El efecto Milei

Con motivo del resultado electoral en Francia del pasado domingo un colega le preguntó a otro qué opinaba del crecimiento de la ultraderecha en el mundo. El hombre, con la experiencia que le da haber visto de todo, contestó con otra pregunta: “¿Cuál sería la derecha no ultra?”

El hombre no descartó que Marine Le Pen pudiera ser considerada la ultra derecha si tenemos en cuenta que hay otros referenciados con la derecha que no llegan a las propuestas de Le Pen. O sea, los extremos dependen de los contextos históricos. Pero más allá de toda la sarasa que terminó por aburrirme, mi cabeza viajó de vuelta hacia la Argentina.

Hablar de derecha e izquierda en este país es ridículo. Y nos encanta.

Aclaremos que los únicos que hablamos de derechas e izquierdas somos los periodistas que pintamos en política, los interesados en la política, los políticos y algunos submundos universitarios. Y entre todos sumamos un ínfimo porcentaje del electorado. El resto se mueve en base a identificación, emociones, y por eso los resultados electorales son tan cambiantes siempre en torno a las mismas cifras. Me gusta, no me gusta, le creo, no le creo, no me gusta, el otro me gusta menos.

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Durante un tiempo me he divertido con el fenómeno Javier Milei. Yo lo conocí cuando él oficiaba de columnista en un programa humorístico del Canal de la Ciudad. Jamás imaginé su salto a la política. Pero ahí está. Creo que la mejor definición de Milei es la interpelación. Interpela a la izquierda que lo trata de facho, interpela a la derecha que encontró una figura de crecimiento veloz, interpela a los radicales que tienen a uno que les recuerda que no deberían opinar de economía, interpela a los liberales a quienes les irrita ver que el liberalismo quedó reducido a cuestiones económicas, y así sucesivamente.

Y no es ningún boludo dado que en cada discursete mete conceptos tan bíblicos que son teledirigidos a los evangelistas. ¿Liberalismo? En otra ocasión, primero los votos. Con discursos morales se caga en la moral amoral del liberalismo clásico y su escaso núcleo de personas entendidas en sus conceptos.

Muchas veces me llamó la atención la liviandad con la que un militante de Milei puede definirse libertario mientras se para en contra del aborto, se tatúa el jopo de Trump y la sonrisa de Bolsonaro. Es casi irritante la identificación como parte de algo que, prima facie, pareciera que no tienen la más puta idea de qué significa. Después recordé a Kicillof dentro del peronismo y se me pasó.

Porque en la Argentina, estimados, para todo alcanza con la autopercepción. Sí, eso mismo que a muchos les indigna de las políticas neoprogresistas, las aplicamos para todo. La verbalización supera a la acción. El “yo soy” es superior a todo. “Soy peronista” y, cuando te preguntan cuál de los 16 volúmenes de las Obras Completas del General te gustó más, te cagás de risa porque seguramente es un chiste que haya escrito libros.

En ese contexto, definirse “libertario” alcanza y sobra para serlo. La doctrina, el componente ideológico, queda fagocitado por un discurso con el que es difícil no estar de acuerdo: un aparato estatal cada vez más grande que se financia con cada vez más impuestos en un país con cada vez más inflación y más pobreza. ¿Quién puede decir que no está de acuerdo en que eso es inviable?

Y Milei interpela, también, al armado de la política. Detrás de él aparecen los monjes negros, los que ganan siempre, los que tienen vínculos con todos. Como en todos los partidos, solo que nos gusta creer que los nuestros son buenos y los otros son malos.

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Hoy muchos referencian a Milei con la extrema derecha. Al igual que el colega que escuché al pasar, habría que preguntarse dónde está la derecha no ultra. Pero para eso, primero hay que preguntarse algo fundamental para cortarla con las autopercepciones:

¿Qué carajo es la izquierda y qué la derecha en la Argentina?

El peronismo fue la derecha conservadora católica, luego la derecha reaccionaria represiva, más tarde la resistencia nacionalista, luego la subversión marxista hasta que colapsó en un infierno de sangre y fuego. Más tarde se reinventó como republicanismo liberal para dar paso a un engendro neoprogresista del siglo XXI.

