Inicio » Relato del presente » Sensatez, literalidad y resentimiento
Esta semana me junté a tomar un café con un amigo a quien no veía hacía tiempo. Es curioso cómo se dan las cosas para alguien con poca batería social como quien firma estas líneas. Por lo general, si me dan a elegir entre una reunión por día todos los días o una reunión por hora en un mismo día, elijo saltar por la ventana. Me tocó lo segundo, pero salió bien.
En un punto de la conversación nocturna surgió el nombre de otra persona a quien no veo hace unas dos eras geológicas. Fue entonces que escuché la palabra “resentimiento” como una posibilidad de doble vía: que el tercero ausente fuera un resentido o que nosotros estuviéramos resentidos. En cualquier caso, había algo resentido y ese algo es la relación con el tercero, presente en espíritu.
Con el trajín que relaté en el primer párrafo, a duras penas pude mantenerme informado más allá del paro de subtes, la literalidad del Presidente y su posterior paseo por España, o Jorge Macri, que le pifia el nombre de pila a la figura cultural más importante que haya dado la Argentina al mundo. Y eso que comparte el primer nombre con don Borges.
Supongo que encontrarme con la palabra “resentimiento” en una de las noticias falopa que circularon para que nos indignemos o coincidamos sin un freno a la vista me llevó a pensar en mi accionar, en mis comportamientos y en si me siento resentido, aunque suene a juego de palabras.
Técnicamente, el resentimiento es un efecto de imposibilidad, un cocktail de frustración, enojo exacerbado por algo que sentimos que nos corresponde y que no nos es dado. Todos podemos caer en esa sensación, todos podemos resentirnos; después de todo, es una terminología que en su forma original no implicaba ninguna metáfora: resentir fue, durante mucho tiempo, volver a sentir algo. Nuestra versión castiza del déjà vu.
Ahora, cuando hablamos de eso que nos queda en la cabeza como una sensación de bronca indisimulable hacia una persona o una situación, el resentimiento puede virar de estar resentido a serlo. “Estar” es una etapa, algo lógico, parte de un duelo. Ser un resentido, en cambio, ya es algo para charlar en el diván. Salvo que estemos resentidos con la psicología, claro.
La literalidad, por otro lado, puede ser una virtud o un defecto. Alguien que cumple con una norma al pie de la letra tiene un sentido literal de la ley. Alguien que te dice que es imposible morirse de literalidad tiene una versión defectuosa del radar de palabras. Aclarado esto, la literalidad del resentimiento es un imposible porque hace siglos que perdió su significado literal: cuando alguien acusa a otro de resentido, no dice que ese otro vuelve a sentir constantemente, sino que actúa con un enojo mal dirigido.
En épocas en las que los argumentos se han vuelto tan, pero tan literales, cuesta entender cómo se puede acusar a otro de cosas que, en otro contexto, les puede tocar a otros. Es como cuando nos caen acusaciones o temores de cosas que despiertan sentimientos y resentimientos políticos. ¿Qué es el kirchnerismo? ¿Qué representa en materia política? ¿Quiénes son sus votantes? Si mañana Máximo Kirchner se presenta a una interna o es elegido a dedo por la madre para ser presidente, ¿cuántos lo votarían con la convicción de un militante?
En sentido literal, el kirchnerismo fue un movimiento verticalista y unipersonalista, con una visión de la economía más propia de un pequeño comercio barrial que de un país gigante, una pulsión inagotable por el dinero y una maquinaria propagandística experta en señalar enemigos. Políticamente, estaba compuesta por una fracción importante del Partido Justicialista y por un abanico de partidos menores o ignotos que se sumaron al proyecto para ver si rasqueteaban algo. Todos tuvieron un lugarcito bajo el paraguas, siempre y cuando se dejara que el paraguas lo tuviera Néstor o Cristina. Tan verticalista resultó el asunto que, al momento de prestar el paraguas para que lo use otro, Cristina dijo que sí, pero que no lo abra si llueve.
Como máquina propagandística, hubo para todos los sectores. El que diga que no sabían comunicar se equivoca fiero. Si un sector los odiaba, estaba dentro de la planificación. A los que estuvieron al margen de la fama durante toda su vida se les dio cobijo debajo de los reflectores de la TV Pública o en medios subsidiados. ¿Quién iba a decir que no tras una vida dedicada a la acción sin reconocimientos?
Predicar hasta el hartazgo que lo que a uno le falta es porque otro lo tiene es una gran forma de apuntar al resentimiento y fue un lema de propaganda durante un par de décadas. Pero también es estúpido suponer que ese resentimiento no estaba allí desde antes y que, en todo caso, la maquinaria de propaganda solo lo canalizó.
Hoy, en la narrativa oficialista, el kirchnerismo se desdibujó en socialismo, comunismo, marxismo, a veces progresismo y algún que otro ismo que se me haya pasado por alto. El kirchnerismo ya no figura como ente ni siquiera en la encuesta más falopa de todas las encuestas falopas. Se pregunta directamente por peronismo o por personas que no son bendecidas por Cristina.
