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Cómo arreglamos esto

Cómo arreglamos esto

No sabemos bien cuántos somos. No, ni siquiera aproximadamente. Un margen de masomeno un 10% en un censo nacional es un error ridículo para el siglo XXI. Pero supongamos que somos un toco de personas en este purgatorio llamado Argentina.

Hace décadas que se escucha hablar sobre soluciones urgentes a problemas graves. Ahora, por vivir detrás de lo urgente prácticamente nunca prestamos atención a lo que importa. Todo lo que urge es importante, pero no todo lo que importa es urgente. Hasta que en algún momento lo es.

Hablo de planificación. De planes. De planes de verdad, con un desarrollo, una justificación, una viabilidad, un control sobre la evolución y eventuales correcciones, y una concreción a mediano y largo plazo. Planificación.

Durante varios lustros tuvimos un ministerio de Planificación que fue sinónimo de corrupción. Y allí quedó la bendita palabra sepultada bajo toneladas de dólares que nunca volverán. Pero mierda que es necesario planificar un país que tiene absolutamente todo por hacer. El problema es que, donde se quiera tocar algo, alguien se verá afectado.

Es insólito que existan ciudades tan codependientes que no se encuentren unidas por un ferrocarril de alta velocidad. O, al menos, de una velocidad del siglo XXI. No es razonable que Buenos Aires se encuentre a seis horas de tren de Rosario ni de Mar del Plata. En el megaplan de reconstrucción ferroviaria tampoco hay razón de ser para la reconexión de localidades que por algo sobrevivieron sin el tren: porque fue reemplazado por el automóvil hace 110 años. No es normal que aún tengamos la creencia de que el tren de pasajeros le compite al micro de larga distancia cuando en el mundo le compite al avión de corta y media distancia.

No es anormal que vivan tantas personas en el área que rodea a la ciudad de Buenos Aires. Ocurre en las grandes capitales, sobre todo en las occidentales. Lo que no es normal es que el 40% de la población de un país en cuyo territorio entran diez naciones europeas, viva en un polo concéntrico. ¿Cómo se desarma eso? Tan básico que ya se hizo: con oportunidades de desarrollo en otros puntos del país.

¿Notaron que tenemos siete canales televisivos de noticias? Son cinco más que en Estados Unidos. Y todos están concentrados en la Ciudad de Buenos Aires. No existe contrapunto geográfico. En una época creí que se debía a la falta de costa oeste. Pero Estados Unidos, de quien copiamos nuestra organización administrativa y federal, posee en su costa atlántica una cordillera de ciudades con áreas metropolitanas en la que la más chiquita parte al medio a cualquier ciudad argentina por fuera de Buenos Aires.

Al momento de explicar la existencia de la opulenta ciudad de Buenos Aires, muchos todavía quedan varados en el siglo XIX y dicen que el interior mantiene económicamente los helechos de la avenida 9 de Julio. Más allá de la burrada, a nadie se le ocurre otra cosa que nivelar para abajo, el gran deporte argentino y por afano. ¿Buenos Aires es hermosa? Quítenle recursos. Nunca competir, ¿no?

Nunca generar atracción de inversiones urbanísticas, incentivos fiscales para la radicación de empresas, fomentar la migración planificada y un sin fin de cosas que podrían hacer para que este deje de ser un país deshabitado. Sí, deshabitado. La Patagonia Argentina tiene más de un millón de kilómetros cuadrados repartidos entre cinco provincias que, en su totalidad, juntan menos habitantes que la ciudad de Buenos Aires.

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El conurbano bonaerense es un conglomerado polifacético en cuanto a estructura, poder adquisitivo y orígenes. Pero si vamos al crecimiento de las zonas más carenciadas, notarán que se produjo un movimiento de migración interna increíble en los últimos años producto de la falta total de oportunidades en numerosas provincias, casi todas ellas del noreste argentino.

La Encuesta Permanente de Hogares del Indec mostró durante los dos gobiernos de Cristina Fernández la caída del empleo privado en los centros urbanos de Río Negro, Santa Fe, Jujuy, La Rioja, Chaco, Santiago del Estero y San Luis. Si a esas mismas provincias le sumamos Santa Cruz, Tierra del Fuego, Chubut, Formosa, Catamarca y Neuquén, tenemos al Dream Team del empleo público: 30% del laburo registrado promedio en cada una de ellas. Como resultado lógico pueden ver el crecimiento de las capitales provinciales sin estructura que lo acompañe y una pregunta obvia: ¿A dónde va a trabajar el que no entra en el Estado?

Es cierto que no se puede concertar una política que involucre a provincias y, a la vez, pasar por arriba de sus autoridades locales. Tan cierto como que todas las provincias más pauperizadas del país se encuentran bajo un régimen feudal y antidemocrático que habría derivado en una intervención federal hace demasiado tiempo.

Ya que mencionamos al conurbano, existe una metodología practicada por muchos de sus municipios que debería servir de ejemplo a las provincias argentinas: la competencia por la atracción de industrias. Juegan a ver quién te da más beneficios tributarios, quién te da más servicios para instalarte, y demás cosas. ¿Por qué no lo hacen las provincias? Porque la teta de la coparticipación es sagrada. ¿Para qué esforzarse si otra provincia lo pagará?

Si realmente fuéramos un país federal, si cada provincia tuviera que vivir solo con lo que produce, quizá veríamos otras realidades que ya hemos vivido, dado que la coparticipación ocupa una porción ínfima de la historia del dinero público argentino. Si las provincias tuvieran que competir entre ellas ya tendríamos el equivalente a Las Vegas en medio del desierto. Y si las provincias tuvieran que competir por generar dinero ya tendríamos hoteles con estrellas de verdad en cada hueco con un paisaje fotografiable, junto a un aeropuerto digno de recibir aviones.

