Y con esto hay que hacer un país

Sugerencia antes de leer este texto. Puede que haya algunas cosas sobre las que ya tiene opiniones formadas, estimado lector, por lo cual le pido que haga el esfuerzo de no mandarme a la mierda hasta que logre explicarme.

En un país híper regulado hay algunos puntos que quisiera plantear pero, cuando lo intento, me miran como si fuera un cavernícola. Y sólo son preguntas. Interrogantes para los que no tengo respuesta y por eso pregunto.

Este martes veía el debate de los diputados por la ley de etiquetado frontal en los productos y me sorprendió la unanimidad en los argumentos. Nuevamente, no tengo una respuesta, pero suena a error de lectura argumentar en base a la preocupación por la obesidad en un país en el que un paquete de carbohidratos con forma de fideos vale el 10% de lo que cuesta un kilo de proteínas con forma de bifes de cuadril. Puede que ahora descubramos que es carísimo mantener una alimentación saludable en la Argentina.

La Canasta Básica Alimentaria elaborada por el INDEC incluye los siguientes productos por adulto al mes: siete kilos de pan, medio kilo de galletitas de agua, un cuarto de galletitas dulces, un kilo de harina, otro de arroz, casi dos de fideos, 6.5 kilos de papas, medio de batatas, un kilo y un cuarto de azúcar, 330 gramos de dulces, un cuarto de legumbres, casi seis kilos de hortalizas, cinco de frutas, seis kilos de carnes, 60 gramos de paleta (menos de seis fetas), medio kilo de huevos, diez kilos de leche, 330 gramos de queso crema (media cucharadita por día, no sea goloso), medio kilo de yogur, 60 gramos de manteca (sí, gramos), un litro de cerveza o vino, 3.5 litros de bebidas no alcohólicas, 120 gramos de sal, 120 de condimentos tipo mayonesa, 60 de vinagre, medio kilo de yerba y treinta gramos de café. Un saquito.

De ese listado que describí arriba, algunos de sus productos llevarán alguna etiqueta, otros no porque no son procesados. Y de ese listado que describí arriba, hay unas 3.1 millones de personas que no logran consumir su totalidad al mes: el 10,7% de indigentes patrios. Dos de cada diez chicos menores de 17 años no cubren ese listado de mierda. Otros cuatro de cada diez lo consumen raspando. Existe un 40% extra de ciudadanos que a duras penas cubren esa canasta y se los llama oficialmente pobres. Y son datos del primer semestre de 2021.

Cuando en Uruguay se sancionó la ley de etiquetado en 2018 la indigencia era del 0,1%. Sí, un cero seguido de una coma seguida de un uno. No eligieron qué abordar primero, abordaron todo al mismo tiempo.

No cuestiono la ley de etiquetado. Simplemente no dimensiono la prioridad sin abordar en paralelo la indigencia y el enorme componente tributario de los alimentos. Pero eso implicaría que discutan el financiamiento del Estado y nadie atenta contra su propia especie.

Todos los legisladores viajaron al extranjero. Todos vieron en algún país que las góndolas colocan los precios con y sin impuestos. Si llegáramos a aplicar ese criterio en la Argentina, estallaría una revolución en horas. En cuanto el primer pelotudo agarre un producto de una góndola por mil pesos y al llegar a la caja le digan que tiene que abonar una luca y media, no queda nadie.

Por otro lado, no creo que ninguna empresa se vaya a la quiebra por tener un octógono negro en el paquete o porque desaparezca el Tigre de los copos azucarados que ahora advertirán que lo de azucarados quiere decir que contienen azúcar, o porque se les advierta a los padres que hay golosinas que no tienen nada de sano.

No así los medios periodísticos que, mientras varios colegas celebraban, no se percataron que el artículo 10 de la ley prohíbe cualquier publicidad en medios de productos que tengan al menos un sello destinado a niños.

Dicho todo esto, lo que realmente me preocupa es el después de todo, al aftermath de un período de la Argentina que se encuentra en una ebullición del humor social a punto de explotar. Apuesto a que hay personas que me putearán por lo que ya dije más arriba cuando yo solo tengo dudas. ¿No vio la virulencia de opiniones por una ley menor? Se mataron por un conejito. De pronto un debate por un etiquetado se convirtió en un acto comunista versus la liberación de Varsovia.

Y hay que hacer un país con esto, con usted, con el que me putea y conmigo. ¿Se puede? En serio lo pregunto: ¿es posible hacer un país bajo estos parámetros en el que todos somos enemigos?

No tengo ganas de encontrar un punto de diálogo con quien no respetó ni siquiera los derechos humanos elementales. Y hay sectores de la sociedad que creen que el camino a la ampliación de su base electoral no es conquistar nuevos votantes sino exterminar al otro. Y con eso también hay que hacer un país.

Hace ya un tiempo se publicó Por qué fracasan los países, un libro revolucionario que aún no entiendo cómo no fue prohibido en la Argentina. Allí se da rienda suelta a los fracasos y triunfos globales en base a la institucionalidad y a la sociedad. En sistemas democráticos cortoplacistas los políticos dirán y obrarán en consecuencia de lo que les pueda dar votos. A la hora de invertir ya nadie piensa en si se viene un cambio político sino en cómo se comporta la sociedad. ¿Instituciones? Eso es de chetos.