Los radicales no recuerdan a Balbin ni aunque tomen esa avenida de pedo y del antipersonalismo de Alvear prefieren no hacer mención. De pronto, nacieron en 1983 fundados por Don Raúl. Buena parte del partido nunca dio una explicación por la concertación de 2007 que permitió que Cristina llegue a la presidencia por paliza. Y no hablo de marginales, hablo de Cobos, Cornejo y compañía.

Antes que todos, existieron los conservadurismos provinciales, clientelistas al palo y represores como nadie. Y mucho antes estuvieron los padres del Estado Moderno, esos liberales que tanto levantan como próceres pero que, si resucitaran, los cuelgan de la ventana del depto de Maslatón en el Kavanagh.

Sarmiento, Roca y Avellaneda nos dieron la separación de la Iglesia y el Estado, además de la educación pública, gratuita y laica. En el medio, gastaron millonadas de las arcas públicas para financiar oleadas de inmigrantes pobres. Pellegrini abogó por el voto femenino en 1868 y se reconoció “proteccionista cuando el Estado lo necesita”. La policía de Yrigoyen se cargó a miles de manifestantes en una semana. Perón se oponía al aborto y despreciaba la homosexualidad. Alfredo Palacios era un enorme defensor a ultranza del libre comercio internacional.

Tercera década del siglo XXI: ¿Qué carajo es la izquierda y qué la derecha para nosotros? ¿La izquierda es esta fantochada de bananeros nuestroamericanos que generaron la mayor concentración de riqueza de los últimos cien años a base de reprimarizar la economía para convertir a todos los países en exportadores de commodities? ¿La derecha son los multilateralistas, progresistas tecnológicos y globalistas? ¿Nuestro lóbulo frontal se convirtió en puré y no avisaron?

Por eso es válida la pregunta de qué es izquierda y qué derecha en nuestro país, cuando los conservadores nacionalistas aún se enfrentan a los globalistas, solo que cambiaron de lugar las trincheras y cambiaron de color las banderas. Terminan por laburar en espejo y finalmente tenemos una derecha que se aleja del Estado gigante que represente el tamaño de nuestro nacionalismo para proponer un reduccionismo espartano, mientras que la izquierda quiere conservar el statu-quo adquirido a fuerza de reprimarización de la economía. Al menos tienen algo en común: nadie se opone al control policíaco mediante tecnologías.

En 2019 los tres candidatos más votados en primera vuelta tenían a un peronista afiliado al PJ como candidato a vicepresidente. El kirchnerismo integrado por el Peronismo dice que la derecha es Juntos por el Cambio, integrado por el PRO, la UCR, el GEN y el Partido Socialista. Todo es una cuestión de camisetas.

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Luego de que la izquierda vernácula quedase reducida a reuniones en Varela Varelita y el monopolio de las expresiones culturales, la irrupción del kirchnerismo como nueva expresión del peronismo generó una ensalada de la que todavía no hemos conseguido salir ni por arriba. Ahora resulta que es de izquierda el extractivismo, la garantía a las mineras extranjeras con represión incluída, el pago de la deuda externa sin chistar e incluso sin quita, y hasta la implementación de un sistema tributario absolutamente regresivo.

Básicamente, la izquierda debería hacerle un monumento a lo que llaman neoliberalismo porque, sin su existencia, sin ese cuco, no tienen razón de ser.

A lo que los medios, los neoprogresistas y autores dolidos denominan como la derecha argentina, en cambio, gusta de alinearse con Estados Unidos, mantener políticas de libre comercio regionales, liberalizar cualquier traba proteccionista, establecer vínculos comerciales con otros entes multilaterales, urbanizar villas con fondos públicos y levantar cualquier bandera que esté de moda en el norte de Europa, sea el ecologismo, sea el control de natalidad.

Ante este panorama es lógica la necesidad de encasillar a Milei en algún lado. La extrema derecha es un buen término. Estaba vacío desde que Biondini dejó de causar gracia. Entonces la extrema derecha pasó a ser un armado amorfo de conceptos ultraliberales expresados entre párrafos bíblicos. Lo curioso es que el término también es acuñado por los que se definen “de centro” tras lo cual volvemos a preguntarnos: ¿si hay una ultraderecha, dónde está la no ultra? ¿Son todos centristas?

