Te seguiré a todos lados (aunque no quieras)

Tres tipos que no respetan el distanciamiento social ni el uso de tapabocas, se sientan en una mesa ratona con otras dos personas sonrientes detrás. En frente, un pequeño grupo de periodistas se tienen que fumar una filmina atrás de la otra y que por momentos los exponentes se rían no sabemos bien por qué. Todos los presentes en la sala cuentan con tres cosas en común, independientemente de sus ideologías, estudios y ocupaciones: no están obligados a quedarse en sus casas, cuentan con permisos para circular libremente y del uno al diez de cada mes tienen el 100% de su salario depositado en la cuenta sueldo del banco que corresponda.

Alberto Fernández se siente cómodo y no lo disimula, como tampoco disimula su calentura con algunas cosas por más mansa que intente poner la voz. Por experiencia personal, considero que cuando las redes sociales comienzan a hacernos daño, debemos alejarnos de ella por un tiempo. Al Presi, en cambio, le gusta calentarse y, entre los dibujitos que le envían los niños adoctrinados por sus padres, cada tanto se pega una vuelta por las menciones que hablan del éxito económico de otros países que no cerraron sus economías, como Suecia.

Y se calentó. En un punto tiene razón, hay que tener ganas de compararnos con Suecia y pensar que podríamos hacer lo mismo cuando acá todavía se juega al fútbol sin visitantes para que no haya muertos, y con alambrado para que el ganado no invada la cancha. Mirá que hay que compararse con Suecia, cuando acá hay que hacer campaña permanente para que la gente utilice tapabocas y mantenga la distancia. Todo para que ni el presidente lo respete.

Pero Fernández levantó el guante y también hizo su comparación con Suecia: «Cuando escuchen decir ‘sigan el ejemplo sueco’, sepan que los tres mil muertos suecos equivalen a 13.900 muertos en Argentina».

Uno podría llegar a creer que en el mercado de trata de personas también estamos devaluados y cada argentino vale 4,6 suecos, pero en realidad el presidente hizo una regla de tres simple: si con 10 millones de habitantes Suecia acumula tres mil muertos, nosotros que tenemos 45 millones, tendríamos 13.900. Como si tuviéramos el mismo clima que Suecia. Como si tuviéramos un 20% de la población en edad de riesgo como Suecia, y no la mitad. Como si nuestro PBI per cápita ocupara el puesto 15 del mundo como Suecia y no el puesto 64. Como si no influyeran cuestiones genéticas de la compleja demografía de cada país del mundo, su clima, su geografía y, fundamentalmente, su cultura y su educación.

Con una regla de tres simple alcanza y sobra. Más si tenés a dos científicos atrás tuyo. Raro que no hizo el mismo cálculo con los casos ya recuperados en Suecia, que ya suman 5 mil. Unos 22 mil argentinos, en términos fernandecianos.

Cuando abrieron la rueda a preguntas, uno de los periodistas acreditados que tomó la palabra pertenece a Bloomberg, medio especializado en economía. Sólo preguntó de dónde iba a sacar el gobierno el dinero para pagar todo lo que Fernández dijo que pagarían en materia de asignaciones, compensaciones y demás ítems en medio de la crisis de la deuda agigantada por el Covid-19. Fernández pateó la pelota a la deuda de la Unión Europea. Y eso que estaba flanqueado por dos economistas.

Por suerte, con los anuncios alcanzaba porque, si al presidente le dan a elegir entre la economía y la gente, él elige a la gente. Como si sólo existieran dos opciones y no se pudieran sumar ambas. Salvo la Ciudad de Buenos Aires y su conurbano, el resto del país ingresó en la “Fase IV”, mientras se habilitan de a poco nuevas actividades industriales y comerciales. Esto amerita alguna medida que ayude a mantener bajo control la tasa de contagios, como mayor extensión horaria en los comercios y bancos, división de turnos en las fábricas que no lo tengan, etcétera.

¿Y qué es lo mejor que se le ocurre al gobierno nacional? Una orden del Presidente que obliga a que todos los laburantes se descarguen una aplicación con geolocalización cuyos datos serán almacenados en una nube de Amazon. ¿La privacidad? Vamos, hombre, que un político dijo que no chusmearán los nombres. ¿No vamos a confiar en políticos, acaso?

