Huyan del autoboicot

Corría el año 2007 cuando se abrió un llamado a concursos para pasar a planta permanente en el Ministerio Público Fiscal de la provincia de Buenos Aires. Yo, que venía con siete años de experiencia tribunalicia en otros ámbitos, tenía el tema atado. Eso creía, como buen pendejo. El examen era un lunes. Tuve un cumple el domingo. Llegué a rendir sin dormir y solo Dios sabe si aún se me sentía el olor a alcohol o no. Aprobé igual. Me sentí Gardel. Me dieron el cargo más bajo. Podría haber tenido uno muchísimo mejor. Nadie me obligó a agarrarme el pedo del año la noche anterior, pero así funciona el autoboicot: castigarte para no recibir lo que te corresponde porque algo te dice que no te lo merecés y que mejor es sufrir por no tenerlo. Porque siempre es más fácil quejarse.

Esto viene a cuenta porque, si bien la Argentina tiene la mayor proporción de psicólogos por habitante de toda hispanoamérica, a veces creo que nos quedamos cortos. O que necesitamos más psiquiatras, quién sabe.

Hace ya demasiado tiempo que vemos que en el principal espacio opositor se ponen en pedo el domingo anterior al examen. Es tan, pero tan obvio que el oficialismo no tienen chances de ganar, que todos parecieran estar confiados en un triunfo inevitable y, precisamente por ello, están con otras minucias.

¿En serio se puede estar tan seguro? Faltan nueve meses para las PASO. ¿Tenemos noción de lo que son nueve meses en tiempos políticos para este país hiperkinético? Sólo para dimensionarlo: tres meses antes de las PASO de 2019, nadie recordaba a Alberto Fernández. Dos meses antes de las PASO, Sergio Massa se sumó al Frente de Todos. Y, mal que nos pese, el lema “es con todos” era una fórmula de cálculo matemático: con los votos de todos lograron ganar.

Ellos también cometieron su propio autoboicot. Podríamos hablar del pelmazo del Presidente y su fascianción por fotografiarse al violar su propio decreto, o de cómo arruinó un país por una mentalidad absolutamente binaria: Sputnik o Pfizer, economía o salud, pobreza o muertos, su verborrea o la de Cerruti. Lo curioso del pensamiento binario es que, en materia de políticas públicas, casi nunca son excluyentes. ¿Elegiste la vida en detrimento de la economía? Hiciste mierda las dos.

Ahora, si pensamos a los entes colectivos como cuerpos vivos, el autoboicot del oficialismo fue tremebundo. Guzman se autoboicoteaba solo, convengamos, pero tampoco tuvo un mínimo de oxígeno por parte de Cristina. La Vice también tiene un pensamiento binario. Ella siempre sostuvo que “todo tiene que ver con todo” como si fuera la Pancho Ibáñez de las cadenas nacionales, pero sus políticas siempre fueron de a una por vez y todas como el ocote. Fuera de la Presidencia y abocada a ser la directora de ceremonial y protocolo del Senado, entendió que, si su situación no mejoraba, tampoco lo hacía la del resto. Pero no en términos económicos: si su situación judicial no mejoraba, el país estaba mal.

Quizá todavía crea que, cuando era Presidenta, la sobreseían en tiempo express por la bonanza económica inexistente y no porque un tubazo al fallecido Oyarbide arreglaba todo por arte de magia y acá no ha pasado nada, disfrute de sus millones, señora.

La limada que Cristina le ha dado a su propio gobierno ha sido tan monumental que algún día será un caso de estudio serio. No tiene parangón histórico, ni aunque algunos deseen compararlo con Perón y su serrucho a Cámpora: Perón no era el vice. Cristina ha llegado a un extremos en el que Cobos debería pedir un resarcimiento por el castigo recibido por una sola acción contraria a los intereses del gobierno que integró entre 2007 y 2011.

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Creo que puedo hablar con mucho conocimiento de causa acerca del autoboicot. De hecho, debe ser de las cosas que más entiendo y no me refiero solo a arruinarme el estado de ánimo en Twitter de vez en cuando. A inicios de 2021 fui convocado a una reunión para ver si quedaba o no en un laburo. Lo necesitaba con furia. Cuando supe para qué era, realicé la peor entrevista laboral imaginable. Adrede. No me arrepiento, aunque me cagué de hambre por un tiempo.

Pero eso es un autoboicot consciente. Llegar a un final de una materia y discutirle a un profesor cuando de él depende la nota es el autoboicot necio, del que quiero hablar porque es mi mayor lucha. Entre ser feliz y tener razón quiero lo segundo, y como no la tengo, jamás obtendré la primera.

Las tengo todas. Llegar sin dormir a un día laboral clave, putear al jefe por boludeces, no reclamar cuando corresponde, exagerar las zonceras, faltar a eventos sociales –cuando es uno de los pilares de este oficio–, confundir coraje con hacer bardo porque sí, insultar a un policía coimero en el extranjero, tomar decisiones en caliente que me dejaron al borde de la indigencia… El listado no tiene fin pero posee un gran componente de misterio que aún a esta edad me cuesta horrores descular a pesar de pagarle las vacaciones en Disney a mi terapeuta: cuáles forman parte de mi personalidad y cuáles son, sencillamente, una forma de hacerme sufrir yo solito.

Pero volvamos a la política así nos entendemos en el punto.

En 2015 no voté a Macri en primera vuelta. De hecho, no voté a nadie. En el ballottage fue otra cosa y creo que he dicho, palabras más, palabras menos, que si frente a Scioli tenía a Zulma Lobato, hasta le fiscalizaba con tal de que se fueran. Lo importante, para mí, era que se fueran. Poco me importaba lo que vendría, que para eso ya habría tiempo. No fue un voto positivo: fue un voto de cagazo y oportunidad.

