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Sobre inflación y meritocracia

Sobre inflación y meritocracia

Ahora que tenemos nuevamente una inflación interanual del 99%, he notado que nadie, pero absolutamente nadie se hace eco del siguiente asunto: el ministro de Economía no es economista.

No es un dato menor. Desde que existe el ministerio de Economía –1958– hemos tenido 56 titulares que han sido economistas, con la excepción de cuatro empresarios, cinco contadores y tres abogados. Antes, durante los años transcurridos entre 1853 y 1958, la inmensa mayoría de los titulares del entonces llamado ministerio de Hacienda fueron abogados. Como Sergio Tomás. La diferencia radica en que casi todos esos abogados eran especialistas en derecho comercial, o en derecho internacional, o con doctorados en economía.

Hubo hermosas excepciones que deberían ser de estudio obligatorio. La crisis económica que atravesó la Argentina en 1890 es, para quienes la estudiaron, incluso superior a la de 2001 junto a la de 1988-89. Default de deuda pública y externa, inflación desbocada y una crisis política que derivó en la renuncia del Presidente Juárez Cellman. Carlos Pellegrini, flamante presidente interino, designó a Vicente Fidel López al frente de Hacienda. ¿Qué tenía de especial un abogado e historiador ad-hoc? Que como jurista era el que había elaborado una reforma aduanera integral.

No solo logró capear lo peor de la crisis sino que, cuando fue necesario, se corrió para que asumiera su mando Emilio Hansen, también abogado. ¿Qué tenía de especial? Que toda su carrera la había desarrollado como asesor de bancos y de financistas. Su misión era recuperar la confianza del mundo en el mercado argentino y frenar la inflación sin afectar el crecimiento. Hizo todo eso, sí.

Otro caso para enmarcar pero que, curiosamente, también fue borrado hasta por sus propios correligionarios, es el de Marcelo Torcuato de Alvear. Tuvo dos ministros. Los dos economistas. Su gestión fue la que más diferencia positiva tiene entre los números recibidos y los entregados en todas las variables económicas que se quieran analizar.

Muchos vendrán a hablar del contexto internacional de entonces. Ok: el mejor contexto internacional de la historia de la Argentina se vivió entre 2002 y 2013 y la vimos pasar porque nuestros políticos creyeron que las vacas siempre darán leche aunque se mueran.

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Si menciono a Celestino Rodrigo y usted, querido lector, ya tiene nietos, es probable que comience a temblar. El hombre era ingeniero y quedó en la historia por su Rodrigazo, sinónimo de “ajuste brutal”, dado que se duplicaron los costos de tarifas, combustibles y pasajes y, a su vez, se recortaron un 45% los salarios además de apreciarse un 150% el dólar.

Ahora, no sé cuál será el caso de quienes leen, pero si yo tomo mi recibo de sueldo de hace tres años y lo comparo con el actual, y hago lo mismo con un ticket de supermercado y la cotización del dólar, queda muy, pero muy corto hacer el chiste de “Rodrigazo en cuotas”. De hecho, la apreciación del dólar supera el 300% en tres años y nuestros sueldos quedaron licuadísimos. Por eso no me canso de decir que las cosas no son caras: nosotros somos pobres. Nos hemos empobrecido en incómodas cuotas brutales. Y aún faltan todas aquellas tarifas y precios pisados.

El hecho de mencionar la profesión del titular del palacio de Hacienda es un dato menor en cuanto a su efectividad, dado que está rodeado de asesores que saben de economía. Y es un dato mayor si se tiene en cuenta que la decisión de un político está, por lo general, condicionada por su formación. Y Massa, antes que ministro, es político. Su instinto de supervivencia está por encima de cualquier otra percepción racional.