Sin nada que regule, los datos pueden ser conocidos por el Poder Ejecutivo sin necesidad de una ley inconstitucional del Poder Legislativo ni una orden de seguimiento del Poder Judicial. Si fuera eso sólo, vaya y pase, total, en la Argentina podemos llegar a justificar la vuelta de la esclavitud si es que la propone alguien de nuestro agrado, pero el sistema, además, tiene más agujeros que la economía argentina.

Lo mejor del asunto es que la aplicación CuidAr pareciera no generar polémica entre los mismos que se ofendían por una aplicación del gobierno anterior, a la que acusaron de parapolicial, SS tecno, y otras cosas. Esos mismos que se quejaban, hoy replican los mismos argumentos de los defensores de antaño: que les das tus datos a Rappi, Glovo, Uber, Facebook, Google, Twitter, Instagram, TikTok y a la página de astrología online. Como si alguna de esas aplicaciones fueran obligatorias. Como si no fuera nuestra elección ingresar nuestros datos. Como si fuera obligatorio tener celular.

Habría que mantener cierta coherencia, porque sino pareciera que lo que antes los movía a oponerse a las aplicaciones de datos en manos del gobierno no era la razón, sino que sólo querían romper las pelotas. O sea, tenían los argumentos a su favor y era lo de menos. O que si el Gobierno es de mi agrado le permito cualquier cosa y si no es de mi agrado intento voltearlo.

No deja de resultar llamativo que la plana mayor de informáticos de la Universidad de Buenos Aires y buena parte del Conicet haya salido a bancar una aplicación con tantas fallas. No entiendo dónde está el sentimiento de soberanía informática (?) al almacenar datos privados y seguimientos a personas en una nube de Amazon.

Ya no me sorprende la abundancia de adultos que no tienen la más puta idea de educación cívica, derechos y garantías, como el ex decano de la Facultad de Exactas de la UBA que compara negarse a la app con ser antivacunas . Pero se supone que en el área en la que se especializaron deberían saber. Salvo que realmente no les parezca un horror que el Estado tenga a su libre disposición la geolocalización de sus ciudadanos. Tanto viajar a China y lo único que pudieron traer y que funcione es un Estado policíaco, pero con sonrisas y por nuestra salud.

El problema de la calificación que pretende levantarse un Gobierno es que siempre queda corta en la comprensión general. Si un gobernante viene a decirme que su gestión estará centrada en la ciencia y a cada rato me lo refriega por la cara, está todo bien, pero le preguntaría para qué mierda tiene 23 ministerios si con uno le alcanza y sobra.

Tenemos un ministro coordinador al que llamamos Jefe de Gabinete y que tiene, entre sus misiones, lograr que las distintas áreas se coordinen entre ellos y no se pisen entre sus funciones, porque nadie tiene la obligación de saberlo todo. El ministro de Salud puede pedir que se cierre el país, el de Economía puede pedir que abran todos los sectores, la de Seguridad puede seguir tomando mate mientras revisa Facebook en busca del crimen, y el INADI puede continuar tuiteando, pero hay lugar para todos y cada uno puede proponer lo que quiera mientras no toque las funciones del otro. Se supone que consultan. O deberían.

Y también contamos con una Secretaría Legal y Técnica que debería estar para decir “esto se puede hacer, esto no porque es ilegal”, pero que en la Argentina existe para que cualquier delirio pueda aparentar cierta legalidad, aunque para ello tengan que usar vaselina y un martillo.

Sobre la reacción de la oposición no hay mucho para decir: en lugar de salir a rechazar de plano el control extremo, pidieron «evitar abusos en el uso de datos privados». Era de esperar, dado que en el amplio espectro opositor hay de todo. Y por de todo hay que incluir a quienes confundían una impresora con una computadora con almacenamiento de datos para votar, a quienes no vieron mayores riesgos en el “ciberpatrullaje” promocionado por Patricia Bullrich –quien también propuso un registro nacional de ADN para todos los habitantes del país– y a quienes el sistema de identificación biométrica de las cámaras de seguridad de la ciudad de Buenos Aires no les parece invasivo ya que la pérdida de privacidad de 3 millones de personas bien vale la pena para capturar unos cuantos buscados.

