Cuba: el fetiche político argentino

Finalmente, en la provincia los radicales llevarán a dos peronistas detrás de Manes para competir contra la lista del PRO que lleva a un peronista en la cabeza de lista para definir cuál de las dos listas enfrentará al peronismo en las legislativas. Mientras espero a que terminen de asimilar lo que les digo desde principios de año –que no importa qué coloquen en la urna, siempre que no voten al FIT votarán a un peronista; y que todos los candidatos son amigos de Sergio Massa– se nos cayó Cuba en el plato de la sopa. Y salpicó para todos lados. Más allá del horror de lo que sucede, es hermoso el efecto en nuestra sociedad intelectualizada. Realmente hermoso.

El miércoles escuchaba la radio cuando le hacían una entrevista a Sergio Abrevaya, un legislador porteño del GEN. En un momento, el entrevistado se refiere a la brutalidad de que ni Horacio Rodríguez Larreta ni María Eugenia Vidal hayan utilizado la palabra “dictadura” al referirse a lo que ocurre en Cuba. Al legislador le pareció incorrecto que esto sucediera dado que “lo que hoy ocurre en Cuba ya no se sostiene”. Rápidamente y sin que nadie preguntara buscó despegarlo de lo que ocurrió en Venezuela.

Lo curioso es que, según el relato de Abrevaya, hay una excepción que en cierta medida justifica un pasado cubano feo como consecuencia de un pasado cubano aún peor. Ya saben, el discurso de siempre: que antes de Fidel Cuba era un prostíbulo inmenso, lleno de chicos hambreados y con un pueblo sometido por la fuerza. Y ya saben, también, el resto del discurso de siempre: que los indicadores mejoraron los primeros años pero que después todo se desmoronó y hoy es insostenible.

Imaginablemente hubo gente que se enojó con Abrevaya. Como si Abrevaya tuviera la culpa de pensar en un 50% como piensa la inmensa mayoría de los argentinos. Y en un 100% como piensa el romanticón del Varela Varelita o La Paz y su “manto de dudas” sobre lo que ocurre en la isla caribeña.

Zoom mediante, grandes referentes de lo que quedó de la Patria Grande Latinoamericana se juntaron a defender al régimen que ni se atrevieron a aplicar en sus países. Y el resto de la ancha avenida del medio se mueve con desconocimiento, aunque resolver las incertidumbres es sencillo. A la hora de estudiar historia hoy tenemos una biblioteca de Alejandría en la palma de las manos. Después nos enojamos con los más chicos porque no aprovechan esa posibilidad. Y sin embargo, los más veteranos se enfrentan a la situación cubana con una permisividad histórica pasmosa.

Creo que no es una cuestión ideológica sino algo más multigeneracional. Quienes fuimos adolescentes en las décadas de los noventa y posteriores tenemos una percepción distinta que la de aquellos que lo fueron antes.

Un recuerdo de mi adolescencia –comencé la secundaria en 1995– incluye a Cuba como una suerte de paraíso romántico de todo lo que está bien a esa edad. Y eso nos era inculcado incluso tanto por docentes y por los más veteranos. Versos como que está bien “morir por los ideales” respecto a la figura de Ernesto Guevara. Una suerte de manto de piedad. Contar el combo completo habría llevado a preguntar “¿Y está bien matar a cuánta gente se te cante por tus ideales?”, pero eso habría sido algo muy contracultural en un contexto de militares y subversivos indultados.

Me pondré en modo honesto y confesaré que sé en guitarra todas las canciones revolucionarias de Silvio Rodríguez. Una excelente forma de pegar onda con alguna chica en Plaza Francia. Bueno, de intentarlo.

Pero más allá del utilitarismo artístico de mi parte, realmente gustaba de esas composiciones plagadas de acordes disminuidos, una técnica extraña de interpretación y su voz melancólica. Y no me refiero solo a “Ojalá” y “Óleo de una mujer con sombrero”, sino a que sabía de memoria hasta las más extremistas, como “Canción del Elegido”, “La familia, la propiedad privada y el amor” y mis favoritas: “La era está pariendo un corazón” y “Te doy una canción”. La entonación se las debo.

Las disfrutaba. Me parecían muy bonitas composiciones. Creo que el gran factor determinante de la izquierda global fue el triunfo en el mundo cultural: los artistas, los poetas, los autores que le dan épica a historias que, de otra forma, solo consistirían en relatos de asesinatos, fusilamientos y guerras fratricidas por la toma del Poder. Como en todos lados.

Es así, no más, y por más que intentemos no vamos a encontrar un trovador que le cante a Friedrich Hayek.

