Que lo explique otro

Fines de mayo de 2019. Mientras me encontraba realizando una de esas tareas características de quienes no dimensionamos nuestras fuerzas físicas —tomar un tercer empleo, por ejemplo— la hija de un amigo me envió un mensaje en el que me pedía una mano para aclarar el panorama dado que se encontraba fuera de cualquier discusión política y se acercaban sus primeras elecciones. Se sentía “irresponsable” al tener que votar sin saber qué.

Calculo que recurrió a mí y no a su propio padre por el mismo motivo que lo habría hecho yo a su edad: evitar la transmisión directa de ideas. Le pido unos días para enviarle un texto medianamente coherente. En vano: tan sólo 36 horas después de aquella promesa, Juan Schiaretti renueva su mandato en la provincia de Córdoba y comienza a gestarse una Alternativa Federal “que viene a superar la grieta que tanto daño le hace a la gente”. Como si a los habitantes de este país no nos encantara vivir puteándonos hasta por el color de la corbata.

Se me hizo difícil explicarle que esa alternativa estaba conformada por uno de los jefes de Gabinete de Cristina, el lider de su bancada de senadores y dos gobernadores que, si bien no se iban a dormir haciendo cucharita con el kirchnerismo, formaban parte del mismo partido político. Es que no sé por qué se me ocurrió contarle que para nuestra Constitución Nacional los partidos políticos son la base del sistema democrático.

Dejo pasar unos días y un sábado, dispuesto a enviar el texto, amanezco con la voz de Cristina Fernández: anuncia que le pidió a Alberto Fernández que sea su candidato a Presidente en una decisión unánime tomada entre ella y su conciencia. En dicha asamblea mental también surgió que la candidata a vice debía ser ella misma.

Mientras redacto laboralmente una columna alegórica a la situación me daba cuenta de que se me iba a complicar explicar algunos detalles del otro texto explicativo: ¿Cómo es que alguien que cuestionó todos y cada uno de los aspectos de las dos gestiones de Cristina de pronto se convierte en el candidatazo de todos?

Unos días después ya tenía más o menos armado el texto. Estaba revisando las comas mientras con una oreja escuchaba la convención radical: aniquilaban la gestión gubernamental pero votaron casi por mayoría absoluta permanecer en la alianza de gobierno, pero eso sí: exigiendo mayor apertura. ¿Apertura hacia donde? ¿Hace falta aire? Lo escucho a Ricardo Alfonsín amenazar con irse de donde nunca estuvo y a Alfredo Cornejo cuestionar el rumbo político del gobierno, mientras Cobos hablaba sobre la nada. Y no me animé a mandar el texto a mi destinataria. Se me complicaba explicarle que Cornejo había sido el interlocutor para que Cobos fuera el vicepresidente de Cristina Fernández en 2007, pero que desde 2015 son el oficialismo.

Roberto Lavagna aparece con los pantalones tapándole las medias y afirma que rechaza a Alternativa Federal y que alguien le ofreció una friolera de guita para que baje su candidatura que sólo crecía en los programas de tevé. En Alternativa Federal armaban eventos para sacarse fotos profesionales e invitar a tomar el café a los socialistas sólo para bastardearlos. Andá a explicar eso dentro del marco de cómo funciona políticamente una república democrática, representativa, delegativa y federal.

Principios de junio. Sólo han pasado tres semanas del pedido que me hicieron y el texto tiene más tachaduras y reescrituras que analítico universitario de ex presidente. Así y todo siento que algo aceptable quedó. Decido guardarlo para la noche para pegarle una última leída, total, qué puede pasar en seis horitas.

Macri anuncia que le pidió a Miguel Ángel Pichetto que sea su candidato a vicepresidente. Mientras me pongo a escribir sobre el asunto voy pensando en que tengo que tirar a la mierda el otro texto y comenzar uno de cero. Esa costumbre que uno tiene de escribir a mano, vicio vintage.

