Inicio » Relato del presente » Al cuadernito
Desde que tengo memoria, escribo a mano las cosas que me alteran los nervios. Bueno, desde que aprendí a escribir. No es exactamente un diario; no tiene una metodología de periodicidad y horarios, no hay rutina más allá de la rutina de intentar una rutina de vez en cuando. Pero no tengo una forma más exacta para llamarlo. ¿Depósito de broncas?
Algo sorprendente de mi mochila imaginaria es que logré conservar un solo juguete de mi infancia, pero hay papeles, hojas número tres con ojalillos y hasta separadores de materias para carpetas. Todo debidamente conservado con sus anotaciones de bronca. Ahora que lo pienso, debería anotar con bronca que conservo esas cosas y no logré defender las otras. Algunas de esas anotaciones me dan ternura, otras han terminado en terapia, pero son eso, hojas sueltas. Ya en la secundaria, al menos tenía la costumbre de recurrir a un cuaderno. Conservo esa costumbre.
Esta semana temí seriamente por mi reputación cuando me di cuenta de que había dejado mi cuaderno, el actual, al alcance de otro humano. Como es un cuaderno, a nadie le despertó curiosidad. Me sentí aliviado.
Kodama se sintió traicionada por el fantasma de Bioy Casares al dejar unos escritos con el nombre de Borges que ella no pudo facturar y que consideró, quizá equivocadamente, que la intimidad dejaba mal parado al máximo escritor. Discutible. Lo mío no es para tanto. Al menos no en ese sentido. Ni siquiera es mi diario entero, es el tomo actual de una larga serie de cuadernos, a veces abandonados, con brutos saltos en la continuidad en los que faltan años enteros de forma tajante.
En unas anotaciones de diciembre de 2015, me encuentro contrariado por la lectura del libro “Populismo, una defensa de lo indefendible” de la francesa Chantal Delsol. Con todo lo que habíamos vivido en América durante los tres lustros previos, me chocó que se centrara tanto en Europa. Ahora me da bronca no haberlo visto como un pronóstico, un horóscopo que debe leerse bajo el paraguas de que el populismo no es ni de izquierda ni de derecha; es una forma de vida. En ese libro aparecen movimientos y una larga lista de nombres que no tenemos por qué conocer, pero que coincidieron y coinciden en una contraposición de “nosotros o ellos”, en el odio a la integración entre países –en este caso, la Unión Europea–, el rechazo a la globalización y la ponderación narrativa de la libertad como valor individual, mientras apuntan con sus discursos a unidades colectivas, como lo es cualquier familia o grupo tradicional.
Y todo esto escrito en 2015 cobra otra dimensión cuando noto que Javier Milei, por aquel entonces, estaba abstraído y a las órdenes de Guillermo Francos en el think tank que trabajaba para la eventual presidencia de Scioli. Nada que no sepamos, pero ¿a quién le importa a esta altura, no?
Es como un check-list: la megalomanía, el mesianismo, el delirio fundacionalista, la historia que se divide en años AM y DM –Antes de Mí y Después de Mí–, la furia contra todo aquel que no comulgue y se anime a decirlo, la facilidad para expulsar traidores por hacer el 10% de lo que hacen cotidianamente los que todavía son incondicionales y esa sensación de que el día de toda una población girará en torno al estado de ánimo del ser humano que ocupa la primera magistratura del país.
Pero hablar de populismo a esta altura del partido también es engorroso; supongo que en parte se debe a que nadie quiere reconocerse populista o que, a diferencia de la experiencia europea, nosotros lo tenemos indefectiblemente asociado a la izquierda y les quedó la marca registrada como sinónimo. Algo así como la Gillette o la Vaselina, que eran marcas que se asimilaron al producto. Nadie dice “delgada hoja de acero desechable” ni nadie menciona “un gel de petrolato altamente purificado”. Sin embargo, todas las definiciones ya habían sido expresadas y hasta se destacaban la pasión por lo “políticamente incorrecto” y el “decir lo que todos piensan pero callan”. Entonces surge la pregunta de por qué votamos como votamos y a quiénes votamos: de quiénes dudamos de su integridad psicológica, de quiénes nos reímos por su obsesión con el trato académico, a quiénes les examinamos hasta la buena voluntad al vestirse y a quiénes les exigimos que se comporten dentro de los límites del juego democrático, institucional y republicano.
