Who is Connie?

Una hora cualquiera de un día normal de semana. Entro a Instagram y veo una historia en la que Connie Ansaldi acompaña a un artista extranjero mientras éste pinta un mural en un bar de Palermo. Paso y resulta que más temprano se había pintado otro en otra pared palermitana. Al rato descubro que están pintando una obra gigante en la casa de Connie Ansaldi. Dentro de su casa. Más tarde Connie aparece dando una charla para un grupo de microemprendedores. Luego, anuncia que estará en el programa de Ángel de Brito en reemplazo de una de las “angelitas”. El día cierra con una salida al cine con su hijo adolescente, pero falta la yapa, con unas copas de madrugada en algún bar porteño. Y todo en un mismo día. Pero ese no es el punto: no importa cuándo uno se cruce con Ansaldi, siempre verá algo radicalmente distinto, lo que lleva a preguntarse cuántas caras tiene Connie. “Todas esas”, dirá entre risas, para luego agregar un sincero “si no me aburro”. 

Entrar al mundo de Constanza Ansaldi es toda una aventura no apta para personas sin energía. Eléctrica y ecléctica, puede citarte para la entrevista en un bar a las tres de la tarde de un martes y finalizar el encuentro cinco días después y así y todo no se podrá abarcar todas las facetas de esta selfmade woman que creció en Villa Urquiza.

¿Pero cómo es que una chica que “salió de la tele” termina siendo oradora del coloquio de Idea? ¿Qué pasó en el medio? ¿Qué nos perdimos? ¿Who the fuck is Connie Ansaldi? 

Tirados en uno de los sillones de la galería de arte que oficia de hogar –no hay un rincón del duplex que habita que no tenga al menos cinco expresiones artísticas– la entrevista demuestra que la inquietud viene de pequeña: quiso estudiar Letras, ganaba concursos de escritura, representante del colegio, talleres literarios, poesía, redacción de las obras de teatro de los actos del colegio –que, obviamente, protagonizaba– y un sin fin de actividades que, en una época en la que no existía Internet ni en sueños, no era otra cosa que una usina de generación de contenidos. 

Pero hay más: con tan sólo 12 años ya había finalizado sus estudios de música y composición con Anita Lepera, exámenes en conservatorio incluidos. Sin embargo, no se dedicó a las letras ni a la composición. O al menos eso es lo que cualquiera podría llegar a creer… Veamos: 

–Cuando terminé el secundario me di cuenta que lo que realmente quería estudiar era algo que no existía como carrera. Era algo relacionado con la comunicación, pero a nivel pasivo, no vendiendo un producto, y donde tuviera que escribir. Lo más cercano en ese momento a lo que yo quería estudiar era Publicidad. Primero estudié Relaciones Públicas en la UADE. Me gustaba mucho la técnica de la palabra, el buen decir, y finalmente me anoté en Publicidad. Al año de estudiar me tomaron de la agencia Capurro y Asociados, donde mis jefes eran Doris Capurro y Héctor Timerman. La primera cuenta que tuve fue la de Casa Tía, de Francisco De Narváez. Me formé con los mejores. En ese momento podías estar de trainning tres meses. Me dejaron quedarme un año. En el segundo año de facultad, con la ventaja de llevar trabajanado un año, me fui a otra agencia –Sterman + Viggiano– ya no de trainning, sino de ejecutiva de cuentas. Para mis 23 años ya era directora de cuentas en González Taboada Guevara. 

