El extraño sentido común del Gobierno

El presidente de la Nación convoca a clases populares nuevamente para un sábado a la noche. Como buen profesor universitario llegó tarde. Cada uno manifiesta sus preferencias de jodas de finde como le sale, pero ahí estábamos todos, a la hora de la cena, esperando a que Fernández nos diga lo que ya sabíamos: que el aislamiento social obligatorio se extendería hasta el 10 de mayo.

Obviamente, como sus funcionarios y voceros con ganas de ascender ya habían filtrado por Whatsapp el anuncio hasta a sus ex novias de la secundaria, el presidente se encontraba en una encerrona: para qué carajo traigo a toda esta gente acá si no tengo nada para agregar. Así que sin barbijo, sin distancia, con Santiaguito Cafiero casi sentado a upa mientras escupían al hablar sobre Ginés Grupo de Riesgo García, el presi agregó que la cuarentena sigue, pero que habrá salidas transitorias. Que sí, pero no tanto, que puede ser y vamos viendo.

Hay que reconocer el respeto por el lema “es con todos”: si le habilitan las transitorias a los sopres, había que tirarle un hueso a los que mantienen el sistema.

Lo que no quedó muy claro es el método: una hora por persona a no más de quinientos metros del hogar. Si lo de los metros es difícil de chequear porque todos tenemos en el DNI el domicilio de hace cuarenta y dos mudanzas, lo de “una hora” es divino. ¿Quién carajo lo controla? Según el presi, “el sentido común”. A ver: vivimos en un lugar en el que la gente está dispuesta a pagar cien dólares un pantalón que afuera sale diez y que al fabricante le costó dos. Algunos después nos animan los veranos al arrojar corderos desde helicópteros gracias a que no tienen competencia en el fino arte de cazar en el zoológico. Porque el patriotismo también incluye pensar en el esclavo textil.

El sentido común de la Argentina es ese que indica que los mismos que piden que Rappi y Glovo desaparezcan del mapa por explotadores, hoy se quieren chapar a los explotados a través del barbijo cada vez que llega la pizza y el jabón. El sentido común del argentino es el que putea a los medicos, los aplaude y después se caga en cualquier recomendación. El sentido común de acopiar papel higiénico.

El sentido común del argentino es el que dice que le parece bien hacer la cola para entrar de a diez en un supermercado pero que permitir entrar de a uno o de a dos a cualquier otro comercio es condenarnos a una muerte segura. El sentido común de aplaudir al presidente de Puerto Madero y su vice de Recoleta mientras se trata de chetos a “los otros”. El sentido común de culpar a todos los peronistas de todos los males de la sociedad mientras se milita a Pichetto y a Pato Bullrich. El sentido común de policías compartiendo un asado, o el de médicos rancheando en la guardia de un hospital para terminar todos contagiados.

El sentido común del argentino es el que ahora dice que primero está la salud, después la economía y por último la libertad, las instituciones y coso. El sentido común del argentino es el que dice que está bien o mal gastar recursos del Estado en revisar Twitter, todo depende de quién gobierne. El sentido común del argentino es el que cree que hay que agradecer al gobierno chino por vendernos –sí, vendernos– insumos en lugar de mandarlo a la puta que lo parió ante todos los organismos internacionales por haber desatado el descontrol de una pandemia al ocultar información a fuerza de la represión de una dictadura comunista.

¿De qué sentido común nos vienen a hablar si acá somos nenes de dos años que, ni bien nos dicen que no podemos hacerlo, metemos los dedos en el enchufe con una sonrisa?

El domingo tuvieron que salir los gobernadores de la Ciudad de Buenos Aires, de la provincia de Buenos Aires y de la de Santa Fe a decir que el Decreto no dice lo que el presidente dijo con eso de las salidas de una horita. “Yo los dejo salir, los malos son ellos”. La mayoría de los que dijeron “ni en pedo” son de su propio espacio político, pero en la mañana de este lunes, Fernández se la agarró con el de la oposición –si es que eso todavía existe– al decir que “no se puede mantener a la gente encerrada por tiempo indeterminado”. Y lo tira después de prorrogar una cuarentena por tercera vez. Para rematarla, agrega que “en la ciudad de Buenos Aires está permitido el take away” y se pregunta: “¿Y eso qué es?”.