He notado que un clásico de mis rabietas escritas se refiere a esa sensación de pensar lo mismo y que el mundo se haya corrido de lugar. Habría que desmitificar un poco el asunto. Ni el mundo se ha movido tanto ni somos tan inamovibles en nuestras ideas. Hay cosas que pensaba hace dos décadas que hoy no sostengo, pero sí es cierto que en otras me pregunto si me quedé en el tiempo y todos los demás avanzaron o qué cazzo era aquello que nos unía. Messi recibió un doctorado honoris causa de la Universidad de Buenos Aires y al dar sus palabras de agradecimiento, no pudo contener la risa al decir “soy doctor honorífico”. Nuestro presidente obliga a que los locutores de actos públicos lo presenten como doctor. Ningún manual de Ceremonial y Protocolo de ninguna parte del mundo, ni siquiera el argentino, considera un honoris causa como tratamiento de doctor a ser mencionado y solo se acepta si se aclara que es un doctorado honorífico. ¿Importa? Nada: al cuaderno.
“Puede que buena parte de la bronca que me genera Adorni sea una mezcla de su espíritu de canchero perpetuo que no combina con su aspecto de eterno bulleado, pero pocas cosas me generan tanta efervescencia como ver lo berreta de sus gustos y gastos”, dice en una parte. La calentura del momento me impidió rescatar el flipper que colocó en algún lado de sus propiedades, pero mi expresión hizo referencia a la carencia total de interés por lo bello en su atracón de compras. Tengo tantos, pero tantos gustos postergados que no puedo más que sentir bronca. Ojalá fuera envidia, que al menos se puede tratar en terapia. Ahora, no se me quita tan fácilmente la bronca por la incapacidad propia de satisfacer necesidades culturales básicas.
Reventaría disquerías, haría un sacrificio ritual sobre un par de librerías, dejaría seco algún que otro local de ropa y tendría que hacer un sorteo para elegir cuál es el primer destino del mundo al que me dirigiría, pero ni uno solo de ellos consistiría en una playa de vacaciones paquetas, a excepción del Monte Saint-Michel en Francia o Nicotera en Calabria. Quizá vi en Adorni todo lo que me jodía en una sola persona y así se expresó en el cuaderno. ¿Qué hice con eso? Nada, me lo saqué de encima y pude continuar más liviano.
Reviso otras anotaciones y encuentro que no todos viven en el mundo de los gastos postergados finalmente satisfechos. “Ya van tres que me dicen que su mayor problema es la falta de consumo, que se traduce en falta de publicidad”, anoté hace un año y medio. Desde entonces, la situación no ha hecho otra cosa que empeorar. El mayor problema de la cultura popular de los últimos –¿sesenta? ¿setenta?– años consiste en que todos consumimos las mismas publicidades y deseamos las mismas cosas, pero no estamos en igualdad de condiciones para obtenerlas. Y aun así, pesamos lo mismo en la conversación pública.
Fuimos educados y seteados para consumir. Todos sentimos que nos va mejor cuando podemos consumir. El mundo también se ha movido con la expansión del consumo. Ahora, con las fronteras abiertas, el problema tiene más aristas y no me refiero a la parte productiva, sino a nuestro bienestar psicológico: si para sentirnos bien debemos formar parte, consumir es vital.
¿Cómo no vamos a estar desanimados? Mis consumos son mayormente culturales: discos, libros, cine, conciertos, teatro. No piso un cine desde Wonka, el último disco que obtuve por mis propios medios fue en 2022, no voy al teatro desde antes de la pandemia y los conciertos ya no forman parte de mis planes a concretar. El último traje me lo compré hace diez años. El último par de zapatillas tiene tres.
Un día noté que de tres comidas semanales traídas por delivery pasé a cero. Agradezco tener hijos para poder decir que no como afuera porque no tengo quien los cuide, pero todos sabemos la realidad. Son elecciones, claro. Recuerdo –porque está anotado, ja– que un compañero me comentó, con tono bien sarcástico: “qué mal te va, eh”, al ver que había comprado un auto. Me faltaban 80 cuotas para terminar de pagarlo, literalmente, pero era lo de menos: él se había ido de vacaciones a Miami. Ya me imaginaba la discusión tipo “pero vos te fuiste a Miami”, a lo que él me contestaría que terminaría de pagarlo en mil años, a lo que yo le iba a responder que lo mismo aplicaba a mi tutú, etcétera. Creo que lo anoté porque fue la última vez que di explicaciones de Ricky Fort por algo propio de la familia de Mafalda.
