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Durante el mes de agosto de 1969 se registraron un buen número de eventos que, en ese momento, fueron noticia, pero que, con el paso de las décadas, pueden verse de otra forma. Los Beatles terminaron de grabar su última sesión como banda; en California, un grupo de dementes pasados de rosca salió a cazar famosos bajo las órdenes de Charles Manson; al norte de Nueva York se armó Woodstock; el mundo todavía no salía de su asombro por el alunizaje del mes anterior, y los chicos llevaban la obsesión por el espacio exterior a nuevas dimensiones.
Mientras todo esto ocurría, en una casa de gente tan tana que era más fácil entenderla en dialecto que en castellano, un tipo quedó embobado por la hazaña de los tres Torino en las 84 Horas de Nürburgring. ¿Qué tan manija? Fue a la concesionaria al día siguiente de finalizada la prueba para llevarse ese auto de la carrera. Es obvio que los vendedores estaban preparados, pero el tano, al que llamaremos Rocco, decía que no: que quería el de la carrera. Había escuchado hablar de las prestaciones de los motores «esos con tres carburadores» y quería uno. El tano tuvo que armarse de paciencia hasta que en febrero o marzo del año siguiente le dieron el flamante Torino GS, con un succionador de petróleo por motor gracias a los benditos carburadores.
Rocco, feliz con su coupé sin parantes, baja los vidrios y decide probar la nave con una pisadita por Camino de Cintura, desde la Ruta 3 hasta la autopista Ricchieri. Serán pocos kilómetros, pero poco importa: no llegó porque rompió todo el motor. Más caliente que la tapa de cilindros de esa maravilla de la ingeniería automotriz, regresó a la concesionaria a puteada limpia. Y, si bien nadie entendía una palabra de lo que decía, los gestos bastaron para saber que no eran plegarias. El tano exigió explicaciones: no entendía cómo algo que corrió 84 horas no pudo recorrer nueve kilómetros. Un vendedor armado de paciencia y profundamente asombrado por la situación decidió sacar otro Torino y correr el riesgo: subió a Rocco en el lugar del conductor y le pidió que comenzara a acelerar. Primera, dele con ganas, acelere; segunda, genial, pise el acelerador, vamos; tercera, hermoso, cómo se siente en el pecho, ¿no? Cuarta. Cuarta. Don Rocco, pase a cuarta. Y Rocco estaba pálido.
Han pasado casi sesenta años desde aquella anécdota y todavía nos reímos, incluso los que no conocieron a Rocco, por la sencilla razón de que Rocco era un tipo muy gracioso para contar sus historias y no temía contar que no sabía que el Torino tenía caja de cuatro marchas. Detrás de su bigote y su panza, que ningún saco podía cerrar, asomaba un tipo que aprendió sin que nadie le enseñara. Y no sé si fue él o su hermano —mi abuelo— a quien le escuché por primera vez la frase de cabecera: la ignorancia es atrevida.
Ante la malaria generalizada de mi gremio, al menos tres personas, en distintos contextos y ocasiones, me preguntaron por qué no doy talleres. «¿De qué voy a dar?», es la primera respuesta que entrego, para mi propio fastidio: no hay peor entrevistado que aquel que responde con una pregunta. Es ahí cuando me sugieren que haga algo «de escritura». A veces, agregan un «pelotudo». Pero no estoy capacitado. Puede ser síndrome del impostor, puede ser ansiedad anticipatoria o tan solo una cabal muestra de autoconocimiento. No redacté novelas, no escribí cuentos, no tengo premios ni nominaciones.
Soy consciente de mis limitaciones y creo que es la primera clave para la supervivencia. Si un tipo que nunca subió a un entrepiso por escalera se manda a escalar el Aconcagua porque «si lo creés, es que podés», no podemos decir que lo mató la montaña: murió por pelotudo.
Son cosas que se aprenden de chico gracias a distintos ámbitos de aprendizaje: las figuras de autoridad (padres, docentes y otros adultos directos), los pares (amigos, compañeros) y la experiencia. Una madre puede decir: «Recién aprendés a andar en bicicleta; no podés saltar los escalones de la glorieta», y el chico puede hacerle caso o no. Los amigos del barrio pueden decir: «Che, es un tocazo; te podés pegar un palo», o alentar la idea. Y el pibe puede sentirse cohibido por el primer comentario o tomar cualquiera de las opciones como un desafío. Pero será en el preciso instante en que la rueda trasera toque el último escalón cuando el chico (supongamos que se llama Nicolás y tiene unos siete años) tome conciencia de que, en verdad, no estaba capacitado para el saltito, de que ignoraba la metodología o de que carecía de la fuerza física necesaria, o cualquier otra opción que llegue a cruzársele por la mente en la fracción de segundo que queda antes de que se estrole contra el pavimento, con el marco de la bicicleta enroscado en el fémur.
Pero la ignorancia tiene eso: es atrevida, ¿vio? «No sé» fue la frase prohibida de los periodistas durante mucho tiempo. Hoy hemos perdido el bastión y pareciera que está vedada para la población en general. Desconozco si es culpa de los influencers, que un día son expertos en ingeniería aeroespacial y al otro la tienen clarísima con la biodiversidad del fondo de la fosa de las Marianas; si es el deseo de generar contenido lo que lleva a hablar de cualquier cosa todo el tiempo, sin importar si sabemos, no sabemos o lo que sea.
