El arte de sobrevivir en la clase media

Durante la década de 1960 mi abuelo abrió lo que llamamos una mediana empresa. Zapatero de oficio, se dio a la fabricación de zapatos para los principales locales de la avenida Santa Fe. Pero ese no es el dato: nació tan pobre que vendía verduras en un carro tirado por él mismo.

Luego comenzó a sumar un empleo extra como mozo en servicios de catering y, si quedaba algo de tiempo, fabricaba calzado. Artesanalmente, cosidos, capelladas cortadas a mano.

Cuando se animó a pegar el salto lo hizo en sociedad con su amigo Osvaldo. Eran otros tiempos y no tenía que pagar un sinfín de tributos a la corona para funcionar.

No sé si se entendió: nació pobre, abrió una empresa.

Puede que en estos tiempos que corren suene a que se convirtió en un Henry Ford del calzado, pero si nos quitamos nuestra mentalidad de prebendas y estatismo, sabremos que una casa chorizo con tres tipos que fabrican zapatos a la par de sus dos jefes, es un ejemplo de esfuerzo descomunal.

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Esta semana una colega de la BBC vino a la Argentina a realizar unos informes sobre nosotros. De pronto volvimos a ser tema de interés y todo gracias a nuestro expertise: vivir con 100% de inflación y no reventar todo.

Entre los informes que le acompañé a realizar, hubo uno que nos llevó a Puerta de Hierro, la villa más peligrosa de La Matanza, pero es lo de menos. Peor fue llegar a San Petersburgo, el barrio más pobre de todo el partido más pobre de la provincia de Buenos Aires. Cien metros de pasillo hasta llegar a la Casa de Día. Allí, mi colega entrevista a unas señoritas que preparan el desayuno, luego el almuerzo, más tarde la merienda y por último la cena para más de 400 familias. En el medio, cuidan a niños muy niños, o bebés grandes, como prefieran, para que sus madres puedan salir a trabajar.

Luego de pasar por el predio de la Fundación River Plate de la zona, luego de charlar y jugar con decenas de chicos, luego de presenciar cientos de historias terribles con sonrisas en la cara, luego de saber que el mayor logro de esa fundación es que chicos de las tres villas más enemistadas de la zona sea que compartan equipo y comiencen a romper prejuicios, luego de saber que el fútbol es utilizado de excusa para que participen de talleres educativos y alejarlos del peligro de la calle, luego de haber transitado pasillos inhumanos con gente amable que saluda al pasar mientras regala sonrisas, me lleno de preguntas. Yo me basto, no hace falta que mi colega pregunte nada.

Al emprender la vuelta, luego de darle las instrucciones al Waze y que calcule unos veinte minutos de viaje hacia Plaza de Mayo, le pido a la gringa su impresión. Solo surgieron dos.

–¿Acaso esta gente no recibe asistencia del Estado?
–Deberían.
–Está claro que no la reciben. ¿Quién la recibe si es tan grande el gasto?
–Ehm…

Para finalizar me comentó que lo único que le intriga no es que varios de los chicos –literalmente– no conozcan la ciudad de Buenos Aires, sino que todo esto ocurra… a veinte minutos de la Casa Rosada. Con cara de sorpresa y todo, cero indignación.

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“Che, Lucca, entonces de qué te quejás si algo heredaste”.

Nacer pobre y ascender a la clase media en una misma generación es un milagro que la Argentina solía ofrecerle a sus queridos inmigrantes. Que no queden migajas y haya que comenzar de abajo, también es un fenómeno sobrenatural surgido hace algunas décadas.

A mi abuelo le llevó unos 35 años de esfuerzo dedicarse a lo que le gustaba y mucho más estabilizarse: tener un auto, terminar la casa, comprar un televisor, procurar que sus hijos solo tuvieran que dedicar su infancia y adolescencia a estudiar.

Nunca se fueron de vacaciones. Creo que lo más lejos que llegó fue a la ciudad de Paraná. Murió sin conocer el mar argentino. Y si bien se había acostumbrado –como todos– a la economía y las crisis, los coletazos de la hiperinflación lo golpearon.

Así, a la edad en que los hombres se jubilaban, él seguía con su costumbre de despertarse a las cuatro de la mañana y regresar ya entrada la noche. Es como si un miedo atroz a volver a tirar de un carro lo corriera día y noche.

El esfuerzo se lo llevó puesto a los 60 años. Dejó dos hijos clase media y una esposa que no requería de ninguna jubilación gracias a la venta de su parte de la megaindustria: media casa chorizo.

En 2002 un gobierno que venía a encausar las cosas le pesificó los ahorros. Tuvo que alquilar la mitad de la casa en la que mis primos, mis hermanos y yo pasamos buena parte de los mejores momentos de nuestra infancia. Para todo lo demás, la caridad familiar. Ella también sufrió la pobreza en carne viva, la de tener que salir a lavar ropa a los 6 años. ¿Educación? Sabía leer, escribir y aritmética básica. Lo suficiente.

