Vacuna, Miami, privilegio y congoja del progre posmo

Quedó tapado. Con las nuevas restricciones ya en marcha hemos olvidado quiénes realmente la pasan mal: los que se sienten partes de un proyecto nacional y tienen que viajar a Miami a buscar una vacuna. Entiendo que es difícil. Nosotros atrapados en nuestras casas, con el perro que ya no quiere salir a la calle de tantas veces que los usamos de excusa; ellos en vuelo hacia las cálidas playas de La Florida a recibir una vacuna monodosis de un laboratorio de esos que “está bien que no les compremos por garcas”.

Unos dicen que se enojaron, no como nosotros, que de boca del Presidente solo recibimos un trato paternalista, análisis de lo que padecemos y delirios premonitorios en un eterno “yo ya lo había dicho” por cadena nacional. Es simpático, casi como si el mecánico nos dijera “te avisé que te ibas a hacer torta si no cambiábamos las pastillas de freno”.

Y no las cambió.

Realmente me apena tanto sufrimiento del que tiene que irse a la península norteamericana. Y uno cree que la pasa mal acá, cuando somos unos verdaderos privilegiados que nos mantendremos encerrados hasta que el gobierno nos consiga una vacuna o nos coman los piojos. Lo que ocurra primero. Y eso que yo tengo la suerte de salir a buscar el virus cada día porque, de un modo absolutamente extraño, las autoridades sanitarias consideran que mi trabajo es lo suficientemente esencial como para que pueda circular, pero no tanto como para calificar para una vacuna. Básicamente, tengo un certificado para contagiarme y esparcirlo. Pero deberían ver la chapa que da para decirles a los demás lo que tienen que hacer y cómo deben cuidarse.

Les creo. En serio, les creo a los acongojados de las blancas arenas imperiales porque así se auto programaron en sus personajes de discurso progresista. Ese en el que les duele la pobreza y les molesta que se note que tienen plata. Con lo fácil que es aceptar que a uno le fue lo suficientemente bien como para darse un gusto. Tenés plata, podés hacerlo ¿cuál es el problema? Salvo que hayan tomado conciencia de que Miami era un destino aspiracional de la clase media a pagar en quinientas mil cuotas y hoy ni siquiera se puede soñar con esa chance. Quizá, si piensan en ese punto, se den cuenta de que el país no solo tiene un problema sanitario: está detonado.

Posta que les creo que están acongojados y valoro más al que lo reconoce que a aquel que dice que lo hace por enojo. Me apena que crean que tienen que darle explicaciones a terceros cuando en realidad se piden disculpas a sí mismos. Tanto putear a la meritocracia y defender el igualitarismo y al final los salvó el mérito de haber ganado guita. A la mayoría de los argentinos les queda la igualdad de pagar los impuestos para subsidiar a la aerolínea de bandera que en la vida usarán.

Sienten que se traicionaron a sí mismos cuando tendrían que sentirse felices de tener la oportunidad que otros no tienen. Lo que pasa es que, al progre posmo, básicamente le molesta que alguien crea que es un privilegiado. No, el privilegio no le jode, solo que se lo hagan notar.

Solo un privilegiado puede ofenderse porque el que se caga de hambre deja de acatar las órdenes del gobierno. Solo un privilegiado puede pedirle al que no tiene laburo que aguante uno, dos años sin solución visible en un futuro a su situación sanitaria ni mucho menos económica.

Incluso, el progre posmo encontró la excusa perfecta en una frase cada vez más repetida: “mi diferencia con los capitalistas es que yo quiero que a todos les vaya bien como a mí”. Una pelotudez que no resiste la mínima ecuación. Primero, porque su estilo de vida está marcado por el acceso al consumismo capitalista de productos comunes en otros países, pero que aquí se consideran objetos suntuosos. Y segundo porque, si todos tuvieran su mismo poder adquisitivo, no conseguirían a nadie que les limpie la casa, les arregle las cañerías, les haga el revoque fino de la pared, les corte el pasto ni cuide a sus hijos por la sencilla razón de que nadie con ese poder adquisitivo se dedicaría a esos empleos mal remunerados por sujetos que quieren que a todos les vaya bien.

Creo que el mayor problema es que abrazaron a un fenómeno y no a una causa. Quiero decir que, para abrazar una ideología y sentirse identificado con ella, normalmente la gente estudia, lee de qué se trata. Acá alguien les dijo que un presidente quiere la paz mundial y con eso alcanza. De allí a ver a un tipo que reivindica a Perón, Mao, Fidel y Putin en un mismo acto de desprecio por los libros de historia; nada.

El progre posmo es naturalmente urbano. Si se crio en un barrio popular del que rajó en cuanto pudo, lo recuerda cada vez que necesita sacar chapa de tipo popular. Aunque si hubiera vuelto al barrio aunque sea para ver cómo se encuentra la placita, notaría que hoy lo duermen en dos sopapos.

Se hicieron medianamente acaudalados durante el neoliberalismo que dicen aborrecer, pero llevan un estilo de vida que le infla el pecho de orgullo a Omar Fassi Lavalle. Obviamente, se dan lujos para unos pocos y envían a sus hijos a las mejores escuelas privadas que el dinero pueda pagar y cuidan la salud familiar con el mejor plan que la plata pueda comprar. Ante este panorama, es obvio que entren en colapso al ver que ni con la mejor prepaga pueden acceder a una vacuna.

