El karma del servidor público

Hace poco escuché al Presidente decir que no es ético que un argentino deba trasladarse para poder desarrollarse. No entiendo qué tiene que ver la ética con la realidad pero en el país en el que egresan miles de universitarios al año cuyo único destino es el Estado en alguna de sus variables, me dio pie para pensar que ése mismo Estado cada vez más ineficiente, tiene un montón de factores que dan pie al siguiente compendio random. 

En 2019 ingresé al International Leaders Programme. En un contingente de serbios, españoles, uzbecos, croatas, lituanos, georgianos, namibios y armenios, tuvimos como primer destino Londres, segunda parada Cardiff. Decenas de reuniones después con parlamentarios de distintos partidos que me miraban como marciano cuando les preguntaba si tenían vehículo oficial para desplazarse, y luego de convivir con sujetos de todo el mundo que no podían creer que nuestros presidentes utilizaran un helicóptero para viajar doce kilómetros, volví decidido a ingresar al Servicio Exterior. ¿Por qué? El hecho de que en la recepción estuvieran todos los embajadores menos el de mi país me dio la impresión de que había cosas para mejorar. Y como siempre me gustaron los quilombos y nunca tuve la posibilidad de viajar hasta 2019 por cuestiones que hacen a la economía de una familia a la que le costó hacer pie, me pareció una buena idea.. 

–¿Cuántos años tiene, señor?
–37, señorita.
–Lo siento, no tiene edad para ingresar.
–¿Cuántos debo cumplir para calificar?
–No, señor, se pasó, ya está grande.

Supuse que había una cuestión física, como cuando se debe ingresar a una fuerza armada o de seguridad joven, antes de comenzar a engordar, pero no: 35 años es la edad límite y punto.

La Constitución Nacional dice que el único factor para discriminar a una persona es su capacidad para el puesto a ocupar. Pero imagínense que en el país en el que la Constitución es un listado de sugerencias, cualquier cosa puede pasar. Pensé en presentar un amparo y clarificar la situación discriminatoria infundada, pero desistí porque… Bueno, Argentina. 

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No es novedad que trabajé en el Poder Judicial. Como órgano del Estado, aunque nos llamemos “judiciales”, somos los famosos estatales. Y yo fui meritorio, contratado y, finalmente, planta permanente. Y qué planta, amigachos. Trabajar en el fuero penal hace que uno sepa a qué hora entra, nunca a qué hora sale y las desgracias llegan a tal punto de inhumanidad que uno termina por desayunar mate con bizcochitos en la morgue. Para acceder a ese cargo tuve que rendir concurso. Y aprobarlo, claro.

Hace unos demasiados años me encontraba ahogado económicamente y apliqué para la Guardia Urbana, un engendro de Anibal Ibarra. Pero pagaban. Recuerdo que me descartaron por estar “sobrecalificado” y, de ese modo, “evitar mi frustración”. Lo que yo quería evitar era el hambre. 

Para redondear, meses más tarde logré ingresar al Área Legales de un ministerio de la Ciudad. Lo bueno de ser planta permanente es que uno puede conservar su trabajo más allá de los cambios políticos. Lo malo es que en la Patria Sindical desapareció el concepto de carrera administrativa. ¿Ascender? Si la palanca, el apellido y las cualidades para succionar medias te acompañan. 

De aquellos años me llevé casi un posgrado. Había una mujer a la que llamaremos Diana B. que con veintipocos y recién recibida, había ingresado a trabajar en la Dirección Legal y Técnica en tiempos en los que el intendente era el General de División Retirado José Embrioni, allá por 1974. 

Diana era y es radical. A nadie le importó. Sus conocimientos de derecho administrativo llamaron tanto la atención que al poquito tiempo ya estaba aconsejando al señor Intendente sobre qué se podía hacer y qué no. Cuando los militares del gobierno militar comenzaron a no dar pie con bola, llamaron a la de planta permanente. Diana pasó a ser un bibliorato viviente de normativas.

Poco importó si el intendente era Saguier, Suárez Lastra, Grosso, Bouer o Domínguez. Para los chanchullos, Diana no era consultada, para todo lo demás, sí. En el año 2007 ella ocupaba una oficina sin ventanas en un ministerio perdido. Saber es para los giles. 

Un día pregunté a Diana si podía trabajar con ella. Todos le tenían miedo porque “te maltrata”. A las dos horas me di cuenta que “el maltrato” era decirte que algo estaba mal hecho. Nunca nadie me enseñó tanto derecho administrativo como esa mujer. Nadie. A cambio, yo la hacía reír. O al menos aparentaba que le causaban gracia mis comentarios. 

