Cómodos
El hombre es un ser de costumbres y pocas veces se aguanta un cambio. Cuesta tomar la decisión para modificar un factor de nuestras vidas, pero mucho más cuesta aceptar cuando algo se modifica por voluntad de otro. Si encima repercute en nuestra escala de valores, el rechazo es aún más fuerte. 
Sin ir más lejos, voy a tomar al azar algunas noticias del día de ayer. La primera de ellas, nos reza que el Jefe de Gabinete de la Nación dijo que aquellos que lo quieren ver fuera del Gobierno le chupan los dos huevos. Más allá de que Julio Piumato sienta algo de envidia, la cosa no pasó de allí. Y es que es habitual escuchar de boca de Aníbal Fernández alguna que otra anibalada. De hecho, a mi me resulta más simpático hablando así y no cuando pretende hablar en serio, cosa que siempre sucede en situaciones que generan un poco de nervio.  
En el policlínico Santamarina, del Partido de Esteban Echeverría (no más de 20 kilómetros del centro porteño) tuvieron que practicar una cesárea iluminados por velas. Cuatro años de gestión de Fernando Gray hicieron mierda un municipio que mal que bien, funcionaba. El actual intendente fue funcionario de Alicia Kirchner y desde allí destrozó a quién estaba en el cargo desde hacía 16 años -Groppi- por haber ocupado la Intendencia también durante la dictadura, sin tener en cuenta que en democracia también fue votado varias veces. Lo cierto es que el hospital está en la misma condición que el resto del partido: se cae a pedazos. Invadido por ratas y cucarachas, nos recuerda que lo único bueno que tuvo la gestión de Gray, fueron obras financiadas por la Nación.
Si a nadie le importó, es porque estamos acostumbrados. Nada más sencillo que eso. 
También nos enteramos que a la frondoza deuda que ya tenemos con Venezuela -si, Venezuela es nuestro principal acreedor- le sumamos unos 1.300 millones de dólares por la garcha inservible y altamente contaminante del Fuel Oil que nos enviaron todos estos años. Puede que muchos ni se hallan sentido tocados, siquiera, por este evento. 
La noticia que más impacto tiene en un noticiero, siempre es la que más revuelo genera en la gente. Cuanto más crispados se puedan mostrar en cámara, mejor. La noticia del día fue la propuesta de redondeo del boleto del tren -para arriba, obvio- que generó mucha bronca entre los usuarios del ferrocarril. Frases como «siempre cagan al laburante» o » todo aumenta, todo aumenta» eran las más repetidas. 
Lo que generó el impacto en la gente, no fue la mera idea del aumento del boleto. Fue la intención de modificar algo que para ellos es cotidiano, frecuente, y que, además, repercute negativamente en sus bolsillos.  Pero todo es una cuestión de costumbres. Y en este caso, una mala costumbre. 
Precios congelados, desactualizados, conviven con un mensaje amenazante del Estado que todo lo puede: Este pasaje se encuentra subsidiado por el Estado Nacional. No vaya a ser cosa que se nos olvide que estamos en el feudo Nac&Pop. Conclusión: la gente putea por que algo le va a costar uno, cuando le trendría que costar tres.
Esto es lo que pasa cuando un Gobierno se olvida del factor humano, de la psiquis de las personas que, en definitiva, son los que depositan el voto en una urna. No se puede hacer lo que la gente quiere. La gente sólo quiere estar tranquila, no importa cómo. Vos y yo, podemos tener un montón de proyectos pero difícilmente conozcamos los resultados. Nuestras preocupaciones fundamentales pasan por mañana, el mes que viene, cuanto mucho, el resto del año. Pero así y todo proyectamos, porque sabemos que queremos crecer. 
Si nosotros hiciéramos todo el tiempo lo que nos conviene sólo el día de hoy, en función de nuestra tranquilidad, probablemente dejaríamos de estar tranquilos en poco tiempo. Y el Estado hace precisamente eso. Comprar con plata la tranquilidad momentánea sin pensar en qué carajo pasará más adelante. De algún culo saldrá sangre, llevado al paroxismo.
Cualquiera que viaje en trenes o subtes, habrá notado que hace meses que no se controla la evasión de pasajeros. Es más, les permiten pasar sin boletos. Peor aún, les dicen que pase sin boleto. En el subte, directamente, cierran la ventanilla y abren las puertas de emergencia, para que los pasajeros entren y salgan como quieran. Los empleados no se calientan por la recaudación porque saben que de la misma no dependen sus ingresos. La empresa tampoco se calienta por la recaudación, porque sabe que de la misma no dependen sus ganancias ni inversiones. La patronal ni discute en las negociaciones salariales, porque sabe que no tendrán que poner un mango por aumento concedido. Todo lo banca el Estado.
Así, en un mundo cuasi socialista, lo que rompería con nuestra calma sería que paguemos por lo que usamos. Y entonces nos encontramos con un pequeño dilema. ¿Cuánto valdría nuestro ya pedorro ingreso si tuvieramos que pagar 2,70 de boleto mínimo? ¿Y si la luz nos costara el triple? ¿Y cuánto nos quedaría si además tuviéramos que pagar más del doble por el gas? Da miedo ¿verdad? 
Esto es lo que pasa cuando nos vamos de un Estado intervencionista, a un Estado bobo, en el que todo se arregla con plata pero a lo boludo. No se busca la forma de mejorar el salario de la gente, se busca la forma de que esa misma gente no se de cuenta que cobra mierda. Pero es lo que hay. Es la realidad que tendremos que aguantar mientras sigamos teniendo esa fascinación idiota por tener Presidentes con egos más grandes que sus capacidades y un pueblo que adora a quien le regala todo sin pedirle otra cosa que el voto.  

A la pobreza, también, te acostumbrás.
Viernes. Somos cómodos, que se le va a hacer.