Lilapalooza

Primera fecha. Elisa Carrió siente que no le cae bien Juan José Aranguren. Como sabe que una diputada no puede poner ni sacar ministros, le pone la lupa encima. Se entera por un medio periodístico que tres funcionarios cercanos a Aranguren «habrían realizado maniobras que serían contrarias a la ética». Para no armar quilombos que puedan afectar la gobernabilidad de una coalición que recién inicia a gobernar, opta por un perfil bajo: los denuncia penalmente y lo anuncia por Twitter.

Segunda fecha. Tiempo después, Lila siente que la opinión pública no está muy a favor con la actualización de las tarifas y critica al entonces ministro de Energía. La oposición aprovecha y se manda una ley que obliga al presidente a tener que elegir entre demostrar poder o caer bien.

Tercera fecha. A Carrió no le parece bien que el ministerio de Energía aumente las tarifas sin que se actualice el mínimo no imponible de Ganancias. Para no hacer alharaca, opta por publicar sus críticas en su cuenta de Twitter para que tan sólo las vea su millón de seguidores. De paso, anuncia un proyecto de ley propio sobre impuesto a las ganancias sin consultarle a nadie.

Cuarta fecha. El país no recibe una inversión ni por un error del correo, pero Elisa Carrió siente que Alfonso Prat-Gay meó fuera del tarro cuando el entonces ministro de Hacienda le pidió disculpas al empresariado español por la expropiación de YPF. Para no hacer mucho bardo optó por una crítica por lo bajo: en medio de la exposición del ministro ante la cámara de diputados, transmitida por todos los medios de noticias del país.

Quinta fecha. Carrió va al supermercado a comprar un chivito y no le gustó el precio. Podría haber aprovechado su residencia campestre para comprar a buen precio algo más fresco, pero no vamos a andar cuestionando las formas de consumo de terceros. En tiempos en los que el Gobierno no encuentra la vuelta a la inflación, Lila decide manifestar su frustración en voz baja subiendo el ticket de la compra a Twitter para luego aclarar que lo tuvo que pagar en dos cuotas.

Sexta fecha. Lila es invitada a TN junto a Horacio Rodríguez Larreta. Sobre la marcha se da la noticia de la aparición del cadáver de Santiago Maldonado. Un experto forense consultado de urgencia afirma que el cuerpo de Maldonado se conservó por el frío del agua patagónica. Carrió dispara «como Walt Disney». En horario central en el canal de noticias más visto. Con el jefe de Gobierno al lado.

Séptima fecha. Se desata la primera corrida cambiaria. Carrió busca llevar calma a los mercados diciendo que «si hay un gesto, es que yo estoy en la Casa Rosada y quiero llevar tranquilidad a toda la sociedad argentina». Afirma que el plan de la oposición para bajar las tarifas energéticas es «desestabilizador». Porque una cosa es una crítica velada y otra cosa es obrar en consecuencia.

Octava fecha. Lilita no está de acuerdo con la política del Banco Central conducido por Arnold Sturzenegger. No le parece bien que se quiera controlar la inflación reduciendo el circulante de pesos. Su teoría económica la envía por privado a través de una entrevista publicada por el diario La Nación. Como el público pide bis, va con un clásico y le pega a la comunicación diseñada por Jaime Durán Barba, el hombre que consiguió lo imposibe: que un ingeniero civil de la patria empresarial, expresidente de un club de fútbol, llegue a la presidencia de la Nación. En un momento en que el gobierno baja la línea de no exponerse mediáticamente hasta que aclare el panorama, Carrió sale de gira por todos los canales. Consultada por Durán Barba, pone paños fríos con el principal asesor del presidente de la Nación: «Mátenlo, tienen mi aval». Tranca.

Novena fecha. El debate por la ley de despenalización y legalización del aborto llega a la instancia de votación en la cámara de diputados. Durante meses, Lila se manifestó en contra con argumentos religiosos –entendibles, dado que no quiso racionalizarlos como otros– pero el día de la votación se levantó en llamas y amenazó con romper la alianza Cambiemos sólo porque no ganó su punto de vista. Horas más tarde dirá que no dijo lo que todos oímos.

Décima fecha. La crisis económica comienza a convertirse en grotesca y el presidente plantea una modificación en el gabinete. Presionado por los dichos de Carrió, la convoca a una reunión que huele a negociación para mantener la cohesión. Salen expulsados del gobierno Sturzenegger y Aranguren. Lila siente que ganó.

Undécima fecha. Lila llega al Congreso para asumir como presidente de la comisión bicameral de control al Ministerio Público Fiscal. En lo personal, y como buena parte de la doctrina, considero que como todo organismo de control debería estar en manos de cualquier otra fuerza menos del oficialismo. Después de todo, el tiempo que estuvo al frente de la oposición, no impidió la salida de Alejandra Gils Carbó. Sin embargo, el massismo, el kirchnerismo y lo que queda del PJ vacían la sesión y Carrió sale en llamas denunciando proscripción. Al día siguiente, presenta la renuncia a la comisión. Porque lo que importaba no era tenerla haciendo quilombo y controlando a la oposición, sino ser la presidente de la comisión. Para finalizar, comunica que seguirá siendo «la fiscal de la República».