Cuando el tipo que tiene recibo de sueldo de Presidente inició su mandato, dijo que no creía en la Meritocracia. Al verlo con la banda presidencial, podemos entender por qué cree en esa ausencia. Ahí lo tienen, lo corre el hijo de su Vicepresidenta, cuyo único mérito es haber nacido en esa familia. Pero en esos tempranos meses pre pandémicos, disparó largos y sesudos argumentos que explicaban que “con la meritocracia se provocan gobiernos para unos pocos”. También se sostiene que se borra del plano existencial al que no cumple con la satisfacción de sus necesidades básicas y demás yerbas. Básicamente, que la meritocracia es cosa de garcas y que el sentimiento correcto es el de la igualdad de derechos para todos.

El principal factor a remarcar es el conflicto de comprensión de textos. Si el problema de la “meritocracia” es que los pobres no parten del mismo plano de igualdad que los ricos, es que merecés repetir la educación primaria en algún lugar serio. El mérito es, en todas las acepciones del diccionario, una relación directa entre una acción y un resultado. En ningún momento se lo considera algo malo. Solo un pelotudo o un garca pueden creer que el que hizo mérito para algo no se lo merece. Merecer, casualmente, viene de la misma palabra que mérito. Si alguien “merece” algo es porque, básicamente, hizo “mérito”. ¿Se entiende o volvemos a primer grado?

Sí, es cierto que no todos partimos del mismo plano de igualdad. Pero el mérito no tiene nada que ver con eso. Si alguien obtiene un beneficio solo porque es rico, no hizo mérito. Si lo obtiene solo porque es pobre, tampoco. No digo que esté mal, remarco que no tiene nada que ver el mérito con la base de inicio porque son dos conceptos distintos.

Meritocracia no es Oligarquía. Es, nada más ni nada menos, un sistema en el que se le da a cada uno lo que le corresponde, lo que merece, en base a sus acciones. Y, en todo caso, no hay nada más oligarca que repartirse los cargos entre amigos, compañeros o parientes.

Una vez me explicaron que si hacía mucho mérito conseguiría buenas notas en los exámenes y que eso era un parámetro a tener en cuenta para el resto de la vida, sobre todo en lo laboral y económico. Ahora debatimos si los alumnos de la secundaria son estigmatizados o no con el sistema de repetición y materias adeudadas.

Alrededor de 2009, si la memoria no me falla, tuve una conversación con un joven militante de un partido X que se enojaba con los advenedizos por acomodo. Mi interlocutor, a quien aprecio mucho en lo personal, había ligado su cargo de contratado por el Estado gracias a su militancia en la campaña electoral. O sea: se quejaba de la falta de mérito de los otros. El mérito era haber militado, no estar calificado para el cargo a desempeñar, o haber concursado, o haber hecho carrera. Era una competencia difícil de explicar pero que, quienes hayan trabajado en el Estado, han vivido: la guerra de los apalancados.

A niveles más altos quedan en evidencia más notoriamente. Los cargos ministeriales se reparten por peso político más que por capacidad de conducción. ¿Quién es el economista que más sabe de economía en la Argentina? Cualquiera menos Massa, porque no es economista. Pero tiene peso político y ambiciones. La suya es la presidencia. Otros, con la ambición de una mascota, aceptan que se les inventen cargos: subsecretaria de Análisis y Seguimiento Político Estratégico. ¿Su tarea? Fue chamuyada en el momento: “Area del gobierno bonaerense encargada de colaborar con el estudio y el análisis, a partir del seguimiento de las acciones que se desarrollan dentro de la gestión provincial, las cuales se encuadran dentro de los asuntos políticamente estratégicos”.

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Ahora, ¿cómo nos vamos a enojar con ella cuando hasta elegimos Presidente como si votáramos al mejor compañero? Porque sí, estimado, nuestra opción de voto está más vinculada a la identificación emocional con una persona que con sus políticas pretendidas, las cuales casi nunca son realmente leídas de sus plataformas presentadas ante la justicia electoral.

Es curioso cómo en la Argentina se encuentra prohibido el lobby mientras que el tráfico de influencias –también prohibido– es una moneda de curso legal más aceptada que el Peso. Tener buenas relaciones para que nos conozcan, para que sepan quiénes somos, qué podemos hacer, cuáles son nuestras aptitudes, no es igual a tener el teléfono de la persona indicada para que nos den algo que, en igualdad de condiciones, podría corresponderle a otro. Y seguramente le corresponde a otro; de otra forma, no habría hecho falta el dedazo.

