Teocracia liberal

Lo bueno de las ideologías es que no hace falta creer en ellas: con solo autopercibirse alcanza para ser parte de un colectivo que nos hace sentir dentro de algo. Tampoco es necesario saber si otra persona tiene ideología para catalogarla como adepto a alguna si con eso puede constituirse un insulto. En el medio todo está permitido: si no se tienen claras las ideologías, de allí para abajo se puede mezclar cualquier cosa.

Alberto Fernández –autopercibido peronista hippie– se ha convertido en un enorme comentarista de la realidad argentina. Pero un comentarista extraño, un tipo que tiene el superpoder de ponerse en el lugar de otro. No, no desde la empatía: el poder de suplantar a otro y creer que él es ese otro. Así es que dice muy suelto de cuerpo que a él no le gustó “vivir en confinamiento”.

En un principio supuse que tiene el rostro de Kevlar o algún material aún más duro desconocido por la ciencia. Luego llegué a la conclusión de que es una suerte de chamán que incorpora almas de otros argentinos. Está claro que no fue él quien habló porque, si alguien ha dado muestras de que se cagó en todas las restricciones dictadas por el Presidente de la Nación, ése es el Presidente de la Nación. Y no hacía falta el enorme aporte de los listados de la Quinta de Olivos que vino a sacudir el avispero con los nombres de famosos y los números de ingresantes: el propio bigotón patrio compartió casi todos los días una foto sin barbijo, rodeado de boludos alegres sin barbijos, con menos distanciamiento social que una película porno.

¿Qué es lo que no le gustó si la pasó de la ostia? ¿Fabiola ronca? ¿No eran suficientes las treinta hectáreas de la Quinta de Olivos para no sentir claustrofobia?

Luego el medium Presidente incorporó un ánima que andaba por allí y criticó a los “liberales que hablan de libertades pero en el fondo son muy conservadores”. Pidió que “a esos liberales píquenles el boleto, chicos y chicas” ya que “esa es libertad para algunos, catástrofe y penuria para millones”.

Y cargó contra los que “proponen a los chicos que salgan y luchen contra los que les dijeron que se queden en sus casas”. También aseguró que ese discurso lo conoce bien. Allí me di cuenta de que podría tratarse de Alberto. Porque si hay un discurso que el Presi conoce de memoria es el que le dio de comer durante una década, cuando era junto con Gustavo Beliz uno de los inventores de la idea de tener a Domingo Cavallo como presidente, primero, jefe de Gobierno después. De hecho, para asumir su cargo de Jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, Alberto renunció a su banca de legislador porteño a donde había llegado con los votos de la lista de Mingo.

Para rematarla, el hombre, o quien lo haya poseído en ese instante, tiró que sigue “manteniendo viva su vocación revolucionaria”. Un par de días después el revolucionario nos dice que lo obligaron a participar de un brindis en medio de una cuarentena híper estricta y en su propia casa. Si alguna vez Alberto fue revolucionario fue cuando creyó en el cambio que propuso Cavallo a contramano de todo estandarte peronista. Después volvió a la normalidad.

Antes de que todos se indignaran por una foto y no pudieran hacerse más los boludos, Alberto todavía miraba las encuestas, entre ellas las de los termómetros sociales y se espantó. Puede que usted también se sorprenda, pero es lo que hay: el número de personas que no se sienten representada por ningún espacio político ya no es el de los más jóvenes. Hoy los viejos están desencantados y un tercio de los menores de 25 años se siente identificado con tipos como Javier Milei o José Luis Espert.

Decía al principio del texto que las ideologías tienen la bondad y la maldad al mismo tiempo de que no hace falta otra cosa que decirse parte de ellas para ser considerado dentro o señalar a otro para meterlo. ¿No es Alberto el que dice que el sistema capitalista global ha fracasado? ¿Ahora le suma que el liberalismo trae penurias para millones y beneficios para unos pocos? ¿Quién de la lista de Cavallo le enseñó economía, el Mingo o Pimpi Colombo?

Mientras terminamos de digerir que, si piden la renuncia o el juicio político a Alberto por pelotudo, su mandato debería completarlo Cristina con Massa en la línea de sucesión, podemos aprovechar para preguntarnos por qué el liberalismo argentino es tan, pero tan… Eso.