Está perfecto que el presidente no tenga a la lengua inglesa entre sus logros de tipo común –en realidad, a esta altura del siglo XXI…– pero hay términos que todos manejan de taquito. Hasta el barrabrava más australopitecus que encontremos sabe qué significa un offside o un corner. Nadie le dice Gorjeo a Twitter ni Libro de Caras a Facebook. Pero más allá de la joda, comparar un “take away” con un paseo de una hora mientras nos asustan por salir al kiosco vestidos de astronautas es, cuanto menos, ridículo. Como si fuera lo mismo levantar un café mientras caminamos o un combo de hamburguesas a través de la ventanilla del auto.

Dato al margen, es a la Ciudad de Buenos Aires a la que buscan todo el tiempo evitarle el colapso del sistema sanitario por el Covid. Y es en la Ciudad de Buenos Aires donde estiman una caída del 40% en Ingresos Brutos. Mirá si no estarán interesados en Parque Patricios en que todo vuelva a la normalidad, que las baldosas no se cambian solas.

Volviendo a la pregunta del Presi, si hay algo que no es el Take Away es salir a pasear con la abuela y los críos a una plaza después de 45 días. Cuarenta y cinco largos días en los que un señor de 61 años, sentado al lado de otro de 74, nos repitieron que “hay que cuidar a los abuelos” porque todos sabemos que este año la Parca les tomó especial cariño.

Por si fuera poco, Fernández culpó a los gobernadores por realizar propuestas “mucho más riesgosas”, como “poner en marcha la actividad automotriz”, lo que según su particular visión “es mucho más complejo a que la gente salga una hora a la calle”. Porque es lo mismo tener a personas controladas y protegidas en un ámbito controlable que dejar a 45 millones de habitantes librados a su “sentido común”. De todos modos, convengamos que reactivar la industria automotriz mientras mandamos a la mierda al Mercosur no tiene mucha lógica.

Para alegrarnos la semana Fernández nos contó que llamó a Pietragalla para que le explique qué quiso hacer al pedir la excarcelación de Ricardo Jaime. Siempre hay que mostrar quién manda aunque un funcionario de segunda línea se corte solo. Así fue que recién nos enteramos de que la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación se presentó como Amicus Curiae de Jaime ante la Justicia. O sea: que el Gobierno Nacional se entrometió en el funcionamiento judicial para ver si puede mandar a la casa a un tipo con sentencia firme y parte fundamental de un entramado que terminó con más de medio centenar de muertos aplastados en vagones de trenes oxidados. Pero con sentido común.

Mientras todo esto pasaba, Sergio Massa se cortó sólo y, mate en mano y bandera argentina de fondo, sostuvo que “los jueces que liberen presos pueden ser sometidos a juicio político”. ¿No es divino leerlo todo junto?

Como quien no quiere la cosa, Fernández también tiró que “se le pasó” aclarar que la “reglamentación” a la flexibilización corría por cuenta de los gobernadores. Lo que no se le pasó fue pedirle a los chicos que le manden dibujitos por Twitter. Porque si hay algo que nadie le va a negar a Fernández es la voluntad que le pone a darle una mano a quienes más lo necesitan. En este caso, a los padres que quieren adoctrinar políticamente a sus niños.

Para relajar las cosas, como cada tanto, el Presi volvió a recordar a Raúl Alfonsín. Yo que él tendría cuidado. El sentido común también indica que tanto escuchar la palabra “Alfonsín” hace que el peronista promedio comience a salivar como perro de Pavlov.

Y así estamos, estimados, todos aprovechando la cuarentena para lo que más nos gusta. Algunos se ponen al día con series, otros revientan las plataformas de streaming. Están los que se la pasan en la cocina, los que descubren que hay enanos que circulan por la casa, le dicen “papá” y paracen macanudos. Y están los que dan rienda suelta a sus pasiones: la lectura, la escritura o el reviente de todas las instituciones de una República por decreto porque primero tenemos que cuidarnos entre todos. Con sentido común.

Y si nos enfermamos la culpa será nuestra, algo que también remarcaron varias veces. Un día hay que militar el encierro científico, otro día somos unos insensibles que queremos que no nos cierren los comercios de provisiones básicas que abren las 24 horas, otro día somos unos inadaptados que pedimos que no cambien cuatro veces en diez días el permiso de circulación a través de una página que funciona si Dios y el espíritu de Néstor quieren, y por último le rogamos a los del gobierno que sean ellos los que tengan sentido común aunque sea manteniendo la coherencia y dando el ejemplo.

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