Es lo más semejante a entablar un divorcio frente a una pareja sacada. No te importa si la vas a pasar mal o qué: nada puede ser peor que ya no tener que convivir con esa persona.

¿Fue un comportamiento irracional de mi actividad ciudadana? No creo: la opción era sencilla aunque no estuviera convencido de a quién votaba. Repito: quería que se fueran.

Hoy leo a la gente y me sorprendo. Porque una cosa es tener un favoritismo dentro de un espacio político y otra, muy pero muy distinta, es considerar que todos los demás integrantes de ese espacio son el enemigo. Y diría que me sorprende, pero luego me sincero y reconozco ese maldito fantasma del autoboicot.

Ya lo he dicho numerosas veces, pero va de vuelta: si nos vamos a poner en puristas respecto de qué corno es Juntos por el Cambio, el listado es breve pero interesante.
Primero: no es el PRO, sino el PRO junto a la Coalición Cívica y la Unión Cívica Radical.
Segundo: si fuera solo el PRO, es un partido que ha tenido dos mutaciones claves, pero que en todas sus fundaciones y refundaciones giró en torno a la figura de Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, Diego Santilli, Maximiliano Corach y Christian Ritondo. Es el peronismo porteño de la década de los noventa sin Santa María ni Alberto Fernández.
Tercero: Desde su fundación y hasta hace muy poquito en el tiempo, Patricia Bullrich no solo no estaba dentro del PRO sino que lo odiaba. Denunció a Mauricio Macri, denunció a varios de sus ministros y hasta enfrentó al expresidente cuando éste ganó la Jefatura de Gobierno. Y si buscan el debate en A Dos Voces, hoy la linchan mediáticamente por sus formas de dirigirse a ojos color de cielo.

¿Todo esto es una incoherencia? ¿Quiero decir que Pato no tiene nada que hacer? ¿Estoy defendiendo al Baldosas Larreta? No, sólo es negro sobre blanco. La gente cambia, la gestión muestra otras caras de personas que antes no convencían y otras caras que se caen. Hoy Patricia Bullrich es la presidente del Partido al que odiaba. Es la vida democrática y solo un tarado podría agredir a quien cambia de camiseta. No siempre es acomodarse. La gente cambia, la dinámica cambia.

Churchill fue conservor, liberal y nuevamente conservador. Él decía que nunca había cambiado –las tarlipes– sino que eran los partidos quienes lo hacían. Y todo puede llegar a extremos tales que el primer presidente afroamericanegro de los Estados Unidos llegó por el Partido Demócrata, el mismo que se opuso abiertamente a la eliminación de la esclavitud en los Estados Unidos. Hoy los Republicanos pelean por quién es más supremacista mientras los Demócratas se han convertido en el Centro de Estudiantes de la Woke Generation.

Y acá el debate es entre halcones y palomas. No sé si se dieron cuenta que un halcón se alimenta también de palomas. De hecho fue una medida implementada por el gobierno porteño en 2011. Más allá de eso ¿se piensan comer entre ustedes? Yo creí que querían ser gobierno.

En marzo de 1922, Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen, personalista al palo, designó a dedo a su candidato presidencial. Ok, fue aprobado en la convención radicheta, pero convengamos que había que nadie le decía «no» a Don Hipólito. En los diarios de aquel entonces –ah, la magia de las hemerotecas– existían dos planteos interesantes. El primero de ellos se preguntaba cómo era posible que Yrigoyen apoyara al candidato que más dolores de cabeza le había generado incluso a nivel internacional. El segundo, qué tipo de raigambre popular podría llegar a tener Máximo Marcelo Torcuato de Alvear Pacheco para representar al movimiento radical.

Pero Yrigoyen era pragmático: Alvear tenía intención de voto, podía ganar y a otra cosa mariposa. Por las dudas, Don Hipólito le enchufó a su amigo Elpidio González de Vicepresidente y sanseacabó. De paso, cañazo, tuvimos una de las mejores gestiones presidenciales de la historia, número por número, cartera por cartera, y convenientemente oculta o menospreciada en la historiografía tanto peronista como radical.

Pocas veces convivieron en un mismo espacio dos figuras tan antagónicas y con tanto ego como Alvear e Yrigoyen.

Obviamente, todo se fue al pozo políticamente, la UCR terminó dividida como lo dictan las sagradas escrituras, y en el traspaso de mando de 1928 Alvear casi se va a las manos con un grupo de yrigoyenistas que le gritaban de todo. Pero primero el Poder, luego vemos. En frente tenían al conservadurismo con los cubiertos en las manos. Luego de un exilio autoimpuesto, Alvear regresó al país tras el Golpe de Estado. Uriburu Jr, el dictador, le dijo que podía volver tranquilamente al Poder si no llevaba ningún yrigoyenista en su lista. Alvear lo mandó a freír churros. Menos de un año después, la dictadura denunciaba actos terroristas y culpaba a los radicales. Alvear tuvo que marchar al exilio por obligación.

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¿A qué voy con todo esto? Sencillo: ¿De verdad cambiarían el color de voto en función de quién es el candidato cuando lo que les une es el espanto frente a lo que tienen en frente? Con una mano en el corazón y otra en el pasaporte: ¿En serio?

A mí no me divierte votar siempre por lo que menos desagrado me genera, pero con años de terapia llevé el autoboicot a cuestiones que me hagan mierda solo a mí y no a terceros. Todo un lograzo, les juro.

Y si el candidato con más chances de ganar es Zulma Lobato, iré y hasta fiscalizaré por ella. Lo que venga después, será otra historia y ya veremos qué hacemos.

Nicolás Lucca

 

 

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