La oligarquía progre del Estado Ausente

Un micro de larga distancia ingresa en la nebulosa de La Matanza y todos sus pasajeros son desvalijados. Ruta nacional, a pasitos de la Capital Federal de la Nación, un micro de dos pisos color verde radiactivo es asaltado. ¿Cuánto pueden tardar en desvalijar todo un micro? ¿Cuánto puede tardar un patrullero en llegar luego de verlo por una de esas cámaras que hoy nos venden como sinónimo de seguridad y que cumple la misma función que la policía: no resolver nada?

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El origen de la concepción de Estado difiere para cada Estado en función de cómo se administra el mismo. En el caso de la Argentina, podríamos llegar a encontrar un principio en Platón y su concepto de Justicia como “un pacto entre egoístas racionales”.

O sea, que cuando dos no quieren ceder, es el Estado el que media. Hobbes decía que el Estado es una institución, cuyos actos, por pactos realizados, son asumidos por todos, al objeto de que pueda utilizarse la fortaleza y medios de la comunidad para asegurar la paz y la defensa común.

Después estamos nosotros, un lugar donde podés terminar en cana si te arman una causa o podés ni siquiera ser juzgado si tenés una cadena de hoteles vacíos que viven alquilados por fantasmas para lavar guita. Todo depende de si sos vicepresidente o un pobre pelotudo que vota.

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Un grupo de burros psicópatas con la cabeza lavada destroza el monumento a José Luis Cabezas. Ni así los medios porteños salen de la burbuja de la General Paz para preguntarse quién carajo tiene la batuta. Un ciudadano boletea de un escopetazo a uno de los psicópatas. Probablemente el Estado le caiga a él por tomar en sus manos el rol al que el Estado renunció.

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Nuestro concepto de Estado, el que nos rige, fue concebido como un lujo. El contrato social que establecimos es sencillo: delegamos en el Estado las funciones de educarnos, defendernos y darnos la infraestructura para que podamos producir en paz. A cambio, financiamos ese Estado.

Sin embargo, la concepción de Rousseau de que un Estado debía hacerse más grande a medida que incrementaba su territorio la entendimos para el carajo. De hecho, nos convertimos en algo que ni al padre del anarquismo liberal, el británico, William Godwin se le habría ocurrido cuando dijo que el gobierno «simula estar a nuestra disposición personal, pero en realidad sólo vigila nuestras transacciones privadas».

Uno quiere firmar un contrato y el Estado no tiene idea de quiénes somos. Queremos tramitar un permiso para salir del país con un hijo y tenemos que practicar una prueba de paternidad ante cinco testigos y, preferentemente, llevar ecografías y algún video del acto sexual en el que el niño fue concebido. Denunciamos un delito, algo tan elemental y primario para lo que fue concebido el Estado, y nos tratan como si molestáramos. Pero a fin de año la AFIP, la AGIP, ARBA y todos los entes recaudatorios tiene un detalle de todos los pesos que nos ingresaron y de cada compra que hicimos y en cualquier momento puede decidir si podemos deducir algún gasto de Ganancias, porque sabe cuántos hijos tenemos, cuántos alfajores compraron y hasta a qué telo fuimos con la mamá. ¿No es hermoso?

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¿Probaste tirar una molotov? Terminás en cana en cinco minutos. A menos que estés reivindicando los derechos de un grupo que está en contra de tu Estado de Derecho. O que seas un idiota que no sabe hacer una molotov y revolees siete contra el edificio de Clarín. No pasó a mayores porque fueron inútiles, pero convengamos que nuevamente vimos lo mismo de siempre: hermosamente filmado y al pedo. Vivimos en el Truman Show vernáculo, con cámaras hasta en las alacenas, pero solo sirven para brindar espectáculo morboso o indignante. O encontrarte de pedo mientras festejas en el Obelisco.