Es como un ping-pong de justificadores seriales donde la pelotita cambia con la banda presidencial. En 2011 el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner lanzaba el SIBIOS: el Sistema Federal de Identificación Biométrica para la Seguridad. Algunos pusimos el grito en el cielo, otros lo justificaron, pero nada pasó. Ni siquiera hubo reacción cuando el entonces ministro Florencio Randazzo firmó un acuerdo de colaboración para «implementar más tecnología biométrica» en bases de datos con la potencia internacional de los derechos humanos: Cuba.

El 4 de abril del año pasado –hace siglos, con otro gobierno, gente que se saludaba con besos y abrazos y grupos de personas que tomaban café en bares sin mirarse con cara de pánico– escribí una nota para Infobae sobre el sistema de reconocimiento facial. En una parte puse textualmente:

«Del mismo modo que en las redes sociales elijo qué mostrar y qué no, el Estado no tiene por qué saber si me gusta comer, qué hago los sábados a la noche con cinco personas entrando a un bar, con quién me junto ni cada cuánto lo hago. Del mismo modo, no quiero que mañana tenga que presentarme ante la AFIP para explicar cómo es que terminé comiendo en Puerto Madero si mi sueldo no alcanza para pagar un sánguche de bondiola en la Costanera. ¿Emboqué las cuatro cifras a la cabeza de la nocturna nacional? ¿Me regalaron una cena por mi cumpleaños? ¿Soy amigo del dueño? ¿Qué te importa? Y si así y todo creemos que hay peores monstruos que la AFIP, deberíamos tener presente que en este país se ha llegado a hackear a la mismísima ministro de Seguridad. Imaginemos que todos los datos recolectados son sustraídos por cualquier persona con ganas de joder y hacerse de unos pesitos extorsionando.»

Obviamente, siempre puede ser peor y terminaron por hackear y filtrar los datos de casi toda la Policía Federal. Una fiestita por Zoom al lado de la posibilidad de hacerse con todos los datos y movimientos de 45 millones de personas.

Dos meses antes, en el mismo medio, escribí lo siguiente:

«Imaginemos un proyecto que diga que todas nuestras conversaciones serán grabadas por seguridad. ¿Usted lo aceptaría? El que nadie teme, nada debe, no veo por qué no deberíamos permitir que el cabo Gutiérrez sepa que usted odia la comida de su suegra, o que detesta a varios de sus compañeros, o que tiene ganas de salir de joda con sus amigos. Imaginemos qué podría imaginar el cabo Gutiérrez si sabe que todos los días vamos al mismo bar varias veces y lo deja asentado: somos alcohólicos o nos gusta el especial de crudo y queso, cualquier opción es factible, pero solo presumible.»

Bueno, no será al bar porque está cerrado, pero ya tienen las herramientas para averiguar a dónde vamos, cada cuánto, con quiénes y por cuánto tiempo. Capaz que de tanto nombrar a Alfonsín, desde el Gobierno se mezclaron las historias y creen que estamos en 1984.

Lo dije una vez, lo diré mil veces más: nada, absolutamente nada puede servir de excusa para cercenar masivamente derechos tan básicos como el de la privacidad. Lo dije una vez y lo diré mil veces: nadie, absolutamente nadie puede buscar excusas para manejarse por fuera de la transparencia y las instituciones de una república con división de poderes y suscripta a cuanto pacto de derechos humanos haya aparecido en algún rincón del planeta. Lo dije una vez y lo diré mil veces: confiar en que el líder es bueno es olvidarse que votamos cada cuatro años. Cuando dije lo que dije en contra del voto electrónico, me comí una cascada de puteadas. Cuando dije todo lo que dije sobre el sistema de reconocimiento facial del Gobierno de la Ciudad, me comí las cataratas del Iguazú en insultos y hasta me calificaron de kirchnerista. Hoy gobiernan otros y piden cosas que ahora resultan insultantes a sus opositores y que los que puteaban por el reconocimiento facial aplauden como si fueran focas intoxicadas.

Y lo dije una vez y lo diré mil veces: el que diga que “el que nada debe, nada teme”, o que “si no tenés nada que ocultar, no tenés de qué preocuparte”, que salga a la calle con el recibo de sueldo estampado en la remera.

Si todavía tiene sueldo.

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