Mi Babi, que puso el hombro al trabajar de ama de casa durante el día y remendar ropa por dinero por las noches, me dijo en una sobremesa de mates nocturnos: “Jamás imaginé que, con tanto esfuerzo, iba a terminar así”.

Tardé años en dimensionar que había algo anormal en su frase. O sea, que la normalidad del planeta dicta que es muy difícil que un pobre salte a una clase media segura antes de los cuarenta años. Pero esa anormalidad era la magia de la Argentina.

Y no fueron un caso aislado: todos los tanos del Pasaje tenían hijos con estudios. Habían ascendido sin excepción a pesar de un país de tres dígitos de inflación anual, de golpes tras golpes, de atentados y terrorismo de Estado.

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En otro de los programas con La Gringa, la acompañé a entrevistar familias y sus comportamientos diarios frente a la inflación que perforará, por primera vez desde 1988, los tres dígitos en un año. Ella viene preocupada por la inflación de su país, que acumula 7% en lo que va del año. Menos de lo que sumamos por mes desde junio.

Una pregunta que le escuché me dejó boludo: “¿Cómo imaginan que será todo a partir de las elecciones presidenciales de 2023?”

De pronto me doy cuenta de que es una pregunta tan obvia que no la vi venir. Un elefante en el living. De un monoambiente. El paquidermo tiene diarrea y nosotros hacemos de cuenta que miramos una serie.

Si esa misma pregunta que una periodista británica le hace a un par de personas de clase media se la hiciéramos nosotros mismos a los políticos y entre colegas, creo que comenzamos a entrar en pánico. “Qué esperamos que pase en un año”. Falta solo un año. De hecho, falta mucho menos de un año para las PASO. Es más: faltan ocho meses para el cierre de listas. Y se nos escapó a todos, tan obsesionados con el presente.

Ya sabemos que desde el oficialismo se robaron las vacunas, que prepotearon, que arruinaron económicamente a casi todos, que miraron para otro lado con la violación de los derechos humanos y la incontable cadena de psicopateadas e inoperancia. Ya tenemos el diagnóstico. ¿Cuál es el tratamiento?

¿Qué piensan hacer desde la oposición? Además de acomodarle los tantos al Dr. Cerebro, ¿qué harán? No digan “lo mismo que ya hicimos” cuando se revolearon críticas y autocríticas y cuando hasta el propio Macri dedica la primera parte de Primer Tiempo a la revisión ácida de su propia gestión. Mucho menos cuando todavía recordamos el “pasa que comunicamos mal” y los comunicadores siguen allí. Y eso que para mí no comunicaban mal.

Ya sabemos que el oficialismo y la oposición representan dos modelos distintos de país. Pero es época de que, tras tanta incertidumbre, comiencen a decir qué nos espera, cómo piensan arreglar este desastre y cortarla con la liviandad de “unir a los argentinos”, que para algo existen los divorcios. O de profundizar con los diagnósticos tuiteros, que para eso estamos los tuiteros.

¿Políticas de shock o no? Joya ¿Cómo lo harán? ¿Planes sociales por cuánto tiempo y a quién? ¿Seguridad nacional o siga, siga?

Es curioso que dentro del actual oficialismo ya hay personas que sí piensan a futuro: los sindicalistas presionarán para tener lugares en las listas que garanticen fueros legislativos. Son los primeros en oler sangre, debería ser la señal que grita “movete que entrás”. ¿Están en calentamiento? ¿Tuvieron al menos una charla técnica de cómo jugarán? Leo y escucho las declaraciones y no pareciera ser el caso si todavía se corren por quién será candidato. ¿Pueden, al menos, firmar una hoja de ruta más allá del candidato?

¿Y mis colegas? ¿Se dieron cuenta que se preguntan si el oficialismo y la oposición pueden firmar un acuerdo a largo plazo cuando el oficialismo es un show de patadas voladoras y en la oposición se corren, incluso, dentro de los partidos de la misma coalición? Sí, se dieron cuenta. No me digan que no se dieron cuenta cuando vivimos con el calendario electoral colgado de la heladera.

¿Se preguntaron de qué hablaremos si hay cambio de signo político en el gobierno? Se las regalo, eh. Un futuro distópico que ya vivimos. Un lugar horrible y oscuro en el que se es antikirchnerista por siempre o a cagarse de hambre. Un espacio en el que hay que inventar de qué hablar para satisfacer a los anunciantes de los portales con más banners que lectores. Anuncios que, casualmente, son de todos los municipios que hoy controla la oposición.

La veía a mi colega yirar por el mundo para contar historias y me di cuenta que estamos demasiado lejos de esa posibilidad: de vivir sin ser estrellas, de permitir que las historias sean protagonistas y no quién las cuenta, de convertirnos en los ojos y oídos de otros.

