Política, ese aparato devorador de dinero

No sé para qué consumo información si la paso peor que demócrata chino: prácticamente nada de lo que me interesa es noticia. El negocio político es, también, el negocio del periodismo. En definitiva, es éste el que decide qué es noticia y qué no. Si un avión cae sobre el Cabildo y los medios consideran que no es noticia, no lo será y quedará a la deriva de las redes sociales siempre y cuando sigamos cuentas que hayan pasado por Plaza de Mayo.

Luego entro a Twitter y veo que el país se llenó de psiquiatras especialistas en adicciones. Por suerte, al poco tiempo se retoma la normalidad y lo que sí debería ser noticia deja de serlo y queda en una marea de tuits, a flote pero con todos los medios con los ojos vendados. Bueno, casi todos, porque es mentira que los medios no se han hecho eco de lo que dijo Carlos Pagni respecto de las visitas presidenciales nocturnas. Principalmente porque Carlos Pagni lo dijo en su programa, uno de los más vistos en materia periodística. Lástima que no citó la fuente.

Lo que sí llama mi atención es cómo se corre permanentemente el eje de la discusión. En el caso de Chano Charpentier se apuntó a las adicciones o el accionar policial a excepción dos o tres lobos solitarios que mencionaron el desquicio de la ley de salud mental vigente en la Argentina. En el caso de las visitas a la Quinta de Olivos hubo mucho discurso moralista y, cada tanto, aparecía alguien que tiraba la posta: no podemos saber qué ocurría o dejaba de ocurrir en cada visita, pero sí podemos probar que a Sofía Pacchi se le dio un cargo en la Planta de Gabinete.

También es noticia la doble moral del discurso oficial: hay toques de queda y toques de queda. Todo depende de si se está cerca del candelero o no. Actrices que militaban la cuarentena de forma apocalíptica y caían en la Quinta –¡en mayo de 2020!–, peluqueros, amigas, la familia de una ministra, más amigos. ¿Escándalo? Cero. Micromundo. Bah, Argentina.

Imaginemos si esto ocurriera en un país en el que el Presidente nominal dice “voy a seguir deteniéndolos y secuestrando autos hasta que entiendan la importancia de la cuarentena”. Primero, saldríamos todos a la calle a reclamar por la división de poderes y ponerle un freno a una autocracia declarada públicamente. Segundo, si nos llegáramos a enterar que, mientras echaban de una plaza desierta a una anciana que tomaba sol, a Olivos entraba cualquiera, muy probablemente nos ofenderíamos.

Lamentablemente esto sí ocurrió y el resultado fue un insulto para quienes sostienen que este país tiene cultura cívica: fue el pico de popularidad del Presidente. Pero mientras Alberto podía recibir visitas en pandemia, o durante el horario de queda, el resto de los mortales vivíamos cosas que, como nos olvidamos rápido, dejé compiladas en este bonito artículo que me fue rechazado en su momento y en el que no abordaba nada polémico, a excepción de las muertes por exceso policial, la colección de suicidios en comisarías de San Luis, los que morían de algún que otro tiro por la espalda, los que terminaban aplastados contra terraplenes no señalizados en medio de rutas de alta velocidad, los que fueron obligados a cruzar a nado para volver a su casa, los que nunca pudieron volver, los que tuvieron que llevar a sus hijos convalecientes a upa, etcétera:

 

¿Cuántos Derechos Humanos hay que violar para poder hablar de violación a los Derechos Humanos?

 

En fin. Había quienes esperaban un menemismo aggiornado en Alberto. Nos faltó la estabilidad económica, el Poder Presidencial, las fuerzas de seguridad renovadas y entrenadas en el exterior, que Aerolíneas deje de ser un aspiradora soberana de recursos públicos, obras públicas faraónicas y el 1 a 1. Nos quedó la fiesta de Olivos y las compras sobrefacturadas. Podríamos decir que Alberto, exfuncionario de Menem y de Néstor, supo mezclar ambos perfiles pero con lo peor de cada uno. Menemismo pobre y sin Poder. Autocrático y guapo con los mansos, mansito y obediente con la jefa. Nadie puede decir que no lo vimos venir.

Volvamos al tema central. Antes de irme por las ramas con la colección de violaciones a los derechos humanos que nos tiró este gobierno por la cabeza –eso sin mencionar el temita de la vacunación– decía que es increíble lo naturalizado que se encuentra el dineral que cuesta la política. Un sistema diseñado por los políticos para los políticos, lo cual queda demostrado con lo difícil que resulta entender cómo se conformarán las listas para las elecciones generales tras las PASO. Solo lo entienden los políticos.

