Verdaderas batallas culturales en tiempos de veda

Según la Real Academia Española, el vocablo Cultura tiene cuatro acepciones de las cuales aplicamos siempre la segunda y la tercera: «Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico» y «Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc». Un tipo es muy culto, es la cultura general de la época, es cultural y así.

De acuerdo a estas definiciones, un juicio crítico, algo que me permita tomar una idea algo, será construido en base a acontecimientos previos: mi educación escolar, mi educación familiar, mi educación informal, cuánta calle tenga, cuáles son mis traumas, cómo me enteré que los Reyes Magos son los padres, dónde me crié, cuál es la religión que profesaban en casa, el país de origen de los abuelos y un largo, larguísimo listado de traumas y momentos felices.

Desde la lógica, la condición resultante de la suma de todo lo vivido, esa suerte de patrimonio cultural personal, debería modificarse con el transcurso de la vida. De ese modo, mi forma de ver las cosas se vería afectada por un montón de eventos que ya estaban condicionados por mi bagaje previo. O sea: podemos cambiar nuestra forma de ver las cosas.

[Antes de continuar, debo aclarar que este texto fue escrito el miércoles por la noche. Imagínense mi cara cuando escuché a la Vicepresidenta hablar de campañas chatas, discutir y dar la batalla cultural] 

Esto viene a cuento porque en la Argentina decimos que se libra una batalla cultural desde hace años cuando, en realidad, no es así. El kirchnerismo dijo dar esa batalla, el resto dijo que había que darle esa batalla al kirchnerismo que la propuso y, sin embargo, todo se reduce a cosas que, podrán ser culturales, pero ya están zanjadas. O sea: batallas que ya fueron dadas hace décadas o siglos y que nosotros creemos que son necesarias rediscutir.

Amo que al hablar de batalla cultural se coloque al kirchnerismo como el enemigo. Esa es una vara bajísima por las acusaciones que se le aplican al kirchnerismo para combatirlo culturalmente. A ojo de buen cubero: la apropiación de la historia, los comportamientos autoritarios y autocráticos, el desprecio por la independencia de poderes e instituciones republicanas, y la nave nodriza que vendría a ser la corrupción.

La apropiación histórica dura lo que se tarda en formar un criterio propio al leer los libros que se nos antojan. Nadie ha cambiado un voto en su vida por lo que un político tenga para decir sobre la Generación del 80. El resto del listado no es una batalla que se de en el ámbito de la cultura sino en el judicial: los actos administrativos que violan las instituciones están resguardados por leyes y, por si fuera poco, la corrupción no es cultural: es delictiva.

¿Esa es la batalla cultural? Lo dije mil veces y lo repito: que esas cosas no tapen que además gestionan como el orto. No puede ser que sigamos discutiendo modales o respeto a las leyes como propuestas. Ese no puede ser un parámetro. La batalla cultural debería apuntar a que, más allá de los gritos iracundos de algunos y las caras de perros mojados de otros, nadie plantea con seriedad. Incluso cuanto más serios parecen los argumentos, los mismos se convierten en un flan en el preciso momento en el que repasamos los nombres de los socios políticos o se saca al legislador, funcionario o pretendiente de su zona de confort.

Muchos hablan de dar la batalla cultural y solo veo manoseo de palabras que subjetivizaron mucho más de lo que ya son en sus propias definiciones. Ejemplos hay de sobra, pero en los últimos años han abusado sexualmente de tres: Patria, Pueblo y Libertad. ¿Qué son cada cosa? No hablo de definiciones de diccionario, sino de conceptos ideológicos. La Patria y su familia de palabras se han extendido a todo. Cada vez que alguien recurre a tal vocablo para justificar una postura ideológica termina por vaciar de contenido una palabra que ya de por sí es una abstracción subjetiva difícil de explicar a quien se le pregunte.

Con el paso del tiempo hemos recurrido a la palabra Patria del mismo modo que a su hermana de usos vacíos y fáciles: Pueblo. Patria y Pueblo han sido gastadas en discursos tontos como sinónimos de falta de argumentación. Así, cada vez que no sabemos cómo plantear una postura, sacamos de la galera Pueblo y/o Patria y tenemos una motivación. Y mejor ni hablar de Libertad, que directamente tiene una postura antagónica para los que creen en la libertad de los pueblos y quienes creen en las libertades individuales que conforman un pueblo. Ahora resurgió el espécimen que dice creer en la libertad individual dentro del marco de una sociedad guiada por preceptos religiosos.

