Un país en oferta y sin gobierno

Desde 1991 hay un territorio que dice ser un país pero que, en la práctica, no lo es. O sea: hace 31 años que ningún gobierno central logra ser reconocido por sus pares dentro del propio territorio que dice administrar. Ese país se llama Somalía y es el ejemplo estelar de Estado Fallido en toda su dimensión. Pero, quizá, lo más curioso de la situación es que dos de las regiones que no acatan al gobierno central se han convertido en lugares políticamente estables a pesar de no ser reconocidos por nadie. El gobierno central, mientras tanto, aún sostiene que tiene el control de todo el territorio mientras se les matan de risa.

Puede que les parezca demasiado extremo mencionar a Somalía al iniciar un texto pero eso, lamento informar, tiene más que ver con nuestro sesgo de aún creer que somos superiores a otros. En realidad lo somos, todavía, gracias a dos factores: lo que alguna vez fue la Argentina y la inercia. Básicamente, vivimos de las sobras.

Habitamos un país que tiene un gobierno central que no gobierna. Efectivamente no lo hace en ninguna de sus áreas por fuera de la económica, lo cual ya dice mucho.

Cada tanto ocurre algún hecho que nos recuerda esta situación en la que tener una veintena de ministerios genera que no puedan pasar por la puerta todos al mismo tiempo. Hay que turnarse. Durante la pandemia rigió el gobierno del ministerio de Salud. Ahora rige el gobierno del ministerio de Economía. Y como no hay coordinación que haga falta dado que el resto se rasca a cuatro manos, llegamos a esta situación:

Nos quedamos sin cubiertas para vehículos, sin producción automotriz, con un grupo de desaforados que acampa en un edificio federal llamado ministerio de Trabajo, con la avenida 9 de Julio convertida en camping, con un nuevo aumento en los combustibles, con un efecto cascada de colegios tomados en la ciudad de Buenos Aires, con piquetes que son despejados a los tiros por barrabravas y con terroristas que corren a balazos a gendarmes para luego incendiar la posta en la que cumplían servicio.

Y todo ocurrió en una semana.

¿Realmente creen que el problema es “la falta de neumáticos”? Ya son varios los medios que se refieren al conflicto gremial como “el salvaje paro”. Literal. La palabra es “salvaje” y la podemos leer en cualquier medio gráfico. ¿Saben por qué? Porque el sindicato de prensa que reemplazó a la antigua UTPBA es el Sipreba, lleno de la misma tendencia política que hoy preside el sindicato de trabajadores del neumático.

Decir salvaje en lugar de permitir que el lector saque sus propias conclusiones es una forma de abrir el paraguas. O sea: si en un gremio en el que se gana un salario aceptable, como lo es el de los neumáticos, ocurre lo que todos vemos, imaginen el cagazo frente a la precariedad salarial y contractual de la inmensa mayoría de los trabajadores de prensa de la Argentina.

No, no me pongo del lado de los sindicalistas, solo me causa gracia que se llame “salvaje medida de fuerza” al resultado obvio de una política de Estado que no podía terminar de otra manera.

Llevamos décadas de inflación. Literalmente, décadas. ¿Qué hicieron los históricos gremios peronistas durante todo ese período? En su inmensa mayoría colaboraron para fijar salarios mínimos por debajo de cualquier parámetro de dignidad laboral y transaron paritarias, por lo general, muy por debajo del índice inflacionario real. ¿Cómo no se los iban a comer crudos a la primera oportunidad? Cuando los troskos comenzaron a armar sus comisiones internas en las redacciones periodísticas fue cuestión de tiempo hasta que naciera Sipreba. ¿Motivos? Varios, pero el que yo presencié fueron las paritarias. Un año en el que hubo una inflación oficial de 12% y una real de 32%, el gremio tradicional –y oficialista– cerró una indexación salarial de 20% y en cuotas. Tres años seguidos con la misma circunstancia. ¿Qué esperaban? Informábamos la inflación y nos cagaban. ¿No se la vieron venir?

En medio del caos de las paritarias del kirchnerismo durante la gestión de Cristina, el oficialismo tuvo el temita de que un sindicato peronista mató a un militante de otro partido en medio de una protesta de los trabajadores de los ferrocarriles. ¿Por qué protestaban? Porque querían tener las mismas condiciones laborales que el resto de sus compañeros. ¿Acaso esa no es esa una máxima peronista? No solo el sindicato no se hizo eco si no que, por si fuera poco, todo terminó a los tiros.

Esto va más allá de si estoy de acuerdo o no con lo que actualmente se reclama. De hecho, cuesta estar en desacuerdo con la cuestión de fondo: que el poder adquisitivo no se vaya al tacho año tras año, mes a mes. Pero no deja de causar gracia que, detrás de eso que llaman salvajada, no mencionen el verdadero trasfondo: que hay que joderse porque los sindicatos peronistas se dedicaron a ser oficialismo en vez de cumplir con su función.