Son las 15 horas de una tarde soleada y estoy a la espera de una segunda charla con Connie, esta vez en su “oficina”, un bar de la calle Armenia donde la cita se hace esperar. No es que no esté, sino que se encuentra recibiendo el agradecimiento de una cliente que logró encarrilar su microemprendimiento de pastelería gourmet. Verla laburar es interesante: muestra la misma energía sentada frente a un megaempresario o frente a una persona que recién comienza desde su hogar. Allí es cuando uno comprende que detrás de esa persona hiperactiva que pasó su sonrisa de mil dientes por éxitos de la talla de Viva la Diferencia, Fugitivos, Intrusos o Este es el show –20 años de tele encima, ocho programas propios en canales de aire, no cualquiera sobrevive con dignidad– existe alguien que prefiere otra cosa. Y que el arte, las letras y la música que adquirió de chica, cuando siempre buscaba la forma de vender algo –pulseritas, piedras de amuleto, entre otras cosas– no se fueron a ningún lado, sino que se conjugaron para crear otra forma. 

–Cuando trabajaba en Taboada tenía la cuenta de Las Leñas, que tenía su “montaña hermana” en Aspen. Así que comencé a viajar mucho. Por ese entonces también empecé a trabajar para MTV Miami en producción de exteriores. Fui la primera en hacer MTV Sports acá en la Argentina. Lo coordiné, hice los recitales… Era muy chica  y coordiné a sesenta americanos para que vengan a tocar. Fue el primer recital de Babasónicos en exteriores. Me empezó a ir bien, bien, bien y no llegué a terminar la facultad por acumulación de faltas. Y además algo se desfasó: lo que me enseñaban en la facultad y lo que yo vivía en el mundo real con mi experiencia como publicista. Es de esas carreras que, si las vivís en el campo, choca con lo que ves en la facu. 

Pero el mundo cambió de pronto con la llegada de Internet. Y si fue un boom cultural para el común de los mortales, Connie entendió ese boom a velocidad luz. 

–Fue en 1994. Y dije “esto es lo que quería estudiar”. Mi vida cambió radicalmente y empecé a especializarme en herramientas digitales de forma autodidacta. En esa época no quedaba otra, no había nadie que nos enseñe. Había que aprender, enseñar y aplicar a nuestros clientes, equipos de trabajo. Había que convivir con el mundo digital que se nos abría a nuestro paso. Pasamos del fax a comunicarnos de forma masiva a través del mail, que fue la primera red social. 

Sin embargo, todavía faltaba otro gran cambio que cambiaría la vida de Connie para siempre: en 1997 se aleja de Taboada y, mientras trabaja para una productura en Nueva York, conoce a Gabriel Hochbaum, la persona que le dijo “vos tenés que trabajar en televisión”. Connie dice que la idea le gustaba, pero que nunca se le había ocurrido dedicarse a eso. Sin embargo, terminó de notera en Viva la Diferencia –el programa de Andrea Frigerio que fue éxito a fines de la década del `90– en algo que tomó como “un entretenimiento”. Pero ese “no pierdo nada y me entretengo” derivó en nunca dejar de trabajar en medios, sin descuidar su empleo. 

Le cuesta definir qué es lo que hacía fuera de la tele porque era algo que hoy tiene nombre y apellido: Comunicación Digital. Su rol de consultora y su dedicación a la consultoría para emprendedores no sólo no había sido bautizado, sino que siquiera era comprendido. Siempre le costó que le entendieran en un principio por cuestiones de ver más allá de la novedad. 

–Me han tratado de estar loca, de perder el tiempo por hablar de la penetración que tendrían las redes sociales en el futuro –que no es otra cosa que el hoy–. Me han retado en el laburo por usar como herramienta las redes. Llevé Twitter a la tele a principios de 2010, con una CPU, a un debate en Canal 13 sobre el Bailando y no había internet en el estudio. Y me decían que no entendían con quién estaba hablando. Fui al programa de Mirtha Legrand con una laptop para mostrar cómo funcionaban las cosas y no la pude usar porque no había Internet. Presenté mi libro en la Feria del Libro de Buenos Aires y, si ahora tienen wifi en las salas, es porque quise hacer un streaming, no había y tuve que encargarme. Hasta hice un tutorial en Twitter sobre cómo usar Instagram cuando recién apareció. Siempre me interesó esa suerte de docencia simple. 

Connie y sus charlas para emprendedoras.