Pero algo vuelve a mis conversaciones como una visita que cae sin avisar. Cuando alguien habla de resentimiento en cuestiones políticas, resiento –en el sentido literal, nuestro déjà vu– conceptos que ya habíamos desarrollado, pero respecto de otros actores. Parte de esta cosa molesta de ver cómo todo se mantiene alejado en polos es que muchos no reconocen que ahora son receptores de conceptos que antiguamente iban dirigidos hacia otro lugar. Si el kirchnerismo apeló a parte de su propaganda para potenciar un componente de resentimiento, lo hizo al descartar al otro y convertirlo en enemigo. Uno solo, aunque adentro estén todos mezclados. Un enemigo te da identidad; muchos enemigos te diluyen. Y me encantaría decir que es una cosa que nos trajo el kirchnerismo, pero todo indica que es un sentir universal.
Una de las sensaciones más difíciles de asimilar es la imposibilidad de borrar algo que no te gusta. Y ni siquiera hablo de eliminar algo; me refiero a que un ente que nos desagrada no se nos meta en el paisaje cotidiano. Y a veces no se puede. Aprender que hay que convivir con gente que nos odia es uno de los ejercicios más difíciles que decidimos adoptar al momento de gobernarnos mediante repúblicas.
El resentimiento explotado como odio generará indefectiblemente un fenómeno que puede ser beneficioso a corto plazo, pero que a la larga se puede volver en contra. Y lo hará. La parte odiada, la parte excluida, la parte culpable como un todo se resentirá también y repartirá etiquetas mientras se coloca algunas a sí misma.
Una persona me dijo “resentido” por mi texto del sábado pasado, puntualmente por la parte de los consumos. Sí, totalmente de acuerdo. Me encuentro resentido al no poder consumir en proporción a mi esfuerzo laboral, lo cual no me convierte en un resentido como persona. ¿Creen que es consumista querer consumir? En la expresión del literalismo como defecto, hay quienes ven de igual manera a un adicto a las compras que a un boludo que quiere tomarse un café sin tener que fijarse en el saldo de la caja de ahorro antes de sentarse en un barsucho. Más de una vez me resiento, también, por el lugar que creía que debo ocupar en base a mi esfuerzo, constancia y trayectoria. Es inevitable resentirse al ver tanto bruto con pretensiones de grandeza darse la buena vida. Y todavía se comportan como resentidos. En parte me asombra que nada les alcance, en parte me alivia no desear sus lugares y hasta debería agradecerles: me aflojan el resentimiento propio.
Pero hablar de uno mismo no sirve, así que vayamos a la realidad cotidiana. ¿Cómo puede sentirse una persona que está en modo supervivencia si ve que el Presidente de la Nación dice, abiertamente, que “es imposible” que el 70% de la gente se quede sin plata el día veinte del mes porque, entonces, “no tendrían con qué comer ni beber hasta fin de mes”?
Difícil encontrar una reacción más lineal que la del Presi frente a la encuesta que habla de “no llegar a fin de mes”. Fuera de la literalidad, podríamos decir que estamos ante el desconocimiento del otro, un clásico de nuestra forma de comunicarnos desde hace años. El otro no existe y, si se le ocurriese existir, es el enemigo.
El miércoles se me ocurrió preguntar a distintos conocidos que laburan en payroll de empresas. Ya que hablamos de literalidad, literalmente giraron adelantos de sueldos a más del 60% de sus respectivas nóminas. El miércoles fue 21. Puede que hayan comenzado a adelantar el mismo 21 o que lo hayan hecho a partir del 20, lo cual me hace mierda el argumento de la literalidad al palo. Sí, tres ejemplos no hacen una ley, pero deberían ver el tamaño de esas nóminas. Dicho sea de paso, ¿alguno se dio una vuelta por determinadas zonas fuera de las históricamente comerciales? No les digo que se vayan hasta más allá del horizonte o se metan en los peores barrios de la Argentina, pero, no sé, ¿las principales avenidas de zona sur o zona oeste? ¿Se sentaron a tomar algo en una vereda?
¿Es un infierno el país? La macro dice que no. Hay una lluvia de dólares que aumentará con los años, que no sabemos si derramará ni cómo lo hará. Los economistas más escuchados por Milei, que todavía no han pasado a la categoría de viejos meados, advierten que no está mal sacrificar un par de puntos de inflación para mover la economía y sacarla de la recesión. Obviamente, se refieren a subir la cotización del dólar, una noticia que de por sí es piantavotos y activa el modo extreme de nuestra estrategia de supervivencia.
Entonces, con una fortuna de ingresos en puerta y una crisis de consumo recesiva, sería lógico que en otros sectores de la política estuvieran con los cubiertos en la mano para aprovechar una bonanza con el trabajo sucio ya hecho. Hoy no hay novedades, pero falta un año para las elecciones, lo que en términos argentinos es una vida, sobre todo en un país donde estudios recientes demuestran un desinterés por las noticias políticas que llega casi a los dos tercios de los adultos. Y en las próximas presidenciales votará gran parte de los nacidos en 2011.
