Argentina: el país que no sabe dónde estar

Si hay algo que asusta es suponer que estamos en riesgo de perder la cordura. De hecho, nos preocupa ver a otra persona que perdió conexión con la realidad. ¿Por qué? Dicen que se debe a un reflejo, a saber que nos podría pasar a todos. Sin embargo, el tratamiento depende del oficio de quien pierda la conexión. Si un comerciante, administrativo, taxista o bombero dice que el agua no moja, que las harinas no engordan o que un ser humano puede volar al aletear desde una terraza, lo internamos. En la Argentina, si lo dice un político, lo votamos.

En una realidad en la que los funcionarios parecieran escuchar voces que les dicen “ya que está todo roto, pudrila a fondo”, quedamos inmersos en una ruleta en la que la suerte es loca, lo que toca, toca. Por la tarde el gobierno dice que las clases son prioritarias, por la noche suspenden la presencialidad. Una mañana le hacemos masajitos virtuales a Angela Merkel; por la tarde nos retiramos de la demanda contra Venezuela por violación de los Derechos Humanos.

El señor Fernández da una entrevista a la CÑN en la que demuestra desconocer cuántas cabezas de ganado hay en la Argentina, pero sí le dio para explicar por qué cerró las exportaciones de lo que desconoce. Fue desmentido con números. En la misma conversación dijo que Pedro Cahn le acercó un dato sobre el coronavirus y la niñez. Fue desmentido por Pedro Cahn. Es argentino, vivió en el planeta Tierra desde su nacimiento y aún no comprende que cuando habla hay personas que escuchan. Y que cualquier cosa que diga, por más tonta que parezca, puede ser refutada por otro.

No aprende o le gusta.

Cuando tenía unos trece años se me dio por faltar al colegio sin avisar a mis padres. Ratearme, hacer la rabona o como lo llamen en sus barrios fue un fiasco. Al volver a casa saludé a mi madre y me contestó con un “la próxima decime dónde vas a estar”. Intrigado, al rato le pregunté cómo se enteró, si no había forma de que falle. Habían llamado del colegio por las dudas. No hubo una segunda rateada sin avisar en casa porque ya sabía que el colegio controlaba esas cosas.

En los veintiséis años que pasaron desde aquel entonces surgieron Internet, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y quichicientas formas de cagarnos la vida con la hiperinformación que no informa. Sin embargo hay gente que cree que puede hablar públicamente en un canal de televisión sobre algo que afecta a un noruego y que en Noruega no se van a enterar en el instante.

Yo puedo entender que Alberto sea un tipo anticuado y que, quizá, en la casa de los Cafiero no hayan tenido televisión ni teléfono por cuestiones filosóficas o una promesa a la Virgen. Pero incluso las noticias volaban cuando el señor Fernández era un purrete. A las 6 de la mañana del 23 de enero comenzó el copamiento de La Tablada. Para las 6.30 ya estaba el regimiento rodeado por la policía. A las 7 no había radio que no informara sobre lo que ocurría.

Ejemplos para tirar al techo. El que quieran desde la tapa de los diarios porteños con el fin de la Segunda Guerra Mundial el mismo día, o las crónicas de Caras y Caretas sobre la Gran Guerra en 1914. Noticias que cruzan el mundo en segundos desde la invención del telégrafo. Incluso antes, las abdicaciones de Bayona llegaron al río de la Plata en menos de cuatro meses. Y estamos hablando de la primera década del siglo XIX.

Suponer que en 2021 se puede decir una burrada tras otra sobre cualquier asunto o país y salir indemne, es de incapaz o de cínico. No hay una tercera opción. Seguir en la costumbre del chamuyo no siempre será gratis. Hasta ahora no nos pasan factura porque dejamos de ser un caso de estudio para pasar a ocupar el puesto de país de consumo irónico. Pero el mundo va hacia un lugar en el que será necesario tomar decisiones y posiciones. A la Argentina siempre le costó colocarse del lado correcto porque ante cada conflicto esperó a ver quién tenía las de ganar. Para todo lo demás, la abstención, que no es otra cosa que tibieza cómplice.