Bien entrados en el siglo XXI, hoy Cuba es un resabio de la antigua Guerra Fría que pasaba a muy caliente en determinados lugares como Vietnam o Afganistán. En América Latina, Cuba fue central para el desarrollo y financiamiento de grupos subversivos y hasta resultó de refugio para los hijos de los cabecillas. Y hoy tiene el mismo lugar que lo que quedó de la Guerra Fría: un sitio que solo existe en la memoria. Y sobre exagerado.

Regreso a la cuestión generacional. Debe ser muy difícil para el progresista tener que reconocer que todas sus leyes surgidas de ideas de la socialdemocracia europea y del liberalismo, nunca, pero never in the puta life habrían tenido lugar en la Revolución Cubana como nunca las tuvieron en ningún país en el que se haya impuesto el comunismo.

Utilización cultural al palo, en la romantización revolucionaria entra cualquier cosa. Cuando veo una bandera LGBT con la cara del Che estampada mi cabeza explota de la cantidad de opciones que aparecen sobre cuál es la primera cosa que está mal de todo lo que está mal en esa imagen. ¿Son los fusilamientos de los putos? ¿Acaso lo son los discursos homofóbicos de Fidel? ¿Son los escritos excretables sobre los gays de parte de Guevara? No sé qué viene antes.

Nadie que plantee esto recibirá una respuesta amistosa. Lo más cercano podrá ser un “era generacional”. Y no, papu: matar gente por ser puto no es generacional si sos un revolucionario que cree en el hombre nuevo. Puede ser generacional si comparamos con el siglo XVIII. Pero los fusilamientos y la “reeducación” ocurrieron durante las décadas en las que la Era paría un corazón.

O piensen por un segundo en lo que le cuesta al progresista promedio pronunciar la palabra “dictadura” refiriéndose a Cuba. Es más probable que comience a sangrar por los oídos antes de que logre mencionar la primera sílaba.

Todo se mezcla entre los resabios de la Guerra Fría. La autocracia rusa y sus cientos de opositores presos –los que tuvieron suerte– o muertos –el resto– es merecedora de un “gracias Putin” al aplicarse una vacuna como si Rusia fuera gobernada por Nikita Jruchev. Respecto de China no puedo criticar a nadie. Resultó curioso leer a quienes utilizaban las declaraciones de Mauricio Macri para torear a oficialistas y opositores. El expresidente dijo que Cuba es una dictadura en la que se violan los derechos humanos. Pero el Macri presidente le otorgó la Orden del Libertador San Martín a Xi Jinping. Hasta donde sabemos, el hombre es el líder de China. Y China no es lo que llamaríamos alegremente un país “libre, democrático y respetuoso de los Derechos Humanos”.

Es que China tiene plata. He dicho esto tantas veces, pero… Si algo tiene de hipócrita este mundo occidental es que por el 1% de lo que China hace en un día se ha sancionado a países tropicales pero sin recursos.

A todo esto, hay un caso extremo en el universo filocubano que es aquel encarnado por el personaje pintoresco que cree que a Estados Unidos le preocupaba Cuba por algo más que no sea una base de misiles rusa o la puerta de entrada del comunismo al resto de América. Son sujetos que hoy no te largan la vida porteña ni para irse al conurbano bonaerense pero que lloran sangre al defender la revolución cubana bajo el amparo de la “autodeterminación de los pueblos”.

Muchos títulos universitarios pero no se dan cuenta que ese mismo argumento también habría corrido para justificar a nivel histórico todas y cada una de las dictaduras militares de la Argentina. Bueno, de hecho lo hacen con una.

Oradores de largos debates, extensos cursos y charlas; siempre con los mismos clichés como “lo rápido que bajó la tasa de analfabetización en la isla”. Como si no hubieran podido hacerlo sin fusilar a nadie.

Pero los compadezco. No es sarcasmo, realmente compadezco a los Atilio Borones de la vida. Porque cuando un ídolo cae del Olimpo arrastra en su fuerza de gravedad parte de nuestra adolescencia y juventud. Y eso te hace sentir un poquito más viejo.

Algunos tienen ídolos deportivos, otros musicales. Y hay mucha gente que tiene idolatrada, absolutamente romantizada una dictadura a la que no le pueden decir dictadura ni aunque se les aparezca el propio Fidel a decirle “dale, decilo”. Cuando un ídolo cae envejecemos un poco y eso ya no juega en el campo de las creencias sino en el de las nostalgias. Y la nostalgia es un recuerdo perfumado, una imagen con photoshop en la que se corrigieron todos los errores.

Revolución que no revoluciona pero, hasta para el más neocrítico de Cuba, algo hay que salvar. De pronto no hubo fusilamientos, ni llevan casi siete décadas sin votar. Tampoco se encuentran actualmente con un paisaje que es la viva descripción de lo que criticaban del régimen depuesto de Fulgencio Batista. Ya saben, el discurso de siempre: que antes de Fidel Cuba era un prostíbulo inmenso, lleno de chicos hambreados y con un pueblo sometido por la fuerza.