Tenemos una red de monitoreo que no ve que arrojan siete molotovs a 14 cuadras de la Casa Rosada. Las ven después. Como cuando te roban el celular. No vieron cómo retiraban las piedras de la plaza más vigilada del país. No los pudieron identificar, no quisieron, bah. Las cámaras solo sirvieron para invadir la privacidad de los pobres boludos que tienen balcón a la calle en el primer piso y para forrar aún más en guita al ex oficial primero de Montoneros, Mario Montoto y a sus socios chinos, un país caracterizado por darle a la vigilancia extrema todo el poder que no le da ni a los derechos humanos ni a la democracia. No es su culpa: él provee de cámaras. Que el resto no sepa qué hacer con ellas, no es su responsabilidad.

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Uno de los grandes logros del progresismo fue haberse vuelto un aparato que gestiona el Estado solo para proteger sus dogmas. Fueron brutales y graduales al mismo tiempo. O sea: cuando no terminábamos de indignarnos por un accionar del Gobierno, ocurría otra cosa que nos dejaba perplejos y colocaba al hecho anterior en el lugar de un acto menor. Ves los bolsos de López, Hotesur y las cajas de seguridad de FlorKey y el menemismo te resulta una fiestita de bautismo. Luego te llegan las pruebas de que jugaron al TEG con las vacunas y no podés creerlo, hasta que recordás que decidieron pintar trenes oxidados y terminaron con 51 muertos.

Pero como todo orden dogmático, el progresismo ha tenido que lidiar con sus propias contradicciones y se ha comportado de forma absolutamente eclesiástica. Si aparece un corrupto en las filas, hay que encubrirlo y aquí no ha pasado nada. Si la corrupción baña a la madre superiora de Plaza de Mayo, hay que bancar la parada por respeto a su pasado.

No se puede reprimir hasta que se es inevitable reprimir y ahí no saben bien qué hacer. Básicamente, porque el progresismo no sobrevive fuera de la biósfera de las grandes urbes. No logra dimensionar el caos anárquico de territorios que pisó para un viaje de egresados o para ir de mochilero para conectar con la naturaleza porque el Machu Pichu le salía caro.

Así, en una vuelta de tuerca que nadie habría imaginado, se volvieron conservadores, defensores del statu quo de un grupo de personas que ante la ley no son iguales a nosotros: son mejores. Probá con pedirle a la AFIP que te arme un plan de pago sin intereses a cuatro siglos y decime si te tratan igual que a Cristóbal López. Reclamale a la ANSES que le pague a tu vieja el juicio que le ganó y contame si te tratan igual que a la pobre viuda de Néstor.

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¿Probaste cagar a gritos e insultos a un tribunal oral en una audiencia? Antes de que termines la primera oración te están haciendo desfilar por el fondo del peor pabellón del Servicio Penitenciario. A menos que…

Este viernes, el Tribunal Oral Federal 5 de Comodoro Py decidió no juzgar a Cristina Fernández, ni a sus hijos ni a nadie por la joda de Hotesur-Los Sauces. Leí mil veces que “dieron lugar a un planteo de la defensa”. Ojalá: los jueces justificaron su decisión de no hacer su laburo (juzgar) con argumentos que ni la defensa había dado. No hay dinero que pueda pagar tanta sabiduría.

Me tomé la molestia de leer las 375 fojas de la resolución del TOF y me encontré con algo divino: 300 fojas de copy/paste de lo que dijo el fiscal, de lo que dijo la Cámara, de lo que dijo fulano, de lo que dijo mengano y, a la hora de fundar la decisión del Tribunal, los dos jueces –que aunque todos se hagan los boludos, son conocidos en los pasillos por ser afines al gobierno– hacen un ejercicio de defensa que hasta le recuerda a la Corte Suprema cómo debería fallar en caso de que la causa llegue a esa instancia.

¿Te acordás del lawfare? Una moda que duró menos que el poder de Alberto. Y ahí vienen los militantes del clasismo a decir que “son todos inocentes”. Los jueces siquiera desmintieron los hechos. O sea: para ellos ocurrió todo lo que se denunció pero cuando pasó existía otra ley. Es asombroso contar con jueces tan copados que se preocupan por hacer el trabajo de los abogados defensores.

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Me importa tres carajos la cartita de Cristina. Acabo de leerla y no hay nada que tenga para opinar sobre un texto que en su primer párrafo habla de «medios hegemónicos» y «letras de molde». No tengo nada, pero absolutamente ni una puta gana de analizar lo que tenga para decir sobre economía la reina de la ruina de un país que creció a tasas chinas durante más de una década y no consigue darle de comer a 45 millones de piojosos argentinos.

