Clamor
Que la política es la búsqueda de la obtención, conservación y ampliación del poder como un fin en sí mismo, es un concepto que nos viene del renacentismo de una Italia profundamente dividida y con más principados que habitantes. En una época en la que no se concebía la posibilidad de que los habitantes eligieran a quién los fuera a cagar por el próximo período de gobierno, era entendible que los poderosos buscaran la forma de sobrevivir a otros poderosos un tanto faltos de sutileza al momento de ocupar un carguito. 
A lo largo de la historia, siempre se han formado cuadros políticos, porque la política existió -mal que les pese a quienes les gusta reescribir los hechos desde una contratapa de diario- incluso sin democracia. En las décadas en las que todos eran del PAN, en Argentina también se generaban cuadros políticos, a pesar de que no hicieran falta para obtener el poder, dado que las elecciones eran más fáciles de digitar que los votos de Bailando por un Sueño. El motivo principal por el que se generaban cuadros, sin dudas, era la necesidad de seguir construyendo un país que los sobreviviera en la finitud del ser humano. Y es que, siendo la oligarquía el signo político dominante en el mundo de fines del siglo XIX, la Argentina ha poseído de las mejores, aunque esto les genere alergia a los que sostienen que Sarmiento era un sorete humano, que hay que sacar a Roca del billete de cien pesos y que se debe luchar por la reintegración de tierras a los pueblos originarios, todo dicho desde la comodidad de un departamento en la Capital, el cual no le entregarían a un Querandí ni aunque se lo cruzaran. 
Muy a pesar de los que vivimos a la política como algo muy nuestro, el sentimiento apasionado por la misma nunca jamás fue generalizado, ni siquiera en los tiempos de los gobernantes que movilizaban multitudes, ni con Yrigoyen, ni con Perón, ni con Alfonsín, ni con Menem, ni con «él», ni con «ella». En los períodos de mayores movilizaciones humanas, la inmensa mayoría no tenía la más pálida idea de la cocina real del poder y al día de hoy siguen sin tenerla. Algunos jugaban a arreglar el mundo desde el ateneo barrial, otros sentían que formaban parte de la Santa Inquisición Peronista desde la Unidad Básica de Ciudad Evita, pero muy pocos la tenían clara más allá de la organización sectorial. Las masas movilizadas en los actos, eran enamorados del lider y de lo que representaba para ellos -una visión distinta y absolutamente subjetiva en cada caso- pero no eran apasionados de las formas de generar poder y darle un fin útil. Dependiendo del caso, les generaba esperanza, respeto, el cariño de quién les dio algo, la representación de un padre bueno, enérgico y generoso. Lo otro, lo méramente político, no importaba, les excedía, no les interesaba. Como botón de muestra, basta con preguntarles a los más viejos por qué son peronistas o radicales: no van a hablar de política, sino que la confundirán con los sentimientos de rechazo o adhesión que les generaron los líderes del momento y las anécdotas de desprestigio o adoración que correspondan al caso. 
Hoy por hoy, el panorama no ha variado demasiado en cuanto a movilización de masas se refiere, salvo por una notoria falta en la creación de cuadros que se ha traducido en esta situación extraña que hoy vivimos en la cual la esperanza del oficialismo está en que Cristina se presente, mientras que las luces de los opositores están puestas en tipos de 70 años o en el hijo de un ex Presidente. Nos la damos de demócratas y nos llenamos la boca hablando de quién forma parte de la vieja política y quién de la nueva, mientras que lo único que buscamos como votantes es un patrón que nos arregle los quilombos o, al menos, que sea carismático. La falta de cuadros políticos se debe a las pocas ganas de renovar las cosas en serio, lo cual termina degenerando en que cualquier cacatúa con oratoria de reunión de consorcio, sea la líder de masas del siglo XXI.
La decadencia que nadie quiere reconocer se traduce en la falta de espontaneidad en las convocatorias multitudinarias. Motivos hay varios, entre los que podemos mencionar que ya no tenemos una dictadura militar a nuestras espaldas, que las comunicaciones se han perfeccionado tanto que ya no hace falta ir a la Plaza para verle la cara al mandatario de turno, pero, principalmente, ya no hay enamoramiento. Por más que quieran disfrazarlo llevando a la patria subsidiada y a todos los afiliados a algún gremio alineado al oficialismo, ya no pasa naranja. Del burdo intento de pretender llenar la Plaza de Mayo a fuerza de globos inflables, apenas se puede con un Luna Park o un Teatro Argentino en La Plata. 
El invento del acercamiento espontáneo de las juventudes hacia la militancia de la mano del kirchnerismo forma parte de una de las obras maestras de Néstor, que incluye la construcción del kirchnerismo como doctrina superadora del peronsimo -para lo cual le falta doctrina y mucho Toddy- sumado al negacionismo de la historia del país incluyendo, cuando no, al propio peronismo, del cual rescatan lo que creen que les conviene y desprecian lo que no.
Cuando la primavera kirchnerista -si es que alguna vez existió- comenzaba a menguar a fuerza de inflación y conflictividad social en aumento, convirtieron el verso setentoso en mística militante -¿o acaso alguien recuerda a La Cámpora antes de los quilombos?- y lo que algunos sesudos periodistas definen como la reconciliación de la juventud con la militancia, en realidad fue el resultado final de la habilitación de cargos y caja para los que quisieran poner la caripela. La mediáticamente exitosa militancia kirchnerista, no es otra cosa que un invento de la crisis institucional de mediados de la década pasada, un anticuerpo creado para derivar la atención hacia otro lado y que no se discuta más de política y gestión pública, sino de militancia. Y claro, dio resultado.
Con esto no quiero desprestigiar, ni mucho menos, a los que realmente sienten este proyecto, quienes lloraron por el paso a la inmortalidad de «él» y que hoy sostienen que si la tocan a Cristina se va armar quilombo. Pero la formación de cuadros sigue en clara ausencia, a no ser que crean que darle Aerolíneas Argentinas al hijo de Recalde o entregar parte de la dirección de Canal 7 a los amigos de Larroque sea parte de la escuela de formación política. La mejor prueba de la carencia de esta forma de inventar políticos está en la cadena de idioteces infantiles que plantea Cabandié desde la Legislatura porteña.
El operativo clamor hacia la candidatura de Cristina por parte de la militancia, se debe en gran parte al fanatismo y temor de quedar huérfanos emocionalmente. Para los veteranos, es producto de la falta de cuadros. No se calentaron en buscar y generar uno sólo que no sea impresentable. Si Cristina no se presenta, el último que cierre la puerta. Como punto a favor, les puedo tirar que no es mérito exclusivo de ellos. Alfonsín es el único que mide para la presidencial en las filas de la UCR y a Macri no le quedó otra que bajar a la Ciudad, dado que Pino podría quitarle la trinchera si dejaba compitiendo al carismático Larreta o a Michetti. 

