Delirios místicos y la utopía de una dirigencia sana

Hubo una época, hace demasiados siglos, en la que los cometas causaban pánico y euforia. O sea: si se cree que un cometa es una garantía de catástrofe para un pueblo y justo estamos en pie de guerra con algún vecino, puede asustar o puede sentirse una bendición. Tan solo hace falta que pase un cometa. Y esto fue lo que ocurrió en el norte de Europa en el año 1066 cuando nuestro famosísimo amigo posteriormente bautizado Halley, pasó lo suficientemente cerca para generar la certeza de una catástrofe para alguien. El asunto es que el pueblo Normando se envalentonó y desembarcó en Gran Bretaña, tomó el Poder y comenzó a dar forma a la Inglaterra que, con el paso de los siglos, hoy conocemos.

¿Tuvo algo que ver don Halley? Absolutamente nada. Pero unos se sintieron bendecidos y lo ratificaron con el resultado que convalidó el merecimiento del trono.

La historia está plagada de líderes que sintieron la protección de Dios tras un comportamiento cuanto menos cuestionable. El asunto es que, al igual que con un fallo judicial, el que sale victorioso cree que Dios estuvo de su lado. Por ende, si quienes intentaron matar a Reagan o a Juan Pablo II hubieran logrado su cometido, habrían dicho que Dios estuvo de su lado y que las víctimas eran representantes de Satanás. El mayor ejemplo lo pudimos revivir esta semana con tan solo ver algún documental que repasara los hechos del 11 de septiembre de 2001.

La maestra de ceremonial del Senado, Cristina Fernández, finalmente se dirigió al público para hablar sobre la conmoción generada por el colifa que le puso una pistola en la cabeza. No dijo que se salvó porque el arma no tenía balas en la recámara, no hablo de delitos imposibles, tampoco mencionó que ni uno solo de los detenidos pasa un test psicológico infantil. Dijo, textualmente: “Estoy viva por Dios y la Virgen”. Validación divina.

Queda para el mismo análisis de siempre el delirio fundacional: para Cris, lo que le hicieron fue el quiebre del consenso democrático instaurado en 1983. No existieron alzamientos carapintadas, ni entrega de mandos anticipadas, ni quema de urnas. Nada. Nacimos en 2003.

A pesar de ser un creyente, siempre llamó mi atención ciertos aspectos de quienes agradecen a Dios por hechos absolutamente causales y no casuales. Al momento de ir a una guerra, todos le rezan a Dios, pero solo habrá un vencedor. En un partido de fútbol ocurre lo mismo. Es como una suerte de competencia por ver a quién quiere más Papá: el que gana se lleva el amor y, obviamente, la validación de que Dios lo respalda.

Podríamos ser ombliguistas y afirmar que Dios nos odia. Las pruebas demuestran que no es cierto. Cualquier otro país que hiciera el 0,5% de las bestialidades que realizó la Argentina ya no tiene una bandera que flamea en el cielo.

Hasta no hace mucho, el rol de la desconexión entre los dramas de un estrato superior de la sociedad y el resto de los hombres comunes estaba destinado a los famosos. Todavía podemos ver algunos resabios en esas revistas que sobreviven. Allí es normal que la separación de una pareja famosa sea presentada como un drama que altera el devenir de la humanidad.

El pesar se ha convertido en ridículo al llegar a titulares como “El drama de Yanina Latorre” por una bacteria que se le alojó en un oído. No, no es broma; ni el caso ni el título.

Por otro lado, debemos reconocer que “el show de la política” ha reemplazado hace mucho tiempo a la política. Incluso en la tele. ¿Qué garpa más, una entrevista o un escandaloso cruce entre figuras partidarias? El rating habla por sí solo.

El político ha reemplazado al famoso en la lista de titulares sobreactuados que nos informan que una figura de relevancia o mediocre atraviesa un problema real. Un incidente cotidiano es presentado como un dramón, no como nuestras minucias de no llegar a fin de mes o de tener que planificar una salida nocturna como si de un safari se tratase.

La principal diferencia es que, con los famosos de antes, el consumo morboso se explicaba en el más sencillo principio: saber que ese ser afortunado también puede caer en desgracia, que es humano.

Con los funcionarios, en cambio, se genera el efecto opuesto: Si vos sos víctima ¿qué nos queda a nosotros?

En medio del Argentinian Horror Show, el Presidente dice que a él también lo amenazaron. ¿Impacto? Si los perros pudieran reír, hasta Dylan quedó con dolor de panza. Y no es un caso menor: es gravísimo que amenacen al Presidente. También es grave que el Presidente diga públicamente que se enteró porque lo dice en la causa, cuando no tiene ninguna autoridad para saber qué dice el expediente, pero son cosas que se le dejan pasar porque ya cruzó el límite de la intrascendencia a tal punto que un intento de magnicidio no lo tiene a él como primera opción.