Hay elecciones que conllevan determinadas cargas. Si decidiste tener hijos, habrá que resignarse a que, por un buen tiempo, el consumo de contenidos para mayores de 13 años será un lujo que no todos pueden darse. Pero una cosa justifica a la otra, ¿me explico? No irás al cine, pero disfrutás de los pibes. El tema pasa por las cosas que no deberían ser optativas y excluyentes. A mí no me entra en la cabeza que, a esta altura de mi vida laboral, tenga que elegir entre dos cosas que no son bienes suntuosos: o el pantalón nuevo o el libro que esperaba; el disco o el service del auto; llenar el tanque de nafta o conservar el riñón.
Diría que no vivo mal, pero ¿en comparación a quién y dónde? Es una vara que me jode porque ¿quién decide cuál es la vara? Una de mis anotaciones que tienen más de una década y que he utilizado en más de una ocasión: imaginemos que hay un departamento de tres ambientes con cochera, calefacción central, caldera, aire acondicionado y totalmente equipado en el barrio de Almagro. Si tomo a un tipo que vive en una pensión y lo mudo, ¿su vida habrá mejorado? Ahora mudemos a Susana. Esa Susana. ¿Le mejoramos la vida? No hay forma de medir el bienestar colectivo más allá de la posibilidad de progresar. Y si no se puede progresar, que al menos se pueda consumir.
Si no voy a comprar una vivienda, ¿por qué no puedo darme un gusto? No encuentro ahora mismo la anotación, pero recuerdo la calentura que levanté frente a un posteo que criticaba el consumismo como causa de falta de acceso a la vivienda. Sí, es cierto, pero porque los bancos orientaron durante demasiados años sus líneas de créditos exclusivamente a financiar consumos de bienes no registrables. Pero la crítica me había llegado por el lado de “y, un cafecito por día cada día y se quejan de que no tienen casa, hay que hacer esfuerzos”. ¿Cinco mil pesos un café? Si dejo de tomarlo hoy y nunca más hay inflación de nada, demoraré unos 205 años y cuatro meses. En marzo del año 2232 habré alcanzado el monto que podría haber conseguido con una hipoteca. Dejame con el café mientras puteo por la falta de acceso al crédito para todo aquel que no tenga un amigo en el Banco Central. ¿Puedo resolverlo? ¿A alguien le importa? Al cuadernito.
El Presidente está más interesado en ganar una competencia dogmática por la validación que en hacer que esta joda salga bien para el interés general. No, no figura en el cuaderno porque, repito, es un lugar al que voy a depositar cosas que me dan bronca. Y a nivel presidencias uno está como inmunizado en grandilocuencias porque es parte del starter pack. Es sorprendente lo contagioso del asunto y lo fácil que le resulta al ser humano en general sentirse un ser especial. El Canciller dice que en Singapur le dijeron que “el mundo depende de que a la Argentina le vaya bien”, se instala la idea de que la inflación “comenzaría con cero si el gobierno no hubiera enfrentado siete intentos de golpes de Estado”, el Presidente dice que es el máximo exponente de la libertad a nivel mundial y una de las tres personas más conocidas del mundo, su nuevo socio académico explica que no ganaron el Nobel de Economía porque no terminaron de escribir el paper. Todo a lo grande, a lo inmenso.
Existieron miles de estados, reinos, imperios y banderas que ya no flamean, pero que agruparon a los 117 mil millones de seres humanos que el Population Reference Bureau sostiene que han vivido antes que nosotros a lo largo de los últimos dos mil siglos. Doscientos milenios de gente que vivió, que amó, que tuvo miedos, que deseó y que se preguntó cosas.
En 1990 nos llegó una imagen tomada por la Voyager a no sé cuántos millones de kilómetros de distancia. Carl Sagan nos ubicó en el mapa al decir que era solo un punto pálido en el que “todos los que amas, todos los que conoces, todos de los que alguna vez escuchaste, cada ser humano que ha existido, vivió su vida; la suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.”
Esa inmensidad siempre me pareció abrumadora. Así y todo, creo que la dimensión del tiempo es aún más apabullante cuando el contenido de todo lo que ocurrió durante una primavera de algún año es un átomo de la historia comprendida en un período de “entre diez mil y doce mil años, ponele”. Y solo si ese algo mereció ser recordado por alguien durante un tiempo. A veces me deprime esta idea de insignificancia. Hasta que veo cómo tantos se acomodan las medias y las medias para salir en una foto carnet. Esto último podría mandarlo al cuaderno.
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