Ocho años de gestión en la que utilizaron como punta de lanza que ellos son los iluminados, que cuentan con el poder absoluto de ser gobernantes porque así lo quiso Dios y, muerto Néstor, no consiguieron un sólo Plan B electoral. Así estamos, con Scioli tratando de quedar bien con Obama y Al Qaeda al mismo tiempo, haciendo un acto con La Cámpora y Estela de Carolotto en La Plata, yend
o a TN y reuniéndose con Urtubey, Insfrán y Moyano para manifestar el apoyo incondicional a la Presidente.

Tal vez sea hora de que dejen de lado las obras de teatro en las que actúan como si tuvieran al enemigo norteamericano gestando un golpe de estado en connivencia con las Fuerzas Armadas y empiecen a comportarse como los grandes hombres de la historia argentina han hecho: haciendo lo que había que hacer según las circunstancias y en el momento indicado. Pero claro, para eso hace falta leer muchos libros, visitar hemerotecas y no permitir más que la harina de la historia nos la tamicen Pigna y Feimann. 
Hace unos días charlaba con una entrañable amiga de la UCR -nadie es perfecto, que se le va a hacer- y al mostrarme algunos materiales de formación política quedé estupefacto al notar que reniegan pero no niegan a De La Rúa, ni de la escisión de Frondizi con la UCRI en el 57, ni del estrepitoso final de Alfonsín, ni de la abismal diferencia de los programas de gobierno entre Alvear e Yrigoyen. Quizás en el peronismo debamos empezar a hacer lo mismo, dejar de negar a María Estela, a Menem, a Cámpora o al que no nos guste, aceptarlos, debatir y seguir hacia adelante. Porque si seguimos revolviendo mierda, capaz nos encontramos con que los indultos del menemato fueron propuestos por Firmenich, Unamuno, Cepernic, Galimberti y redactados por Marito Montoto, como cumplimiento de un documento del Peronismo Revolucionario en el que llamaban a la pacificación y reconciliación nacional que incluía a los militares. O, tal vez, veamos que la inmensa mayoría de los atentados de la subversión fueron contra gobiernos constitucionales. O, en una de esas, siguen apareciendo esas fotos que tanto les molesta a los kirchneristas. Nadie puede negar al tío que estuvo preso, al hermano ludópata o al padre alcohólico, dado que forman parte de lo que somos y de lo que queremos ser. Aceptar nuestro ADN nos hace grandes. Pero claro, eso incluiría hacernos cargo del kirchnerismo y no es algo que estemos dispuestos a ceder por el momento. Después de todo, somos peronistas.

Viernes. Hoy no me lee nadie.