Santos hipócritas

No me gusta pegarle al que está en el piso. De hecho, y para probarlo, soy el único nabo que escribió una nota en defensa del masoquista consuetudinario Diego Brancatelli cuando todo el kirchnerismo lo culpaba por la derrota de Cristina Fernández al darle pie a María Eugenia Vidal para que lo haga quedar en ridículo. ¿Recuerda, licenciado?

Lo que le traigo hoy a terapia es una discusión que tuve a raíz de la nota que publiqué el domingo pasado. Bueno, fueron varias las discusiones, pero vamos a centrarnos en una sola, como para englobar.

Resulta que un amigo me disparó a los pies por haber criticado el armado de listas del oficialismo porteño, o de la oposición nacional, como prefiera llamarle. Pero yo no estoy para criticar, solo señalé las incoherencias de un armado en el que tienen todas las de ganar al trotecito en la ciudad en la que siempre ganan; y que eso, desde un punto de vista lógico, tenía que permitirles llenar el congreso de polemistas, de hombres y mujeres que se plantan y que dicen cosas que pueden o no caer bien frente a lo que dice la otra parte.

Y mi buen amigo me hablaba de la necesidad de ganar a toda costa, cosa que yo, como buen bilardista, le reconozco valedero pero hasta cierto punto. Ya quedó demostrado que sin batalla cultural no puede haber cambio posible. Me contestó que la batalla cultural se da desde el Poder, algo que podríamos tomar con pinzas o miedo, pero que también se lo dejé pasar dado que una mayoría absoluta de un oficialismo en ambas cámaras es contraproducente para cualquier república que pretenda llamarse república y democrática.

Pero en la semana… ¿Se enteró de lo que pasó durante la semana? No, sí, lo de las vacunas pasó esta semana pero no me refiero a eso. Sí, ya sé que es un garrón que le quieran dar la de la polio como segunda dosis a ver si prende, pero enfóquese, por favor, que el terapeuta es usted.

Esta semana continuaron los coletazos de las visitas inesperadas a la Quinta de Olivos durante el peor momento de la pandemia. Y me dolió como a millones. Mi abuela, mi protectora, pasó su cumpleaños por segunda vez a solas mientras el presidente armaba una clandestina. Y no la vengo de moralista porque yo estaba dispuesto a violar todas las normas con tal de ir a saludarla, pero ella prefirió hacerlo cuando se pudiera. Más de un año de encierro la había aniquilado. Lamentablemente no habrá otro cumpleaños porque ya no está.

Tampoco hubo chances de velorio y a la sepultura pudimos ir tan poquitos que el sepulturero nos ayudó a cargar el cajón. Si sabía lo invitaba al adiestrador de Dylan. O armaba el velorio en la Quinta, así se hacía más ameno. Ahí sí se podía estar de noche, ¿sabe? Está bien, un velorio no es una fiesta, pero mi abuela era re jodona.

En Olivos, mientras tanto, había reuniones por Zoom y en el SUM. Y que no me vengan a decir nada de los protocolos porque el primer protocolo no permitía ese tipo reuniones, ni la circulación de sus participantes ni nada por el estilo. Para calmar las aguas, el Presi dijo que no le quedaba otra que recibir a “miles de personas” porque su función es gobernar. Shame on me al pensar que no es lo mismo una reunión mano a mano que un asado con toda la familia.

En fin, el asunto es que una actriz absolutamente caída en la grieta fue señalada y la muchachada con bronca de Twitter se prendió y le dijo de todo. Bueno, en realidad le dijeron solo dos cosas, bastante ofensivas. Como cuando un equipo pierde y culpa a la madre del árbitro, ¿vio? Pero en este caso la madre del árbitro decidió ir a la Justicia y pidió el desafuero de dos diputados de los cuales, uno al menos, no dijo nada ni respecto de ella ni mencionó las dos palabras que tanto le afectaron. El otro diputado que le contestó al primero, en cambio, pareció salido de un guión de teatro de revista veraniega. La actriz estuvo rápida en denunciar: al día siguiente apareció como posible testigo en una presentación de un fiscal para que se investigue al Presi por la puerta giratoria del salón de fiestas clandestinas.