Sábado por la tarde. Sentado de acompañante en el auto de Connie vamos charlando de una película que quiere ir a ver con su hijo. Le comento que no me parece la peli ideal y enseguida quiere saber por qué. Sé que no es por ella, sino por él, por Vincent, su único hijo de 13 años a quien estamos yendo a buscar a la casa de su abuelo. Aún no sé cómo, pero esa noche terminaría en una cena con un grupo de amigas de ella en un piso en la estratósfera de Juan B. Justo. Mientras tanto, continúan las preguntas:

–¿Te cansaste de la tele?

–No, me aburrí. Y le quiero dedicar mucho más tiempo a lo que estoy haciendo ahora que me resulta mucho más interesante. En la tele sentía que me había estancado en un lugar que por momentos me resultaba antiguo. 

–¿Te llegaron a afectar la exposición y las discusiones?

–Sólo tuve dos peleas fuertes, pero ni siquiera fueron peleas. Dije lo que pensaba y quedó ahí, nunca un ida y vuelta inacabable. Y una de ellas la arreglé enseguida (con José María Listorti).

Este humilde servidor, que hiperventila cada vez que tiene una pelea y que puede llegar a terminar en un divan tras un bullying colectivo en Twitter, la mira como quien observa a un marciano. Trato de entenderla pero me cuesta.

–¿Y en redes no te cansan las peleas?

–Cero. Me encanta tener el botón de bloquear. Eso es lo democrático de la red social: que la gente pueda elegir a quién seguir y que yo pueda elegir quién me sigue. Me parece que ejercer la libertad de expresión está en que cada uno pueda opinar lo que quiera, pero donde me faltaste el respeto yo puedo elegir la consecuencia. No me impacta lo que me decís, pero te quito el beneficio de que me leas. Tengo 50 mil personas bloqueadas y lo amo. 

Y se le nota en la sonrisa maliciosa. Cualquier cena de amigos terminaría en relatos de anécdotas, propuestas de seguir la joda con una salida, o con una ronda interminable de bebidas espirituosas. Las observo y no puedo entender cómo es que, a la medianoche de un sábado, surge una idea laboral. Y Connie lo disfruta como si estuviera en un boliche de pachanga.

Pocos lugares son tan parecidos a un divan de psicólogo como un automóvil. Más si el paciente es quien conduce: no puede mirar a su inquisidor, piensa lo que quiere decir, generalmente pierde los filtros por tener la concentración puesta en otros menesteres como no dársela en una esquina. 

Semáforo de Niceto Vega y Godoy Cruz. 

–¿Sentís que tuviste que reinventarte?

–Me reinvento todo el tiempo porque si no me aburro. No me detengo a pensar cuántas veces me reinventé porque no me detengo.

Verde. 

–Pero reinventarse es hasta los cimientos y arrancar de vuelta…

–A mí me gustan mucho los principios. No me da miedo patear el tablero y arrancar otra vez de cero. No sé por qué mucha gente piensa que me echan de lugares cuando nunca jamás me echaron de ningún trabajo. Me fui de todos los trabajos. Me fui cuando sentía que había cumplido un ciclo, que ese trabajo no me podía dar más a mí o que yo no podía darle más a ese trabajo. Ahí pateas y comenzás con otra cosa. 

Otro semáforo. Probablemente Thames. 

–Hace poco tenía dos trabajos, estaba muy bien y me podría haber quedado, y sin embargo pateé el tablero y me fui a trabajar por mi cuenta, donde no sabés si te va a ir bien, si te va a ir mal, si te van a contratar. Y me encanta. Estoy generando un montón de cosas. Creo que la mejor forma de darle rienda suelta a la creatividad es darle el espacio para que esa creatividad pueda crecer. Creo que mucha gente no vive como quiere por miedo. Yo me abrazo al miedo y avanzo. Jamás no hice algo por miedo a perder. Creo que se pierden cosas pero es parte de la negociación. 

Llegamos. 

–¿Extrañás la tele?

–Cero. 

