Las extrañas clases del profe Alberto al mundo

Cada vez que una persona se toma el palo hacia el exterior el kirchnerismo duro lo insulta. Pero debemos reconocer que hasta ellos mismos tienen ganas de irse a la primera de cambios. Si hasta el propio Jorge Rial aceptó ir a vacunarse a Miami sin mencionar a la pobreza. De paso cañazo, se metió en la interna entre Alberto Fernández y Carlos Zannini, que desde que ocupa la Procuración del Tesoro no ha conseguido embocar una a favor del Estado en la Justicia.

¿Cómo no entenderlo a Alberto y a Guzmán que se van a pasear por Europa en este contexto? O sea: querés mandar a su casa a un funcionario de cuarta línea y ni el Presidente de la República puede lograr que ordene su escritorio y se retire a su domicilio. Su propio frente político es la peor oposición a las políticas que dicen querer llevar adelante y, en ese sentido, Alberto termina emparentado con el que nunca quiso que se lo compare: terminó por ir a buscar afuera la validación y el trato que no le brinda el kirchnerismo.

De todos modos resultó interesante el tono épico que el Presidente le quiso dar a su gira por Europa. Y de ser cierto lo que dicen desde su círculo íntimo, también es preocupante, por no decir hilarante, el desorden que tiene en la cabeza.

Para pasar en limpio, Alberto Fernandez quiso proponer “nuevas reglas de juego para un nuevo modelo económico global”. Así, literalmente. De hecho, Alberto considera que está a la altura de Kristalina Georgieva para opinar sobre el funcionamiento del mundo y decir que hay un sistema agotado. Tan agotado que los países del primer mundo ya están pensando cómo recuperar sus vidas mientras nosotros pensamos qué nos matará primero, si el Covid, el hambre o la vejez.

Y a los fines de redondear, cabe aclarar que Albert dice que solo quiere evitar un nuevo plan de ajuste y establecer “nuevas reglas” en un “mundo que ya no es el mismo”. En el medio se le escapó que nuestro país pagará, pero que no aceptaremos hacerlo bajo un ajuste. Traducción: te pago cuando puedo, como puedo y fumátelo.

Yo entiendo que con tan solo charlar veinte minutos con el Papa, Alberto ya cree que se merece todo. Pero ni los textos sagrados nos protegen. Oremos. Evangelio según San Lucas: «Él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu herencia con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado

El hijo pródigo, al menos, había comprendido que se mandó una cagada y pretendió volver con su padre para trabajar la tierra. Nosotros nos patinamos la guita que no tenemos, emitimos, pedimos prestado, la patinamos, emitimos, no pagamos, emitimos, pedimos prestado más caro, la patinamos, emitimos, renegociamos, emitimos, pedimos más prestado, la patinamos, no pagamos lo renegociado, emitimos, puteamos a los acreedores, pedimos prestado a otro, la gastamos, les decimos “para qué nos prestan si ya saben cómo somos”, y pretendemos volver a la casa y que nos acepten con una fiesta.

Y ya que ni con las sagradas escrituras nos entienden, mejor ni hacer el intento de comprender las intenciones aleccionadoras de Alberto. Nosotros, justo nosotros no podemos darle lecciones de economía a nadie. Pero a nadie. El Presidente estuvo en Portugal, España, Francia y se encontraba en Italia cuando se dio a conocer la inflación del mes de abril. En un mes acumulamos la misma inflación que sumaron esos cuatro países juntos en un año.

¿Con qué cara vamos a hablar de nuevas reglas de juego? ¿Cómo vamos a decirles que tenemos una nueva idea de cómo deben ser las cosas a nivel global si somos el tercer país del mundo en inflación y duplicamos los números del cuarto país de la lista? ¿Quién querría cambiar las reglas por alguna sugerencia nuestra al ver cuál es el salario mínimo en la Argentina y ver que es el tercero peor de toda América Latina en dólares?

Nos dan un nuevo sopapo inflacionario y la explicación automática es que fallaron los controles de precios, algo que el mundo resolvió luego del desastre de Dioclesiano en Roma en el siglo IV. En aquel entonces, hace exactamente 1720 años, al emperador se le dio por fijar los precios de 1.300 productos y no frenar la emisión de moneda. El desastre inflacionario fue sin igual y la pobreza se disparó. Pero insistimos. Puede que esta vez funcione.

Solo podemos exportar recetas para multiplicar pobres, asentamientos y funcionarios con declaraciones rimbombantes para dar explicaciones a los resultados patéticos de medidas ridículas.

Muchas veces me equivoqué con Alberto pero ya tengo que reconocer que es el presidente más argentino de la historia. Pocas veces vi un nivel de disociación tal entre lo que se es lo que se cree ser. Puede ser que los pueblos no tengan los gobiernos que se merecen, pero que este hombre representa al país, nadie puede negarlo.