Y lo hice. Y casi lo termino antes de que se me acabe el cuaderno el viernes pasado cuando comienza la novela de José Luis Espert. Comienza al menos para mí, que me veo comprendido por las generales de la ley, que tengo un agradecimiento personal y un cariño especial hacia Espert que sólo quiénes nos conocen a ambos podrían entender. Venía pisteando como un campeón gastando tinta cuando me chiflan por guasáp que Pichetto conveció de sumar a Juntos por el Cambio a Alberto Assef, un tipo que apoyó a cuanto candidato le garantizara una banca de diputado, un entrepreneur de la política que administra un partido político como si fuera un kiosco.

Dejo pasar el finde para ver cómo decantan las cosas. Me encuentro con que el oficialismo pide la eliminación de las PASO bajo el amparo de que nadie compite en internas. Me pregunto por qué nadie dice que no se puede cambiar el reglamento del juego una vez comenzado. Veo el nombre de José Luis en la tapa de los principales diarios del país, escuchó a Assef justificando su voltereta en quién financia la campaña de Espert, y recuerdo cuando Echepare me llamó por teléfono para preguntarme si no me interesaba juntarme a tomar un cafecito con el economista, ocasión en la que le recordé que nunca tengo drama, si de hecho comíamos asado una vez al mes. Tan inocente fui que no me di cuenta de que el hombre estaba manejando una campaña y ya arrancaba sin saber quiénes eran los amigos de su candidato. Si chusmean quién es el primero de la lista de diputados del espacio, notarán quién podría llegar a ser el único beneficiado de lo que comenzó como una patriada.

Termina el fin de semana, llegó el martes y mientras trato de despabilarme en la cama leo con medio ojo que José consiguió partido y que ese partido es el mismo que llevó a Amalia Granata a la legislatura santafesina. Paso el día tratando de digerir que siempre puede ser peor. Si de Pichetto me jodía su “argentinos judíos y argentinos argentinos”, Assef lo hacía quedar como tío que se mandó un chiste en la sobremesa del domingo tras dos damajuanas. La aparición en la escena nacional del partido de Bonacci deja a Assef a la altura de un Schindler bonaerense.

Pero no fue hasta que abrí Twitter por quinta vez en el día que me di cuenta de que todo era hartante y que más que corregir el texto prometido a la hija de mi amigo, debía explicar cómo son los sistemas electorales y la política en otros países, además de darle un instructivo para llegar a Ezeiza.

Es espeluznante el nivel de agresiones que he leído entre personas que compartíamos asados hasta hace no más de seis meses. Es deprimente leer la bajeza de quienes se ríen de los sapos ajenos sin mirar el escuerzo que se están comiendo en ensalada. Es deprimente porque todos nos hemos tenido que comer un sapo alguna vez en la vida, pero son cada vez más frecuentes las ocasiones. Y es deprimente porque nunca he visto militar con alegría la ingesta del bufónido.

La campaña podría divertirme, pero tanto golpe bajo sin necesidad es harto desgastante. Los kirchneristas tienen que fumarse al traidor de Alberto, al traidor de Massa, al traidor de Moyano, pero que ahora no son traidores, sino que son parte de la familia, hijos pródigos que vuelven al redil para ir todos juntos. Alberto se tiene que fumar que La Cámpora le cope la lista de legisladores. El macrismo tiene que ponerle tres litros de limón al sapo Pichetto para que no pegue tanto el sabor, mientras que Pichetto tiene que poner cara de circunstancia mientras Peña le explica cómo se hace política justo a él, que mientras Marquitos dormía la siesta se le apareció como vicepresidente.

Sé que en materia política vale todo y que la inmensa mayoría de mis colegas están felices con cada rosqueo, pero incluso en este punto hay que parar la bocha. La rosca es divertida, el cambio de camiseta en medio del partido no, por más que lo quieran disfrazar de cualquier cosa o nos deje dormir más tranquilos de noche. Y hasta no hace mucho, el vale todo era para los partidos tradicionales. Hoy ya no. Si la memoria no me falla, fue el propio Hayek quien afirmaba que los comunistas y los nazis/fascistas «chocaban más frecuentemente entre sí que con otros partidos» porque peleaban por el «mismo tipo de mentalidad», y que cada uno de ellos veía al de la otra mentalidad como un recluta en potencia, pero que todos juntos sabían que era imposible la comunión con quien cree en la libertad individual. Sin embargo, y si tampoco me falla la memoria, el liberalismo occidental prefirió tragarse flor de sapo al aliarse con Stalin para frenar a Hitler. Mirá si no habrá un límite.

