Zaffaroni
La pseudoprogresía argentina tiene una facilidad única para la alquimia al estilo La Salada. Aquí, en vez de convertir la piedra en oro, se la enchapa y tarde o temprano termina transformándose en bijouterie barata. Don Eugenio Raúl Zaffaroni no es la excepción. Debo confesar que Zaffaroni no me ha caído bien ni en mis épocas de judicial. Como empleado crónico del fuero penal, tenía preferencia por los libros de de otros autores (Soler, Fontan Balestra) aún cuando Eugenio ya era considerado un penalista de primera línea y las discusiones sobre sus fallos eran álgidas.
En un país plagado de culposos sobrevivientes de cualquier crisis, que flotan hacia donde el viento los lleve, Zaffaroni vino al pelo. Un hombre ilustrado que trajo lo mejor de la progresía garantista europea, le daba un marco de mediana credibilidad a los burros que lo consultaban. Al día de hoy, sigue cumpliendo con su misión en el mundo: utilizar tecnicismos judiciales para justificar lo injustificable y darle coherencia a lo absurdo.
Don Eugenio ha obtenido esta habilidad única ejerciendo el arte del progre argento con todas las cualidades que destacan a la especie: creerse un ser superior, un iluminado que ha venido a marcar el camino hacia el paraíso a quienes entiendan las gansadas retorcidas que dice mientras le recuerda al resto que son unos pobres infelices. En ese sentido, es entendible que sea tan afín a los funcionarios kirchneristas, cada vez más emparentados con quienes avistan OVNIS: tratan al otro de infradotado por no apreciar lo que sólo ellos ven.
Siguiendo la línea que se ha trazado para la sociedad en los últimos años, Zaffaroni también ha hecho mérito suficiente para los laureles progresistas. Habiendo sido designado Juez Federal en lo Criminal por Isabelita con acuerdo del Senado de la Nación, no tuvo ningún tapujo en jurar como Juez Nacional de Sentencia ante Videla un año después, mientras el resto de los jueces nombrados por la democracia marchaban al exilio vía México. Obviamente, el proceso de selección y promoción de jueces se había simplificado bastante y con que Massera y Agosti dieran el visto bueno, alcanzaba. Lo que se había complicado un poco era el proceso de juramento. En democracia, alcanzaba con jurar sobre la Constitución. Zaffaroni juró defender y observar el cumplimiento del Estatuto del Proceso de Reorganización Nacional, el Acta para el Proceso, el Acta de Propósitos y recién ahí lo que quedaba de la Constitución.
No eran tiempos para hacerse los pistolas, así que Zaffaroni se convirtió en funcional al sistema y rechazaba cualquier Habeas Corpus, por si las dudas. Tan mal la pasó en esa Dictadura a la cual ahora desprecia que tuvo tiempo y libertad para poder escribir la primera edición de su tan famoso Manual de Derecho Penal. En esos años, los Tribunales Orales no existían y las declaraciones indagatorias a los acusados ni siquiera se tomaban en los Juzgados, sino que estaba todo en manos de la Policía. A Eugenio mucho no le molestaba, sólo dictaba sentencias.
Como premio a su accionar en la resistencia contra la Dictadura, ya en democracia fue promovido a Juez de la Sala VI de la Cámara de Apelaciones, donde comenzó a hacerse conocido fuera de los pasillos judiciales gracias a sus opiniones un tanto difíciles de entender en casos aberrantes.
Alejado de la función judicial, a mediados de los 90 se suma al FrePaSo, donde junto a Eduardo Jozami y Aníbal Ibarra, se encargaron de redactar desde la flamante Legislatura Porteña el Código de Convivencia, que sepultó el sistema de Edictos Policiales. Si bien algunos edictos eran bastante arcaicos, hubo otros que fueron derogados y no se reemplazaron. Todavía recuerdo la fila de gente haciendo cola para mearle la puerta de su casa, dado que orinar en la vía pública ya no configuraba infracción alguna. El accionar político de un intocable intelectual garpa. Y un progre en el INADI garpa mucho más. Por ello a De La Rúa le encantó la idea y lo designó interventor del instituto.
