Oleadas migratorias, anarcos, fachos y comunistas

Anexo a «Mientras tanto, en un mundo paralelo…»

La mayor oleada de españoles arribados a la Argentina no lo hicieron en la gran migración del siglo XIX: llegaron en a partir de la década de 1930. Mafalda no tenía a un tano de comerciante del barrio: había un gallego de almacenero.

Las corrientes italianas tienen tres vertientes: la primera llegó cuando Italia todavía no había finalizado su unificación, atraídos por los incentivos del gobierno argentino. La mayoría provenía de regiones que hoy son el pujante norte italiano pero que en aquel entonces eran la misiadura. Para mayor prueba, a La Boca: al club de un barrio construido de chapa y madera, se lo conoce por un gentilicio en dialecto norteño. “Xeneixe” significa “genovés” en Ligur, la lengua de la región. Políticamente estaba plagado de anarquistas y el contexto del que provenían los justificaba en buena medida: lo único que por generaciones garantizó el Estado fue desigualdad, pobreza, invasiones y prerrogativas de sangre.

Con el tiempo, la oleada fue un poco más mixta. Y de los dos puertos que partían barcos peninsulares –Genova y Napoli– comenzó a primar el que mandaba a los sureños y nos rebautizó a todos: Nápoles, Napolitano, Tano. La inmigración volvió a equilibrarse a medida que el fascismo se hacía más y más fuerte en detrimento de los “africanos del norte”, como llamaban en el gobierno a los calabreses, sicilianos y basílicos; y en contra de todo aquel que no comulgaba con el ideario berreta en el resto del país. Por último llegaron los que rajaron a la catástrofe humanitaria de la posguerra. ¿Fascistas? Los que vieron a Mussolini desde afuera. Y sobraban en buena parte del mundo.

A mediados de la década de 1930, en la Avenida de Mayo existían dos bares separados por la calzada: el Iberia y el Español. El primero -aún en pie- albergó por años a “La República” en el exilio. En frente, estaban los llamados franquistas, autodenominados monárquicos, nacionalistas, anticomunistas, y demás opciones. Las batallas campales se resolvían con altoparlantes, himnos socialistas, platos voladores -de porcelana- y la policía. Entre esas trifulcas, un día comenzó el pase de facturas de unos a otros por los apoyos que recibían cada una de las facciones. Y, como los falangistas tenían apoyo bélico de Italia y Alemania, mientras que la izquierda era apoyada por la URSS, al día de hoy nos quedó el descalificativo de “facho” para el de derecha y “comunista” al de izquierda, a pesar de no haber participado de la Segunda Guerra.

Los nietos de esos habitués hoy tienen unos 50 a 70 años y, como ocurre en la mayoría de las familias, han mamado anécdotas épicas que derivaron en exaltaciones románticas tan exageradas como sus odios.

 

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