Quedarse o irse

Hace aproximadamente dos años escribí unas líneas en crudo sobre lo que pasaba por mi cabeza, si había que irse del país o quedarse. Me preguntaba “si vale la pena decir `otra vez a ponerse de pie´, como si la metáfora fuera de goma, como si en la literalidad se nos olvidara que de tanto levantarse, en algún momento algún menisco se hará trizas y ya no habrá otra oportunidad; si vale la pena un país en el que nadie hace lo que debe y todos dicen que la culpa es del otro”.

Y sumé “si vale la pena vivir en un lugar en el que mi estado de ánimo ya no depende de lo que le pasa a mi entorno, sino de la cotización de una moneda a la que no puedo acceder; un lugar en el que las hinchadas políticas celebran el fracaso y la angustia de los demás, donde dependemos de un líder mesiánico, de un macho alfa que guíe nuestros destinos, de un Estado que resuelva nuestras vidas, no vaya a ser cosa que seamos responsables de algo”.

Y eso que faltaba la pandemia y todo lo que vino con ella.

En los últimos años se ha dado esta dinámica migratoria nuevamente. Y lo que creía que se debía a un fenómeno generalizado en realidad obedeció a un fenómeno de clases. Con mirar al resto de América Latina alcanza: la mayoría de los migrantes rajan del hambre o de gobiernos tiránicos. Y si sacamos a Venezuela de la ecuación, casi la totalidad de los migrantes son pobres que buscan un futuro mejor. En cambio, la mayoría de los argentinos que se han tomado el palo lo hicieron con algún recurso. Incluso el que menos tenía le alcanzaba para un pasaje de avión, o tenía a quién pedirle prestado, o contaba con posesiones para liquidar y comenzar de nuevo.

Esta misma semana una amiga serbia me preguntó por qué es tan normal encontrar a argentinos pululando por el mundo. La pregunta es difícil de responder porque tiene mil variables, entre las que se cuenta una imponderable: las decisiones personales.

Argentina es un país difícil para vivir. Muy. Pero desde siempre. De hecho, no creo que esta sea la peor época de nuestra historia ni por lejos. Quien sostenga esto no agarró un libro en su vida y tiene menos de treinta años, o se olvidó de lo que es salir a la calle con bombas y desaparecidos.

Y es un país difícil para los parámetros que pretendemos. Ya tuve que explicar que es mentira que somos un país rico mal administrado, sino que somos un país pobre, despoblado y, además, mal administrado. La riqueza ya no se mide más por recursos naturales sino por capital humano. Pero insistimos en resucitar dicotomías olvidadas.

En ese sentido recontra entiendo a los que están ultra capacitados y deciden ir a probar suerte a otro lado. ¿Qué perspectiva puede tener un ingeniero civil en un país en el que las prioridades de las obras las manejan políticos que estudiaron cualquier otra cosa? ¿Cuál sería la posibilidad de desarrollo de un tipo con ganas de emprender en un país en el que te cambian las reglas cada cinco minutos menos una que jamás se modifica y es que vas a ser socio del Estado aunque no lo desees? ¿Con qué argumentos podés esperar empatía del Estado hacia tu emprendimiento si los funcionarios le tienen alergia a trabajar en el sector privado y se asombran cuando alguien habla inglés “casi como el español”? Un requisito básico para cualquier trabajo, al igual que haber terminado la secundaria, no es necesario para ocupar una banca legislativa o para ser funcionario.

No dejo de pensar en los boludos que se ríen del que se marcha, esos que señalan en redes sociales y dicen “ojalá te vaya bien limpiando inodoros, no vuelvas más”. Conozco personalmente a varios de ellos y sé que cobraron su sueldo los últimos catorce meses sin ir a sus empleos ni realizaron tareas de teletrabajo alguna ya que son estatales de áreas no esenciales. Y sí, así también yo te milito un lockdown y el nacionalismo berreta de que esta tierra vale más que cualquier otra solo porque nacimos acá, viste. Después de todo ¿en qué otro país podrías vivir con tanto privilegio? Igual se les responde con un solo argumento: el sistema de jubilaciones es solidario; no te conviene que se vaya demasiada gente.