Si de los ingresos genuinos dependiera el presupuesto provincial, probablemente tendríamos otra clase de dirigentes, de esos que saben gestionar lo público en lugar de administrar la pobreza. Puede ser que, también, tendríamos a funcionarios que pudieran hallar y fomentar las actividades que pudieran desarrollar la economía de las ciudades. Atrás de eso, la creación de puestos de trabajo viene solita. El dinero recaudado podría destinarse inmediatamente a la creación de infraestructura para las zonas sobre las que se crearán nuevos barrios. Qué se yo, lo básico de un plan elemental y estúpido.

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Hubo un tiempo en el que la normalidad era la planificación. Si toman un mapa de la Ruta 9 desde Buenos Aires hacia la Ciudad de Córdoba notarán que hay un pueblo o ciudad cada treinta minutos. Surgieron como colonias agroganaderas o postas de abastecimiento. Fueron planificadas y fomentadas por el Estado cuando no creadas por el mismísimo gobierno central. Fueron el destino de millones de inmigrantes y por eso es normal que el tipo con más pinta de lugareño tenga un apellido gringo.

Hubo un tiempo en el que la Argentina creó un sistema nacional de riego. Hay una ciudad en Río Negro llamada General Roca. Pionera en la producción frutícola a gran escala, se desarrolló gracias a los canales de riego en medio de la nada. De pronto, pareciera que hubiésemos entrado en la Edad Media: vemos los acueductos y ni nos preguntamos cómo mierda hicieron los romanos para construirlos quinientos años antes. Pero qué bueno que estén ahí, en el fino arte de la supervivencia.

No es normal que la ciudad de Buenos Aires tenga 3 millones de habitantes pero que por ella circulen un total de 11 millones de personas en promedio por día hábil. No es normal que alguien que vive en el conurbano sur deba tomar la General Paz para ir hacia el Oeste o el Norte porque las circunvalaciones provinciales están deshechas, saturadas, o las dos cosas.

Tampoco es normal que la conducción política de las fuerzas de seguridad estén en manos de médicos militares o de abogados con nula experiencia. Y si nos parecía que la Policía Federal estaba fuera de forma con oficiales que estudian tres años y suboficiales capacitados durante seis meses, no hay ningún razonamiento lógico para que la Policía de la Ciudad esté en funciones con agentes sin entrenamiento mínimo de precaución como para que un forro no te quite el arma sin que puedas reducirlo.

No es normal que el país se haya convertido en la patria sindical. Es la institución con peor imagen pública del país. Sin embargo, todos le tienen pánico a los sindicatos. Y así vamos por la vida: ¿quiénes evalúan a los camioneros? Los camioneros. ¿Quiénes evalúan a los docentes? Los docentes. Para lo que nos conviene somos una reunión de consorcio monstruosa, para lo que no nos conviene exigimos un presidente con autoridad imperial.

Y todos me terminarán por putear, pero sigo: no es normal que con una expectativa de vida veinte años superior a la de 1992 nos jubilemos a la misma edad que en 1992 en un sistema público. No hay forma de resistir tamaña disparidad, mucho menos si le sumamos la cantidad de pensiones y asignaciones del país. Tampoco es normal que deba ser el Estado el único dueño de nuestro futuro. Tuvimos la opción y nos la quitaron porque necesitaban una noticia política. Sí, fue opcional. Hoy contamos con la hermosa aventura de saber que el mayor de los monotributistas cobrará la mínima y que la inmensa mayoría de los jubilados son, literalmente, pobres.

No es normal que entre todos debamos hacernos cargo de las malas decisiones económicas tomadas por individuos. Decisiones que, muchas veces, son tomadas adrede gracias a que, si sale mal, papá Estado lo solucionará. Los acondicionadores de aire hasta en el baño gracias a las 50 cuotas, las tarifas pisadas, la crisis energética y el desborde de emisión para subsidios, son los cuatro jinetes del apocalipsis macroeconómico del país en el que las casas se compran al contado y la ropa con tarjeta de crédito.

A nadie se le ocurre que le regalen un celular. Entiendo que como es algo que no se ve, y deduzco que el nivel educativo en cuanto a física es igual a cero, nadie dimensione que la energía eléctrica tiene un costo. ¿Te mudaste a uno de los quichicientos edificios modernos con mil amenities pero en el que hasta el termotanque funciona a energía eléctrica fomentado por el cuadro tarifario? ¿Qué culpa tiene el viejo que cobra la mínima?

No es normal, para nada normal que el respeto por la propiedad privada no sea enseñado como uno de los tres derechos humanos fundamentales. Lo es. No es joda, búsquenlo. No es normal, para nada normal que los delitos por administración fraudulenta del Estado tengan penas tan, pero tan bajas. Digo que no es normal que salga más barato robarle millones de dólares a un país entero que cien pesos a un tipo en la parada del colectivo.

Las anomalías continúan y se concatenan hasta formar una manta hilada gigante con la forma de la Semi República Unitaria Argentina. Todo lo que no es normal es necesario que se encauce hacia la normalidad; es importante.

Detrás de cada falta de planificación, detrás de cada familia desplazada por la falta de oportunidades, detrás de cada provincia adicta al alimento balanceado nacional, detrás de todas y cada una de las falencias educativas, nace la desigualdad, aparecen chicos desnutridos en chozas a minutos del Obelisco, se multiplican los viejos pauperizados y se anula la generación de riqueza. Y cuando la riqueza no crece, la existente siempre se la queda el más fuerte. O el más vivo. Un tironeo entre los que señalan lo urgente y quienes van e intentan apagar el incendio a escupitajos.

Pero qué voy a saber yo de planificación si no puedo saber qué haré el finde que viene.

Nicolás Lucca

 

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