Pero hablo de lo que cuesta económicamente. Lo que nos cuesta a nosotros, en realidad, al común de los contribuyentes. Carísimo. Y si lo observamos desde un punto de vista comercial, exorbitante es el precio que pagamos por las contraprestaciones recibidas.

Y lo naturalizamos.

He escuchado esta mismísima semana a los colegas más liberales del periodismo mainstream decir “al fin unas PASO en las que hay que competir”, mientras celebraban que todos los argentinos debemos ir a resolver con nuestros votos lo que los frentes políticos no logran zanjar puertas para dentro.

Muchas veces cuestioné, desde este mismo espacio, la carencia de cultura cívica de buena parte del electorado. Sin embargo hay algo que se va al otro extremo: exigirle participación al ciudadano común más allá de las elecciones y los reclamos. Como si votar dos veces fuera barato. Como si tuviéramos la obligación de decidir por los que se dedican a ello. Nadie, absolutamente nadie se pregunta por qué naturalizamos que la política haya armado un andamiaje mediante el cual el país es una enorme reunión de consorcio en vez de una república representativa.

¿Por qué debería el argentino común y corriente estar al tanto de todo esto? ¿Por qué deberíamos los que no estamos afiliados a ningún partido tener que decidir “cuál es la mejor opción” que ese partido debe ofrecerle a la ciudadanía? ¿Los políticos se dedican a la política full-time y no pueden resolver una candidatura? ¿Por qué debemos dejar de hacer lo que hacemos, dejar de producir –los que producen, yo no– para involucrarnos gratuitamente en un aparato en el que ya existen decenas de miles de personas y millones de empleados? Ah, porque si no lo habían deducido aún, el Estado es el principal empleador de la Argentina. Y el principal empleador en negro también.

Después escuchamos el nivel de los candidatos y no sé de donde sacamos fuerzas para defender las bondades de la democracia.

Esta misma semana Facundo Manes se convirtió en meme nacional gracias a una de sus eternamente vacías frases. La dijo frente a Fantino, se viralizó. Pero somos los periodistas rasos quienes padecemos a Manes hace años, sobre todo los de la gráfica, que debíamos fumarnos sus soporíferas exposiciones, entrevistas y demás espacios que había que darle en revistas, diarios y portales a pedido de los dueños.

El hombre ahora viene, dice que quiere “dar un debate” pero no especifica sobre qué; propone “unir a los argentinos” pero no dice cómo, dice que necesitamos un gran acuerdo sobre puntos básicos y no dice entre quiénes, de qué manera y, a la hora de enumerar los puntos básicos, tira conceptos tan abiertos que entra hasta el aire. Blanqueado como el Sergio Massa con delantal médico, le pega a la otra lista de su mismo espacio y arroja un manto de sospechas sobre el financiamiento de la campaña con fondos porteños. Como si no se supiera a esta altura cómo se financian las campañas y no pudiéramos hacer absolutamente nada más que patalear en silencio o comernos acusaciones de simpatías políticas que no profesamos. Como si Manes no hubiera sido asesor de María Eugenia Vidal Gobernadora en pleno bolonqui de los aportantes. Y como si Manes pudiera explicar cómo se financia la suya.

Para poner paños fríos, Lilita Carrió tildó a Facundo Manes de mitómano –ni que hubiera hablado con sus colegas– y atrás salió Gerardo Morales. El gobernador de Jujuy, el de las actitudes más peronistas del radicalismo desde que ejerce el Poder, defendió a Manes y dijo que todos los ataques que recibe el precandidato del radicalismo peronista bonaerense se deben “a una campaña de desprestigio organizada por Rodríguez Larreta”. Como si Manes no pudiera perjudicarse solo.

Del otro lado del mismo espacio, a Mariú no le avisaron que la Ciudad por la que compite tiene su propia policía y se hizo la picante con el caso de Sarita, la señora que tomaba sol en una plaza sin joder a nadie. Después, la exgobernadora exporteña exbonaerense reaporteñizada mostró su vocación liberal al asegurar que a Manes “hay que corregirlo” por lo que dijo.

Entre tanto, el vicejefe de gobierno porteño (y responsable de esa policía hasta hace dos minutos) dice que “no cree en los domicilios” a la hora de responder a la pregunta que siempre nos hacemos: ¿Cómo pueden saltar de un distrito a otro sin problemas? Y Rodríguez Larreta contribuye al discurso de Manes al mostrarse de paseo proselitista con Santilli por el conurbano bonaerense.

Uno sabe qué hay en el oficialismo y qué está en juego. ¿Lo sabe la oposición? Porque no ayuda para nada. No lo hacen sus cruces, sus denuncias internas, su falta de ganas de aclarar esas mismas denuncias, la imposición de candidatos ni los discursos de “qué harán si son elegidos” cuando no está en juego ni una gobernación ni la presidencia: cada candidato aspira a una banca legislativa.