Debe haberse hartado, pobre mujer. En febrero de este mismo año hizo una tapa para la revista Gente en la que se escribió los nombres de varias víctimas de feminicidios en el rostro. Y la masacraron: ni Página/12 la perdonó. Incluso tuvo un cruce con Alika Kinan, quien le recriminó ser parte del sistema. Feminista militante pero poco ilustrada, la actriz le contestó que no sabía quién era. Y eso que se trata de la primera mujer en conseguir una condena por trata de personas. En fin, tanto ataque pero en ese entonces a la actriz no le dio para hacer juicio. Medio que no se entiende la reacción selectiva, ¿vio?

Cuando observo las reacciones en masa de personas que no se sintieron afectadas por la presencia de denunciados violadores con título de senador, o por senadoras con catorce procesamientos, o por fallecidos senadores con condena firme, me lleva a preguntarme cuándo está bien hacer algo y cuándo no.

Pero la actriz terminó por denunciar al diputado por “Incumplimiento de deberes de funcionario público”. Y no es que quiera ser abogado de alguien a quien no represento, pero convengamos que tuitear una boludez o algo reprochable, fuera de un recinto y en tiempo libre, sentado en un inodoro, tirado en el sillón o mientras se bebe un café, no tiene nada que ver con la función pública. Es como cuando el Presidente mandaba a cocinar a las que le llevaban la contra, ¿lo van a denunciar ahora? Pero vivimos en tiempos de sensiblería con beneficio de inventario, indignación a la carta, juicios públicos selectivos.

Todo esto, licenciado, me ha llevado a pensar en cuestiones de proyección que no son tan proyectables. O sea: no sé qué tanto hay de proyección y qué tanto de correr el eje de la discusión.

Me refiero a que, de pronto, todos descubrieron la palabra misoginia a tal punto que algunos ni saben como se escribe. He leído misojinia, mizoginia o, la más habitual, misogenea. Después llega el pedido de desafuero presentado por otra diputada que estuvo presente en una fiesta de sesenta personas en Olivos. Sí, sesenta personas para festejar el fin del año 2020 que, como todos sabemos, fue un gran año para la Argentina. Además, veo que de ese lado hay un festival de machismo en el que la única mujer que integra la mesa de conducción de La Cámpora es Mayra Mendoza. Es más, recuerdo que durante las dos gestiones de Cristina, la actual vice tuvo 25 ministros hombres y solo cuatro mujeres. Por suerte equilibró en las secretarías: diez hombres, ninguna mujer.

Denuncias por violación, golpeadores varios bien acallados aunque reciban denuncias de sus propias compañeras y una ley de despenalización del aborto convenientemente cajoneada en un momento en el que tenían los votos hasta para estatizar Aerolíneas Argentinas. Sororidad selectiva en una estructura absolutamente falocéntrica. Como la sociedad, digamos, pero erigidos en faros morales de la Patria.

Y ahí es donde me pregunto: si el presidente del Poder Ejecutivo está para ejecutar las leyes; si por delegación del Congreso se le facultó a que él mismo dictamine ciertas leyes en torno a la gestión de una pandemia… ¿Qué se hace cuando el responsable de aplicar las leyes –que él mismo impuso– no las cumple? ¿Cómo es que un tuit es un incumplimiento de deberes de funcionario público y no lo es el accionar del Presidente que, abiertamente y con amplia documentación que lo prueba, violó las leyes que él mismo dictó? Incluso las denunciantes de los diputados son testigos de ese accionar. Básicamente porque formaron parte de esa violación.

Ok, lo entiendo, mi idealismo me sigue jugando malas pasadas. Pero no deja de sorprenderme. Hermosos testigos para la investigación. Al menos eso me enseñaron en la facultad, sobre todo en cátedras como Teoría del Delito, esa que da el Presidente.

Ya que hablamos de proyecciones, ¿vio la entrevista al diputado? Esa, en la que el periodista que más bardea al feminismo lo inquirió por un tuit y el otro periodista que se interrumpe a sí mismo le pide que lo deje hablar. Estuvo buenísima.

¿Que qué es lo que me molesta? Nada, que discutir con mi amigo sobre si fui demasiado crítico me lleva a pensar que me quedé corto. O sea, cuando le preguntan a María Eugenia Vidal qué opina de lo ocurrido con el diputado que integra la misma lista que ella encabeza, la exgobernadora exbonaerense dice que “como mujer” no puede “acompañar esa forma de expresarse”.