Hoy, a pesar de vivir otro contexto, la línea está trazada nuevamente en el mismo lugar. Están aquellos que quieren un mundo imperfecto pero libre, desigual pero mejorable, y aquellos que habitan otro en el que la desigualdad y la disidencia se tapa con campos de concentración. Un mundo en el que se acepta una convivencia sobre una base de reglas mínimas o uno en el que un problemita de contención de un virus no se anuncia a tiempo de forma dolosa.

No sé si registraron que el planeta ha sumado millones de muertos por múltiples causas pero que, más allá de si se originó artificial o naturalmente, hay una responsabilidad inesquivable en la no advertencia de China a la comunidad internacional. Argentina comparte su hipocresía con la mayoría del planeta, que no tiene ningún apuro en condenar o bloquear a cualquier país por el 1% de lo que China hace a diario.


.Por si no lo leíste, va link: Te pido mil disculpas, China

En los años que siguieron a la crisis de 2001 la Argentina comenzó a crecer a tasas chinas en buena medida gracias a China. En el camino reprimarizamos nuestra economía para convertirnos en el granero sojero de un gigante que quería llegar a la cima. Si mañana tuviéramos que elegir entre romper con China o una pistola en la cabeza, preguntaremos cuál es el calibre de la munición.

Nuestra diplomacia sigue ese camino en el que dice una cosa, hace otra, propone una tercera y termina alineado con los peores del curso que, en estos casos, siquiera son los más divertidos. En la misma jornada en la que celebramos que Alemania nos atendió el Zoom decidimos alejarnos de la demanda del mundo libre contra Venezuela por la violación sistemática a los Derechos Humanos. Siquiera podemos sostener que no tenemos idea de qué es lo que pasa allí: videos para tirar al techo, registros por todos lados y el testimonio de cada uno de los venezolanos que nos cruzamos todos y cada uno de los días del Señor.

Luego votamos contra Israel cuando todos vimos los 4 mil misiles arrojados. Los vimos. Y nuestro gobierno pidió “proporcionalidad”, que de forma literal habría consistido en que Israel desactive su sistema de defensa y revolee otros 4 mil misiles. No pensamos siquiera en el egoísmo: Israel inició tratativas con nuestro gobierno para facilitarnos vacunas en el mismo día en que se pronunció la Cancillería.

Curiosidad: de todos los países que votaron en contra de Israel, la Argentina es el único que tiene firmados y operativos todos los tratados de Derechos Humanos. ¿Conclusión? Que la comunidad internacional se joda por permitir que 23 países que no suscribieron los tratados de Derechos Humanos formen parte de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Por si quedan dudas, la Comisión está integrada por Venezuela, Cuba, Rusia y China, que saben tanto de Derechos Humanos que conocen las mil y una formas de violarlos.

Decimos que queremos diálogo en Oriente Medio pero tomamos partido. No es novedad ya que históricamente transitamos una supuesta avenida del medio pero tirados hacia una de las dos veredas. Somos el Sergio Massa del mundo. Decimos que vamos para un lado equidistante y terminamos en un trencito de carnaval detrás de China, Rusia, Irán, Cuba, Bolivia y Venezuela. Nos falta una visita diplomática a Corea del Norte y completamos el álbum Festival Mundial de la Juventud Moscú 1985.

Lo peor es que, si corremos del medio la cuestión económica desastrosa de buena parte de esos países, muchos argentinos no tendrían drama en un régimen autoritario que controle la moral y las buenas costumbres. Porque sí: todas las quejas contra la discriminación y la falta de igualdad de oportunidades en Occidente pueden hacerse porque vivimos en Occidente. En otros lugares iríamos directamente a la horca.

Y si dejamos la cuestión económica desastrosa en el medio, también hay quien sueña con un modelo de país en el que una pequeña casta pueda tener el Poder a su antojo.

