Y encima se enoja

Este lunes salí de uno de mis trabajo y mientras me disponía a encontrar un bar para continuar con mis labores cambié de rumbo y enfilé para la Plaza de Mayo. Es curioso porque siempre fui de participar con mi rol ciudadano de cosas que a los periodistas en general, no sé bien por qué, les parece mal. Como cuando firmé una solicitada en contra de la suma de poder del Presidente para disponer sobre libertades civiles que requerían un bisturí y no una motosierra oxidada.

En el auto pongo la radio y escucho que un hombre con voz enojada explica que a nivel histórico las universidades estaban en lugares alejados y, por ello, muchos de los que querían ir a la facultad debían contar con una estructura económica familiar que les permitiera vivir lejos de sus hogares. “Wow, es cierto”, dije para mis adentros. El acto es en La Matanza.

Manejo a través de avenida Corrientes en dirección al centro y no puedo dejar de pensar que se viene, se viene y se vino: paso por la puerta del departamento de mi abuela. Bueno, de lo que fue el departamento de mi abuela.

Alberto continúa con su cátedra desde La Matanza que no es Harvard y dice “pregúntense por qué los países ricos en petróleo son pobres, es porque no tienen la tecnología ni los conocimientos”. Recordé que de los diez países más ricos en petróleo los únicos “pobres” son Venezuela y Libia, dos estados icónicos del imaginario kirchnerista.

Al Presi no le avisaron que el micrófono funcionaba y se mantuvo a los gritos con un discurso que fue el “ah, pero Macri” de la semana. Freno en Pueyrredón y mientras hago apuestas para ver qué bondi cruza primero en rojo, escucho a un Alberto visiblemente sacado afirmar que “se cansó de escuchar los ataques de los hipócritas y de recibir el cariño de los compañeros”. Me pregunto a qué considerará compañero, dado que yo me cansé de leer a Victor Hugo Morales, Luis D’Elía, Andrés Larroque y hasta a Roberto Navarro castigarlo en público. Como para que no caiga tremenda niebla. De pedo no tuvimos una tormenta de arena en la Capital.

Fue interesante escuchar que muy suelto de cuerpo y con toda la potencia que le permite su tórax, el Presi dijo estar “contento” porque “cuándo más veía quiénes lo criticaban, más contento estaba de estar con mis compañeros y el pueblo”. No entiendo bien cuál es su sintonía, porque muy contento no se lo notaba. Pero tampoco entiendo demasiado a qué se refirió con “estar con mis compañeros y el pueblo” si dentro de la cataratas de puteadas que recibió se hallaron una inmensa cantidad de familiares de víctimas del Covid, comerciantes quebrados y gente empobrecida.

Al llegar a Callao casi me la pongo contra una columna de indignación. “Por un desliz, por un descuido se organizó una comida en Olivos que no debió haberse organizado”, afirmó el muy enojado mandatario. Un descuido es olvidarte de tomar el clonazepam antes de dar un discurso. Un cumpleaños con cátering, tortas, invitados y mantelería a esa altura del año pasado era un delito.

Pero lo que queda del presidente de lo que queda de la Argentina continuó su extraña defensa y dijo que “no anduvo con vueltas” y que “en menos de 24 horas dije que esto pasó y no debió pasar, lamento que haya ocurrido, tengo mucho pesar por lo sucedido y de ese modo me disculpé ante el pueblo”.

“Algunos leyeron mis palabras sinceras, honestas de arrepentimiento a su modo, fueron tan miserables que dijeron que le eché la culpa a mi compañera. El único responsable soy yo y me hago cargo, doy la cara y me pongo al frente de todo esto”. Y la muchachada aplaudió. Y el presi se envalentonó y amenazó “si alguno cree que me van a hacer caer por un error, sepan que solo aumentan mis convicciones”.

“Me muevo como un hombre común, me siento un hombre común y a veces me olvido que soy presidente”, sostuvo el hombre autopercibido y afirmó que nunca lo vamos a tener que escuchar pedir disculpas por cerrar el ministerio de Salud ni por arrodillarme frente al FMI. Sí, batió el récord Ah, pero Macri que acababa de quebrar tan solo minutos atrás.

Sin embargo fue llamativo que todos, absolutamente todos dejaron de aplaudir cuando dijo “nunca voy a pedir disculpas por haber hecho que los espías no entren más a tribunales para presionar a los jueces”. Quizá porque parece que el Presidente es el único que no se da cuenta de lo que pasó.

Al llegar a la 9 de julio me encuentro con una serie de desvíos del cuerpo de tránsito de la Ciudad de Buenos Aires difícil de explicar. O sea: para poder llegar a un estacionamiento en un día feriado demoré otros treinta minutos de vueltas por la histórica y ya clásica falta de coordinación de los desvíos porteños. Logro revolear el tutú en el único estacionamiento que consigo abierto y me voy con las palabras de Alberto en un eco que rebota por mi cabeza.

Imagino al profesor de Teoría del Delito en su próxima clase cuando tenga que explicar conceptos como Acción, Tipicidad y Antijuridicidad. Disculpeme, señor juez, por un desliz, un descuido, organizamos un secuestro extorsivo que no debió haberse organizado. No, señor juez, no le voy a permitir que pretenda que pague alguna consecuencia legal. ¿No se da cuenta de que doy la cara y me pongo al frente de todo esto? ¿Cómo va a venirme con las leyes y el Código Penal si ya pedí disculpas? No, pasa que me autopercibo un tipo común, un hombre común y me olvido que debo predicar con el ejemplo, así que organicé un secuestro extorsivo, como organizan los tipos comunes, ¿sabe? Pero quiero que sepa que me voy de este tribunal con las convicciones más firmes que nunca.