–Y cuando te invitan?

–Me da fiaca.

Y se ríe. 

La vida de Connie Ansaldi pareciera estar marcada por una constante huída del aburrimiento, como si quedarse quieta fuera una forma de morir. Desde que inicié esta nota hasta que la envié a mi editora, fue a dar un workshop a Chubut y dio otro en el Konex deonde cayó tanta gente que tuvo que hacer un doble turno. Y por si fuera poco, terminó en San Juan viendo el eclipse de sol. Y uno que siente que no llega al viernes vivo. Quizá sea por esa constante de estar fuera de casa que su lugar favorito y casi inamovible para conversar sea precisamente ese, su hogar. 

Connie va por el décimo quinto peinado desde que se prendió en este experimento de seguirla por varios días y ya perdí la cuenta de la variedad de ropa y outfits. Me prepara un café, otro con leche para ella. Vuelvo a la tele porque me cuesta entender a quienes se van del lugar al que todos quieren entrar.

–Dijiste que te da fiaca ir a la tele. ¿Depende de quién te invite?

–Y a hacer qué. Si me invita Mirtha voy porque me divierte. Me divierte ella. Es entretenida porque intelectualmente te desafía: tenés que tener la guardia alta. Con Luis Novaresio también me gustó porque es un tipo que te expone a situaciones en las que tenés que salir bien parado. Ángel también. Él es un amigo que siempre se ha portado bien conmigo, siempre me ha bancado y ha estado en momentos en que otra gente no se portaba tan bien. La única vez que la pasé mal a nivel laboral fue cuando tenía un programa en Mega. Había sido contratada por Daniel Hadad para la medianoche, “Connie on the rocks”. Logré posisionarlo con entrevistas, músicos tocando en vivo, y me renovaron por otro año. Pero después llegó Cristóbal López. Y ocurrió que se me dio por tuitear sobre el cepo al dólar, pero opinando, sin agredir, nada del otro mundo. Al día siguiente me llegó el telegrama de despido. Me agarró una indignación… Me corrijo, sí me echaron una vez y fue esa.

–¿Y cómo ves la tele hoy?

–Creo que acá todavía no supo encontrarle la vuelta. 

–¿Otros países sí?

–Otros países se adaptaron mejor. Acá no consiguieron darle la vuelta al contenido multiplataforma, ni comercial ni artísticamente. La gente mira contenidos, persigue un contenido. Si eso se lo das por todas las plataformas, la gente lo va a mirar. Y tenés que publicitarlo de todas las formas que se puedan en cada una de esas plataformas. Esta es la generación on demand. Y no tiene edad: vos, yo y mi hijo somos la generación on demand: “lo quiero ver cuando yo lo quiero ver”. El que no lo entiende está perdido. Cuando no lo ves venir y estás cómodo, es muy difícil preverlo y adaptarse. El otro día, Vincent me preguntó si la radio es como un podcast pero en vivo. Tenés que estar listo para reconvertirte. La radio se reconvirtió mejor porque armó las apps para escucharla donde quieras. 

–¿Y con las redes? ¿Existe esa lógica de “el que llega primero gana”? Facebook y Twitter fueron condenados mil veces y otras redes sociales que no sobrevivieron. 

–Nada sobrevive a todo. Snapchat fue un boom pero tuvo dos problemas: uno que no quiso vender cuando estaba en su pico más alto, y Facebook como compañía copió todas las features de snapchat y las llevó a Instagram. Cómo no lo pudo comprar, lo destrozó. Las redes no son estáticas. Facebook se creó en 2004 y recién en 2009 habilitó los likes. Nos vamos olvidando de lo que existía. La herramienta cambia todo el tiempo. Pero conceptualmente uno sí puede aprender a comunicar bien lo que uno quiere decir. 

–¿Y qué hacés que con la tele no podías?

–Ahora me estoy dedicando más al arte, que antes no lo hacía. Ahora tengo clientes afuera, que antes no lo podía hacer. Tengo de clientes a empresas que antes no lo podía hacer. Hago workshops, que antes no los podía hacer. 

