Morir al pedo

En cinco años pueden cambiar muchas cosas, pero en la Argentina todo lo que cambia lo hace para volver a su punto original y recargado. Cuando a principios de 2015 manteníamos un debate estúpido sobre la bestialidad ocurrida en la redacción de Charlie Hebdo y otros atentados ocurridos en París, algunos imbéciles afirmaban que «no se puede ofender en nombre de la religión». Entre estos se encontraba el mismísimo Papa Francisco. Era todo un tema dado que Occidente intentaba entender esta nueva forma de terrorismo en tiempos de ISIS mientras algunos países del mundo árabe miraban para otro lado e Irán llamaba a borrar del mapa –literalmente– al Estado de Israel.

La Argentina, fiel a su estilo de estar parado a un costado mientras da clases de lo que se debería hacer, se negó a condenar los atentados de Francia para luego mandar a Timerman a marchar con los manifestantes en París. En Buenos Aires, entre tanto, al Canciller le esperaba un notición en unos días: que aquel acuerdo con la teocracia iraní lo podía llevar, cuanto menos, a Tribunales.

Cuando se dio a conocer la denuncia de la fiscalía creada especialmente para investigar el atentado contra la mutual israelita en la Argentina, muchos se centraron en el fiscal y pocos en el contenido de la denuncia. Había que tener coraje o ser muy estúpido –choose your side of the grieta– para hacerle eso a la presidente Cristina Fernández. Pocos recordaron el historial de la AMIA: el mayor atentado ocurrido en Occidente hasta la llegada del 11 de septiembre de 2001, 85 muertos en una explosión cuya línea de investigación cayó en Hezbolá e Irán.

El fiscal Alberto Nisman apareció muerto en la noche del domingo 18 de enero de 2015 en el departamento que alquilaba en Puerto Madero. Lo había encontrado su madre luego de que la custodia del fiscal la fuera a buscar para abrir la puerta. Luego se comprobaría que estaba muerto, de mínima, desde las 11.00 horas y, si hilamos fino, desde antes de la noche del sábado.

Cuando llegué a la puerta del Le Parc aquella noche sólo había dos periodistas –Rodis Recalt y Federico Aikawa– así que puedo hablar con certeza cuando digo que Sergio Berni, a las 23 horas, estaba pegado al celular. En sus declaraciones posteriores diría que mantuvo conversaciones con Cristina toda la noche. Cristina dijo que se enteró por un llamado de Cecilia Rodríguez, su ministra de Seguridad, a eso de las 3.00 horas. Nadie dijo nada.

Por haber estado allí recuerdo, también, el criterio de la fiscal Fein para la preservación de la escena: el departamento de Nisman era una rave donde sólo faltaba música. No hay forma de que 25 personas quepan físicamente en un dos ambientes sin hacer mierda todo. Sin embargo, Fein y Berni rompieron las leyes de la física aquella noche. De todos modos rompieron todo.

En los días posteriores, para apaciguar las cosas, Aníbal Fernández sostuvo que Nisman era un caradura que le había faltado el respeto a la gente al utilizar el presupuesto para salir de putas. No era el único y, además de los afiches que empapelaban la ciudad, se sumaron las voces que levantaban estos datos que aportaban la nada misma. Todavía no se sabía qué había pasado, pero se lo merecía. Se ve que tanta relación con Irán nos llevo al moralismo de justificar la muerte de una persona por mujeriego. Otros no se ponían de acuerdo y lo trataban de homosexual, otro causal de homicidio en la República Moralina.

Con Nisman aún tibio, Alejandra Gils Carbó, por entonces Procuradora General de la Nación, quiso nombrar a la sucesora de Nisman en la causa AMIA y se fijó en Cristina Camaño, la diligente fiscal que ocupó el lugar de José María Campagnoli cuando les pareció copado echarlo. Finalmente, Camaño fue bajada de la designación luego de que la prensa diera a conocerlo. Se ve que no les jodió proponerla, sino que nos enteráramos.

Mientras todo esto pasaba, la prensa se movía de acuerdo a los dos intereses que existían; defender a Cristina o no. Si la vida es lo más importante del ser humano, Nisman se convirtió en el mayor exponente de la grieta: justificar lo sucedido o condenarlo.

Así fue que se vieron cosas insólitas: faloperos que remarcaban que Nisman había tomado una pastilla de clonazepam, personas sin escrúpulos que perseguían a la madre del fiscal, insensibles todo terreno que volvían locas a las hijas a las que les acababan de arrebatar al padre, y caraduras que sostenían que resultaba sospechoso que un tipo que en 2015 cobraba 200 mil pesos por mes de sueldo viviera en un departamento en Puerto Madero por el que pagaba 30 mil de alquiler. A muchos de esos los he leído hablar del otro Alberto de Puerto Madero sin decir absolutamente nada de su estilo de vida «de prestado».

La denuncia de Nisman llega al juzgado federal a cargo de Daniel Rafecas y, en tiempo récord y sin llevar a cabo una sola medida de prueba, el juez archiva el expediente. Mientras esto pasaba, los colegas del fallecido y una inmensa cantidad de ciudadanos salían a la calle a reclamar justicia por lo ocurrido. Cristina se les cago de risa de la marcha del silencio al decir «me quedo con los cánticos, el silencio se lo dejamos a ellos».