Mientras, en el oficialismo nacional, Alberto Fernández le dice a Agustín Rossi que no puede ser ministro y precandidato al mismo tiempo por cuestiones “éticas”. Aparentemente no es lo mismo ser candidato desde la función pública que poner todo el aparato del Estado nacional y provincial, al Presidente mismo, al gobernador y a la vicepresidenta en cada acto proselitista. Eso sí es ético. Con la nuestra.

Hoy debe ser fulero estar al frente de un medio y tener que lidiar con los temperamentos. ¿Qué hacemos? ¿Le damos bola a nuestro Maharishi Cerebral que enamoró al dueño de cada medio, el que opinó sobre la psiquis de Lionel Messi sin haberlo atendido en su vida, el que critica al “neuromarketing” desde el neuromarketing; o se la damos al Gobierno de la Ciudad que pone flor de tarasca en propaganda oficial? ¿Le damos bola a los políticos que gestionan o a los que financian medios sin tener ningún cargo efectivo? ¿Qué hacemos con las publinotas financiadas por la Ansés para que alguien conozca a Fernanda Raverta además de sus amigos?

Repito, la política argentina nos cuesta carísimo y no solo lo hemos naturalizado, sino que siquiera podemos dimensionarlo.

El gasto público de la República Argentina en todos sus niveles –Nación, provincias, municipios– supera al 40% del Producto Bruto Interno. De cada diez pesos que gasta el Estado, más de tres pesos son para pagar sueldos públicos, otros tres pesos se van en jubilaciones y pensiones. Para dimensionarlo, solo a nivel Estado Nacional se destinaron este 2021 $ 467.358.012.102 para el funcionamiento de la Administración Pública. Eso sin contar los $ 303.046.817.039 que se lleva Defensa y Seguridad. Obvio que en proporción esos gastos de mantenimiento y sueldos quedan muy, demasiado lejos del grueso del gasto del Estado nacional que son los servicios sociales –en pesos un 5.5 seguido de doce ceros–, pero no por eso podemos decir que la administración nos sale una ganga.

A esos números les tenemos que sumar los provinciales. La de Buenos Aires, por ejemplo, tiene un presupuesto de Administración de unos 975 mil millones de pesos. Sí, más del doble que el nacional. Para hacerla completa, ya que tomamos el ejemplo bonaerense, vayamos a un municipio: La Matanza tiene un presupuesto 2021 de $ 19.760.088.000.

Y sí, es cierto que no todos los municipios tienen el tamaño de La Matanza. La Plata fijó su presupuesto en 6.7 mil millones de pesos, General Pueyrredón lo hizo en 22 mil millones, y así. También hay municipios que prefirieron prorrogar el presupuesto del 2020 –aprobado antes de la pandemia– y así hacer a su antojo, como el de San Isidro.

También es cierto que no todas las provincias tienen el tamaño de Buenos Aires, pero vamos: Córdoba aprobó un presupuesto de 555 mil millones de pesos de los cuales 433 mil millones se los lleva el funcionamiento de la Administración Central. Con una población de 400 mil habitantes, la provincia de Catamarca aprobó un presupuesto de $ 110.281.110.770. Son 23 provincias y una Ciudad Autónoma que aprobó un presupuesto de 612 mil millones de pesos.

Y mejor no les cuento lo que cuesta la Justicia en cada una de sus variantes.

Hay 329 legisladores nacionales con sus decenas de asesores. Existen, además, 1.119 legisladores provinciales y 1.298 intendentes repartidos por el país. Solo en la provincia de Buenos Aires hay 2.150 concejales para los 135 municipios. Ni saqué la cuenta del resto de los cuerpos legislativos municipales de la Argentina, pero pueden ver que el negocio es tentador.

Al listado de arriba hay que sumarle los aparatos internos de los distintos poderes ejecutivos del país. Solo a nivel nacional existen 21 ministerios, 109 secretarías, 218 subsecretarías y más de dos mil direcciones y coordinaciones. Y todas con su respectiva dotación de personal, insumos y gastos varios. Ni me caliento en sacar las cuentas con cada una de las 23 provincias y la Ciudad Autónoma porque me pego un tiro en la entrepierna: 23 gobernadores y un Jefe de Gobierno, cada uno con su gabinete de ministros y secretarios, más la planta de gabinete y los asesores.

La política ha convertido el mecanismo para elegir a los elegibles en un pujante negocio, quizá el único que tiene asegurado su supervivencia incluso en pandemias. Según la Dirección Nacional Electoral, en estas elecciones 2021 hay 230 partidos políticos habilitados para competir. No, no dije 230 candidatos; partidos.