Llego tranquilo a la Plaza con un par de piedras en la mano. La lógica de una ceremonia de piedras lleva a la circulación permanente, con lo cual en ningún momento esperé una convocatoria masiva. Pero así y todo tuve que pedir permiso para acercarme al lugar de las piedras, mientras habría agradecido que las cámaras de los canales se fueran a hacer notas a los que no estaban arrodillados en ese momento.

Me retiro rápido y me siento en el pasto. Veo pasar al pelotudo ese de la campera azul y escucho que pregunta “¿Sabe para qué son las piedras?” y ya sé que vino a hacer ejercicio metiéndole el dedo con arena en el culo a personas que están dolientes. Dicho y hecho: menos de tres minutos después veo en acción mis impuestos cuando una decena de policías tienen que sacar al pelotudo de la Plaza. O sea, un auténtico pelotudo caro.

De pronto dejo de escuchar todo. Solo se me aparecen las imágenes de quienes no pude despedir, de quienes no me dejaron ver, de quienes se fueron sin que pueda decirles adiós. Agradezco que Walter se presente y me dé charla un minuto. Al rato estoy solo nuevamente y veo a un facho que insulta a un tipo a título gratuito. Al lado de la policía, como corresponde a todo rudo que se precie de tal. Una chica llamada Gabriela interrumpe mi estado alpha y me dice algo que no pude entender por mi condición pero que le agradecí de todos modos por la amabilidad que expresaba su mirada de tristeza contenida. Una mirada que se repitió una y otra vez en cada rostro que me crucé.

Al retirarme vuelvo al auto y en la radio, como si fuera una tortura, vuelven a repetir las frases del Presidente y no sé si reir o putearlo. “Menos de 24 horas después reconocí el error”, dijo. Sí, lo dijo. En el medio juró por su propio hijo que no había pasado tal cosa. Luego, aunque putee hasta a los vulcanianos y reptilianos, aunque le joda, es cierto que culpó a Fabiola. ¿Cómo se puede ser tan cínico de decir que los otros interpretaron otra cosa? ¿Qué hay para interpretar en un “llegué y había un brindis convocado por Fabiola”?

¿Y cómo que solo transcurrieron 24 horas? Pasaron 394 días y después 24 horas. Transcurrieron un año y 26 días desde que se celebró el incumplimiento por parte del Presidente a las normativas prohibitivas decretadas por el Presidente. No fueron 24 horas; fueron 9.456 horas.

¿Y encima se enoja? ¿Con quién se enoja? Violó la ley que él mismo impuso y suena a chiste, porque es prácticamente lo único que logró imponer desde que es Presidente. No consigue poner un ministro de su confianza, no consigue siquiera defender a sus amigos, no ha logrado poner gente de su riñón ni aún cuando tenía vacantes, no ha logrado conformar un equipo superior a los que pueden entrar en una mesa ratona junto a Gustavo Béliz, Vilma Ibarra y Julio Vitobello. ¿Con quién se enojó? ¿Qué carajo tienen que ver las convicciones con lo que pasó si encima le hicieron precio?

El drama de hablar con sujetos tácitos a la hora de quejarse es que nadie es destinatario pero todos lo son al mismo tiempo, con lo cual el emisor es un guapo enojado pero sin dar nombres. Enojate con Horacio Verbitsky, Albert, que fue el que contó lo del vacunatorio VIP. Calentante con el portador de prontuarios Zannini que dijo que debería haberse sacado una foto luego de recibir la vacuna como personal médico. Puteá a la que te dijo que vayas a ver a Putín justo en medio de tu gira por Israel.

O mejor aún: puteate en el espejo.

Nadie, absolutamente nadie obligó al presidente a establecer una cuarentena de quinientos años. Y nadie lo obligó a violarla. Nadie le puso un chumbo en la cabeza para que no escuche a los que pedían un trato humano para sus muertos mientras se velaban a ídolos populares y ministros fallecidos.

Nadie.

Quizá lo más doloroso de todo esto es que sabemos que la única salida es aguantar la bronca y seguir hasta que haya un cambio electoral. No por cuestiones institucionales, sino por quién está en la línea de sucesión. Y quizá da más bronca aún saber que en un par de meses esto habrá pasado al olvido.

Como pasaron al olvido todas y cada una de las muertes en manos policiales durante la pandemia. Como pasó al olvido Facundo Astudillo Castro. Como pasaron al olvido las chicas ahorcadas en comisarías de San Luis. Como pasaron al olvido los muertos que chocaban contra paredones en las rutas. Como pasaron al olvido todos y cada uno de los abusos cometidos por el principado de Formosa. Como pasaron al olvido todas y cada una de las imágenes del presidente sin barbijo, rodeado de pelotudos alegres que nos refriegan en la cara que ellos sí y nosotros no.

Como pasamos al olvido nosotros mismos.

Al llegar a casa pensé que vi tantas piedras, tantas pequeñas rocas y nunca había visto una con la dureza de la cara del Presidente. Porque pocas veces en la vida uno tiene la probabilidad de encontrarse con alguien que se miente encima, que nos dice que no vemos lo que aparece en una foto, que nos asegura que no tiene privilegios porque es un tipo común.

Y que encima se enoja.

 

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