La corrupción está en nuestras venas pero solo la vemos cuando aparece en bolsos de millones de dólares en falsos conventos. Y no seamos pelotudos: ya sé que es diferente la dimensión. Pero no se puede estar medio muerto. Coimas por doquier, respetar la velocidad solo cuando nos chifla Waze que hay una cámara, truchar certificados médicos, mirar para otro lado cuando el político que me cae bien hace algo ilegal, no respetar una puta ley de convivencia urbana.

Y es aquí cuando comienzo a preguntarme si realmente tenemos o no los gobiernos que nos merecemos. Después de todo, habitamos el país en el que todo se soluciona si se tiene el número correcto en la agenda de contactos.

Con esto también hay que hacer un país.

Los sindicatos, conducidos por millonarios que no pueden justificar ni el primer peso mal habido, son el eje troncal de cualquier discusión laboral. Son el Poder incluso cuando el peronismo no está en el Poder. Dentro de los propios sindicatos hay miles de personas cuyos trabajos son ser culatas de los capos o hacer bulto en los actos. Los jefes transan leyes y eligen sobre qué quejarse y sobre qué callar. Mientras tanto, la democratización sindical se resume a balaceras que nunca terminan en nada dentro de la Justicia que, prudentemente, también tiene a sus trabajadores sindicalizados. Y pareciera que nadie se da cuenta de que el mecanismo es el mismo que el de los barras bravas: ¿alguien se cagaría a tiros si no hubiera un negocio suculento de por medio?

¿Qué hacemos con esta gente? Porque son compatriotas y también forman parte del país.

En las trincheras no hay ateos y ahora al Gobierno se le ocurrió que hay que dialogar con aquellos a los que putean. ¿Cómo se hace? ¿Viven en otro país?

Lo que hoy lleva como denominación de origen “Movimientos sociales” sin que nadie se detenga a preguntarse qué significa la denominación ni aún con un diccionario en la mano también forman parte de esta realidad argentina. ¿Dónde los metemos? Miles de personas movilizadas, filmadas mientras cobran guita, quizá la única forma que tengan de obtener algún ingreso y que hasta terminan encanados. Ellos y los turros que los usan de mano de obra para cualquier movilización: ¿dónde los metemos? Porque con ellos también hay que hacer un país.

Y lo remarco porque esta Argentina que conocemos no camina más. No tiene ningún sentido estirar el coma eterno en un cuerpo que agoniza neurológicamente. Y en cualquier país organizado, el cerebro no es otro que el pacto social plasmado en una Constitución. La Argentina sufre un coma profundísimo hace tiempo. Ningún órgano del cuerpo reacciona como debe y los pocos que lo hacen es por inercia, porque todavía no se vieron afectados.

No importa quién gana las elecciones, las reformas que deben llevarse a cabo no pueden hacerse por temor a la reacción del cuerpo, de la sociedad, de todos nosotros. ¿Qué hacemos? ¿Nos desconectamos y nos dejamos morir?

La Cámpora publicó el fin de semana pasado un video que daba risa. Pero luego vino el documento y las pelotudeces que cantaban en el video tomaron forma de posición dentro de la coalición de gobierno. Una sarta de pelotudeces sin sentido sobre un extraño concepto de formación de precios que da miedo. Y acá no hay que pecar de inocentes: todos los economistas con título de economistas saben cómo se forma un precio y saben cómo se combate la inflación.

Todos saben qué es el déficit fiscal, la base monetaria, las curvas de ofertas y de demanda, los precios de equilibrio y la presión tributaria. Que se hagan los boludos con fines políticos porque no quieren pagar el costo de tener que abrir el cráneo del paciente para ver si logran activarlo, es otra cosa. Saben qué se tiene que hacer, pero no lo hacen.

No existen recetas mágicas, existen planes económicos y confianza en el gobierno. La única receta aplicada una y otra y otra vez a lo largo del planeta en las últimas décadas y que liquidó las crisis hiperinflacionarias en el planeta. Acá no se aplica. ¿Tenemos otra fuerza gravitacional? ¿Las recetas no responden al clima? ¿Somos extraterrestres? No, son una corporación de hijos de puta que saben lo que tienen que hacer y, como buenos cobardes, no quieren pagar el costo político.

Con los defensores de esa manga de turros también hay que hacer un país. Los que tienen las neuronas aún con el nylon puesto y salen a controlar precios también son parte de este cuerpo que no quiere reaccionar. ¿Qué hacemos?

Hay un predio de unos 25 metros de frente, dos plantas y rampa de acceso para camiones ubicado a unos quinientos metros del bingo de Avellaneda. Está usurpado. Hace dos semanas el dueño se hizo presente con la orden de desalojo, personal del juzgado, la policía y un cerrajero. Se tuvieron que ir luego de un llamado telefónico. Para la siguiente fecha de desalojo se dispuso el corte de cuatro cuadras y 350 efectivos. Tampoco se pudo llevar a cabo. ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo solucionamos? ¿Por dónde comenzamos?

