Inicio » Relato del presente » Buscando a un tal Kaplan
De todos los servicios polémicos brindados por el Estado, el más fascinante por lejos es el de Inteligencia. Supongo que, por una cuestión cultural, mantengo con ellos una relación tóxica platónica: me encantan las historias de espías y me asusta el concepto de espionaje en sí. Pero desde Maxwell Smart, el inspector Gadget o Clouseau hasta Bond o Misión Imposible, todo me resulta fascinante. No me importa si tienen la pilcha de 007, el estado físico de Ethan Hunt y Jason Bourne o el olor a whisky, nicotina y mugre de Jackson Lamb; todos, absolutamente todos, pueden atrapar mi atención. Y, a la vez, la idea de saber que existen servicios de inteligencia alcanza y sobra para alterar el normal desenvolvimiento del individuo paranoico de esta era.
Creo que el romanticismo que envuelve a grandes historias puede llevar a idealizar el asunto, sobre todo cuando el amor se mezcla con el género de las intrigas políticas o bélicas. Sin embargo, parte de las epopeyas que más nos gustan pasan por personas que se ven forzadas a meterse en un mundo de espionaje sin buscarlo, y ahí estamos fascinados con el doctor Ben McKenna de El hombre que sabía demasiado, o sufrimos con la huida de Roger Thornhill en North by Northwest (Intriga internacional o Con la muerte en los talones, según el país), quien corre durante más de dos horas en el mejor traje gris que haya visto el cine y solo porque lo confunden con George Kaplan. El tema es que Kaplan no existe, es un agente inventado por el gobierno para distraer al enemigo. Hermoso. Incluso, si pasamos del dramatismo a la sátira absurda, es un tanto incómodo pensar que Nick Rivers es un agente inorgánico en Top Secret.
Si un hombre pagó por sexo y así nació la profesión más antigua del mundo, puede que la segunda profesión haya sido la del tipo que se enteró y supo usar esa información. Desde que existen las organizaciones humanas hay información sensible. ¿Cuál será el acto de espionaje documentado más antiguo que podemos mencionar? ¿Son los dos tipos que metió Josué dentro de Jericó para que le informen todo lo que pasaba dentro de la ciudad? ¿Los doce líderes que envió Moisés a reconocer las fortificaciones e indagar sobre la fuerza militar de los cananitas?
El concepto de llamarle inteligencia es bastante más actual y refiere al procesamiento de información, pero siempre estuvo vinculado a cuestiones bélicas o de control ciudadano. No es creíble que un ejército acepte ir a una batalla sin tener algún ojeador que chusmee primero el terreno, la cantidad de enemigos y su armamento. Ya lo dijo Sun Tzu varios siglos antes de Cristo al detallar las clases de espías y dobles agentes necesarios para dar cumplimiento a eso de “conoce a tu enemigo”. Y si bien hay historias de intrigas palaciegas desde siempre, el primer servicio de inteligencia militar oficial, blanqueado y pagado, fue el del Imperio Austríaco en 1850.
Previo a ello hubo grandes maestros que marcaron el camino, como el británico Francis Walsingham que se cansó de desarmar conspiraciones contra la reina Isabel. Poco tiempo después, en el continente europeo, un hombre invisible crearía una de las redes de espionaje más perfectas y disimuladas, mientras influía en la política doméstica y de casi toda Europa sin siquiera cambiar su estilo de vida ni ascender en la estructura de su organización.
Hablo de uno de mis personajes favoritos de la historia del espionaje y que existió de verdad: François Leclerc du Tremblay. De entrada era conocido por otro nombre: Padre Joseph. Era fraile de la Orden de los Franciscanos Menores, los capuchinos, y ya hablar de la Iglesia en aquellos años da suficiente material para dejar chiquita cualquier novela de espionaje. Es probable que el Vaticano haya sido por siglos la principal central de inteligencia del mundo sin siquiera saber qué significa ese término. Después de todo, ¿qué precio le pondrían a las confesiones de los principales líderes de Europa?
Leclerc fue la mano derecha del Cardenal Richelieu y, si yo recuerdo su existencia, es por culpa de Aldous Huxley que no solo jugó a hacer predicciones que se cumplen con sus novelas, sino que también abordó el ensayo biográfico, político y psicológico-social en un mismo libro llamado Eminencia Gris. Nosotros hablamos de monjes negros y algún erudito puede trazar el origen a Savonarola, pero lo más probable es que hayamos sacado la idea del mito construido alrededor de Rasputín, que no era ni monje ni negro, o se haya extrapolado de un libro de Chejov titulado exactamente Monje Negro.