Y ni que hablar de mantener el poder adquisitivo del prime time. Ya lo dije en esta nota de mayo y todavía me putean: ser oposición crítica desde el periodismo es muchísimo más rentable y mucho, muchísimo más fácil cuando gobierna el kirchnerismo: tenés material para tirar al techo todos los días.

Agrego que ser crítico de otro gobierno es difícil. Muy difícil. Y no vale decir “haremos como siempre, pegarle a todos por igual” que es menos creíble que decir que se puede ganar mucha guita, mantener la estabilidad laboral y tener la lengua libre al mismo tiempo. Mucho menos desde que surgieron las redes sociales y, con ellas, el amor por la fama de los likes y el cagazo extremo a que nos dejen de querer. O que nos insulten. O que digan que nos vendimos y, tras ello, se nos cierren las puertas que siempre permanecen abiertas a quien toma el nicho ideológico seguro.

¿Cómo harán para criticar algo en medio del temor a que vuelvan los otros? ¿Otra vez se fajará al que todavía no se desabrochó el saco mientras se sienta en el sillón de Rivadavia? ¿Cómo harán si, tras la revolución tecnológica, sólo conocemos una forma de hacer periodismo: a las patadas, crítica y sin mesura frente a un grupo de personas que no dejaron otra opción?

Imaginemos un país normal. ¿En serio vamos a creer que la gente entrará en masa a leer las noticias del día?

En la Argentina hay siete canales de noticias para una población de 47 millones, si es que el censo acertó a la lotería. Un récord en proporciones y también en cantidad. Brasil, con 212 millones de habitantes, tiene cuatro señales. En México, el tercer país más poblado del continente, hay dos canales para 128 millones. Colombia, con una población casi tan abundante como la nuestra, subsiste con la tristeza de saber que solo cuentan con dos canales.

Tenemos siete canales. ¿Con qué vamos a sostener tamaña anomalía si algún día alcanzamos la soñada normalidad? No hay mercado para todos: el 90% de los medios no sobrevive sin pauta. ¿Seguiremos con el gastadero de guita en medios inviables –no es chicana, son números– cuando hay que apretar cinturones? No es tan obvio, eh. ¿De qué van a vivir?

¿De qué viviré yo cuando no existan estas motivaciones de supervivencia?

Más allá de la chicana a los que han hecho de la oposición periodística un negocio para el empacho, en serio me pregunto qué haremos. Al menos yo me lo pregunto.

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El motivo de la historia de parte de mis abuelos obedece a una sencilla razón: la historia del señor que tuvo una empresa y, mientras hoy maneja un remis, sostiene que no imaginaba estar así a sus 71 años.

Soñar, soñamos todos. Les puedo jurar que también imaginaba otras cosas para mis 40 años. Algunas se dieron contra todo pronóstico. Otras ocurrieron a pesar de la Argentina y no gracias a ella. También hubo de esas cosas que sucedieron gracias a lo que aún sobrevive. Pero, imaginaba otra versión de mis cuarenta años. Más estable, con los proyectos puestos en viajes o en comprar una casita en un bosque cerca de la costa.

Jamás imaginé que a los 40 aún estaría bajo techo alquilado. Ni en una mala borrachera se cruzó por mi mente que mi estabilidad económica dependería de terceros. Ni mucho menos imaginé que el esfuerzo que se lleva puesta mi salud alcanzaría solo para mantenerme a flote mientras espero que la marejada me devuelva a tierra firme.

Y es que por eso me pareció pertinente el recuerdo: a los golpes nos acostumbramos a vivir en una pelea de box infinita. Solo me pregunto cuál será el del nocaut y quién lo dará. Y cuántas chances hay de que el golpe lo pueda dar yo.

Me niego a llorar el pasado como vieja en matiné. Algo saldrá de todo esto. ¿Demorará demasiado? ¿Diez, veinte años? Tendré sesenta. Y ya saben, al leerme, lo que significa esa edad en mi historia familiar. Es más, el solo hecho de tener cuarenta es todo un tema. Hasta hace no mucho éramos señores. Hoy somos pendejos. En el mundo sé corrió la frontera etaria biológica pero en nuestro país también se movió la frontera adquisitiva.

Más difícil resulta saber que habrá sido toda mi vida a la espera de que las condiciones estén dadas para que pueda vivir sin enterarme de que hay gente que hace cosas para gobernar.

Y todo porque hace ya demasiados años que vivimos presos de la pelea de egos, vanidades y narcisismo de seres berretas que se creen superiores porque los idolatran otros seres con graves problemas de autoestima y confusión con la figura paterna.

En fin. Esto también pasará. Y cuando ocurra nos habrá quedado una mochila enorme para contarla a nuevas generaciones que la verán tan solo como una anécdota. Mejor que así sea, así también comprenderán que todo deberá pasar.

Buena semana.

 

Nicolás Lucca

 

 

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