Hay algo extraño en el argentino urbanizado promedio y es la ausencia de arraigo. Es un dato al menos curioso: todo aquel que pudo tramitar la doble ciudadanía gracias a un abuelo, la tramitó. Y sin embargo nos llamamos argentinos. En Estados Unidos te siguen llamando por el país de origen y, aunque tu abuelo haya llegado al Brooklyn proveniente de Sicilia en 1880, sos ítaloamericano. Aquí es como que asimilamos demasiado rápido. Mi abuelo solo escuchaba tango mientras tomaba cantidades industriales de mate. Pero no le fueras a hablar de su origen: “Tierra de miseria” y a otra cosa.

Como en la página de la Dirección Nacional de Migraciones no hay un fucking dato desde que asumió la nueva gestión –como en todas las páginas de todos los ministerios– tuve que recurrir a números de la Organización Internacional para las Migraciones de las Naciones Unidas (OIM). Conclusión: no estamos siquiera en el Top 20 de países en emigración ni por cantidad ni en proporción a los habitantes. Y si bien es cierto que existió un aumento de la migración argentina en 2019 y 2020, lo mismo ocurrió a nivel global. Y ahí también quedamos rezagados.

Tampoco estamos entre los más a nivel regional: puesto 19. Los únicos a los que les ganamos son Brasil y Uruguay, el resto de los países de México a Chile tienen mayor tasa de migrantes que nosotros.

Los causales tampoco son únicos de nosotros. Los estudios de la OIM dicen que el principal problema de los movimientos migratorios de la región es la inestabilidad política. Venezuela no entra en la ecuación ya que le destinan un apartado. ¿Entonces?

No es que quiera minimizar la cuestión dado que cada cual elige lo que cree mejor para su vida. Pero me han preguntado tantas veces “por qué no te vas” que un día me hizo click la cabeza y me hice yo mismo la pregunta.

Casi todos los que me sugieren que me vaya del país están en idénticas condiciones que yo. O mejor. Contamos con la doble ciudadanía casi todos los que integramos la clase media y descendemos de algún inmigrante a corto plazo. Es como la confirmación del católico, pero con forma de pasaporte bordó. Yo también la tengo, pero no está en mis planes Europa. Porque he viajado y no para hacer turismo sino para conocer a la gente, socializar y darme cuenta que ni en pedo podría. Yo soy esto que soy acá, no afuera.

 

Digo y desdigo

Digo. La Argentina tiene diez mil millones de problemas que son diferentes a los diez mil millones de problemas que tiene el resto del mundo, pero creemos que son exclusivos nuestros. Quizá por eso somos tan poco permeables a cambios positivos: no tenemos guerras ni atentados terroristas todos los años. No tenemos problemas de asimilación cultural de extranjeros ni compartimos fronteras con enemigos mortales que nos revolean misiles a diario. Tenemos un terremoto catastrófico cada cien años, no estamos en el mapa de los tsunamis, ni tenemos que soportar temporadas de huracanes. Así las cosas, creemos que las recetas que no funcionaron en otras partes aquí sí lo harán. Porque tenemos otro clima, ¿vio?

Sí me pregunto una y otra vez por qué otros países con problemas más graves que los nuestros salen adelante y nosotros no. Reducirlo a una cuestión política es simplista: en España, principal destino europeo de los migrantes argentinos, están por dársela en la pera y cuentan con un gobierno que ni siquiera esconde su simpatía por el chavismo y el kirchnerismo. En Alemania se abre un escenario impensado tras el final de la era Helmut Kohl-Angela Merkel. Reino Unido es un combo de incertidumbres que van desde el creciente republicanismo separatista de Escocia y Gales hasta qué corno pasará en el futuro próximo tras la salida de la Unión Europea que el propio Reino Unido instó a crear.