Es curioso porque en un principio acompañaron las frases de Alberto Fernández, quien aseguraba que no contábamos con las millones de vacunas comprometidas para diciembre –ni las de enero, ni las de febrero, ni las de marzo y así– por culpa de las leyes de oferta y demanda en un mundo capitalista. Un mundo capitalista que el propio Fernández dice que agoniza. Mucho diagnóstico pero poca explicación sobre 14 millones de vacunas despreciadas. ¿Querían ver al progre con culpa? ¿Están satisfechos ahora que no podrá dormir en el hotel? ¿Creen que es feliz por darse cuenta que ahorraba energías si se iba a vacunar a Miami?

Con la Parca de paseo por el barrio es otra cosa, viste. Cuando se dispararon los casos entraron en crisis porque entraron en juego sus propias vidas por una vacuna que podían conseguir gracias a sus privilegios. Pero, sin embargo, la ceguera les impidió ver que siempre tuvieron ese enorme privilegio de una mejor salud. ¿O acaso ellos nunca se preguntaron por qué conservan una sonrisa Kolynos mientras la mayoría de los pobres llegan con serios problemas bucales a los treinta años? ¿Nunca se dieron cuenta de la diferencia de recursos y de acceso a la salud entre los pobres y el resto de la sociedad? ¿Nunca hablaron con nadie en la vida como para saber el martirio que implica que un adulto mayor de tu familia caiga en manos del PAMI?

Cuando se acabó el uno a uno sintieron por primera vez el enorme privilegio con el que contaban. Quizá se sintieron culpables de haber disfrutado tanto y de comenzar una nueva etapa del país con un sustento económico superior al del resto de los mortales. Cuando la política comenzó a culpar al plan económico de la era Menem, encontraron la excusa perfecta. Total, todos puteaban a Menem.

Pero eso era historia, ya había pasado. Y como ya había sucedido, resultaba muy cómodo para la sociedad aceptar el relato de que el menemismo mantuvo subyugado económicamente a un país contra su voluntad. Y eso que en 1999 ganó el candidato que proponía mantener el modelo de la Convertibilidad. Comodísimo como todos los análisis que hacemos de la historia de la Argentina: nunca nadie quiso nada, siempre fueron los extraterrestres.

Pero la pandemia ocurre ahora. La gestión sanitaria es de hoy. La ausencia de vacunas ocurre ahorita mismo y no hay chances de culpar a otro en tiempo pasado. Y no debe ser fácil.

Creo que el principal problema del progre posmo es que no cuenta con el bagaje intelectual del progre tradicional. Por si fuera poco, quedan cada vez menos; los que no murieron, fueron cooptados por el kirchnerismo a través de cargos o sueldazos y cámaras que les garantizaran el reconocimiento que siempre quisieron. Obviamente, el pequeño grupo que no se vendió al conservadurismo popular con maquillaje progresista quedó lejos de cualquier privilegio.

Por definición, el progre posmo fue forjado por la oratoria de la primera década del siglo XXI. Fue cuando el progresismo estaba de moda impulsado por una ola que bañaba a toda Sudamérica. Buena parte de quienes transcurrieron sus vidas en la marginalidad de la política real –más allá de alguna que otra banca por voto irónico– vieron el último tren hacia algo y se subieron. A ellos gracias, el populismo que reprimarizó casi todas las economías de la región contó con un discurso proveniente de los intelectuales. Y podían justificar cualquier cosa, desde la multiplicación por el mil por ciento de los barrios carenciados –expulsados por las economías primarias provinciales– hasta la dependencia casi total de los dólares provistos por el sector agropecuario al que trataban de oligarcas vendepatria. Como si alguien quisiera comprarnos con nosotros adentro.

El tiempo pasó. La vuelta del kirchnerismo al Poder los ilusionó con revivir un momento en el que ser privilegiado tenía un reparo emocional, romántico y discursivo. Pero la pandemia se los llevó puestos. Porque, en definitiva, el daño colateral más notorio del Covid lo ha recibido la dirigencia de cada país. Pocas cosas en la historia reciente han servido tanto para mostrar las realidades que cada Estado tapó de algún modo. Así quedaron en evidencia los países que realmente tenían menos brechas entre pobres y ricos; o los que tenían un mejor sistema de salud.

En un principio y a nivel mundial se notó el privilegio de quienes tenían mayores recursos para afrontar el cierre económico frente a quienes sus oficios les impiden la virtualidad. Con el paso de los meses, los trabajadores esenciales comenzaron a ser los nuevos privilegiados por conservar sus empleos y poder desplazarse libremente. Más privilegiados resultaron los trabajadores estatales no esenciales, que conservaron sus empleos sin riesgo al quiebre del dueño.

Entre el resto, los que tienen espalda la pueden aguantar solo si tienen suerte; los que tienen mayores recursos pudieron garantizar mayor calidad de educación a sus hijos; los que viven en zonas más pudientes sobrellevan la inseguridad un poco mejor. Básicamente, un país en el que la mayoría de los chicos son pobres y en el que la desigualdad es tal que estamos en un sálvese quien pueda. Solo que a algunos los acongoja estar de un lado porque saben que tienen suerte y ni en pedo cambiarían ese lugar.

Y los que sienten orgullo de su sistema público de salud terminaron en Miami, vacunados y con culpa. Mientras, el resto de sus compatriotas darían cualquier cosa por conseguir ese privilegio doble: viajar al exterior y vacunarse. Pero solo nos resta esperar que el pedido de limosna que realiza el Gobierno finalmente dé sus frutos. Preferentemente antes de que llegue la décimo quinta ola.

Entre tanto, mi deseo a quienes sienten culpa por viajar a vacunarse es que sean felices. Quizás así, en una de esas, dejan de predicar desde el privilegio.

 

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