Muchísimos partidos no presentan candidatos propios desde las elecciones que consagraron presidente a Carlos Pellegrini, pero siguen en funciones gracias al alquiler: prestar el sello partidario a candidatos que no tienen espacio en sus partidos, o que no tienen estructura en algunos distritos. El negocio es win-win, dado que el interesado consigue un espacio con el cual competir y el partido político que nadie recuerda sobrevive una elección más. Es lo que vulgarmente llamamos “los sellos de goma”.

Y como es el Estado el que tiene que financiar a los partidos políticos, ahí siguen el Partido Intransigente, Unión Popular y el MID. Cada uno de estos 230 partidos cobran un proporcional cada año electoral. Y les puedo asegurar que hay cada nombre que uno se pregunta si tanto les costaba utilizar esa misma creatividad que tienen para vivir de la nuestra. Existen casos como el Partido Familia, Educación, Libertad, Igualdad, Cultura, Independencia, Democracia, Ambiente y Desarrollo que nos muestra que gustan atentar contra el poder de síntesis. Eso no impidió que se les asigne $ 133.897,47.

Me intriga la propuesta del Partido Causa Reparadora del Chaco y los felicito por la asignación de 186 mil pesitos, del mismo modo que al Partido Santafecino Cien Por Ciento les agradezco el GPS y les pido que cuiden los 250 mil pesos recibidos. Pero si queremos volver a la pica de la provincia de Buenos Aires, primero aclaremos que coexisten 67 partidos. Allí podemos encontrar extremos que tienen millones asignados, como el Partido Justicialista (16 palos) y sus variantes que concluyen en el mismo frente (Kolina, Frente Renovador, Frente Grande y Nuevo Encuentro se llevan $ 6 millones cada uno).

Mientras que aparecen delirios como el Movimiento Integración Latinoamericana de Expresión Social por Tierra, Techo y Trabajo (112 lucas) o el Partido del Diálogo –del que no sabemos cuánto charlarán pero sí que tienen 316 mil pesos para gastar– llegamos a la oposición. Quizá aquí es donde aparezca justificada la frase de Manes: la lista de Santilli es una comunión entre el PRO (20 millones de pesos) y la CC (6 millones de pesos). Una cifra muy por encima de los 500 mil pesos que puede aportar el GEN de Stolbizer a los 6 millones que le asignaron al radicalismo.

Igual, si creen que las campañas se financian solo con esto se olvidan que todo el presupuesto oficial del Frente de Todos equivale a que Alberto y Axel utilicen los helicópteros para ir a algún acto juntos unas 15 veces. De allí el poder de los oficialismos en campaña. El resto del sistema está perfectamente aceitado para que se pueda blanquear dinero y que rara, muy rara vez termine en alguna causa judicial. Causa que, como corresponde, terminará en la nada.

Repito: es un negocio tentador. Solo así puede explicarse casos como el del municipio de Leandro N. Alem, donde se presentaron 66 candidaturas para tres bancas en las últimas elecciones. Sí, tres bancas. O cómo olvidar a mi querida Tucumán que en 2019 tuvo 18 mil candidaturas. O sea, cada 68 tucumanos habilitados para votar, uno era candidato a algo.

Y para mí, que haya tanta gente en esa línea es difícil. Algunos analistas lo ven como “ganas de involucrarse”, pero tranquilamente podríamos decir “ganas de pegar un cargo” o “ahora me toca a mí”. No conozco a nadie que haya pasado por la política y haya salido sano y limpio. Tiene que elegir una de las dos opciones.

Para finalizar, no deja de sorprenderme lo lejos que está la disputa política de la realidad de una compleja sociedad argentina, donde coexisten diez mil culturas y tenemos 24 recetas de empanadas, pero queremos un discurso de unidad. Yo no quiero unidad, yo quiero democracia. No me interesan los eslóganes vacíos que expresan una supuesta intención de unidad y de “solucionar los problemas de la gente”. No quiero que me solucionen nada si la mayoría de los problemas tienen origen político.

No tenemos temporadas de huracanes ni de ciclones todos los años, hay un terremoto de vez en cuando, no estuvimos en guerra en las últimas casi cuatro décadas, no tenemos guerra civil, no hay conflictos genocidas, no tenemos una hipótesis de guerra inminente ni riesgo de ser invadidos por ninguno de nuestros vecinos. Por esto y por todo lo que viene a cuenta, no espero ni quiero que ningún político pretenda arreglar nada. Está claro que alcanza con que dejen de querer arreglar las cosas.

Y si en el medio pueden permitirme vivir sin quedarse con la mitad de lo que hago para financiar un aparato que solo me pone trabas, mejor.

Igual los entiendo. ¿Cómo no tentarse?

 

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