Y claro, Vidal no entró mucho a Twitter en los últimos meses más que para dar pésames. Se perdió un montón de cosas que pasaron en la Argentina desde el 10 de diciembre de 2019. Ni siquiera salió a bancar a la vidalista número uno de la provincia, la que terminó refugiándose en el espacio de José Luis Espert. Solidaridad selectiva una vez más. Y los que salieron a bancar al diputado indignador de masas están en la otra lista. ¿Cómo hago para no gritar “incoherentes”?

En aquel texto que generó discordia con mis amigos dije que tenía bien en claro lo que está en juego en estas elecciones y solo me pregunté si la oposición también lo sabía. Aún no tengo respuestas al dilema, pero sí recibí otras opciones: es lo que hay, es esto o Venezuela, el macrismo al menos no mató a un fiscal, y así. Contesté que el FIT tampoco se cargó a nadie y, sin embargo, no me atrae una intención de voto ni en sueños. Me tiraron con que, entonces, le hago el juego al kirchnerismo. Sí, yo le hago el juego, no los que le salen a pegar a sus propios candidatos.

También es destacable que lo que los medios se negaron a tratar durante más de diez días finalmente quedó en boca de todos gracias a los involucrados. Una que se calienta e imposta a Cristina, un Jefe de Gabinete que dice que con la difusión queremos perjudicarlos… Nuevamente lo mismo de siempre: no les molesta ser unos tránsfugas; les molesta que se note.

Ahí es cuando vuelvo al punto del texto anterior que despertó la calentura de mi amigo. Yo entiendo y puedo comprender muchas cosas, ¿sabe? De ahí a que las acepte hay un largo, larguísimo trecho. Porque con la cantinela de que caminamos hacia Venezuela me extorsionan. Si tenés tanto miedo de que seamos Venezuela ¿por qué no presentás una lista vigorosa? ¿Ahora la culpa es mía por señalar que es una ensalada de sapos?

Si no fui yo el que les dijo que pongan a la leona herbívora de candidata por un distrito en el que Juntos por el Cambio gana aunque presente al Mago sin Dientes.

Vienen a decirme que hay que dar la batalla cultural en el Congreso y me ponen de cabezas de lista a un amigo de Sergio Massa en provincia y a la gobernadora que llenó sus ministerios de massistas en la Ciudad. Quizá vean algo que yo no. No digo que yo tenga la razón dado que ellos son políticos y yo solo un buscavida. Pero convengamos que no fui yo el que pasó de putear por las listas a aplaudir o incluso decir públicamente que hay que disimular. ¿Es joda? Con ese argumento debería votar a Nico del Caño si me promete que respetará la propiedad privada y consagrará el libre mercado junto con la abolición del sindicalismo. ¿No resulta creíble? Bueno, pero prefieren ganar a tener razón. ¿Cómo no votarlos con tamaña convicción?

También me resulta indignante que la amenaza “Venezuela” apunte a que no hay opciones. No quisiera estar en el lugar de Luis Brandoni, al que le sobaron el lomo a más no poder para que ponga la caripela en la convocatoria de cada marcha y para que diera la batalla cultural artística. Ahí está el Beto, junto a un exfuncionario de Macri, en el arte de sobrevivir al ninguneo de quienes ya ni lo mencionan porque vamos camino a Venezuela y no hay opciones.

¿Y la ubica a Sandra Pitta? Puso la cara prácticamente en soledad en un ámbito casi tan colonizado y hostil como el artístico: el de los científicos. Los confrontó en público y se bancó insultos que, si sumaran millas, ya tiene para dar la vuelta al mundo gratis. Ahí la tiene, en la lista de López Murphy dentro de la interna del oficialismo porteño y totalmente ninguneada por quienes dicen que “es la leona que no nos cae bien o Venezuela”. Puede que Vidal tampoco la ubique a Pitta porque se ve que no consumió muchas noticias los últimos veinte meses.

¿Que redondee? Básicamente me siento solo, licenciado. Otra vez, sí. Bah, como en todos los años impares. Quizá sea el precio a pagar. ¿Sabe lo que sufro en cada cuarto oscuro? Sí, lo sabe.