Es lógico que en una sociedad que funciona de este modo dé lo mismo haber aportado para una jubilación, no haberlo hecho, haber realizado todo el mérito para llegar a lo más alto posible, o no haberlo hecho. En tu vejez cobrarás lo que al presidente de turno se le antoje en suerte. ¿Mérito? El mérito es de garcas, abuelo.

Ya que hablamos de jubilaciones… Los que no son Monotributistas no lo saben y muchos de quienes sí lo son, tampoco: no importa qué tan alta sea tu categoría, te jubilarás con la mínima. ¿Mérito? No sea cheto.

Entre tanto seguimos sin comprender que lo que uno consiguió en buena ley le otorga un derecho. Porque en algún momento se habrá dejado de enseñar así, pero los derechos se ejercen por la negativa: si yo tengo derecho a la vida, quiere decir que nadie me la puede quitar. Entonces, si yo compro algo con mi dinero obtenido legalmente, tengo el derecho a que no me priven de él. Y si, en base a mi esfuerzo, conseguí lo que siempre quise y eso no es ilegal, hice mérito para lograrlo. Y nadie, nadie puede privarme de ese derecho.

Obviamente, hay quienes tienen serios problemas para dimensionar que la violencia sobre el derecho ajeno no se da sólo con fuerza física. ¿Alguien tiene dudas de que usurpar una casa está mal? En el resto de los ámbitos se nos complica un poco: por definición también es violento conseguir algo por amiguismo cuando le correspondía a otro, o cuando se inventa un cargo que se pagará con dinero de todos.

El sistema arrastra. Si por las buenas no funciona, el atajo es ley. Entonces, el mejor abogado no es el que más sabe de derecho sino el más bicho y sucio; cagarle el vuelto al tipo del kiosco es un triunfo sobre el capitalismo –y si la víctima es extranjera, también un acto patriótico–, y continúan los éxitos. De pronto, mérito y fuerza se confunden y eso es gravísimo, porque volvemos a un estado previo a la conformación de las sociedades, cuando el derecho correspondía al más fuerte.

Y llevamos infinitas generaciones criadas con estos paradigmas, niños que ven cómo sus padres coimean, chicos que escuchan a los adultos contar cómo cagaron a un compañero de laburo, muchachos que crecen escuchando «pasión» como sinónimo de violencia.

¿Qué esperaban con todo esto? ¿Que no existan actos violentos? Si primero no se logra comprender qué es el derecho a la propiedad privada, es lógico que tampoco se dimensione que el otro ser humano merece vivir solo porque posee vida.

Todos vimos en diciembre cómo los políticos entraron en un derretimiento cerebral compartido. Las salutaciones por el campeonato mundial se llenaron de “es sorprendente lo que se puede lograr cuando trabajamos unidos”. El derecho al mérito se les estroló en la cara como una atención conjunta de Otamendi y el Cuti Romero. Ninguno de los jugadores seleccionados estaban allí por ser amigos del DT, o los hijos o los hermanos. ¿Trabajaron unidos? Y sí, no es un Abierto de Golf. Ahora, ¿qué tan lejos habríamos llegado si poníamos de arquero a Juan Cabandié, por más unido que sea con el resto del equipo y por más ganas de trabajar que tenga? ¿Se entiende o necesito títeres?

Quizá viva en una realidad paralela pero, al menos en mi universo, al que consiguió algo por su esfuerzo se lo respeta porque se entiende que se lo merece, que hizo mérito. El que quiere conseguir las cosas por la fuerza es porque no tiene forma de arreglar su vida de otro modo. Me darían pena si no fuera que en el medio, a diario, en todas las clases sociales, en todas las ciudades, aparecen exponentes del pelotudo que cree en la ley del más capo por sobre la del más apto.

 

Nicolás Lucca

 

 

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