Y creo que todo medio que se precie de tal debería pagar con la misma moneda. ¿Desde cuándo es noticia lo que tenga para decir una señora con su cartita? Cantidad no da título, dos presidencias no te convierte en estadista y, si hay algo sobre lo que Cristina no tiene ni una mínima autoridad moral para emitir juicio de valor, es sobre modos de hacer política, libertad de expresión y economía.

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Llegué a leer a gente con título universitario decir que “se cayó otra causa falopa”. ¿Entienden que hasta los jueces que decidieron no juzgarla dicen que los hechos sí ocurrieron o todavía no abrieron las escuelas en sus barrios? Utilizaron un tecnicismo berreta: que el lavado de dinero no estaba penado como lo está ahora cuando se cometieron los hechos. Es tan, pero tan agarrado de los pelos todo que la imputación principal es asociación ilícita.

Que el fallo haya salido 24 horas después de que se conociera que la lista filokirchnerista perdiera por paliza en las elecciones de la Asociación de Magistrados y que eso provocará un cambio más en el Consejo de la Magistratura en menos de diez días, no es un detalle menor.

Así, mientras intento que me entren bien en el fondo del colon todos los putos libros de derecho que he leído en mi vida, no me queda otra que repetir que vivimos bajo un régimen conservador disfrazado de progresismo: clasismo, privilegios de un mundo al que sólo acceden unos pocos y que el resto la vea desde afuera. Como buenos patrones de estancia devenidos en gobernadores de principios del siglo XX.

Y todo aquel que opine en contra es un odiador en potencia. Aún en potencia, hasta que alguien vea viable sancionar los discursos de odio. ¿Hay algo más subjetivo que sentirse ofendido? ¿Quién decide si alguien tiene razón en tener sus sentimientos heridos porque le dijeron que cree en estupideces?

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¿Se enteraron de que en Entre Ríos, luego de las elecciones, les iniciaron juicio político al Procurador General y a su segunda, mientras avanza el juicio oral contra el ex gobernador Urribarri? ¿Puede existir algo más conservador y anti republicano? ¿No hay problemas más urgentes en la tercera provincia más pobre del país y la que tiene en Concordia el récord patrio de miseria?

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Luego de la sanción de la Constitución Nacional de 1994, el Congreso Nacional demoró doce años en sacar una ley que esa Constitución ordenaba: cómo aprobar los decretos de necesidad y urgencia. Así y todo le fue mejor que a la ley de coparticipación, de la cual aún no tenemos novedades, tras 27 años y contando.

Así fue que en 2006 el Congreso aprobó la ley 26.122. Desde ese mismo año estoy esperando al primer iluminado al que se le caiga la ficha de pedir su inconstitucionalidad. Evidentemente faltan abogados en la Argentina.

La Constitución pidió una institución hermosa para limitar el Poder del presidencialismo. ¿Qué hizo el kirchnerismo con su mayoría aplanadora en 2006? Fácil: el artículo 24 de esa ley dice que para que un decreto sea derogado requiere del rechazo de ambas cámaras. Lean la letra fina: si una de las cámaras lo aprueba, el decreto vale y se convierte en ley.

Pero según la Constitución las leyes requieren la aprobación de ambas cámaras. ¿Por qué para los decretos alcanza con la aprobación de una sola para convertirlo en ley? Nadie hizo nada en 15 años para impulsar la inconstitucionalidad en un país que legisla de forma semi dictatorial.

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Un pueblo empobrecido, arrastrado por años de penurias económicas, y exaltado políticamente es la tierra fértil para un fanatismo mesiánico conservador restaurador. El problema, en la Argentina, es que no sabemos quién es más conserva.

En el Sur la anarquía es total. Pero en el Sur es donde se ve. La anarquía es total en todos lados. Nadie paga por lo que tiene que pagar. En lo nacional, cualquier argumento que quieran esgrimir en contra se desarma con una sola pregunta: ¿para qué tienen ministerio de Seguridad de la Nación?