Yo te voy a explicar, papá, como es la economía global. A nosotros nos va mal por culpa de los imperialismos, viste. Entonces la inflación es un problema complejo, no podemos aplicar las recetas que le dieron resultado a países que van desde Taiwán hasta Reino Unido. ¿Por qué no? Porque el mundo no nos deja crecer. Nos tienen envidia, nos tienen. Claro, nosotros inventamos el Pulqui, la birome y el Torino, que le pisó los talones a los gigantes europeos, viste. ¿O querés un dibujo de todo lo que nos envidian? Por eso les vamos a explicar cómo son las cosas y que nosotros queremos pagar porque siempre pagamos, pero cuando nosotros queremos ¿qué es eso de que el que nos prestó la plata venga a decirnos que se la devolvamos? ¿Qué somos, prolijos?

Y que agradezcan que no llevamos a Carla Vizzoti, que no queríamos darle al imperialismo una clase sobre cómo gestionar una pandemia. Bastante con tener al Canciller de gira para que no entienda nada mientras su ministerio emite el peor comunicado posible sobre el bolonqui en Israel.

Alberto, nuevamente, supone que vive en un mundo en el que no existe Internet, en el que las noticias no vuelan, en el que los diplomáticos de todo el mundo tienen el mismo nivel que Felipe Solá y nadie hace los deberes de preparar una carpeta sobre el país con cuyas autoridades se reunirán. Cree que podemos decirle tranquilamente a las potencias que no queremos un nuevo ajuste mientras Martín Guzmán negocia ajustes de tarifas y Máximo Kirchner le caga la gira al promover no solo frenar las actualizaciones de los servicios, si bajarlos a la mitad. A la mitad, sí.

El Presi va a imponer una agenda globalista sin poder siquiera nombrar a un funcionario de su confianza, rajar a un incompetente o elegir edulcorante o azúcar para el café sin consultarle a Cristina.

Mientras, el ajuste que dice querer evitar se hace de manera brutal día a día y con la población tan pisada como las tarifas. Un ajuste que afecta a todos por igual. Ya ni siquiera se puede decir que los más perjudicados son los pobres, porque el número de éstos crece por encima de las proyecciones de nacimientos: hay cada vez más pobres porque existe cada vez menos clase media. Los que tienen un poco más son expoliados y la clase media se convirtió en la nueva aristocracia. Hoy el salario mínimo se encuentra por debajo de los 140 dólares, 30% por debajo del salario mínimo de la Convertibilidad que amamos odiar; el punto más bajo desde mayo de 2005.

Quizá me equivoque, pero el mundo tiene otros problemas que los que quiere plantear nuestro gobierno. La inflación no es culpa del orden internacional si no es un problema para casi nadie. Nuestro desfasaje de costos-tarifas en los servicios no es un problema global ni una imposición de la CIA. La falta de seguridad jurídica y continuidad en políticas de Estado no es una conspiración intergaláctica que merece un Expediente X.

En un país en el que la economía la deciden los sindicatos, algunos empresarios y demás miembros del círculo rojo prebendario, no podemos pedirles a nadie que repiense lo que le funciona porque a nosotros no nos da resultado cuando ni lo intentamos. Es como pedirle a un nutricionista que cambie los métodos con los que hizo bajar de peso a cientos de pacientes porque nosotros no estamos dispuestos a dejar de desayunar milanesas con fritas.

Y no hay un nuevo mundo como no existe un viejo mundo. El planeta está en permanente cambio todo el tiempo, sin detenerse un segundo. No hace falta recordar dos millones de años de cronología humana ni cuatro mil años de historia medianamente registrada para saber que hubo imperios y culturas que duraron diez veces más que lo que nosotros llevamos con una bandera izada. Y desaparecieron del mapa.

De hecho, con repasar los últimos cien años de historia podemos encontrar más de doscientos países que han desaparecido como los conocíamos. Algunos se integraron a otros, otros se fueron y volvieron a aparecer, otros ya no existen en la memoria y ni siquiera cuento el despelote armado con la federación soviética. Y hablo de los últimos cien años. ¿Hace falta repasar el listado de cambios del siglo XIX o arriesgarnos al infinito anterior?

¿Qué mundo ya no será igual si el mundo de hoy es distinto al de ayer sábado y al de mañana lunes? Lo que no se pueden cambiar son las leyes de la economía. O sea: sí, se puede ir en contra, pero te la vas a dar en la pera. Es como ir a Europa para que el mundo repiense las leyes de la física porque no estamos dispuestos a lidiar con la fuerza de gravedad en vez de construir edificios antisísmicos.

Por fortuna, Alberto pudo darse este gustazo porque en el país no notamos su ausencia. Medio que es como si no se hubiera ido. Es lo que pasa cuando nunca se estuvo.

 

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