Credo

Luego de que en menos de seis horas tuviera que leer acusaciones hacia mi persona calificándome de facho, cambiemita, kirchnerista, progresista, conservador y hasta de corrupto por dar a entender algunas de mis opiniones, opté por redactar unas líneas para que el atolondrado defenestrador precoz de turno se ahorre el trabajo de tratar de dilucidar qué pasa por mi cabeza.

En caso de que haya llegado hasta este párrafo demuestra que al menos me encuentro ante una persona que sabe leer, lo cual no quiere decir que sea un lector que comprende lo que está haciendo, del mismo modo que saber manejar un auto no convierte a nadie en un conductor prudente. Siendo así, paso a lo básico, que sería algo así como que «no todo lo que digo es para usted». Es más: todo lo que digo y nada de lo que digo puede ser, o no, para usted. Uno habla, escribe, y tira cosas al aire y si a otro no le gusta, no era para él. En definitiva, son textos, no cartas. En definitiva parte II: no escribo a pedido ni me pagan por ello. Lo mismo procuro practicar en las redes sociales pero sin suerte. Y hablo de suerte y no eficacia, porque todo depende del día que tenga quien me cruce, o su capacidad de comprensión, o lo que sea. Es algo que debería tenerme sin problemas, dado que el primer consejo periodístico que me dio un veterano colega –al que hoy putean hasta por las dudas– es que «podés hacerte cargo de lo que escribiste, no de lo que otro interpretó que quisiste dar a entender».

Por ello, y para ahorrar bytes, paso a resumir:

Creo en la despenalización y legalización del aborto temprano. Sí, qué se le va a hacer. Y no por ello le hago el juego a la izquierda, al menos que supongamos que casi toda Europa y gran parte de los Estados Unidos están gobernados por clones de Nicolás Maduro. Esto tampoco quiere decir que me pague Planned Parenthood para abrir clínicas abortistas, dado que no creo que sean tan estúpidos como para intentar lucrar en un país con un sistema de salud pública. Todo lo demás, lo dije acá.

Creo en el uso de las pistolas Taser y no porque me gusten, sino porque son menos dañinas que un plomazo en la nuca y no las considero una herramienta de tortura en su correcto uso.  Todo objeto puede ser utilizado como arma letal, pero en materia de seguridad, una pistola con balas de plomo sólo puede utilizarse para causar heridas que puedan provocar la muerte. Y como creo en el derecho humano a la vida incluso del tipo que desprecio, me cabe más inmovilizarlo que matarlo. Incluso hasta me da más humano eso de que no se muera de un balazo, qué se yo.

Creo que el funcionamiento de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires es anárquico y que ha empeorado las condiciones de seguridad de los porteños en todos los barrios, en todas las horas, en todos los días.

Detesto de sobremanera los días con temperaturas superiores a los 26 grados celcius. Calores superiores a los 30 grados sacan lo peor de mí. Si la temperatura toca los cuarenta, soy capaz de reclamar la eutanasia. Amo el invierno y la impunidad para comer como cerdo bajo el disimulo de toneladas de ropa.

Amo la noche para escribir, para leer, para escuchar música, para mirar documentales. Amo que el día me sorprenda escribiendo a mano en un cuaderno en algún bar perdido con tres litros de café en sangre, como se ha escrito gran parte de lo que me han leído.

Creo en la despenalización del consumo de todas las sustancias bajo el amparo constitucional ya existente desde 1853 de que no perjudique a terceros. Léase bien: despenalización del consumo. Que no vaya preso un tipo que se fumó un porro. Y si es un adicto incapacitado que se le dé el tratamiento que corresponde, el cual no es, precisamente, una estadía en el hotel penitenciario de turno. Y aunque no me guste la marihuana con fines recreativos, considero que es hora de dejarnos de joder con los prejuicios y aceptar las propiedades medicinales del CBD que se obtiene de la planta en forma de aceite.

Odio la mañana y sospecho seriamente de la sanidad mental del que es feliz madrugando –lo siento, Pa– o saliendo a la calle para ver caras de orto y personas con aliento a descomposición cadavérica.

Creo en el plan de educación sexual integral como una herramienta indispensable para una mejor sociedad futura, en la que se acepte la diversidad, del mismo modo que desde un inicio apoyé la igualdad de los homosexuales a arruinarse la vida a través del matrimonio. Creo que los casos de maestros abusadores no justifica ninguna medida en contra. Muchísimos curas, obispos y maestros, sin ir más lejos, han demostrado que se puede abusar tranquilamente sin la necesidad de recurrir a clases de educación sexual.

Creo en Dios. Sí, posta. A pesar de ser absolutamente racional, creo en la existencia de algo superior (canten) tan alto que no puedo estar arriba de él, tan hondo que no puedo estar abajo de él, tan ancho que no puedo estar afuera de él. Y también tan superior que no necesita de la imposición moralista de un grupo de pelmazos sin vida. Siempre me llamó la atención la incongruencia de admirar la obra del Señor, en vez de disfrutarla.