La idea de una Eminencia Gris es lo que nosotros le achacamos a un monje negro. Leclerc era un tipo que no ocupaba un cargo jerárquico dentro de la corte de Luis XIII; para eso estaba Richelieu. El capuchino no tenía empleados, no comandaba una oficina, no oficiaba de ministro y, sin embargo, Richelieu no habría podido darle forma a la Francia absolutista sin la vital colaboración de Leclerc. Huxley se remonta a Leclerc porque escribió su libro en 1941, en plena guerra, para explorar los vínculos entre política, religión y el debate moral de una persona que practicó las dos cosas.
La catástrofe bélica de la primera mitad del siglo XX podría ser un efecto mariposa que se remonta hasta la Paz de Westfalia, con su consiguiente desmembramiento del poder imperial y el surgimiento de los Estados nación; todas cosas que no podrían haber ocurrido sin las bases sentadas por Richelieu, y este no habría llegado hasta donde llegó sin la vital sabiduría de Leclerc y su aceitadísima red de información. De ahí el trato de “Eminencia Gris”: solo a un cardenal se le dice eminencia, y todos los cardenales visten de rojo. Decirle eminencia a un monje es todo un juego de palabras.
¿Qué hizo el Padre Joseph en todo esto? Traficó influencias, difundió propaganda sucia y hasta apoyó a los protestantes en contra del emperador católico del Sacro Imperio. Sí, un franciscano en plena guerra entre católicos y protestantes impulsó el apoyo de la Francia catoliquísima a los rebeldes del Sacro Imperio solo para debilitar a los Habsburgo. Así, un país como Francia, que combatía a los protestantes fronteras adentro, se inmiscuyó en los asuntos de otro Estado hasta la llegada de la Paz de Westfalia que pone fin a la eterna guerra y debilita el poder imperial entre cientos de pequeños estados. Durante el siglo XX, algunos teóricos nazis trazaron hasta ese tratado de paz la causa de todos los males de Alemania.
No diría que me molesta la idea de monje negro en reemplazo de la Eminencia Gris porque a cada persona que se ha señalado como monje negro no ha estado a la altura de una eminencia gris. Este último es una definición que corresponde a un sujeto que tiene extrema influencia y acción sobre el Estado y la toma de decisiones, un asesor supremo, la mano derecha, izquierda y los dos pies del hombre más poderoso de un gobierno, y con un control frío en los aparatos más sensibles del control, sin ocupar un cargo oficial y con fluidas relaciones con otros líderes del mundo, sin aceptar el rol de representante. Es una enorme diferencia con un monje negro, el cual, según nuestro imaginario, su ambición lo lleva a querer ser el verdadero poder en reemplazo del poderoso, tipo López Rega. A la eminencia gris, ese lugar no le importa: si controla a quien ejerce el poder, ¿quién es el poderoso?
Nadie puede ser una eminencia gris si carece de inteligencia entendida como habilidad. A su vez, son personas que ejercen el fino arte de la paciencia, estratégicas hasta la obsesión, distantes de cualquier lugar que dé calorcito. No son misteriosos porque dicen serlo, sino porque son indescifrables y nadie sabe qué pasa por sus cabezas ni antes, ni durante, ni después de que hayan actuado. Es más, nunca se sabe cuándo actúan porque nadan sin hacer olas. Como punto en común, tanto una eminencia gris como un monje negro tienen capacidad de decisión y control sobre el gobierno y sobre la ciudadanía, con una libertad de acción absolutamente desproporcionada al rol que ocupan. Un monje negro puede ser un ministro o un senador con gran poder de negociación, incluso un asesor o secretario privilegiado. Una eminencia gris, en cambio, sabe que una de sus principales armas es no ser reconocido. Si así fuera, si formara parte de la conversación pública, no podría hacer nada de lo que hace.
Con todo esto en mente, veo los hechos ocurridos en los últimos días y me cuesta horrores encontrar lugares de paz virtual. No me siento capacitado para opinar sobre el funcionamiento interno de Brasil y la realidad básica indica que no es culpa de la Argentina que otro país no haya emitido una alerta roja sobre una persona que ingresa al nuestro. Lo que sí me resulta fascinante es que nosotros figuremos en una historia en la que podríamos estar de paso y sin querer.