Con tamaño pedigree encima, no me extraña en absoluto las manifestaciones vertidas por el actual Ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación sobre las medidas adoptadas por el Gobierno respecto de las fuerzas policiales. Zaffaroni es un estandarte de la progresía argentina, esa que trae soluciones europeas para problemas del tercer mundo y que se obnubila cuando algo sale mal, buscando culpables y traidores por todos lados, al no poder aceptar el fracaso y el desprecio popular.
Zaffaroni, como muchas de las personalidades del Estado de las últimas décadas, se remozó y hoy engrosa las filas de quienes adhieren al modelo Nac&Pop. Ya lo había hecho con la dictadura, hacerse el boludo con la Alianza no le iba a costar demasiado esfuerzo. Que don Eugenio sostenga que la Policía dio el golpe que necesitaba De La Rúa para irse en helicóptero, no me sorprende, más allá de que sea un planteo absolutamente infantil, retrógrado y caprichoso. Hubo una orden dictada por un Presidente que recayó sobre un Ministro del Interior, quien a su vez bajó la orden al Comisario General Santos. Con el país prendido fuego, saqueos por doquier, la masa humana en la calle y la orden de reprimir, viendo el número de muertos, hicieron precio.
Que diga que las reformas policiales llevadas a cabo por el gobierno nacional eran una deuda pendiente de la democracia, tampoco me asusta demasiado. Es preferible pasar a retiro a los oficiales de la Federal que eran cadetes en 1982 que ponerse a buscar en las filas de la Justicia cuántos jueces quedan de aquel período, claro que esto le generaría un dolor de huevos más grande que cuando la zunga playera le queda chica. Que se ponga a prejuzgar a las fuerzas de seguridad como una institución de recaudación paralela siendo integrante del Poder Judicial, tampoco me asusta. Supongo yo que don Eugenio puede dar fe que ningún Juez  pide 5 lucas verdes para que dé negativo un procedimiento por infracción a la Ley de Marcas, como así también puede asegurar que ningún magistrado ha participado jamás del botín de un allanamiento, ese que no se declara porque los billetes no tienen nombre.
También creo que el Ministro de la Corte puede dar fe de que los cientos de expedientes judiciales iniciados contra los funcionarios de este gobierno, tampoco contribuyen a la violación del Código Penal de la Nación y que las causas de enriquecimiento ilícito contra Nilda Garré son efectos colaterales de la revolución progresista, mientras que la recaudación de las Comisarías son intentos de golpes de Estado.
En lo personal, no creo que esté bien juzgar moralmente a quienes se hicieron los pelotudos a lo largo de la historia de nuestro país mientras ganaban dinero contante y sonante, dado que gran parte de la población hizo lo mismo, o al menos lo intentó. Es más, entiendo que durante la gestión de una dictadura que se cargó a un centenar de abogados sólo en el primer año haya sido mucho más cómodo y seguro ser un obediente Juez que salir a ganarse el mango a la calle.  Lo mismo opino de los que fueron funcionarios políticos de decimocuarta línea en cualquier gobierno de las últimas décadas. Sinceramente, me importa poco y nada lo que tengan en sus consciencias.
Lo que sí me importa es que, sea por decoro, por coherencia o, al menos, por vergüenza, algunos bajen el dedito acusador hacia quienes hicieron lo mismo que ellos o tan sólo se dedicaron a vivir sus vidas mientras el país ardía. El resto de la gente no tiene la culpa de que ellos, por ese vedetismo insoportable de querer jugar a los superhéroes de la reparación histórica, se conviertan en inquisidores del resto de la sociedad, por el mero hecho de querer crearse una imagen divina que no fue tal.
Miércoles. En el país con más psicólogos por habitantes, algunos hacen terapia con el pueblo.
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