Coherencia
La coherencia es una virtud con la que no muchos humanos cuentan. Es algo que te lleva a respetar tus propias convicciones sin llegar al extremo de ser pétreo en las ideas, pero con la certeza de no cambiar la escencia. Pocas veces en mi vida tuve la suerte de conocer a alguien tan coherente en sus acciones como el Teniente Coronel Mohamed Alí Seineldín. Existen sobre el tres aspectos: uno muy conocido, otro olvidado y otro del que sólo sabemos aquellos que lo conocimos.

Militarmente era un tipo extremadamente preparado: buzo táctico, paracaidista, infante, estratega de combate, carismático lider de batallones, docente. Combatió al Ejército Revolucionario del Pueblo y fue el primero en advertir las intenciones que tenían de tomar el poder. Estuvo en la frontera con Chile durante el conflicto diplomático que casi se convierte en guerra abierta contra nuestros vecinos, y desembarcó en Malvinas el 2 de abril de 1982 al frente del Regimiento de Infantería 25. Fueron para una medida política y terminaron quedándose en una guerra a la que Seineldín llamó simplemente una «batalla más». Cuando fueron sorprendidos por las fuerzas británicas, Seineldín estaba a kilómetros del frente de batalla, en el aeropuerto, donde resistió un mes y medio de bombardeos con lo que tenía a mano y padeciendo la tibieza de Menéndez. Sabiéndose derrotado, pretendió desobedecer al mando y salir a pelear casa por casa con los comandos. Castagneto habló, Menendez se adelantó, la Guerra terminó. Siempre sintió como deshonra haber vuelto con vida y derrotado.

Su regimiento fue el que más bajas causó en las filas enemigas y el que menos pérdidas sufrió. Los veteranos dicen que se lo deben a él y sus estrategias y capacidad de mando. Él, en cambio, sostenía que se lo debía al coraje de los uniformados. Tiempo después culparía del fracaso a la falta de planificación suficiente y, puntualmente, al exceso de confianza de la Junta Militar para con los Estados Unidos, de quien sostuvo que se olvidaron que para ellos, la Reina de Inglaterra sigue siendo la máxima autoridad religiosa, más allá de las minucias políticas.

Su costado político interno dentro de las fuerzas siempre existió como en cualquier grupo de oficiales. Era Peronista, de aquellos que fue condecorado por el Teniente General Juan Domingo Perón. También era Nacionalista, Rosista y antiimperialista y por ende, se le plantó a la Junta Militar encabezada por Videla, por esas cuestiones que tienen que ver con reventar el sistema productivo argentino y -alianza mediante con los mayores neoliberales argentinos- convertirlo en este modelo agroexportador que nos ha caracterizado en los últimos 30 años. Fue relevado al interior como para que no molestara demasiado, pero la Junta seguía confiando en su profesionalismo y capacidad militar. Hijos de puta, pero no boludos.

En los ´80, y a pesar de tener una legajo personal digno de admiración y carente de manchas negras, nunca fue ascendido a Teniente General por llevarse más que mal con la cúpula militar de Alfonsín, quien a su vez, a pesar de estar en contra de Estados Unidos de la boca para afuera, le parecía un exceso el apoyo de Seineldín al panameño Noriega. Desde que finalizó la Guerra de las Malvinas luchó contra otro enemigo del ser nacional: la desmalvinización de la sociedad y el desmantelamiento de las Fuerzas Armadas. En el ’88 encabezó el levantamiento del sector nacionalista del Ejército, conflcito que terminó para las Pascuas, dejando de souvenir la frase «la casa está en orden» de parte del Presidente, quien a su vez reconoció a los veteranos como héroes de guerra, tarde y apretado, pero lo hizo. En el ´89 creyó en la Revolución Productiva de Menem y lo apoyó. Cuando Carlitos Saúl empezó a acercarse demasiado a Bush padre, más el desmantelamiento notorio de las Fuerzas, se levantó de nuevo en 1990. Fue juzgado y sentenciado a cadena perpetua. Salió indultado en 2003.

Me lo crucé por última vez en 2004, en circunstancias no muy agradables. Siempre me pareció un tipo con un aura especial, tenía la rudeza de una vida dedicada a las armas, y una ternura de viejo a quien la vida le había quitado más de lo que le dió. Sus pensamientos en cuestiones de la vida no eran tan fundamentalistas como sus convicciones políticas, hasta que se mezclaron ambas: vio morir a su hijo de cáncer, sin poder acompañarlo y siendo tentado por Menem para ser indultado a cambio de su silencio. Según sus propias palabras, prefirió permanecer preso antes que caminar libre por la calle sabiéndose un traidor a sus principios.

No tenía misterios, no tenía filtros, lo que sentía lo hacía. Quizás ello fue lo que lo llevó a felicitar a Kirchner por su homenaje al Regimiento de Infantería 25. A su modo, amaba al Ejército y amaba a su país. Su vida política opacó su persona y su heroísmo. Me quedo con la imagen de héroe incorruptible. Se hablará demasiado de él, o no se hablará nada. Prefiero que se hable y mucho.

Una imagen. Mil palabras.

Jueves. Argentina, ese eterno vacilar entre lo que se hizo y lo que decimos que se tendría que haber hecho.