Por lo general, los conceptos de Patria, Pueblo y Libertad son la guarnición ideal para liderazgos narcisistas, personalistas y, como corresponde, de discurso nacionalista. Pero incluso en ausencia de un liderazgo personalista, el común de la gente tiende a identificarse como parte de un todo. De un todo correcto, obviamente. Así, el Pueblo es el sector de la sociedad al que pertenezco ideológicamente. Si este no es el pueblo ¿el pueblo dónde está?

Y el Pueblo, de pronto, se mide en cantidad de personas por metro cuadrado cuando ocurre una manifestación, o en decimales cuando hay una elección. 5 mil o un millón de personas en las calles son el Pueblo aunque el censo diga que existen varias decenas de millones de argentinos. El porcentaje que haya sacado el candidato ganador es la voz del Pueblo, aunque se haya impuesto con un 30, 40 o 50 por ciento de los votos emitidos de un padrón electoral compuesto sólo por los mayores de 16 años.

Podríamos deducir que, para el Argentino, el Pueblo soy yo y la Patria es aquello en lo que yo creo. ¿Y la libertad? Bueno, depende de a quién le pregunte, vea. Para muchos es romper lazos con el imperialismo. El norteamericano, no el chino. Para otros es no pagar impuestos y el resto vamos viendo.

Borremos de la ecuación las cuestiones elementales. Ya dijimos: la corrupción no puede ser tema de batalla cultural, hay leyes. El griterío y los insultos de histriónicos tampoco es tema de debate. Andá a gritarle a tu vieja que yo no tengo la culpa. Los controles de ingreso y egreso no son debatibles, los abusos policiales no son debatibles, las violaciones de derechos humanos no son debatibles. Todo eso está legislado. A cumplir con la ley y, sobre todo, con la Constitución Nacional y a otra cosa. Que vaya preso quien deba ir preso y chau.

Entiendo que es difícil plantearlo en una campaña tan chata en la que un tipo dijo que tiene ojeras porque duerme siete horas –quién pudiera– y otra vuelve de dos años sabáticos y nos cuenta que tuvo que explicarle a sus tres hijos –dos mayores de edad– por qué no podrá compartir tanto tiempo con ellos. ¿A quiénes les hablan? Vaya a saber uno, pero fíjense lo chato que habrá sido todo que el punto descollante fue una remera con una frase tuitera y un candidato amenazando a un funcionario. Pero cuadrazos.

¿Queremos dar la batalla cultural? ¿Sabemos dónde están los elementos que se tienen que debatir?

Temas hay miles para sugerir pero, más allá de la prepotencia, el griterio, la buena onda, la corrupción o la honestidad, nadie los toca.

¿Está bien que la educación funcione como está? O sea: después de quince meses sin clases –y en algunos distritos 18 y contando– es un lograzo que los chicos estén en las aulas. ¿Los contenidos? ¿Seguimos con este nivel en el que, para el mismo puesto administrativo que antaño ocupaba un perito mercantil hoy hace falta un universitario? ¿Está bien que los sindicatos sean los responsables de capacitar a sus representados? Va para todos los sectores.

No sé si está bien o no, pero estoy abierto al debate. De hecho, quisiera que se discuta y no que se dé por sentado porque “cómo te vas a oponer a los trabajadores” o porque “con el sindicalismo en contra no vas a ningún lado”. Ya sé que es imposible gobernar con los sindicatos en contra. De hecho, de ahí la necesidad de una pelea por el concepto cultural de qué está bien y qué no.

Y no es joda, porque mientras algunos candidatos van con campañas de cuestiones tan elementales como no robar ni gritar, otros plantean revoluciones sin explicar cómo mierda piensan llevarlas a cabo en un país en el que el Poder nunca lo tiene el que ganó las elecciones sino las corporaciones sindicales y los oligopolios que en la puta vida aceptarían regirse por normas que les quiten un cachito de Poder. ¿Vas a reventar la burocracia sindical sin tener un sustento cultural que te acompañe en la cruzada? Golazo. Que avisen a qué hora te velan.