Los números hablan por sí solos: desde que el liberalismo reemplazó al mercantilismo la población mundial no ha parado de crecer en número y en expectativa de vida. La relación de pobreza-cantidad de habitantes se encuentra en el mínimo de la historia de la humanidad. ¿Alberto cree que ese sistema no funciona? Obvio: prefiere el mercantilismo corporativista en el que los negocios son para algunos y al resto se lo caga a impuestazos?

La base está ahí y se ha repetido varias veces. La combinación de miseria económica y falta de credibilidad en el Gobierno por culpa de sus propias ostentaciones de privilegios solo puede dar lugar al otro extremo: un cambio radical en lo económico y una restauración de valores morales. Y ahí lo que yo, al menos yo veo como desagradable: el extremo moralista como factor dirigista de la política.

Ante una situación extrema el ser humano tiende al comportamiento primitivo. Y no hay forma más primitiva de razonamiento que el pensamiento dual. Dios o el Diablo, derecha o izquierda, capitalismo o comunismo, membrillo o batata, con o sin papa. ¿Ancha avenida del medio? La 9 de Julio. El resto es crisis de representación.

No quiero hablar a favor de Javier Milei porque es imposible sostener un espíritu liberal citando textos bíblicos, tampoco pienso hacerlo a favor de José Luis Espert ni de López Murphy porque no es mi función hablar a favor de nadie. ¿Pero cómo se puede dar por fracasado un racimo de ideas al que nunca se le dio la oportunidad necesaria?

Y ante esta oportunidad única en la que los referentes liberales tienen cámara y vocación de poder, tenemos tanta, pero tanta mala leche que algunos se nos aparecen con un discurso fuerte, estridente, pero flojo como un flan en materia de convicciones liberales. Salvo que creamos que solo existe libertad económica.

¿Cómo pueden los antiliberales y los liberales patrios citar políticas económicas de los gobiernos de Pinochet o de Videla? ¿Cómo es que no se dan cuenta de que no tiene sentido una economía liberalizada si no hay una cultura que la acompañe? ¿Tanto estudio al pedo?

Respeto a los ilustrados en muchas materias y me cuesta confiar en los que solo conocen de una. Porque cuando se trata de la vida en sociedad hay un todo. Los políticos que entienden solo de política son un claro ejemplo: como entienden sólo de política, no hacen otra cosa que política y por eso no entienden realmente de nada de lo que se ve afectado por la política. Cuando veo que un tipo antisistema va hacia la política comienzo a temblar a la espera de que esté medianamente preparado. Y ahí me cae don Javier y dice que el calentamiento global es un invento marxista porque hace 15 años decían que la Tierra se iba a congelar. Se ve que cree que El día después de mañana es un documental.

El problema de los que se presentan como antisistemas es que no sabemos qué cosa sería el sistema. Tenemos una Constitución que es tomada por los políticos como un listado de sugerencias. Si partimos de esa base, todos son antisistema: se manejan por fuera del sistema que debería regir. Cuando el sistema no funciona por culpa de tipos que no lo cumplen, hay dos posibilidades: un pro sistema que lo encarrile o uno que termine de pudrir todo. Lo dije en este texto, lo estamos viendo.

No veo como algo muy propio de un liberal decir que el Estado es una creación de “El Maligno” y citar como fuente al Evangelio de Lucas. Ni siquiera lo veo en el marco de una persona que no tenga como parámetro del universo al creacionismo. Más que nada porque los Estados Primarios de Aduba y Uruk se formaron unos 3000 años antes de Cristo, con una notoria diferencia de 3033 años entre el hecho y la vivencia relatada por Lucas.

Y salvo que El Maligno haya pululado por Alemania en el siglo XVII, veo difícil que tenga algo que ver con los Tratados de Westfalia y el nacimiento del Estado Nación moderno. Una cosa es John Locke y su uso del Génesis para justificar el derecho natural a la propiedad privada y otra es, en el año 2021, acercar el moralismo religioso para dar sustento a una política económica liberal.

No hay que cargar contra Milei. Él no deja de ser un producto de este sistema y es muy vivo al captar a los millones de evangelistas que se sienten huérfanos con el PRO y que desconfían de Larreta, a pesar de que el Jefe de Gobierno les dio a los pastores hasta las charlas a los cadetes de la Policía porteña.

Alguna vez iba a pasar. La política no acepta vacíos y al común del ser humano no le gusta la idea de sentarse a tomar un cafecito con el que acaba de cagarlo a trompadas por tercera vez. En una dialéctica argentina en la que una gestión se va a un extremo es lógico que la reacción esperable sea de igual magnitud.