En medio de todo esto, y con el verso de que el peronismo no reprime la protesta social –salvo cuando te firma un Plan Cóndor en 1975 o te corre a balazos de goma en la Panamericana– durante años se alimentó a un sector político minoritario que llevó al paroxismo la desproporción entre lo que cree representar cuando se manifiesta y lo que realmente representa. Quizá, si la izquierda revolucionaria viera de vez en tanto cómo les va en cada elección, no hablarían en nombre de ningún pueblo: en su mejor desempeño electoral alcanzaron el 5% de votos de los 24 millones que participaron de los últimos comicios en un país con 47 millones de habitantes.

Pero no puedo evitar reírme. Por negarse a formar sucesores y no querer largar el trono sindical, los líderes gremiales tradicionales envejecieron. Por ser oficialistas, los sindicatos perdieron todos los terrenos. Y el Gobierno reposó su espalda sobre un poderío sindical que ya no existe y en una sociedad que coloca al sindicalismo en el podio de las instituciones con peor imagen del país. En cada encuesta. Desde hace años.

Así es que terminamos con un oficialismo en el que los cincuentones de La Cámpora quieren hacerse los guapos. Y solo les dio para incentivar la toma de colegios en la Ciudad de Buenos Aires. Espero que no lo nieguen, que ya somos varios los que vimos los mails en los que piden que, por favor, vayan a cubrir con algún móvil una toma en Liniers o Villa Ojete.

Mirá a los guapos, mirá a la nueva generación que venía a reformar al peronismo. Hoy al oficialismo le da el cuero solo para mandar a pibes a ser carne de cañón de la frustración adolescente de sus padres aburguesados. No se les puede pedir más. ¿O acaso los vamos a mandar a guapear en el ducado de Formosa o a pedir que envíen viandas imaginarias a colegios inexistentes en zonas donde la solidaridad de la Patria es el Otro corre por la misma vía imaginaria que los Reyes Magos, el Ratón Pérez y el currículum vitae de Máximo? ¿Cuánto duran frente al compañerazo Gildo Puño de Hierro Insfrán?

Si existe una gran paradoja del signo político que gobierna es que han levantado la bandera del Estado como ente ordenador de cada actividad de la vida del ciudadano. El Estado presente hasta cuando vas al baño. Esa presencia se ha convertido en un sistema fácil de explicar: si funciona, se lo regula; si aún funciona se lo caga a impuestos y, cuando deje de funcionar, se lo subsidia.

¿Cuál sería la gran paradoja? El nivel de anarquía total que vivimos. El Estado es presente pero en coma etílico. Un presidente que se dedica a pasear por el mundo, una vice que nos martiriza con sus problemas judiciales y un gabinete del que sólo tenemos noticias del ministro de Economía.

El ministerio de Seguridad no sabe qué pasa en Rosario y no se calienta ni aunque prendan fuego una posta de una fuerza federal que de él depende. En Ambiente no logran hacer nada por los incendios porque el humo les impide ver. En Justicia tenemos a un militante en contra del Poder Judicial. La ministra de la Mujer es una gran tuitera de lo que le conviene y una gran distraída de lo que le conviene a Manzur.

¿Transporte? En manos de los camioneros. Ni así se calientan en asomar la nariz, no vaya a ser cosa que les digan que intervengan en el conflicto de los neumáticos que, casualmente, es a quienes más afecta.

¿Interior? No solo no se calienta en lo que pasa con el terrorismo patagónico –ni que quedara dentro de la Argentina– sino que, en su sueño húmedo de ser Presidente, Eduardo De Pedro viajó a Estados Unidos en algo que debe ser una prueba piloto del dolar turista, si no, no se explica. ¿Cuál sería el motivo? ¿Acaso el representante de las provincias unidas en el extranjero no le llamamos “Presidente”?

¿Ningún diputado de la oposición le pedirá explicaciones? “Fue a buscar inversiones para las provincias del Norte”, dicen desde la Rosada. No figura esa opción en sus funciones. Sí figura en la de Tony Cafiero Grandson. ¿Alguna explicación que cuadre dentro de algo justificable? En medio del viaje más al pedo, el ministro le agradeció al Secretario de Estado “el respaldo” tras el atentado a Cristina. Esa cosa de putear a los yanquis hasta que se nos ponen en frente… Ahí no hay pañal que aguante.

Los ministros de Cultura, de Educación y de Ciencia tienen a un manequí en sus escritorios porque ni da salir de la casa para pasarse el día en la nada misma. Si total, para ver cómo Massa les recorta el presupuesto, pueden hacerlo desde sus casas.

Y mejor ni hablar de nuestra vidriera: The Cancishería, allí donde felicitan a países por fechas equivocadas, inventan idiomas parecidos al inglés y donde no conocen las banderas ni saben usar Google para chequear.