Duodécima fecha. El ministro de Justicia, Germán Garavano, da una entrevista periodística en la que sostiene que el uso de las prisiones preventivas está desvirtuado y que no considera que exista peligro de fuga por parte de Cristina Kirchner, ante lo cual sostiene que le parece correcto que se aguarde a una sentencia para pedir el desafuero. Carrió considera que lo de Garavano es una injustificable intromisión del Poder Ejecutivo en el Poder Judicial, para luego decir que el fallo de los jueces de Casacion en el caso Menem es una «traición a la Patria» desde su lugar de miembro del Poder Legislativo. Decide intervenir. ¿Habla con Garavano? ¿Le pega un tubazo a Marcos Peña? ¿Le manda un Whatsapp a Mauri? No: pide el juicio político del ministro a través de las redes sociales. En su denuncia sostiene que es un mensaje patético de parte de quien es el jefe de la Unidad de Información Financiera. Pero la UIF no forma parte del ministerio de Justicia hace años. Curiosamente, no cree que exista intromisión del Poder Legislativo en el Poder Ejecutivo al pedir la expulsión de un ministro que no opina como ella, ni tampoco cree hacer lo mismo que denuncia: entrometerse en el Poder Judicial. Porque si se critica a uno por decir que la Justicia debe actuar de una manera, se está sosteniendo que debe actuar de otra.

Décimotercera fecha. En una jornada extendida pero con un sólo lineup, Lila se siente tocada por una decisión interna de un ente autárquico como lo es la Administración Federal de Ingresos Públicos. La misma mujer que en la semana cargó contra quienes querrían meterse en donde no le corresponde, dijo que las tres nuevas designaciones son una garantía para la impunidad y que los tres desplazados eran «héroes» de su confianza. Sí, héroes en la AFIP, donde podemos imaginar a gente que curte la cultura bondage, el sadomasoquismo, y cualquier otra perversión, menos héroes. Para mantener el perfil bajo y no desgastar al gobierno, manifiesta su descontento vía Twitter. Sutil como nunca, le manda a decir a Macri que tiene que optar entre ella o Angelici: «elige o cae».

Décimocuarta fecha. En un par de meses hay como quichicientos detenidos en la causa de corrupción más grande de la historia de la Argentina. En la semana en la que la Justicia confirma las penas de todos los culpables de la tregedia de Once y los envía a prisión, se cita a indagatoria a toda la familia Kirchner en otra causa. Desde diciembre de 2015 se multiplicó hasta el infinito el decomiso de drogas ilegales, se saturaron de causas por corrupción los tribunales federales y hasta entregaron con moño al heredero de las empresas del padre del Presidente. Sin embargo, Carrió dice que «se siente desilusionada» con Macri y que «perdió la confianza» en el presidente ya que «se rompió el pacto contra la impunidad». El chisme trascendió a pesar de que Carrió fue tan cuidadosa que sólo lo dijo en una entrevista para la edición dominical de La Nación.

Antes que nada, no me considero un fan de Garavano. De hecho, más de una vez ha sido el blanco de alguno que otro de mis textos. También me tiene sin cuidado Iguacel. Sturzenegger siempre me pareció complicado de escribir, Prat-Gay no me invitó a su cumpleaños y con Aranguren sólo coincidimos en la marca de corbatas. Cuando usa. Con Durán Barba sólo nos une el mozo que lo atiende a él por las mañanas y a mí por las tardes.

Sin embargo, es hora de destacar algo y es la distancia existente entre lo que Carrió cree que tiene que hacer y aquello en lo que Lila es realmente buena. Lo saben hasta sus votantes, que en cada presidencial la dejan más sóla que a Felipe Solá en el Día de la Lealtad y, sin embargo, llenan las urnas de votos en cada legislativa. Carrió es buena dando pelea en el congreso, Carrió es buena en el barro. Lila es imbatible y hasta irritante en cada debate. Pero a la hora de hablar de política demuestra que tiene menos timing que yo comprando dólares a 42 pesos. Cada vez que abrió la boca para opinar sobre la gestión del gobierno, colocó a Macri en un lugar que la oposición nunca logra. En los momentos más críticos del gobierno, cuando tenemos diciembre y todo su folklore marginal a la vuelta del calendario, en las instancias en las que más necesita Macri de algo de paz, Carrió se convierte en la mejor de las opositoras.

Espero sepan disculparme los lilitos, pero esta versión de Carrió no me recuerda a la fiscal de la República, sino a la que hizo campaña por Aníbal Ibarra y Martín Sabbatella en 2004, la que dijo estar «enamorada» de Ricardo Alfonsín en 2010 y «en un matrimonio» con Pino Solanas a principios de 2015.

Es evidente que su postura rupturista –si hay algo que dejó en claro es que, si es por ella, manda todo al carajo en el próximo tuit– se da en la senda del ego: quiere que las cosas salgan como ella lo desea. Y a veces el mundo se complota para que las cosas se den de otra forma. Nos pasa a todos mil veces por día y también terminamos mandando a la mierda a todos vía Twitter. Pero a diferencia de Lila, nosotros no estamos en el juego de la gobernabilidad.

Quizá, la única pregunta que reste hacerse es qué pierde el Gobierno en el hipotético caso de que Carrió rompa todo. A nivel mercados puede complicar las cosas en cuanto a las expectativas. ¿Podrá ganar una reelección Macri sin los votos de Carrió? Si nos guiamos por Durán Barba, el aplastante triunfo de Lila en 2017 fue de Macri y no de ella. Más allá de eso, los mercados no tendrían por qué temerle a la partida de quien fue en contra de cualquier medida que ayudara a corregir el déficit fiscal.

Por lo demás, resta esperar qué hará Carrió. Puede que esta tarde diga que Macri es lo mejor que le pasó en la vida porque se lo dijo la Virgen en un sueño, o que es el anticristo y le fue revelado en la borra del café. Del otro lado, en la pelea entre Lila y todos los funcionarios del gobierno, Macri ya tomó partido: eligió por él mismo.