Tras toda esta perorata hay algo que ya fue captado por los armadores tradicionalistas: a nadie le importa la definición derecha o izquierda. Calculo que saber que Milei cuenta –junto con José Luis Espert– con una intención de voto del 20% en Ciudad de Buenos Aires y otro tanto en la provincia homónima, debe haber influido en el cambio de actitud hacia el hombre. Ese 20% puede no llamarle la atención, pero era un 10% hace menos de un año.

Ahora ya no importa gritarle que no es libertario o que su armado es un trago de massistas, lavagnistas, ex kirchneristas perfumados y delirantes religiosos. Poco importa marcarle la contradicción de «casta» y diputado, algo que su propio jefe de campaña dijo que debía modificarse ni bien ganara una banca por «insostenible». La nueva moda es tirarse con Milei. No, no intentar apropiárselo, que es algo que hasta ahora solo han planteado Fernando Iglesias, Patricia Bullrich y Mauricio Macri –aunque este último con más ganas de joder a Larreta que otra cosa– sino tirárselo por la cabeza: Milei es funcional a ustedes.

Es llamativo que Juntos por el Cambio haya unido fuerzas para darle duro y parejo esta semana, aunque algo se veía venir desde que a Milei le levantaron la mitad de la agenda en su visita a Mendoza. Luego llegó un comunicado con el que bancaron a Gerardo Morales. Menos de un par de horas después, hasta Martín Tetaz estaba en la tele con teledirigidos a Milei. Y eso que los chicos de Lousteau son los principales afectados por los manejos de la UCR vintage. Comunicado extraño que hizo enojar a Pato con algo que no dijo pero piensa: si existe algo peor que las personas que dividen votos son aquellos que restan.

¿Por qué esta actitud hacia Morales y Milei? Porque en esta semana de comunicados también se llevó a cabo la reunión de la mesa directiva del Comité Nacional de la UCR en la que se fijó la fecha para la Convención Nacional. Y aún entrados al 2022, el PRO no puede contar con un armado propio en la totalidad del país: necesita del centenario partido.  A Milei le bastó con las redes sociales y sus influencers para captar al voto joven, no siempre instruido, pero nada que no pueda resolverse con un par de libros. Y una estrategia de focalización calcada de los manuales de Jaime Durán Barba y Santiago Nieto.

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Milei es funcional al kirchnerismo, Milei es funcional a los halcones, Milei toma el té con Bullrich en la vereda a pleno sol de una tarde porteña, Milei se abraza con Massa. A Milei no se le puede preguntar de su política de seguridad, de qué opina de la invasión de Rusia a Ucrania –Maslatón y su putinismo explícito tampoco lo ayuda mucho–, ni de prácticamente nada que no tenga que ver con la economía.

Convengamos que cuando vamos al resto de las alianzas tampoco conviene adentrarse demasiado en definiciones. En ninguna de las coaliciones hay opinión uniforme siquiera en si la Tierra es plana y prácticamente todo pasa por generalidades programáticas de buenas intenciones. Larreta contó este viernes cuáles son las reformas que hay que hacer. No dijo cómo. ¿A quién le importa el cómo?

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Ah, Massa. Está en todos lados desde 2013. Ya nadie recuerda que aquel año hubo un pacto con el PRO para que pudieran entrar legisladores bonaerenses. Así llegó Gladys González: en la lista de Massa. Mucho menos se recuerda que el grueso del gabinete de gobierno de María Eugenia Vidal eran massistas. Y no en cualquier cargo: el ministerio de Gobierno estaba a cargo de uno de los fundadores del Frente Renovador.

Como corresponde al principio rector del massismo –estar en cualquier bondi que pueda llegar hasta Balcarce y Rivadavia– ya han hecho pie en el armado de Milei. Es un entramado dudoso y hace humo por todos lados. Hay armadores que provienen del riñón duro del massismo, mientras que en Tucumán (la cuna del liberalismo argentino) tienen al Bussismo. Todo para que luego Maslatón haga girar la perinola y todos queden expectantes de ver con cuál cliché de provocaciones jugará a lo políticamente incorrecto.