El tema es que vivimos en una sociedad en la que nos dividimos entre quienes han sido amenazados y quienes aún no lo fueron. Del mismo modo que nos dividimos entre quienes han sufrido algún ilícito violento a lo largo de su vida y quienes habitan en otro país. A su tiempo, todos habrán disfrutado de las mieles de la incertidumbre pero sin la ventajita de contar con los servicios de inteligencia y todas las fuerzas de seguridad abocadas a la tarea de que no les pase nada. No contamos con custodia ni nos movemos en helicóptero para hacer el tramo de 20 kilómetros que separa la quinta más custodiada del país del edificio público más custodiado del país.

¿Cómo pretendés generar empatía? Y no me refiero a Manes. Por otro lado, no menor: con el historial de mentiras alucinantes a diario ¿cómo pretendés ser tomado en serio? Conmigo se acabó la joda de la Argentina de los vivos; si no lo entienden por las buenas, será por las malas; hablé con la directora del FMI por el cambio de ministro; es mentira que haya habido alguna fiesta; mi querida Fabiola convocó a un brindis que no debió haberse hecho; son tan miserables que dicen que culpé a mi querida Fabiola; miren lo mal que le va a Suecia en su gestión de la pandemia (que es mundial). Solo con el listado de afirmaciones desmentidas en el acto podemos escribir un compilado más largo que La Guerra y la Paz de Tolstoi.

La mitomanía ha dejado de ser una patología para un sector minúsculo de la sociedad: el funcionariado. En ellos, mentir metódicamente a diario no acarrea ninguna consecuencia. Pero si bien la mitomanía o mentira patológica tiene poca cobertura científica –quizás porque todos mentimos–, el poco estudio existente asegura que el mentiroso patológico tiene una adicción a mentir sin obtener casi nunca un beneficio a cambio y sin que nadie lo obligue a hacerlo en la mayoría de los casos.

¿Se pusieron a pensar qué sería de nuestra vida si hiciéramos un apto psiquiátrico a la hora de habilitar una candidatura? En serio lo pregunto. Y no es la primera vez que lo hago, dado que hace ya una década –o más– comencé a jorobar con eso de que “en este país te exigen un apto psiquiátrico para manejar un camión pero no para conducir un país”.

En cierta ocasión he planteado muy al pasar el mismo interrogante: ¿qué pasaría si cada gobernante, funcionario o legislador tuviera que dar el mismo apto psicológico que se le exige a cualquier empleado? Más allá de imaginarnos al planeta fundido en un abrazo fraternal, la sola idea de plantearlo recibe la negativa.

“Muy bonita idea, pero ¿a quién le das esa facultad de decidir?”. Qué se yo, no me parece un argumento en contra. Los jueces tienen que aprobar ese examen. ¿Por qué uno solo de los Poderes del Estado se ve obligado a demostrar que está en sus cabales? ¿A quién le dieron la facultad de elegir? Al cuerpo de peritos psiquiátricos. Tan simple como eso.

¿Saben qué cosas se hicieron sin pensar a quién se le daba la facultad de decidir? Existen miles de ejemplos, pero hasta se ha sancionado una ley de salud mental sin consultar a un solo psiquiatra. ¿Nunca se preguntaron por qué está bien que se necesite un apto de salud mental para cualquier empleo pero no para crear esas reglamentaciones? ¿Se dieron cuenta que al sacar o renovar el registro de conducir debemos tener una charla con un profesional de la salud mental? ¿Notaron que quien firma el registro no tuvo que pasar por ningún apto?

Las oficinas gubernamentales están, literalmente, llenas de empleados que tuvieron que pasar ese apto. Los que les dan las órdenes, no lo necesitan. ¿Les parece lógico?

Más allá de este planteo que ya ni me caliento en defender públicamente, hay que reconocer que en un montón de aspectos somos una sociedad en inercia perpetua. Todo está mal pero la forma de solucionarlo es repetir el error, a ver si cambia con una alineación planetaria distinta o algo así.

Probar cosas nuevas es un sacrilegio. Y eso que para nosotros probar algo nuevo es, sencillamente, aplicar una receta económica que le dio resultado al mundo entero. Y eso que más de una vez fuimos una sociedad pionera en algo.

En 1776 un grupo de guapos decidió crear un país de cero en un territorio nuevo. Nunca había sucedido. Y crearon un sistema de gobierno absolutamente distinto a todo lo conocido. Hoy Estados Unidos lleva un cuarto de milenio sin interrupciones a su sistema. Y eso que tuvieron ocho presidentes muertos en el cargo, cuatro asesinados. Acá, con algo que finalmente no ocurrió, hasta se celebró una misa.

Nosotros fuimos el segundo país en el mundo en tener un sistema parecido y mejorado. O sea, también fuimos pioneros.