Hay una serie llamada The Man in the High Castle basada en un libro homónimo. Es una ucronía, una ficción contrafáctica en la que el autor –Phillip Dick– desarrolla una línea paralela de tiempo que parte de un hecho que pudo haber ocurrido de otra manera. No es por spoilear nada –el libro fue publicado en 1962– pero el punto de divergencia se inicia con el atentado contra la vida del presidente Roosevelt en 1933 –esta vez funciona– y se completa en 1945, cuando en ausencia de Roosevelt y su pragmatismo, son los nazis quienes llegan primero a la bomba atómica. De más está decir que la revolean en Washington D.C. Chau gobierno, chau guerra, chau Estados Unidos. Y recién 17 años después de ese hecho se inicia la historia en un mundo que nos resulta chocante, en el que todo es perfecto pero sin libertades ni diversidad.

No sé cuál será el efecto provocado en cada lector o televidente, pero a mí me incomodó hasta lo imposible la parsimonia con la que el mundo aceptaba el nuevo orden. ¿Hay algo que pueda incomodar más que saber que todo lo que tenemos se lo debemos a un puñado de lobos solitarios que fueron aún en contra de la voluntad de sus propios pueblos que no querían saber nada con una nueva guerra, ni en los Estados Unidos, ni en el Reino Unido?

Allí el costo político no se midió a niveles económicos, sino en millones de muertos. Imaginemos por un segundo si esas decisiones cruciales hubieran sido pensadas con la óptica del “termómetro social”.

Imaginemos a nuestros dirigentes. Antes podía decir que querían conservar el Poder por el Poder mismo. Hoy ya no sé para qué porque se les nota que ni siquiera ellos la pasan bien. Y sus adeptos conviven con nosotros. Tan empobrecidos como nosotros. Tan quebrantados emocionalmente como nosotros. Y tan rotos de empatía que hasta pueden darse el lujo de pisotear piedras y arrancar recuerdos de personas fallecidas inhumanamente.

Con eso también hay que hacer un país.

Los que nos tildan de menemistas a quienes terminamos la secundaria en el año 2000 pero votan al partido del expresidente Menem; los que reemplazaron la carencia de abrazos en la infancia con la exigencia de abrazos del Estado; aquellos que están tan enojados que se les nota hasta cuando dicen que festejan porque los días más felices fueron, son y serán peronistas.

Los que quieren romantizar la pobreza, los que defienden la marginalidad como cultura desde la comodidad de vivir en la clase media; los que creen que un gobierno de izquierda es esta Patria Sojera, los que consideran que ser liberal es imponer un único concepto de liberalismo nacionalista y cristiano, los que frente a un problema plantean una ideología y no una solución.

Sumemos a esos que no disfrutan de la belleza, los que admiran la picardía, los que no se permiten ser felices y deben arrastrar a los demás en sus vidas grises, sea al adoctrinar tristemente en un aula o al arruinar cualquier reunión social; los que creen que la única explicación para la delincuencia es la desigualdad y los que tratan de desclasados a los que se rompen el lomo para salir de esa desigualdad. Ya que estamos, los que consideran que llamarlos inútiles por ser inútiles es un golpe blando y no una consecuencia de su supina inutilidad total.

Los que se creen dueños del Estado con cargos delegativos y los que se creen dueños del Estado por tuitear hashtags contra Coto mientras se sacan la pelusa del pupo. Los que creen que hay dictaduras asesinas de derecha y paraísos socialistas que matan en defensa propia; aquellos que a la hora de vacacionar elijen cualquier lugar menos esos paraísos.

Los que votan por camiseta, los que votan enojados para que alguien resucite al paciente ya, los que no importa a quien voten jamás estarán dispuestos a tolerar el tratamiento que el paciente necesita porque dolerá. Y mucho.

Instruidos de nariz respingada que no saben la diferencia entre las funciones de un gobernador y un intendente dicen que los que votan a la contra son de cagar en un balde. Instruidos de nariz respingada que sí saben de todos los resortes institucionales de la Patria, se aprovechan y mienten descaradamente para conseguir una banca para hacer nada que pueda cambiar el futuro inmediato del votante.

Psicópatas con licencia legislativa, guapos con la policía de su lado, ministros que amenazan, presidentes que no presiden, vicepresidentes que cobran millones de pesos de un sistema previsional colapsado que tiene a la mayoría de sus jubilados cobrando por debajo de la línea de la pobreza.

Todos lo saben: cuanto más pase el tiempo, más grave será el tratamiento para que este cuerpo vuelva a funcionar. La oposición también lo sabe y es el gran problema que se vivió a partir de 2015 y que se teme volver a repetir:

¿Cómo se hace una cirugía cerebral si casi la totalidad de los parientes no quieren que se haga porque prefieren al cuerpito eternamente dormido, desplomado en una camilla, conectado a un respirador pero sin dolor?

 

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