Un armado extraño, pero está ahí, a la vista de todos. Están los boludos que se sacan fotos con armas y están los eruditos que intentan darle un enfoque filosófico a lo que han dado en llamar “liberalismo popular”, que es un término que aún no logro comprender. Y no lo digo despectivamente, sino desde la honestidad de no entenderlo en un país en el que, históricamente, el liberalismo es un lugar en el que se escudan conservadores que no quieren pagar impuestos.

Nos muestran el armado, nadie borró un solo tuit ni abrazado a un cuadro de Cristina. Están ahí. Es algo que puede generarnos desprecio, pero lo vemos. Y eso que todavía no sacamos cuentas de que para la próxima campaña electoral van a contar con toda la plata que el Estado les gira a los partidos políticos en función de los votos obtenidos en las elecciones anteriores. Esa no creo que la sorteen. ¿Vos sabés cómo se financiaron las últimas cinco campañas de tu candidato? ¿Quiénes son los armadores de cada frente en cada distrito? ¿Cómo se desarrollan esas negociaciones?

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No deja de sorprenderme el lastimoso acto de pedir el voto útil. O sea: esa compulsión de pedirle a alguien que vote una cosa que no le gusta para evitar que gane algo peor. Y quien se niegue, será culpable del desastre. Podríamos pedirles a los que nos gustan más o menos que mejoren las propuestas, que se saquen de encima a los pelotudos tecnócratas que creen predecir la reacción del votante, que dejen de llorar, que jueguen a la democracia y, básicamente, que se ganen el voto. Pero no, preferimos cargar contra el otro por “funcional”.

Me cansé de escuchar esta semana que el 20% de intención de voto de Milei proviene del Macrismo desencantado. En las legislativas de 2019, Juntos por el Cambio obtuvo en la Ciudad el 53% de los votos, mientras que el Frente de Todos sacó un 32%. Milei no figuraba. En 2021, JxC bajó al 47%, pero el FdT cayó al 25%. ¿A quién le robó votos? ¿En serio analizan la política con una calculadora? ¿No registraron que la participación electoral cayó del 78% de 2019 al 68% en 2021 y que eso puede hacer desastres en el reparto de la torta de bancas?

Plantear una idea y querer llevarla al plano electoral es un derecho. Después cada uno vota lo que quiere, cree o cree creer. Ahora, si los políticos no quieren registrar que hay un 20% del electorado en al menos dos distritos que confían en un loco que hace sus actos como rockstar y que tiene como defensores a tipos que creen que Friedrich Hayek es el papá de Salma, el problema lo tiene el otro. La falta de conocimiento se corrige con estudio. Si no registran que hay un sector cada vez más grande de personas que repiten cada vez más seguido que el Estado es un escollo, no culpen al que levanta esa bandera.

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Mientras tanto, nos perdemos de debatir cosas un poquitín importantes. ¿Qué pensamos hacer con el sistema de vigilancia biopolítica cada vez más presente? ¿Quién pagará nuestras jubilaciones? ¿Cómo pensamos modernizar el Estado? ¿Cómo pensamos achicarlo? Porque en 1989 Menem consiguió el apoyo de la Ucedé, pero tuvo que arreglar las reformas que proponían. El que quiera tomar a los Mileístas, ¿qué piensan hacer con sus postulados?

Quizá una buena forma de comenzar a encauzar las cosas y dejar de llorar votos sea dejar de señalar las ideologías, también dejar de autoproclamarse partidario de esas ideologías, y comenzar a hablar de la realidad. Hacer lo que se debe hacer por sobre el deseo de lo que quisiéramos que suceda en nuestro mundo imaginario que llamamos ideología.

Después de todo, estamos cada vez más cerca de un punto de no retorno en un país con una pobreza estructural que arrastra tres décadas de dos dígitos, en el que multimodalmente 7 de cada de 10 personas están naciendo en hogares pobres. Así es que cada vez más seguido me pregunto cuánta miseria más puede tolerar un sistema democrático antes de que estalle la confusión de todos los términos y la democracia sea sinónimo de una casta política causante de todos los males.

Y ese punto es algo que a mí, en lo particular, me preocupa.

 

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