Piensa un segundo. Dos. Tres.

–Sí volvería a la tele, pero si me dejan hacer lo que tengo ganas. Algo para emprendedores, o un reality propio. O si la propuesta es lo suficientemente original e interesante como para que diga que sí.

No puedo dejar de mirar un mural de unos cuatro metros que representa a Kim, el personaje de Winona Ryder, abrazando por detrás a Edward, el jóven manos de tijera. Donde se mire hay una pintura, una foto intervenida, una escultura, y ni el cielorraso se ha salvado. 

–¿Por qué tu casa luce como una galería de arte urbano?

–Porque era uno de mis sueños, que artistas urbanos lleven sus obras de arte a interiores. Mi mamá era escultora. Todas esas que ves acá son de mi mamá. Cuando éramos chicos mi papá nos llevaba a atellieres de artistas a recorrer. 

–Pero yo puedo crecer con una artista en mi casa y no por eso convertir mi casa en una exposición. ¿Qué significa para vos?

–Todos somos artistas en casa. Yo escribo, mi hermana pinta, mi otro hermano es fotógrafo. Algunos de manera profesional, otros como hobbie, pero todos con algo. 

Hago curaduría, trabajo directamente con varios artistas y eso es lo que más me gusta de todo y me da mucha satisfaccióin el impulso que le pude dar al arte urbano en la Argentina. 

Como otras tantas veces a lo largo de estos días, no entiendo cómo sucedió algo pero terminé participando de invitado en uno de sus tantos workshop. Me enchufó la parte de storytelling, dado que “el que cuenta la mejor historia, gana”. El público que convoca es tan heterodoxo como la vida misma de Connie: personas de todas las edades, de todos los sexos, de las profesiones más variadas, sean psicólogos, abogados, arquitectos, odontólogos o comerciantes, todos vienen a buscar algo: cómo venderse mejor, como mejorar la percepción que otros tienen de ellos en las redes sociales. Básicamente, cómo aprender a comunicar lo que hacen. 

En esa jornada se me apareció nuevamente el costado que Connie menos exhibe, el que desconocen casi todos los que la atacan: su solidaridad. Sentada entre el público estaba Agustina, una chica ciega de 22 años que fue mi entrevistada en otra nota con motivo de su búsqueda de un perro guía. Probablemente Connie odie que ponga esto en estas líneas, pero fue ella quien me pasó “el dato”. Pensé que la conocía, pero fue ese mismo día en que se presentaron. Fue allí que me enteré que Connie unió dos puntas para ayudar sin siquiera tener un vínculo con quien tenía la necesidad. 

–¿Qué se te jugó para decir “voy a enseñar a que su proyecto pase a ser signifcante”?

–Creo que mejoramos el mundo cuando logramos que el mundo del otro sea mejor. El paso de todos por este plano mejora el ecosistema cuando podemos aportar algo al ecosistema ajeno. Mi forma a través de los años ha sido de varias maneras -a nivel solidario con el hashtag #UnidosAr­– o en el plano de la educación colaborando de manera directa con varias oenegés. Cada uno simpatiza con una causa. Pero concretamente creo que un país que no tiene sueños no lo podés concretar. Y cuando sos emprendedor necesitás materializar tu sueño. Se materializa a través de ventas, obviamente, pero podés darle a los emprendedores herramientas para que puedan ver ese sueño hecho realidad, que da sus flores. Me parece muy satisfactorio, con una onda expansiva positiva. Lo mismo con el arte urbano lo disfruta el que estudió y el que no, el que tiene plata y el que no. La belleza es libre y no tenés que ir a un museo a verlo, ni pagar una entrada. Está para ahí para que lo disfruten todos. 

–Cómo te ves de acá a diez años?

–Nunca puedo contestar eso.

–¿Y mañana?

–Iba a ir al cine pero me re bajaste la peli. 

Share

Deja un comentario