Vivimos en un mundo repentino, en el que todo lo que podría pasar, sucede inmediatamente. Un día sos candidato a presidente de un socio del Mercosur, al otro estás exiliado en Estados Unidos con una hoja de viaje digna de una historia de la Guerra Fría. Una mañana te encontrás con un ensayo medio falopa que habla de las probabilidades de que las tecnológicas tomen decisiones que afecten la estabilidad de los gobiernos y, mientras le das un sorbo al café, te enterás de que en California, con la decisión unánime de una persona, se decidió dejar sin cobertura satelital a parte del territorio ucraniano en plena guerra contra un invasor. Todo ya, el presente es eso que pretendés habitar mientras el futuro te mira desde el pasado por no correr a la misma velocidad.
En ese mundo repentino, en dicho plano temporal del ahora, las noticias ya no nos tapan: las incorporamos y olvidamos tan rápido que no entiendo cómo es que no podemos hacer lo mismo con los traumas. Así es que una noche gélida de una primavera trucha, el Presidente puede acelerar tras recibir un fallo judicial más que favorable y prender fuego todo con un discurso. Yo estaba maravillado por intentar adivinar quién habrá sido el de la idea de poner en el discurso del Presidente una crítica furibunda hacia el Islam, con los hermanos Menem sentados en primera fila, pero el ataque a la prensa pesó más en el análisis final. Para cuando ya no sabíamos con qué más criticar al presidente y con la conversación pública tapada por un fin de semana de agitación, aparecen los resultados de Brasil y, sin que lleguemos a preguntarnos si corresponde o no que Milei salude al vecino que odia, quedamos todos pendientes de un avión congelado en una pista fronteriza. Que no, que sí, que sí, que no, y el candidato se las tomó.
De madrugada es difícil pensar con claridad, mucho menos cuando la noticia te explota en la cara y estuviste todo el día detrás de la coneja: Migraciones primero niega el ingreso de Flávio Bolsonaro mientras un avión lo esperaba en Puerto Iguazú, y después lo confirma y explotan las redes. Así y todo, hasta el momento, y con la información disponible, no encuentro nada que obligue a ningún agente migratorio a impedir el ingreso de Bolsonaro Jr. a la Argentina y podría quedar ahí el asunto. Si mañana aparece algo más, veremos. Podría decir que tampoco entiendo cuál es la necesidad del gobierno de aparecer tan, pero tan pegado a la movida cuando podría haberse hecho el boludo como las mil veces que los demás gobiernos se han hecho los boludos con nosotros o entre ellos.
Ese punto ha sido un tema de conversación entre colegas en las situaciones típicas: ascensor, cola del bondi o mingitorios continuos. Mirás a la pared, evitás contacto físico, preguntás por la motivación de figurar y así evitar el silencio incómodo. Las aguas aparecen divididas entre los que creen que la aparición en público en medio de un operativo es una necesidad de satisfacción narcisista, pero a mí no me convence. Alguien que tiene la lucidez suficiente para pedir el control de la inteligencia, de la administración recaudadora federal y del centro de información financiera sin ocupar un cargo que exija rendición de cuentas, ha comprendido mejor que nadie que cualquier otro sillón del gobierno es una ocupación menor y volátil. Aceptar esto llevaría a pensar que nunca tuvo voluntad de gravitar en la confección de listas electorales porque nada que se decida en el Congreso puede afectar ni superar al control de la inteligencia y los movimientos patrimoniales de los argentinos. Están los que tienen poder, los que tienen mucho poder, los que tienen muchísimo poder, y están los que saben qué tiene, cuánto gana y cómo lo gasta cada uno de los poderosos.
Sé que mi hipótesis puede ser distinta a la respuesta emocional inmediata, pero puedo justificarla con solo una pregunta: ¿de qué hablamos desde el martes? Una sola persona, sin cargo oficial, arrastró la marca de la agenda noticiosa y, por si fuera poco, agitó aún más el discurso de la polarización imperante en la era del choque de civilizaciones. Sí, es cierto que se expuso lo suficiente como para mostrar que efectivamente es él quien estuvo detrás del operativo de salida de Bolsonaro. En el medio se nos pasa el vínculo directo con las agencias norteamericanas, pero ese quizá sea el mayor error de nuestros análisis: creer que la disputa por el poder real se dirime en una oficina de Balcarce 50. Algún día es probable que, de apurados, busquemos por todos lados dónde se encuentra un tal George Kaplan sin notar que, al igual que en North by Northwest, Kaplan no existe.
P.D.: Lo que daría por el traje de Cary en esa peli. Y porque me quede así, claro.
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