobernadores y a los intendentes. A los gobernadores los dejaron en Pampa y la Vía con las aperturas y cierres a cargo de Santi Cafiero. Y a los intendentes los empomaron al cumplir con el capricho del ni-ni Máximo de querer comandar el PJ bonaerense.

Los presos liberados en medio de una oleada de delincuencia sin precedentes, un planteo de reforma judicial ilógico ridiculizado por Cristina Fernández en el Senado, un “comité de notables” que propone algo, Alberto que dice que hará lo que el comité le aconsejó y resulta que no habían aconsejado eso. El cierre de casi todas las causas por corrupción. La liberación de delincuentes a los que podemos llamar delincuentes porque tienen sentencias confirmadas hasta por la Corte Suprema de Júpiter. Provincias copadas por el narcotráfico pero sin nadie que tire la idea de intervenir hasta sanear. La única idea que lanzaron para salvar a los monotributistas fueron los planes para regularizar las deudas con intereses anuales mientras le condonan las deudas a Cristobal Lopez y a Fabián de Sousa. ¿No es hermoso?

Las escuelas cerradas. El psicopateo a los más débiles y cuyas consecuencias veremos vaya a saber uno cuándo. El desastre educativo, la altísima inflación, el cierre de importaciones, el cierre de exportaciones, el crecimiento del desempleo, las fiestas de Alberto… y 113 mil muertos producto de una gestión pedorra de la pandemia más todos los muertos indirectos por culpa de una gestión pedorra de la pandemia. Multipliquen cada muerto por al menos diez deudos y tenemos millones de personas que no pudieron despedirse humanamente en el más ancestral de los ritos humanos, más antiguo que las religiones: honrar a nuestros muertos. Y cientos de miles de personas que se fueron en soledad, asustados y mirando el techo rodeados de ruidos de máquinas.

Por si fuera poco, cuando parte de la ciudadanía decide llevar a cabo un velorio simbólico, el gobierno nacional termina por secuestrar las piedras colocadas en la Plaza de Mayo sin orden judicial, sin competencia territorial y de madrugada.

Ya que hablamos de familias arruinadas, cerraron 50 mil comercios y dejaron sin ingresos a un sinfín de personas. Los que sobrevivieron están endeudados hasta los órganos. Cuando se lleve a cabo el censo veremos que esa pobreza del 42% medida por la encuesta permanente de hogares, es un chiste. Uno tan gracioso como el que ya percibimos cada noche que salimos a repartir comida.

Y como los únicos privilegiados son los ancianos y los niños, a los viejos les reventaron la jubilación y a los chicos los invisibilizaron.

Mientras tanto, los centros urbanos se han convertido en un desfile de personas que piden para comer y otros tantos que te matan por lo que tengas puesto, todo para que desde el gobierno digan que es divertido. Ah, los deudos de esas víctimas tampoco pudieron despedirse.

Cuarenterna con larguísimos listados de violaciones a los Derechos Humanos más elementales. 113 mil muertos y contando. Negociados con laboratorios. 14 millones de actas de infracción a la cuarentena pero se les pasó la del que dictó la cuarentena. Amenazas en público a quien saliera a tomar aire. Manoseo científico para panoiquear a una sociedad abrumada y ya de por sí asustada en un acto de psicopatía colectiva pocas veces visto. Varios miles de chicos y familias que se fueron y que, a cada pregunta de si volverán cuando cambie el viento, contestan “en la puta vida”.

Miles de varados por el mundo. Culpables, obvio. ¿Cómo se te ocurre viajar y volver, pelotudo? ¿Qué me importa que vengas vacunado con las mejores opciones, no ves que tenemos envidia? La culpa es del que sale a correr, la culpa es del pibe que va a clases, la culpa es del que viaja por laburo, la culpa es tuya, de tu vieja, de tu hermana. Toda la culpa es de los que quieren volver a laburar. La culpa es de todos esos egoístas, los que no quieren solo sobrevivir, sino que quieren vivir con todas esas cosas que hacen que valga la pena vivir.

¿Y encima dice que “algo hicieron mal”?

El problema es qué se considera mal hecho. Para ellos, todo lo que redacté, estuvo perfecto. De hecho, no son pocos los que se quejan de que no se haya estatizado alguna que otra empresa y consideran que “nos dieron republicanismo y no los votamos”. Bella concepción. Y a agarrarse de donde podamos mientras nos cagamos de risa porque esta no nos sale gratis.

Porque nada es más divertido que ver a un caprichoso sacado. Lástima que en el medio estamos nosotros que, evidentemente, algo no hicimos bien.

Ah, cierto.

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