Y Estados Unidos… Bueno, Estados Unidos es el mayor paradigma de lo que el argentino desea y no quiere que ocurra aquí. Queremos pagar menos impuestos pero que la educación universitaria siga siendo gratuita, que un ecocardiograma no cueste dos mil dólares, y una policía fuerte pero que no nos detenga en nuestra circulación arbitrariamente por prevención.

Desdigo. Pero sí hemos tenido guerras, vecinos que quisieron borrarnos del mapa, vecinos a los que quisimos borrar del mapa, una temporada de guerras civiles que multiplica por diez a la que vivieron los Estados Unidos, y atentados terroristas. Mucho terrorismo interno, estatal e internacional. Elija. Y sin embargo aquí estamos.

Resulta grotesco el daño psicológico que genera vivir en la Argentina y cualquier estadística sobre consumo de ansiolíticos puede probarlo. Un país donde no se puede planificar nada. Y ya no digo que no se puede planificar una vida, una década, un lustro, el año ni las vacaciones. No se puede planificar la salida del fin de semana. No se puede planificar la jornada de mañana.

Hace poco leí un informe sobre el ombliguismo de los medios argentinos a la hora de informar sobre la pandemia, como si fuera un problema local y no uno global. Y sí, tienen razón los críticos, pero se olvidan de algunos detalles que no son menores: el manejo de la vacunación pedorra es bien local, la gestión de la pandemia que nos dejó ante penúltimos entre las peores del mundo, es más local que un colectivo fileteado.

Somos ombliguistas en el tema porque lo que aquí ocurre es bien nuestro y la pandemia vino a mostrarnos todos los problemas que pensamos que no eran tan graves: cárceles colapsadas, un sistema de salud pedorro, la educación como último orden de prioridades y un sistema económico tan centrado en el consumo que no resistió un lockdown. Es curioso, porque si hay cosas que nos generaron orgullo por más de un siglo fueron nuestro sistema de salud, nuestra educación pública y nuestro servicio penitenciario. Pero se quedaron ahí: hace un siglo.

Tengo muchos amigos y conocidos viviendo por otras tierras y todos me hablan de la paz que sienten, que la están pasando de maravillas. Bueno, con vidas normales que, en comparación con la oferta argentina, son vidas maravillosas. Y yo no puedo dejar de pensar en que, quizá, ahí está el quid de la cuestión: salir de la Argentina es apagar uno de esos acondicionadores de aire viejos que no sabíamos que estaba prendido hasta que se produce el vacío del silencio. Y eso es lo que yo considero un gobierno ideal. O sea: uno que no nos enteramos que existe porque no nos rompe las guindas a cada rato todo el día, todos los días.

¿Fenómeno nuevo? No, ya lo viví a finales de los noventa y principios del nuevo milenio, al igual que lo vivieron mis padres en los setenta y ochenta. ¿Fenómeno propio? Tampoco, hay corrientes migratorias permanentes en todo el mundo y no siempre dirigidas a Estados Unidos o Europa.

¿Irse es la solución? Ni idea, vuelvo a la cuestión de deseos, posibilidades y expectativas de cada uno. Sí creo que hay que educar a los hijos como no nos educaron a nosotros: como ciudadanos del mundo. Movimientos migratorios ocurren en todas partes y no siempre porque hay problemas en casa.

Ahora, quedarse cuando podés irte es otra cosa, no sé si de pelotudo, de caprichoso, de testarudo o de molesto. Quedarse de no me jodan más, aunque sea sólo para molestar o para ser testigos de la historia, para que ya no sea tan fácil robarse hasta los sobres de azúcar.

Quedarse de “esta también es mi casa y, si no te gusta, es tu problema, no el mío”.

Should I stay or should I go now? If I go there will be trouble and if I stay it will be double. Igual, si me pagan el pasaje…

 

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