“En ninguna parte del mundo se hace un psicotécnico a los candidatos” es el segundo comentario que más he recibido. ¿Y si Pepito salta por la ventana vos saltás? Esa manía de elegir lo que nos conviene para bien o para mal. “Todos pagan ganancias”, “los países nórdicos pagan más impuestos que nosotros”, “en todos lados hay corrupción”. Es todo joda hasta que a todos los países les agarra la misma crisis y, de pronto, en la cancha se ven los pingos.

¿Sabés qué no hay en otras partes del mundo? Un país sin guerras, con un terremoto cada 80 años, sin temporadas anuales de huracanes, con la mitad de su territorio cultivable, con un nivel de alfabetización superior a la media, y que tenga a la mitad de su población pobre, a la mayoría de sus funcionarios multimillonarios y a los sindicalistas devenidos en patronal porque todos tienen alguna empresa. No existe que todo eso ocurra mientras hay impuestos escandinavos para contraprestaciones subsaharianas.

¿Sabés qué hicimos antes que nadie en la historia del mundo? Un juicio civil a autoridades militares de una dictadura. ¿Por qué no probar?

Tenemos un cuerpo psiquiátrico colegiado en la Oficina de Violencia Doméstica, tenemos otro cuerpo de peritos psiquiátricos, tenemos asociaciones y mil formas más. ¿Por qué sería ilógico pensar en un colegio mixto abocado a determinar si una persona se encuentra apta para el cargo al que se postula? Ok, entiendo que no queda nadie, o casi nadie. Y también entiendo que es una utopía. ¿Pero nadie pensó nunca en los dolores de cabeza que nos ahorraríamos?

Ni siquiera es que pido un control toxicológico como el que propuso Miguel Ángel Toma en 1997 y al que se opuso desde el Partido Justicialista hasta la UCR bajo el amparo de la protección de la privacidad. Eran épocas en las que se descubrió narcomenudeo en el palacio legislativo. Obviamente, no le vendían la merca a los mozos de La Gran Taberna de la esquina. Pero bien que esos derechos a la privacidad pasan a segundo plano a la hora de sentarse tras un volante y ser agarrado por un control toxicológico que te escracha de por vida.

“La diferencia es el riesgo directo, Lucca”. Sí, obvio. Pero convengamos que es más peligroso que un limado pueda proponer y aprobar leyes. Simplemente por proporciones de personas afectadas.

Está claro que hablo de utopías. Difícilmente se apruebe una normativa sobre aptitudes mentales porque nadie atenta contra su propia especie.

Pero no vayan a creer que pretendo dejar afuera a cualquier trastornado, eh. Hablo con toda la autoridad que me da vivir la situación que describo. Hay trastornos de la personalidad que son más peligrosos que una enfermedad mental y han existido grandes líderes mundiales con problemas de salud en el marote.

Winston Churchill sufría de depresión crónica con profundos pozos de distimia severa. Es un milagro que no se haya quitado la vida. Sin embargo, sus aptitudes eran más fuertes que su enfermedad. La depresión también acompañó a lo largo de su vida a Abraham Lincoln y nadie puede decir que no fue una persona con una visión estratégica compleja y exitosa.

Por eso, repito, la pregunta es sencilla: ¿Estás en condiciones de bancarte la presión de ser el Presidente de un país las 24 horas durante 1.461 días? Yo no podría. Lo sé porque conozco mis límites. Y los conozco porque cuando sentí que algo no andaba bien, recibí asistencia.

También he visto a un tipo desear que un fiscal no se suicide, decir en dos oportunidades que la inflación en el primer mundo es diez veces superior a la Argentina y no poder hilar una idea en un acto. Y lo aplaudieron.

Sé que planteo un imposible. Pero una buena forma de hackear el sistema es educar y cubrir los faltantes que el propio Estado, convenientemente, ha abandonado, como cuando reemplazaron Educación Cívica por Formación Ciudadana. No aprenderemos a realizar diagnósticos psiquiátricos a la distancia, pero por lo menos sabremos cuándo nos mienten descaradamente antes de las elecciones al prometernos cosas que escapan a cualquier función que puedan tener a la hora de ganar la elección.

¿Nunca vieron a un candidato a diputado utilizar de eslogan de campaña “la lucha contra la inflación”? ¿Qué cazzo puede hacer un diputado para controlar la inflación además de no gastar plata?

Vivimos en un lugar en el que te pueden quitar la tenencia de tus hijos por una enfermedad mental grave pero no la responsabilidad de tomar decisiones sobre el futuro de 47 millones de personas a las que no conocés.

Quizá sea un lindo punto de partida pero sé que no va para ningún lado. Durante años repetimos que hicieron pomada al sistema educativo porque “la ignorancia garantiza el sometimiento”. Nunca entendí qué quisieron hacer con la ley de salud mental aprobada en 2012 y que arruinó para siempre la esperanza de todo aquel que sea pobre o quiera internar a un pariente. Recién ahora comienzo a comprender la necesidad de estar rodeados de loquitos sueltos.

Garpa mucho más.

Nicolás Lucca

 

 

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