Creo que el mañana será mejor. Cada vez que me preguntan en qué época pasada me habría gustado vivir, pienso en lo que sería un dolor de muelas o una ducha hace cien años y pregunto para qué. Nací con la tele a tubo, sin televisión por cable ni satelital, sin Internet, sin GPS, sin celulares, sin computadoras personales, sin tratamientos contra el HIV, sin airbags, sin democracia, en una época en la que el subte se pagaba con cospeles y en el colectivo te cortaban un boleto. Hoy sólo puedo pensar con qué cosas me sorprenderá la humanidad en el futuro.

Aunque soy bastante nostálgico, considero que nada detiene al progreso tanto como una sociedad que considera que la tradición es quedarse congelado en un tiempo con beneficio de inventario; de esos que deciden que nuestra cultura es la que existía cuando ellos eran chicos y no la que existía cuando sus padres, abuelos o bisabuelos llegaron al país. Obviamente, me revienta el sentir xenófobo de quien cree que toda inmigración es mala, cuando si hay algo realmente tradicional en el país, es su política de atracción e integración migratoria extendida a lo largo de 110 años de historia.

No considero ser tan importante como para que los planetas guíen mi energía, pero por si las dudas, soy de Acuario, con ascendente en Leo y la luna también en Acuario.

Creo en la democracia republicana como forma de gobierno y desprecio todo personalismo. Hace tiempo dejé de sentirme identificado con las ideologías partidarias, lo cual no conlleva a ninguna contradicción ya que no voto partidos, ni voto personas; voto ideas o la menor carencia de ellas.

Amo a las mieles del capitalismo, como todos, pero no siento culpa por ello. Creo en la libertad de comercio del mismo modo que creo en la libertad de las personas, lo cual es todo un tema en un país en el que un sector politizado cree que ambas cosas son incompatibles: liberales economicistas conservadores en lo social y ampliadores de derechos sociales económicamente más cerrados que culo de estatua.

Creo que la iglesia y el Estado son asuntos separados, como casi toda la izquierda latinaomericana –con la clara excepción de los que aman al Papa– y también como Julio Argentino Roca, Domingo Faustino Sarmiento, el gringo Carlos Pellegrini o el ídolo que elija el conservador moderno.

Creo que donde hay una necesidad no siempre hay un derecho, ya que puedo tener la necesidad de tomar cinco gramos de merca por día y el Estado no tiene por qué hacerse cargo de ello. Del mismo modo, sostengo que los derechos se ejercen por la negativa y el resto son beneficios: uno tiene derecho a la vida, pero nadie puede impedir que me muera por causas naturales. Uno tiene derecho a la salud, lo cual quiere decir que nadie puede hacerme daño; que tengamos un sistema de salud público es un beneficio. Y un flor de beneficio. Entenderlo de este modo no me parece clasista: si comprendiéramos que es un beneficio que podríamos no tener, lo valoraríamos el doble.

Amo la tecnología y, a la vez, lo clásico. Streaming y vinilos, Netflix y cine, anotadores y procesadores de texto, juegos de mesa y videojuegos, el TEG y el Red Dead Redemption 2, el papel impreso y los portales. Tampoco tengo punto medio con la ropa: croto nivel remera de rock, jean y lonas, o traje. Si es con chaleco, mejor.

Defiendo con los dientes la libertad de elegir el medio de transporte que se me cante sin que ello implique dejar de tomarme un taxi cuando no tengo tiempo de quedarme esperando.

Creo en los Beatles, en el espíritu santo de Bowie y en los milagros de Charly.

Creo que todos tienen derecho a expresarse en libertad, al igual que creo que la libertad trae consecuencias. También creo que las ideas en sí no son automáticamente respetables, sino que el respeto es a expresarlas. Obviamente, también creo que muchas personas con los cerebros a estrenar se paran bajo ese paraguas para pasarse el día puteando a todo el mundo para canalizar una triste vida en la que exigen laureles por vaya a saber qué cosa, como aquel que quiere rebelarse a su jefe pero necesita del sueldo.

Entre mis amigos hay progres, un (1) comunista romántico, cambiemitas, peronistas de Perón, peronistas anti Perón, peronistas que aún no saben que son peronistas, radicales de Raúl, liberales clásicos, liberales de alguna corriente que todavía no fue descubierta, liberales que aún no lo saben. Creo en ellos y no entiendo a los que discriminan sus amistades por sus ideologías. Me los imagino en un bar encarando a una persona y preguntándole de qué signo es y a quién votará en las próximas elecciones.

Que mi pensamiento en determinado tema coincida con la bandera de la izquierda o de la derecha y que por ello haga falta meterme en la cajita de alguna identificación ideológica partidizada, no es mi problema. Repito: no puedo hacerme cargo de lo que otros interpreten que quise dar a entender.

Como verán, cualquier cosa de lo que dije acá puede usarse en mi contra por diversas posturas. Por ello es que muchas veces, demasiadas ya, termino por autocensurarme para no herir susceptibilidades, para no afectar las creencias de otros. Pero como ni siquiera las personas que alguna vez estuvieron cerca aplican el mismo criterio, tengo dos opciones. La primera es seguir diciendo lo que se me canta, cuando se me canta y como se me canta. La segunda, es aplicar la metodología que Diego Gualda rescató del manual de estilo del diario alemán Bild: Ante la duda, gatitos.

Y ahí veo venir de lejos a quienes me putearán porque no les gustan los gatitos.

 

Vernerdì. «Él se cansó de hacer canciones de protesta y se vendió a Fiorucci»