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El Banco Central cierra otra canilla y prohíbe sacar un pasaje de avión en cuotas. Es absolutamente inconstitucional, aunque al gobierno le chupe un huevo, porque cercena la libertad de desplazamiento y circulación. Básicamente, uno de los puntos esenciales para los que fue creado el Estado, o sea, para que nadie nos impida nada mientras no dañe a otro.

El que me diga que exagero, espero que no sea abogado: es como decir que nadie te impide salir de tu casa libremente siempre y cuando contestes antes la siguiente trivia de álgebra avanzada patrocinada por el Conicet. ¿En qué momento le dimos al Estado la facultad de decidir por nosotros cómo gastamos, en qué gastamos y a dónde verga queremos ir por el motivo que nos cante las tarlipes?

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Y ahora que está de moda hablar de gatillo fácil porque pasó en la opulenta ciudad de Buenos Aires, intentemos que Gregorio Dalbon y sus ganas de Cámara y carroña no nos tape el bosque: tenemos el promedio de policías por habitantes más alto del mundo en países con una extensión considerable. Duplicamos a Estados Unidos, quintuplicamos a China y triplicamos a la Unión Europea.

En la ciudad de Buenos Aires contamos con un efectivo de la policía local cada 108 habitantes. Esto sin sumar a los resabios de la Federal, Gendarmería y Prefectura. En Nueva York hay un policía cada 240 habitantes.

La Matanza, en el conurbano bonaerense, cuenta con un oficial cada 342 habitantes. Y esto gracias a todos los gendarmes y policías federales que pagamos entre todos los argentinos. Pero La Matanza duplicó su población en los veinte años que lleva el ex chofer del finado Ballestrini en el Poder. ¿Dónde estuvo el Estadopresente en la planificación? ¿No se dieron cuenta de que iban a necesitar el doble de efectivos para el doble de habitantes? La respuesta es obvia: si no se dieron cuenta de que necesitaban el doble de cloacas, menos necesitarán policías. Más si los pobres no contribuyen a la recaudación paralela.

¿Todavía creen que la solución es más policías? ¿Aún no vieron la linealidad entre la ausencia del Estado en sus roles básicos, el aumento de la marginalidad exaltada culturalmente y el “siga, siga” ante cada delito que vemos? Podés poner un policía por cuadra. Es más, podés dividir a la población argentina en dos: 23 millones de policías y 23 millones de civiles. En 20 minutos hay alguien que ya está cometiendo algún delito, o pasando por arriba una ley que no le parece tan relevante. Básicamente, porque no creemos en ningún contrato social ya que, de forma preventiva, lo hemos prendido fuego.

Al igual que con todos los aspectos de la vida que dicen mejorar porque tienen más cantidad: no es más, es mejor. Después de una década de escuchar que se destinaba el 6,1% del PBI a la educación nos encontramos con toda una generación que no puede comprender lo que lee. ¿Es la cantidad o es la calidad?

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Rosario.

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Los municipios han blanqueado que no piensan hacer nada para combatir la pobreza, pero sí para darle bolsas con logo municipal. Para cirujear con dignidad, carajo. En la ciudad de Buenos Aires fuimos pioneros cuando en 2004 a Aníbal Ibarra se le ocurrió darles un marco regulatorio. Gran política de continuidad estatal: Telerman construyó un centro de reciclaje, Macri les dio uniformes. Ahí están, a dos décadas del estallido del 2001. No solucionamos el desastre, asimilamos como parte del paisaje urbano a gente que vive de nuestros desechos.

Era obvia y previsible la reacción. La venimos anunciando hace años. Luego de la anarquía de un conservadurismo disfrazado de izquierda que come pasteles y organiza fiestas que no le permite al pueblo, todos nos sentimos un poquito libres aunque sea en un panóptico. No nos importa la forma que tome ese orden y la historia argentina debería alertarnos de que nada nos importa con tal de sentir que el Estado no está presente por al menos 24 horas, o cinco minutitos.

Después de todo, cuando la izquierda se convierte en conservadora, la lógica dicta que lo opuesto es revolucionario.

Es por ello manifiesto que, durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los obligue a todos al respeto, están en esa condición que se llama guerra, y una guerra como de todo hombre contra todo hombre.

Hobbes. El Leviatán. Hace banda.

 

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