Es que yo puedo entender los dilemas de la política, que no es otra cosa que elegir el tamaño del batracio a digerir en pos de un beneficio superior que nunca llega. Pero de ahí a no decir que no duele la penicilina…

No sé si puedo decir que no me siento comprendido. Sí, terminé meta charlar de economía con conservadores y de cultura con los progres, pero no puedo hacer lo mismo con cuestiones políticas. El asunto es que no importa lo que escriba, siempre me pasa lo mismo: o me paga Larreta, o me paga Vidal, o me paga el kirchnerismo, o me paga López Murphy o me paga Santilli, o me paga Manes, o me paga el fantasma de Alsogaray. Evidentemente deben depositar en otro lado o los acusadores son imbéciles, porque hay que ser boludo para no darse cuenta que paso la gorra al final de cada texto.

Pero es lo que pasa cada vez que se acercan las elecciones y se busca al votante mal llamado «moderado», cuando en realidad no es moderado sino que no se siente representado. Tampoco es que les dan buenas señales. Y ahí nos tienen de un extremo al otro. Durante demasiado tiempo fue la psicosis de estar encerrados un año sin escuelas, sin laburo, sin afectos, sin nada de lo que hace que la vida valga la pena ser vivida, pero todo para cuidarnos una vida que tenía todo menos vida. Se bancó porque nadie sabía nada y porque había que preparar el sistema de salud. Después porque ya llegaban las vacunas.

Ahora, en el colmo de las hipocresías, se abrirá todo mientras la variante Delta precalienta al costado de la cancha. Recién ahora valen todas las vacunas del mundo. Ahora se flexibilizó todo y hasta se podrá ir a recitales. Ahora, cuando nos dimos cuenta que Olivos era una joda.

¿Y con qué cara nos hablan? ¿Dónde están ahora los que me dijeron militante anticuarentena? ¿Dónde están los infelices que nos insultaban por llamar autócrata a un patrón de patio compartido que amenazaba por tevé como si tuviera la suma del Poder Público? ¿Dónde están, militantes del resentimiento, porristas que animaban el velorio nacional mientras sus ídolos hacían el trencito del carnaval carioca? ¿Dónde están, manga de hijos de puta? ¿Dónde quedaron sus filminas de escuela secundaria, sus curvas comparativas siempre, pero siempre sesgadas, recortadas a conveniencia? ¿Dónde están las comparaciones con Suecia y todo lo que usaron para meternos terror por salir a correr, por salir al supermercado, por querer abrir la persiana del local, por querer vacunas en tiempo y forma, por querer darle educación a los chicos, por querer recibir un abrazo cuando más lo necesitamos? ¿Dónde están todas esas cosas con las que psicopatearon a 45 millones de personas para justificar que les quitaban sus derechos sin otra hoja de ruta que el «vamos viendo»?

Ah… Pero el camino es el diálogo.

Ya me calmo, sí. Disculpe, licenciado.

Cuando el esfuerzo lo hace solo un sector y los beneficios se los lleva una casta, no hay posibilidad de unión ni de diálogo. ¿Cómo quiere que me siente a charlar con alguien que se cagó en todo si yo no pude ni despedir a mis seres queridos a quienes ya les habían quitado toda dignidad incluso en el momento de dejar la vida? Manga de psicópatas con carné habilitante para paranoiquear a una sociedad asustada y desesperada. ¿Y ahora resulta que acá no ha pasado nada?

¿Cómo dice? ¿Por qué creo que pasan estas cosas? Mire, el pensamiento implacable necesita de una alianza entre los ideales y el miedo. Esa alianza surge de la necesidad de crear algo que justifique la transgresión a nuestros propios valores, como votar algo en lo que no creemos para salvarnos de algo que no queremos. Simbolismo puro: eso que cuelga es una plomada que sirve para construir un buen cielorraso o es un arma letal si se la sacudimos a alguien por la cabeza. Y algunos ven en la ideología de masas la justificación, el símbolo perfecto que les permite no tener que lidiar con que sus ideas no son, precisamente, las más reales.

Es que en la diferencia que existe entre nuestro ideal y la realidad aparece un vacío que es llenado con miedo. Y a nadie le gusta el miedo. Entonces lo disfrazamos, tapamos esa inseguridad que nos provoca el mundo real, un mundo que siempre tendrá guerras, pandemias y –lo más difícil de aceptar– personas que no piensan como nosotros.  ¿Qué hacemos con todo ese horror? Una torsión forzada de un pensamiento que pintamos como reflexión sesuda con el fin de que el futuro sea menos espantoso que lo que hacemos para evitarlo.

Ah, se refería a por qué creo que no le doy bola cuando me pide que redondee. Perdón. Parece que estamos en tiempos sensibles. ¿Cuánto es? Apa, aumentamos…

 

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