La percepción de la realidad es absolutamente subjetiva, es verdad. Todo depende de las cosas en las que se cree, las historias que nos condicionan y los deseos de lo que queremos para nosotros. Eso es lo que más lamento del país que habito: que nuestras sociedades internacionales son porque realmente creemos que ese mundo de mierda, sin libertad, tiránico, autocrático y pésimo vecino es el que nos corresponde. De hecho, no entiendo para qué negar lo que somos. Si estamos obligados a tomar partido -para eso es una votación- y elegimos siempre a países que no comparten ni uno de nuestros principios constitucionales, quizá no estemos en la vereda equivocada. Tal vez lo único que tenemos equivocado sea esta Constitución Nacional. ¿Para qué tantos principios escritos si predicamos otros?

Hace muy poquito el actual presidente decía que el gobierno venezolano había cometido “abusos imperdonables sobre los Derechos Humanos”. Hasta agregó que “el silencio es complicidad”. Sergio Massa ha repetido que Venezuela es una dictadura una y otra vez. Felipe Solá fue en idéntico sentido cada vez que le preguntaron.

Sin embargo, a pesar de tener al presidente de los representantes del pueblo, al titular de la diplomacia argentina y al mismísimo presidente de la Nación alineados en una misma idea, el país hace todo lo contrario. Quisiera no tener que creerle a mi amigo que me dice que se trató de “una concesión” a los sectores duros del kirchnerismo más rancio para que no rompan las guindas con las negociaciones por la deuda. Como si esa manga de lúmpenes firmasolicitadas tuviera un mínimo de peso en el amperímetro electoral.

Pero nadie le pide tanto al Presidente. Nadie. Y si alguien lo hiciera, siempre se puede decir que no. Mi mandato, mi decisión. En todo caso preguntaría si, más que evitar la irritación del coro de lamentadores kirchneristas, no se busca no ofuscar a nuestros proveedores de vacunas tan amigos de Venezuela. De hecho lo pregunté, pero mi amigo no maneja mucho de relaciones internacionales.

Al igual que Cristina Fernández, Alberto Ídem ha preferido reposar su espalda sobre lo más rancio de la progresía kirchnerista. Y un poquito sobre lo más feudal del conservadurismo del interior. Al menos algunos días, a determinada hora. Luego dice lo que quieren escuchar los acreedores. Más tarde lo que necesita escuchar su mesa chica. Por la noche lo que contente a los aplaudidores. Es el drama de cuando se quiere quedar bien con todos: no se queda bien con nadie. Por suerte, luego llegan los intérpretes del presidente a explicarnos qué quiso decir cuando dijo lo que escuchamos.

Así es que la agenda se debate entre conservadores y frepasistas que saltaron al kirchnerismo con una garrocha nuclear. Pero hay un tercer componente que es ineludible: en un Frente de Todos, son precisamente todos quienes sienten que tienen derecho a que se siga determinada agenda. Sin embargo, nadie le pidió al presidente que dijera que en diciembre del 2020 íbamos a tener diez millones de vacunados. Nadie le secuestró a Dylan para que se explayara en contra de los suecos, de los chilenos, de los catalanes, de los finlandeses o de los reptilianos. Absolutamente nadie obligó a que un grupos de militantes que todavía tienen restos de acné suban fotos a las redes sociales para mostrar sus vacunas privilegiadas. Lo hicieron solos, necesitaban contarlo, mostrarlo, alardear de cosas que otros no tienen y que ellos no necesitan.

Se desnudaron solos, cumplieron con las reglas de las redes sociales. Pasamos de las confesiones extraídas mediante tortura en la literatura orwelliana a la exposición obsena absolutamente voluntaria de la era de las redes. Por eso se la dan en la pera una y otra vez: porque hacen política como en la primera mitad del siglo XX pero en la autopista de la información del siglo XXI.

Pero cuando la política se mueve con la moralidad del siglo XX, cuando el parámetro es el paternalismo conservador popular, desnudarse voluntariamente es un tiro en los pies. Y Alberto anda con una metralleta mientras repite una y otra vez que “siempre habló con la verdad”.

Y quizá sea cierto. Hay que ver cuántas veces escuchó lo que la verdad tenía para contestarle.

 

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