Esto viene a cuento porque se puso de moda tomar partido a favor o en contra de la meritocracia. Lo curioso es que sus detractores tienen miedo de tener que demostrar calificación para un cargo. Y aún más curioso resulta lo siguiente: la señora que más sabe de derecho administrativo en la historia de la ciudad de Buenos Aires desde que Don Torcuato de Alvear asumió la primera intendencia en 1887, estaba en ese sucucho durante la gestión de los meritócratas, los que prometieron restablecer la carrera administrativa y se conformaron con que el Sindicato no rompiera más las tarlipes. 

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Hace poco nos indignamos porque el PAMI incorporó a su staff a personas sin el secundario completo. Había que indignarse más con el proceso de selección y los cargos a ocupar. En toda la Unión Europea el requisito mínimo de edad para ingresar al ”servicio civil” es de 16 años. Nadie terminó la educación preuniversitaria. En todo caso, la diferencia realmente notoria es que en los países que tanto nos gusta admirar existe el mérito del servidor público –no les gusta utilizar el binomio “empleado estatal”– tanto para el ingreso como para el ascenso. Obviamente, esto impulsa a la preparación, cursos y demás cosas. Chantas hay en todos lados; burocracia ridícula, también. Acomodos y demás ocurren en cualquier país. Pero es más fácil evitarlo y mucho más fuerte la queja cuando hay reglas de juego. 

También nos indignamos por el triste rol de nuestro Cancisher. Es curioso cómo funciona el Servicio Exterior de la Nación y está claro que puede que hable desde el resentimiento. Aunque puede que también hable desde la experiencia que me da haber sido personal de planta permanente en distintas áreas del Estado durante doce años de una vida adulta de dos décadas. 

Por cuestiones lógicas, los servicios diplomáticos más antiguos de Occidente son los europeos. El Reino Unido, por ejemplo, cuenta con 17.300 servidores civiles solo en diplomacia. Allí, al igual que en la mayoría de la Unión Europea, no se hace diferencia entre un servidor civil de la Oficina de Asuntos Extranjeros y uno de Hacienda. ¿El proceso de selección? Aplicar un formulario, rendir exámenes, algún que otro curso, y concursar. ¿El método de selección también es complejo? Capacidad para el cargo, experiencia para el mismo –no en cantidad de años sino en calidad-– y ser mayor de 16 años. ¿Límite de edad? Solo para las fuerzas de seguridad. 

En España, para evitar confusiones, la Constitución se escribió a prueba de boludos. Establece que, para el empleo público, ”los ciudadanos tienen el derecho a acceder en condiciones de igualdad de acuerdo con los principios de mérito y capacidad”. ¿Límite? La edad jubilatoria. No sabemos cuántos están en las relaciones internacionales de España dado que forman parte de los 516 mil empleados públicos nacionales del país con 47.5 millones de habitantes. 

Estados Unidos tiene, solo a nivel nacional, 2.7 millones de empleados. Y esto sin contar los empleados de cada uno de los cincuenta micro países que lo componen. ¿Acceso? Convocatoria, concurso, mérito.

La Argentina ocupa el segundo lugar en proporción de empleo público por habitante en América Latina con un 18% deproporción de empleados en el sector público sobre todos el empleo registrado. Bolivia está en el puesto nueve. Allí las vacantes se cubren con convocatorias tan públicas que acabo de ver dos en Google mientras escribo estas líneas. Noruega tiene un bestial 30% y supera por muy poquito a Suecia. 

¿Es el empleo público un problema o lo es su ineficacia e incapacidad? Obviamente es la segunda y el pequeño detalle del financiamiento. Si no tenés producción, el Estado se convierte en “ese lugar del que no te echan más”, como si se tratara de ese colegio al que te mandan luego de que te rajaran de todos los existentes. 

Puede parecer cosa de marcianos, pero si sos la persona más capacitada para un puesto a nadie le debería importar tu orientación sexual, etnia, religión o edad. Acá creamos programas de inserción para minorías y rechazamos a gente por algo tan inevitable como la edad. 

Para la diplomacia nos rige una ley del gobierno de facto de José María Guido que estableció que hay que egresar del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN). Para poder ingresar –además de tener entre 21 y decrépitos 35 años– es necesario contar con “título universitario correspondiente a una carrera de grado con un programa de estudios no menor a cuatro años de duración y poseer un certificado de conocimiento del idioma Inglés: First Certificate, Advanced o Proficiency del sistema Cambridge, TOEFL de un mínimo de 213 puntos del sistema informatizado, ALEX nivel 4b del Instituto de Enseñanza Superior en Lenguas Vivas – o su equivalente”. 

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Nuevamente volvemos a lo que describí en este texto: somos un país en el que se exigen miles de cosas a un montón de personas menos a sus jefes. Para sacar un permiso de conducir hay que rendir un examen de capacidad, otro de teoría y aprobar un examen psicológico. La firma de este permiso corresponde a un tipo que llegó al cargo por política. 