Así como Alberto Fernández se asustó por la fuga de los jóvenes a quienes nada tiene para ofrecerles un partido en el que el último joven que vivió con Néstor Kirchner de presidente hoy pisa los cuarenta años, Horacio Rodríguez Larreta tiene otra preocupación: la única alternativa a Milei que ve el votante liberal es López Murphy, la misma alternativa que mira el que no quiere votar a Vidal dentro de Juntos por el Cambio.

El problema no es Milei sino lo que se configura detrás de él y que se escapa de vez en cuando en sus declaraciones con cada vez más ribetes religiosos. Samuel Huntington escribió en 1993 un artículo llamado Choque de Civilizaciones –más tarde un libro– en el cual dividía al mundo en diferentes culturas religiosas. Absolutamente criticable por lo arbitrario de algunas ubicaciones –España, Portugal e Italia formaban parte de Occidente junto a los países protestantes y no América Latina– hoy cobra otro sentido.

O sea: creo que si el polémico Huntington estuviera vivo, podría reconfigurar el Choque de Civilizaciones en otro aspecto; algo así como teocracias versus estados liberales.

En Estados Unidos el 81% de los evangélicos le dieron su voto a Donald John Trump. Nunca había ocurrido antes con ningún otro candidato. En 2018 Jair Messias Bolsonaro logró algo insólito aunque previsible: el 70% de los 70 millones de brasileños evangelistas votaron por él y por su discurso plagado de citas bíblicas, en pos de una familia tradicional y contra las ideologías de las minorías a las que considera parte del marxismo cultural.

Ese mismo año, en la Argentina, dos millones de evangelistas se congregaron para manifestarse en contra de la despenalización del aborto y sumaron su presencia a una multitud de personas que iban por sus propias creencias. Dos palos. Tiempo después, Agustín Laje protagonizó un debate con Gloria Álvarez en el que los seguidores de Laje dieron por derrotada a la blonda guatemalteca. Ingratitud argentina: durante unos años fueron las visitas de Gloria Álvarez el punto de encuentro de la esperanza liberal local. Pero su postura a favor de la libertad de hacer con tu culo un florero si tenés ganas, la sacaron del altar del liberalismo teocrático argentino y la depositaron en el lugar donde va todo lo que allí no entra: marxismo cultural.

Si algo marcó la diferencia entre Occidente y el resto del mundo no fue la religión, sino la creencia en un Estado laico frente a teocracias. Importa poco si es el Islám, el Catolicismo, el judaísmo, el Evangelismo Protestante o el de pastores de garages. En cuanto un Estado aborda la política en base a textos religiosos podemos considerar que nos acercamos cada vez más a un punto de fracaso total. Siglos de guerras, millones de litros de sangre derramada para que el Estado sea administrado por los hombres en nombre de los hombres y no en nombre de lo que otro hombre diga que dice Dios. Estados Unidos tambalea sobre una base democrática que descree de la democracia y exige desde los textos sagrados el respeto a su libertad. Qué nos queda al resto.

Nuestra historia es demasiado abundante como para abordarla en un texto, pero puede resumirse en dos paradojas: muchos de los logros sociales que la progresía reclama para sí fueron llevados a cabo por personas que detestan, desde la separación entre Iglesia y Estado hasta la educación pública, laica y gratuita. Incluso el voto femenino ya era tema de debate para 1868, cuando Carlos Pellegrini egresó de la facultad con una tesis sobre el derecho de la mujer al sufragio.

Del mismo modo, todos los ídolos que levantan los conservadores argentinos hoy serían colgados por zurdos. ¿Qué pensarían nuestros superhéroes liberales si alguien propusiera construir un mega edificio con miles de empleados y gastara un dineral de fondos públicos en propaganda alrededor del mundo para atraer inmigrantes de las zonas más pobres? ¿Qué dirían si se enteraran que el plan incluye darles alojamiento, comida, educación, vacunas y hasta curarlos si hiciera falta?