¿Qué le voy a explicar a mi amiga por transferencia? ¿Qué es el peronismo que nació bajo el seno de una dictadura, creció como movimiento popular dentro de la democracia, que fue conservador, progresista, neoliberal, progresojero, obrero anti intelectual, intelectual anti burocracia sindical, de izquierda, de derecha, pero siempre nacionalista y antiimperialista aunque pase de relaciones carnales con Estados Unidos a encamarse con Venezuela? ¿Qué es el radicalismo, si nacieron divididos y desde la crisis de 1929 que vienen demostrando que primero están las internas y después la gobernabilidad, si un día forman parte de la internacional demócrata y otro día pasan a la socialista, si cada vez que llega una elección nacional terminan accediendo a cualquier cosa, pero eso sí, con cara de queja? ¿Qué es el liberalismo, cuando sus caras visibles sólo hablan de números? Si uno escucha a un liberal argentino promedio (todos los conocidos a excepción de Espert), está en contra de la despenalización del consumo de estupefacientes, en contra de la despenalización del aborto y se prende en eso de que educar en sexualidad es adoctrinamiento.

Chicos que hacen cola para ver a Gloria Álvarez pero que después insultan a quienes están a favor de las mismas cosas que Álvarez en cuanto a lo social. O sólo escuchan lo que les conviene o ni la escuchan y van por la foto. Sujetos de derecho que aplauden las arengas de Álvaro Zicarelli para después militar furibundamente a un par de tipos que han convertido su unión civil en una sociedad comercial en base a un discurso mataputo disfrazado de “respeto por los derechos individuales”. Con el liberalismo bien calibrado cuando de gasto público se trata –siempre y cuando no dejemos en la calle a los hijos que metieron a trabajar en el Estado porque ni ellos confían en su viabilidad económica–, pero totalmente atrofiado cuando se aplica a temáticas de libertades individuales que no incluyan a la agencia recaudatoria de impuestos. Endogámicos al borde del incesto intelectual, es normal que con el tiempo terminen generando personas con capacidades limitadas como para comprender que un liberal en lo económico pero no en lo social, no es un “liberal de derecha”, sino un conservador que no quiere pagar impuestos.

Sin embargo, ahí están muchos de los que creen que es disruptivo creer en lo mismo que cree papá y que la banderita de Gadsden es políticamente incorrecta. Si Julio Argentino Roca, Juan Bautista Alberdi o Carlos Pellegrini resucitaran, en cuanto dieran su opinión laicista y mencionaran la necesidad de aumentar el gasto público a niveles exorbitantes para atraer a la Argentina a la peonada hambreada de Europa con todos los gastos pagos, dejarían de ser la triada de liberales fundacionalistas para convertirse en bolcheviques. El resto puede reducirse a un simple hecho: el ídolo del liberalismo vernáculo fue por años el Capitán del Ejército Alsogaray, y no los otros tres. Liberalismo por la fuerza hasta que aparezca un peronista bien vestido.

En 2015, las primeras líneas de mi primer libro decían algo así como que el kirchnerismo como forma de gobierno podía desaparecer –no habían ocurrido las elecciones, todavía– pero que el kirchnerismo como forma de vida no se iba a borrar porque estaba de antes de la aparición del propio kirchnerismo. Nos encanta hacernos mierda. Nos encanta odiarnos. Nos encanta reírnos de lo que nosotros consideramos la desgracia ajena. Nos encanta vivir como barrabravas intelectualizados, presuntamente informados, que no disfrutamos de ganar un partido jugando bien, con méritos, táctica y plan, sino de romperle el orto al rival, aunque sea con un gol con la mano.

Y esta chica pretendía que justo yo le explique cómo funciona todo. Si supiera que tengo más fe en su generación que en todos los que vinimos antes… ¿Qué le voy a explicar si prefiero publicar gatitos antes que tratar de razonar cómo mierda es que seguimos teniendo una bandera y un territorio?