El exjefe de gabinete de Cristina llevaba casi siete años en su rol de furibundo opositor a todo lo que hiciera la entonces Presidente. Y encima lo hacía desde el lado que más le dolía: «lo que habría hecho Néstor». Obviamente no funcionaba con nadie, dado que el recuerdo de Néstor no lo convertía en Mahatma Ghandi, pero a la militancia le jodía lo suficiente como para tildar a Alberto Fernández de traidor, gorila y desestabilizador.

Fue durante aquellos días que Alberto Fernández sostuvo que el Pacto con Irán era para garantizar la impunidad, explicó el mecanismo, acusó a Cristina de arrogante, y sostuvo que «éstas son las cosas que todos debemos saber cuando en silencio marchemos». Sí, estaba chocho con la marcha.

Pasaron cinco años y, mientras el mundo se encuentra nuevamente a otro conflicto entre Estados Unidos e Irán, la Argentina se para a un costado a explicar cómo deberían ser las cosas. Así, la titular del Ministerio de Opiniones sobre Inseguridad Policial afirma que Hezbolá es un problema de Estados Unidos. No, del país donde hay indicios de que colaboraron para borrar de un plumazo a 85 personas, no es problema alguno.

Pasaron cinco años y Cristina no sólo es vicepresidente sino que su mayor crítico, el que le acusó de encubrir el atentado a la AMIA al confiar ciégamente en la denuncia de Nisman, es el Presidente de la Nación. El juez que desestimó la denuncia de Nisman, Daniel Rafecas, es propuesto para convertirse en el Procurador General de la Nación y, como jefe de todos los fiscales, comandará los primeros años del nuevo Código Procesal, en el que las investigaciones serán manejadas por los fiscales y no por los jueces.

Si lo anterior no lo deja tranquilo, relax, que Cristina Camaño, la que se probó el traje de Nisman cuando todavía no lo habían sepultado, estará a cargo de los servicios de inteligencia. Y si con esto no le alcanza y vive en la provincia de Buenos Aires, puede descorchar tranquilo que Sergio Berni está a cargo de la Policía Bonaerense.

Cinco años después estamos en el mismo lugar y sin solución a la vista. Alberto Fernández dejó de ser el crítico furibundo de Cristina Fernández y se convirtió en Alberto Ídem, el hombre que primero tiene la misión de cuidar a Cristina y, si queda tiempo, Presidir el Poder Ejecutivo. Por ahora prefiere hablar.

Y cómo habla, qué lujo. Este jueves, por ejemplo, salió a decir que «le parece» que no está bien hecha la pericia de Gendarmería que determinó que a Nisman lo mataron. O sea: el Poder Judicial le pidió colaboración a una Fuerza de Seguridad comandada por el Poder Ejecutivo. Luego de realizada, el Poder Judicial –no un juez, sino muchos jueces– la dieron por válida. Al Presidente «le parece» que no da.

Y ahí estamos cinco años después. Y se veía venir. Nadie habló de Nisman durante la campaña. Nadie. Y es todo un tema, porque mientras se lo torea a Alberto para que diga si Venezuela es o no es una dictadura, nos olvidamos que parte de la investigación involucraba una triangulación con Teherán y Caracas.

Ví el documental Nisman: el fiscal, la presidente y el espía que estrenó Netflix este miércoles. La primera impresión que me generó es que me devolvía las sensaciones de aquel enero de hace cinco años. Hoy, con la cabeza del día después, y con las repercusiones que hubo, no fue una sensación: seguimos varados en un eterno loop como en todo lo que hace a este país.

Así es que vemos hablar de moral y buenas costumbres a tipos que tienen que agradecer que se haya extinguido al Inquisición. Así es que vemos nuevamente a personajes que creímos haber olvidado. Y lo bien que hacen en volver para hacernos sentir imbéciles por haberlos olvidado.

Nisman fue la prueba del descalabro que generó un gobierno que prefirió la ostentación viril antes que la administración temporal de los bienes y recursos del Estado. Vivieron de joda con los servicios de inteligencia, montando operaciones, apretando a medio mundo, hasta que les explotó en las manos. Vivieron arengando a la peonada y un día les apareció un muerto y todavía no sabemos quién es el responsable. Eso fueron: caos en el más sencillo de sus significados.

Y eso apoyan varios a los que hoy veo contentísimos porque el Presidente se sacó una foto con ellos y hace unos años me escribían espantados y atemorizados con toda la razón del mundo para estarlo. Pero tener Justicia no llena la heladera.

La mayoría de los que más se expusieron con el caso Nisman la pasaron muy mal. Les creo porque lo vi y porque yo, que soy un cuatro de copas, también la pasé como el orto. Imaginemos lo que pudo haber sido para quienes pusieron la caripela 24×7.

Sin embargo, la peor de las sensaciones que deja este revival del caso Nisman es aquella que nos dice que la vida aquí no vale ni un centavo. Qué poco importa la vida de un ser humano. Qué barato sale llevarse puesta la vida de alguien para tapar otra cosa.

Y qué triste. Qué triste que haya una minoría que recuerde mientras el resto vive entre la perversión de militar la muerte y la vergüenza del desinterés. Y eso que debería preocupar aunque sea por egoísmo: si a un fiscal federal le pasó lo que le pasó, imaginen lo que le podría suceder al resto de los pagadores de impuestos que habitamos suelo argentino.

 

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