¿Podemos instalar, pelear para que se deje de discutir que la Argentina es un país rico pero mal administrado? Reconocer que tenemos un problema es el punto de partida para intentar una solución. Y no, no somos un país rico. No lo somos. La riqueza de las naciones dejó de medirse en capacidad agropecuaria hace mucho tiempo y nuestro sueño industrial de producir absolutamente todo es inaplicable en el siglo XXI hasta para la economía familiar. ¿O acaso usted, a la hora de cocinar un bife, carnea una vaca que crió durante años y la cocinó sobre una plancha fabricada por usted mismo en una cocina artesanal? ¿A quién se le ocurre vivir solo con lo que produce?

Somos pobres y todos nos hemos empobrecido al punto tal de asustarnos por lo que cuestan las cosas cuando están regaladas: nuestros ingresos son los que se fueron muy a la mierda. No, tampoco somos un país caro. Somos un país absolutamente empobrecido. ¿Un café a 180 pesos te parece caro? Un pesito de hace veinte años. ¿Te imaginás una factura de luz de 20 mil pesos? Era lo que pagaba una casa promedio de clase media sin aire acondicionado hace veinte años: 100 pesos/dólares. ¿Te parece una locura que un libro salga mil pesos? Si tiene más de 400 páginas, es un obsequio: vale la mitad de lo que costaba en términos reales hace unos diez o quince años.

¿Querés dar la batalla cultural de verdad? Hablemos del sistema previsional y cómo lo financiamos. Ahí también estamos colonizados culturalmente. ¿Mandás al pibe a un colegio privado, pagás una prepaga para atender tu salud pero te da miedo que tu jubilación sea un fondo de retiro capitalizable? ¿Vamos a seguir en el camino de sostener que Amado Boudou es un prócer que salvó nuestras jubilaciones cuando en realidad le dio al Estado una bocha de recursos discresionales que se convirtieron en el agujero negro del déficit fiscal? No sé si quiero que vuelvan las administradoras privadas de jubilaciones, pero si al principio me dieron a elegir ¿por qué me obligaron después?

¿Vamos a continuar en la estúpida quimera de pretender detener la destrucción creativa de nuevas tecnologías aunque sea inevitable o vamos a suavizar el impacto con capacitación? ¿Es necesario tener una línea de bandera financiada con el dinero de tipos que never in the puta life tendrán la posibilidad de tomarse un avión porque nadie regala pasajes? ¿Por qué piden más cantidad de diputados por el crecimiento de la población si la proporción actual fue fijada por un decreto del dictador Bignone? ¿Hay leyes dictatoriales malas y leyes buenas?

¿Está bien que para manejar un auto te pidan un apto psicológico pero no para manejar un país? ¿Por qué todos los cargos de la carrera administrativa estatal requiere capacitación y para ser diputado, senador o presidente no hace falta siquiera tener educación primaria? Sí, ya sé que lo dice la Constitución, pero lo pregunto: ¿Le parece bien? Es esa gente que dicta las leyes, esos que nos causan gracia por las burradas que dicen hasta que sus votos son vitales.

Ah, pero la Patria, el Pueblo, la izquierda, el centro, la derecha, el arriba, el abajo y, mientras tanto, la gente se va a la mierda. Lindo debate: ¿Qué vale más: la patria o vivir bien? ¿Por qué no pueden ser las dos cosas juntas? Debatamos si la Patria es cagarnos de hambre pero soberanamente como Cuba, o vivir bien y ser patrióticos de todos modos, como en la mayoría de los países del Primer Mundo.

¿Por qué siempre tiene que ser una opción? ¿Por qué siempre la pistola en la cabeza?

No creo que sea mucho pedir que los que se candidatean conecten con las ideas y no con los valores. El país ya tiene valores: están plasmados en un librito que se llama Constitución Nacional. Discutir valores es chamuyar o no tener contenido real más allá de una propuesta obvia o inaplicable. Porque con los valores nos sacamos de encima a los delincuentes.

¿Y después? ¿Qué se hace con esta bomba de tiempo?

 

 

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