Por sorpresa, el Presi bajó la temperatura al volver al país y, al salir en radio, reconoció que “los indicadores de Argentina no estarían evolucionando tan positivamente como esperábamos en un primer momento”. Acusó a un shock externo. Y uno que pensaba que era culpa del periodismo. También agregó que no se enoja con las consultoras, sino que lo de no llegar a fin de mes es “una frase efectista que no guarda asidero con la realidad”. Creo que fue la última vez que alguien tuvo que explicarle cómo es que no llegar a fin de mes no es, precisamente, no tener qué comer ni beber: le pedís una mano a parientes o amigos, sacás fiado, comés menos, comés bajo en nutrientes, te tomás un bondi en vez de sacar el auto, caminás en vez de tomarte un bondi, te sacrificás y visitas parientes para zafar el morfi, etcétera. Admitir que otro pueda tener un problema real choca de frente con la idea de que hay una sola forma de hacer las cosas.
¿Qué sería lo que nos gobierna hoy en términos ideológicos? ¿Liberalismo? ¿Conservadurismo evangelista internacional? ¿Conservadurismo nacionalista? ¿Anarcocapitalismo? Todo junto suena a ensalada de frutas con carne y se dice que el pragmatismo en el ejercicio del poder es una virtud. Sin embargo, se comunica que las cosas funcionan de una sola forma porque el camino así es y todo lo que pueda correrse del carril, es un palo en la rueda.
Y la realidad dicta que casi nunca las cosas funcionan 100% como queremos. Pensemos en cuánto me puede indignar que el Poder Judicial funcione como lo hace. Y, sin embargo, la Justicia figura última en el ranking de prioridades de la gente en casi cualquier encuesta. Con esa enorme ventaja a favor, el Presi sale a victimizarse tras un fallo que lo favorece. ¿Está mal que a nadie le importe ni el fallo ni la política? Sí y no. En un país con menos necesidad de sobrevivir, probablemente quedaría tiempo para prestar atención a cosas que antes nos sacaban de quicio y que hoy derivaron en “boludeces institucionales que hay que dejar pasar porque peor es lo otro”.
Puede que Martínez de Giorgi sea, en realidad, una mente maestra que quiere desestabilizar al gobierno y que decide sobreseer a todos en un expediente que movió poco el amperímetro por fuera del mundo hiperinformado. Puede que lo haya hecho unos tres meses después de que su esposa fuera nombrada jueza federal y tan solo horas antes de una charla del Presi para conseguir que el primer mandatario transite la banquina en público y pida la hoguera para quienes lo corrieron con el asunto.
Sin ningún ánimo de restarle importancia a la magnitud del caso, creo que cualquiera puede empatizar con el sentimiento de euforia cuando se consigue que nos den la razón, lo que me cuesta comprender es la furia. Ganaste, disfrutá. Para resolver la dicotomía “elegir entre ser feliz o tener razón” le he pagado las vacaciones en el exterior varias veces a mi terapeuta y al día de hoy piso el palito de vez en cuando. Intento no ser resentido, me cuesta no estarlo cada dos por tres por las mismas causas que las de cualquier otro: falta de validación, carencia de pertenencia, sensación de fracaso, etcétera. Pero es ahí donde me cuesta entender la reacción del Presi: si nadie cobra penal después de que un defensor ataja una pelota, para qué boquear. De pronto, entre ser feliz y tener razón, a alguien le dieron la razón y ni así es feliz. ¿Qué tanto más se necesita?
En un mundo en crisis, más emocionales se vuelven nuestras opiniones y cualquier cosa que las contradiga nos contradice como personas, porque nos hemos convertido en eso: somos nuestras opiniones. Y como las opiniones son discutibles, preferimos agruparnos con quienes opinan como nosotros. De ahí a que el otro no exista, un pasito. ¿La paradoja? Si el otro, nuestro enemigo, dejase de existir, ¿con qué sostendremos nuestra identidad si la misma es el temor al otro?
Y yo no sé qué te pasará a vos, querido lector, pero un poco estoy cansado de tener que explicar por qué voy a ver el recital de alguien a pesar de que, qué sé yo, en junio de 1987 no dijo nada del ataque con gas mostaza en Sardasht por parte del régimen iraquí. Harto de charlar de economía con unos y de cultura con otros, de ser progre para unos, facho para otros. Es un coletazo que heredamos de otra era; ya no quiero estar signado por una vida en sociedad en la que nos movemos como si estuviéramos en un campo minado, sin poder tocar a nadie, un mundo en el que una sala de cine, un auditorio, un teatro, una cancha se convierten en una trinchera, donde nos cuidamos de emocionarnos y de disfrutar, donde nos privamos de liberar tensiones a través de una puteada o de una expresión de bronca, tan solo para no darle de comer al enemigo.
P.D.: No, no me refiero a preparar una cena para nadie. Tampoco un almuerzo. Ninguna comida.
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