Al efecto Cuba se lo puede considerar devastador a oratoria política, pero es inofensivo en el cortísimo plazo. Básicamente porque hay una vida fuera de las redes sociales y de los medios de comunicación; un lugar en el que el grueso de la gente tiene problemas más cercanos y más reales que debatir si hay que exigirle a Kennedy que levante el embargo.

Si Cuba quedó reducida a una chicana, esperen que ahí viene Alberto Fernández. El “arquitecto del nuevo eje progresista del poder latinoamericano”, el “líder natural” de la diplomacia regional nos iluminó: “No conozco exactamente la dimensión del problema en Cuba”.

Impecable. Uno puede entender que Alberto tenga la necesidad de seguir con su relato de llevar adelante un “nestorismo 2.0” y que quiera repetir todas las cosas que hizo Néstor. Es como Ricardito Alfonsín utilizando los trajes del papá: algo grotesco. En el caso de Alberto es triste por varios motivos. Él se convirtió en el defensor y cuidador número uno de la memoria de Néstor Kirchner durante los años de Cristina Fernández en el Poder. Eran los años en los que Alberto Ídem tenía una cama en el estudio de Bonelli para recordarnos que “esto con Néstor no pasaba”.

Ese es, precisamente, el problema. El romanticismo por la figura de Néstor Kirchner se fue a las nubes tras su muerte, propio del país necrofílico que habitamos. Y Alberto pasó de ser un ex jefe de gabinete, un ex lugarteniente, a convertirse en la viuda de Néstor y sin intención de voto. No ve, no logra dimensionar que él no es Néstor, que a la gente no le importa si es o no es Néstor.

Medido, elige no recordar que Néstor y Cristina pasaron de atacar a “esos sucios trapos rojos” y de no recibir a las Madres de Plaza de Mayo durante los eternos años de gobernación santacruceña, a invitar a Fidel Castro a la asunción presidencial para diferenciarse lo más rápido posible de la imagen peronista de Carlos Menem. O sea: si los dos somos del mismo partido, yo pienso esto. A partir de ahora, claro.

Pero Fidel murió. Y Néstor murió. Y hoy Alberto cree que puede resucitar una época que no es posible porque el mundo ha cambiado. Ni Hugo Chávez quedó y hoy Venezuela ya no tiene sangre para financiar a Cuba. Solo queda un refugio de delincuentes, guerrilleros y una cocina narco gigante administrada por generales de un ejército con un profundo odio de clase que colocaron a un payaso analfabeto como líder que no lidera nada.

Regla básica: el problema somos nosotros que esperamos que Alberto, incapaz de decidir el nombre de un ministro, tenga un pensamiento crítico sobre lo que ocurre en Cuba. Le exigimos lo que no le exigimos a nadie y está perfecto que así sea: nadie le puso una pistola en la cabeza para que se presente a elecciones. Creo.

Ejemplos sobran por todos lados, pero como también vi un afiche de mi sindicato convocando a la expulsión de los yankis de Cuba (no, no es joda) en medio de una catarata de periodistas desaparecidos o encarcelados, propongo el siguiente ejercicio:

Primero tomamos aire. Exhalamos, inspiramos, exhalamos. Nos relajamos, aflojamos de a poquito cada músculo del cuerpo, y decimos bajito “desaparecer personas está mal”. Inspiramos, exhalamos y decimos “tener un solo partido político está mal”. Inspiramos, exhalamos y decimos “los juicios sumarísimos sin garantías ni defensa están mal”. Volvemos a inspirar, exhalamos y decimos “no poder votar está mal”. Una vez más y decimos “un gobierno que hace todo eso es una dictadura”. Y mientras comenzamos a llamar a la ambulancia, inspiramos una vez más, exhalamos y decimos con convicción “Cuba es una dictadura asesina y siempre lo fue”.

Ahí, si sobreviven, en una de esas, se den cuenta de que no se trata de ser de izquierda en la juventud y mantenerse perpetuamente en esa posición porque lo contrario sería convertirse en un conservador y, por ende, en viejo. Se trata de la vida, se trata de la libertad de expresión, se trata de los derechos humanos que tanto les duelen cuando ocurren en cualquier otro lado que no es de vuestro agrado.

Pero por sobre todas las cosas, y aunque no lo vean aunque se trate de un elefante con diarrea en el living del monoambiente, se trata de que pueden criticar y pedir millones de reformas a este sistema occidental, liberal y capitalista gracias a que vivimos en este sistema occidental, liberal y capitalista. Miren lo que pasa si se quejan del sistema en otros países. Como en Cuba, ponele.

Ah, me olvidaba. Lo de las canciones de Silvio nunca me funcionó.

 

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