¿Qué esperábamos de la Cancishería? Ahí lo tienen a Sabino Vaca Narvaja, que en pleno despelote internacional le dice al dictador chino “Méiyǒu Gòngchǎndǎng jiù méiyǒu xīn Zhōngguó”, una frase de una canción personalista dedicada al genocida Mao Zedong que dice “sin el Partido Comunista no existiría la nueva china”. Sabino no fue al ISEN pero está en una de las embajadas más importantes del mundo. Lo mismo ocurre con el embajador en Washington, el de Chile –ex Cancisher– y llegamos a casos ridículos como los enviados ante nuestros socios del Mercosur: en Brasil tenemos un motonauta que corría solo, en Paraguay a un ingeniero hidráulico ex gobernador del Chaco, y en Uruguay a un ex ministro de Justicia. 

En España está Ricardo Dondempongo Alfonsín, en México tenemos a Carlos Tomada, en Portugal a Roberto Gil, y en Italia a Roberto Carlés. A Rusia mandamos a Eduardo Zuaín, un tipo que está imputado por la redacción del Memorandum con Irán, mientras que a Israel mandamos a Sergio Urribarri. ¿Qué tienen todos estos en común? Ninguno pisó el Instituto del que egresan los diplomáticos. 

Y mejor ni hablar de los Cancisheres. Hemos tenido abogados, militares, economistas, sociólogos, ingenieros agrónomos, politólogos, periodistas y solo dos diplomáticos de carrera. Sí, dos. Uno y dos. La primera persona egresada del ISEN que estuvo al mando de todos los diplomáticos fue Susana Ceruti. Menos de 45 días durante el final del gobierno de Alfonsín. El segundo fue Jorge Faurie. ¿El resto? Política, la misma política que dicta que los tres gobiernos que más embajadores políticos –que no son de carrera– han nombrado son, en tercer lugar, Raúl Alfónsín, en segundo lugar Kirchner y el primer puesto para Menem. 

Sé que se da lo mismo en todas las áreas, donde los energúmenos sin un solo laurel más que decirle al jefe “qué bien huelen sus gases, maestro” son los que dirigen los destinos. Lo entiendo, lo conozco y basta con recordar el currículum vitae en blanco de Juan Cabandié para dimensionarlo. 

Pero el tamaño y la experiencia del funcionario de un área explica la importancia que un gobierno le da a ése tema. Y ahí tienen a la Cancishería, deprimente, gris. Es la vidriera ante el mundo, es la responsable del comercio exterior del país, es el cuerpo más importante para la prevención de conflictos. Ahí la tienen, comandada por energúmenos que eligen a otros energúmenos para que vayan a vacacionar por años con todos los gastos pagos a países en los que deberíamos tener a los mejores diplomáticos que pudiéramos conseguir: México, Estados Unidos, Israel, Brasil, España… Lo único que puede sanear nuestra economía es la inversión productiva y la apertura de mercados. Justo el rol de los embajadores es atraer ese tipo de cosas. Y a los lugares más importantes mandamos a boludos de viaje de egresados. ¿Es joda? No, es Argentina. 

Y después se enojan con la meritocracia. A los ponchazos y bien a lo argentino, hay varios sectores donde se ejerce la meritocracia y nadie se queja: las Fuerzas Armadas, las de Seguridad y los distintos poderes judiciales, donde todos los cargos para ascender requieren de cursos, estudios y legajos. Ah, pero el personal administrativo. Ese sí que merece coronita. 

Aquí tenemos prerrogativas de sangre. Por ejemplo, en una Secretaría –hace unos cuántos años– falleció un Coordinador. Su hijo mayor tenía 16 años. Durante dos años el puesto estuvo vacante. Adivinen quién lo ocupó al cumplir los 18 por el mérito de la desgracia familiar y la culpa de los jefes. 

Y los sindicalistas y ministros de trabajo conocen las realidades del funcionamiento estatal en todos los países nombrados dado que es tema habitual en las reuniones de la Organización Internacional del Trabajo. Pero aquí consideran que cualquiera de esas posibilidades es un atentado contra la humanidad. ¿Nos complica el clima? ¿Nos confunde que el agua del inodoro gire para el otro lado que en el norte? ¿Qué no se puede?

Por último, va un mensajito para los estatales de parte de un ex estatal orgulloso de haber sido planta permanente dos veces. A vos, corazón, que estás esperando la paritaria de ATE, UPCN, SUTECBA o la que te tenga de afiliado: el salario promedio del sector público europeo ronda los 2.8 mil euros mensuales. En Estados Unidos, el promedio es de 4 mil dólares. Digo, para que lo discutan en la próxima paritaria y sigan sin reclamar la urgente reimplementación de la carrera administrativa meritocrática y calificada. 

Besos.

 

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