Pero el Hotel de los Inmigrantes existió. Primero fue una asociación civil subvencionada por el Estado desde 1857 y, en 1881, fue inaugurado otro edificio durante la presidencia de Julio Roca. Sí, Roca. Y el inmenso hotel final, el que todos podemos visitar en la actualidad, comenzó a ser construido en 1906 durante la gestión de José Figueroa Alcorta y fue inaugurado por Roque Sáenz Peña. Todos zurdos comunistas del gasto público o todos fachos conservadores; depende de qué parte del análisis dualista de la historia argentina estemos parados.

Cada uno hace su propio beneficio de inventario. Ya no digo de la historia argentina porque el daño está hecho: se cuestiona a Sarmiento desde la comodidad de contar con un sistema educativo público y laico. Pero en el siglo XVI ya había sido fundada la ciudad de Buenos Aires dentro de lo que eran territorios españoles. El período llamado de “las grandes presidencias” por sus fans, o “de la oligarquía terrateniente” por sus detractores duró menos de cincuenta años en un lugar con cinco siglos de historia económica absolutista. ¿Y esas ideas liberales internacionales que crearon un país que aún sobrevive son las culpables de todo lo que nos pasa? ¿Esas ideas y no las que se aplican desde hace siglos?

En algún momento el país ideado, planificado y construido por liberales se torció. Por eso no deja de sorprenderme que se hable tanto de liberalismo en los últimos años. Aunque sea interpretado como el orto, aunque sus principales exponentes tengan delirios místicos, aunque muchos de los autopercibidos liberales se opongan a los derechos individuales de las personas y demuestren que solo son conservadores que no quieren pagar impuestos o, más sencillamente, quilomberos sin mucha lectura.

El político promedio sabe gobernar con plata. A este gobierno le ha tocado administrar lo que haiga. Y no hay mucho. Por eso creo que la mejor forma de convertir ideológicamente a cualquier sujeto es ayudarlo a incrementar sus ingresos. No es solidaridad, es puro egoísmo: en cuanto le llegue la notificación de que fue recategorizado compulsivamente por el fisco y tras explicarle por qué es necesario que siga siendo socio fifty-fifty con el Estado, hasta el mayor de los troskos terminará con un póster de Friedrich Hayek en sunga. Si no me creen, chusmeen la cuenta de Twitter de Gabriel Solano del Partido Obrero.

El cambio es cultural y no puede ser impuesto. De nada sirven los insultos ni las prepoteadas porque la libertad es un derecho y, como tal, nadie puede ser obligado a ejercerlo. Ese cambio cultural debe ser y tiene que ser con el ejemplo y la didáctica paciente que lleve a que todos podamos comprender que no hay libertad económica sin la consciencia plena de lo que significa ser libre. Si no somos conscientes de eso, le daremos la razón a Henri-Frédéric Amiel, quien sostenía que el liberalismo «se alimenta de abstracciones, puesto que cree posible la libertad sin individuos libres».

Y no hay libertad económica sostenible en el tiempo sin una cultura de libertad individual en lo social, sin respeto a las minorías, sin aceptar que podemos creer en Dios, Alá, Jehová, Buda o en nadie, y que precisamente por ello las políticas y leyes deben pensarse para todos.

No se puede ser conservador en lo social, liberal en lo económico y, al mismo tiempo, pretender que aquellos que no tienen patrimonio entiendan el valor de la libertad económica.

En fin. ¿Qué hace falta para ser liberal?

PD: Creo que Alberto entendió que nunca más tiene que olvidarse de poner a Cristina en una foto partidaria. Pucha.

PD II: Sabe que le hicieron precio.

PD III: Chau a la reelección y a partir de diciembre a probar cómo funciona el sistema parlamentario con un presidente decorativo del todo.

PD IV: Aunque este se trate de un texto de delirantes místicos, Lilita tiene razón. Piensen dos minutos en la línea sucesoria.

PD V: Los Juegos del Ego comenzaron y ni avisaron. Los sótanos de la democracia están muy bonitos.

PD VI: Es obvio que hay videos.

PD VII: Va de vuelta. Ojo con Massa.

PD VIII: Aunque todo cambie, nada cambiará. La única ideología es el Poder.

ACLARACION: Me comprenden las generales de la ley. Conozco a Javier desde hace años y siempre me he reído de sus ocurrencias fuera de cámara mientras manteníamos charlas de pasillo. Va con amor y sin rencor. Como en Corintios 13: 4-5.

 

 

El que es generoso prospera (Proverbios 11:25). Si te gustó y tenés ganas, te acepto un cafecito:

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¿Qué son los cafecitos? Aquí lo explico.