Una foto sencilla para explicar cómo nos han domado culturalmente es el escándalo generado al enterarnos cuánto cobrarán los trabajadores de los neumáticos luego de obtener todos y cada uno de los puntos que reclamaban, o cuánto les aumentaron a los bancarios. Si tenemos una inflación del 100% al año, ¿por qué nos indignamos con los que consiguen mantener el poder adquisitivo en vez de reclamar a quienes deberían mantener el nuestro? No los puteo, los envidio. Ojalá mis ingresos se actualizaran del mismo modo.

Nada corre para los monotributistas, como el pelotudo que escribe estas líneas, que estamos fuera de cualquier política laboral del gobierno que ha hecho de los derechos laborales una bandera. Lástima que la izaron tan alto que ya nadie la ve.

Los empresarios, por otro lado, tienen el serio problema de un país con más trabas que querer cobrarle un juicio a la Anses. Quizá sea por eso, y no otra cosa, que Sergio Massa salió al cruce de los sindicatos sin ser un área (para variar) de su incumbencia. Pero, hasta que logren sacar de debajo de la cama al ministro de Trabajo, o hasta que Alberto tenga un lugarcito en su agenda de líder internacional, no le quedó otra al Híperministro. No debe ser fácil buscar inversiones y que se te vaya Bridgestone por un sindicalista con problemitas de contención psiquiátrica.

La novedad de un gobierno no peronista que finaliza su mandato y demuestra que no solo el peronismo puede gobernar se ha extendido a esta gestión que nos recuerda que los peronistas también pueden estrolar la calesita. Y después dicen que nunca nos pasa nada nuevo.

El Modelo envejeció, no más. Es como el último hijo sorpresa, ese que agarra a sus padres cansados y hace cualquiera. ¿Quién puede decir que un nene tiene cara de estafador? No, nos parece precioso, es solo un nene.

Pero El Modelo siempre fue esto, desde que era un purrete simpático. Siempre fue maquillar la realidad, apretar con sindicatos, atornillarse al poder, nunca cambiar, nunca entregar una migaja, transar y entregar la calle al caos.

Con todo este panorama es que me descompongo cuando escucho que la forma de cambiar a la Argentina es mediante la educación y a largo plazo para modificar nuestra cultura.

¿En serio? ¿Y quién educará?

Al notar que La Cámpora movilizó a los únicos que quedan con ganas de hacer bardo, los troskos se sintieron heridos y se sumaron. Gabriel Solano, legislador del MST, grabó en piedra una pieza de arte.

“Miren lo que son las pasantías de Larreta y Acuña:
hacer las camas y limpiar los vidrios de un hotel y servir gaseosa en un cine.
¿Esto es formación o trabajo gratuito y descalificación pedagógica?”.

No tengo idea de si es pedagógico o no. Lo que sí acabo de darme cuenta es de dónde viene ese delirio juvenil de buena parte de la población de querer comenzar a trabajar directamente como CEO de Coca-Cola: de la generación que los crió.

Mi primer empleo consistió en levantarme a las 4.30 para armar diarios por una paga en negro como jornalero sin el control de absolutamente nadie. ¿Sería reducción a la servidumbre? Muchos de mis compañeros fueron a McDonalds y otros pasaron por talleres mecánicos y cines. Nadie nos obligaba, no era una materia. No sé cuánto habrá sumado a mi pedagogía, aunque como alumno de un comercial hubo cosas de control de stock y arqueo de caja que me salían solas.

Lo que sí aprendí lo noté recién cuando me toco trabajar de otras cosas: que no todos son jefes, que por algo cada empleado tiene una función, que el trato respetuoso es un deber y, fundamentalmente, que la guita entra en función a las responsabilidades que se ganan con experiencia.

Lo curioso es que, al trabajar de algo totalmente ajeno a mis intereses, me quedó el chip “no se me caen los anillos”. Si no me dan las cuentas, aún hoy salgo de Uber antes de comenzar a quejarme. No sé si es fuerza de voluntad o saber que las cuentas se tienen que pagar ya y no tengo tiempo de esperar la resolución de un reclamo.

Que un partido que se autodenomina Obrero vea esas actividades como marginales, ya dice demasiado. El resto lo dice la imagen de un partido que dice ser el creador de los derechos laborales y que hoy sostiene que trabajar no es digno.

Los cambios culturales llevan tiempo. Nadie puede imponer un cambio por la fuerza. Y soy de los que creen que los cambios no ocurren de arriba hacia abajo, ni de abajo hacia arriba, sino en pinzas. Los de abajo se calientan lo suficiente como para que los de arriba se asusten y comienzan a cambiar las cosas. Total, para el político, cambiar es lo de menos.

Las ideologías, en la Argentina, tienen menos valor que nuestra moneda. Y no está mal. Quizá comencemos a hacer lo que corresponde y no lo que nuestro deseo adolescente trunco nos pucherea.

Nicolás Lucca

 

 

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