¿Recuerdan cuando le cayeron con todo a Florencia Peña por decir, en pleno Mundial, que el padre de Messi había muerto? No tenía por qué saber que no se debe dar ese tipo de información en vivo. Pero a alguien le pareció una buena idea que estuviera en ese lugar de información, aunque no contara con la experiencia. Ella tampoco hizo demasiado para evitar exponerse: algo tan elemental como preguntarse a sí misma si le gustaría que alguien contara eso sobre su propia familia.
La ignorancia es atrevida y no combina con la valentía de forma positiva, aunque podamos confundirlas: la valentía ignorante es imprudencia. ¿Puede salir bien? Sí, claro, pero no deja de ser una ruleta rusa. Y, aun así, vivimos en tiempos en los que la ignorancia es tan atrevida que le gusta pasar por sabiduría en todos los temas. Las herramientas con las que contamos en la actualidad, como toda arma que cae en malas manos, pueden provocar que un idiota se convierta en un idiota potenciado.
Siempre me pregunté cómo podían existir personas que no supieran cuestiones básicas de cultura general cuando se cuenta con la mayor cantidad de información que la humanidad haya tenido a su disposición, y toda ella está a la distancia de un dedo apoyado en la pantalla de esa megacomputadora que llevamos en la mano. La ignorancia puede vivir, proliferar y expandirse en los lugares donde no habita su némesis: la curiosidad.
Hoy, en vez de tener miles de ventanas que se abren en un loop infinito de procrastinación, podemos pedir que nos hagan un speech sobre un tema en particular y tirarlo como si nada. La ignorancia es tan, pero tan atrevida que puede hacernos creer que nadie se dará cuenta. Uno puede escuchar una anécdota y contársela a otra persona con esa convicción trasladada que surge cuando decimos: «Mirá que el que me lo dijo es capo». O se puede tener una charla con Fantino y creer que uno está en condiciones de dar una clase magistral sobre la filosofía griega, la escuela estoica y las consecuencias de la guerra de Troya. Pifiar nombres es lo de menos; le puede pasar a cualquiera. Bueno, quince veces y con cara de certeza es mucho, pero puede pasar. Lo que es notable es decir con total seguridad que Odiseo la pasó mal por haber engañado a Filoctetes, que la victoria de Troya no sirvió y que nadie podía respetar a Odiseo. Es como repetir el episodio de no comprender “Monsters, Inc.”, pero en versión mitológica.
La ignorancia, por atrevida, puede llevarte a sobrar un asunto. No es la primera vez que el presidente queda mal por insistir en la decoración de un tema en el que sí se puede destacar, como lo es la economía. Tratemos de dimensionar que todo esto es un capítulo más de su prédica de «la moral como política de Estado», algo que ya habla de un nivel de conocimientos que no cualquiera se atreve a abordar. Pero la ignorancia no solo es atrevida, sino que puede hacer estragos cuando se combina con validaciones y aplausos postergados.
En esta era en la que una noticia queda vieja en quince minutos —y en el olvido tras media hora—, cualquiera que se haya ido a un retiro espiritual hace diez días se encontrará con el mundo dado vuelta: Flávio Bolsonaro pasó de casi presidente a asilado político en Estados Unidos; renunció el presidente de Paraguay, se lo rechazaron, lo destituyeron y lo encanaron; Israel podría cambiar de signo político, y en Estados Unidos los republicanos perdieron en las elecciones de medio término.
En noviembre de 2016 me aturdieron tanto, pero tanto, con lo que podría llegar a pasar con un mandato de Donald Trump recién electo, que me despaché con un texto que pretendía ser satírico. Pero el tiempo tiene esas cosas de hacer que todo delirio parezca un documental, vio.
Lo que nunca me había imaginado es que todo se diera vuelta: que aquellos que minimizábamos la llegada de Trump, amparados en los resortes institucionales centenarios de los Estados Unidos, termináramos en la incredulidad constante y que quienes decían tener mucho miedo hoy sean trumpistas. O trumpeters. O como se diga.
Obviamente, lo comprendo. Realmente entiendo el posicionamiento, porque saber dónde uno está permite tener algo de certeza en un mundo que, si algo tiene en abundancia, es la incertidumbre total, cada vez mayor y a una velocidad de aceleración que no sabemos dónde terminará. Y no da igual ponerse la camiseta de un club que dar clases de historia sobre él. En este país, en el que todos somos directores técnicos con el diario del lunes, uno dice que pertenece a la hinchada a favor de este gobierno y, de pronto, tiene que predicar el pack completo: a favor de Bolsonaro, de Netanyahu, de Trump, de Bukele, de cómo se pronuncie el de Colombia, de Abascal y frenar ahí. Zelenski ya se nos escapa, porque no hay espacio para procesar qué hacer cuando Trump firma un acuerdo comercial con Rusia en medio de la guerra.
El problema con acomodarnos a las etiquetas es que, al no conocer toda la película, podemos juzgar por un extracto. A veces sale bien; otras, podemos pifiar y, en muchas ocasiones, no reconocer qué es lo que tenemos delante. Con el antisemitismo de moda y en alza en todos los rincones de la civilización, que en Estados Unidos aumente el número de musulmanes en cargos públicos hace saltar la alarma, más aún con el 11-S como antecedente. Acá también tenemos musulmanes en el gobierno, tenemos a iraníes detrás del atentado internacional más grande de nuestra historia —aún sin justicia— y tenemos la segunda mezquita más grande dede Europa Occidental hacia aquí y la mayor de toda América, entre Alaska y Tierra del Fuego.
Quizá la diferencia se deba a que los nuestros son sunitas y los iraníes, chiítas. Y ese «quizá» es todo lo que puedo ofrecer, porque tampoco soy experto. Además, el tipo este de Michigan tiene una colección de videos que lo muestran como un gran orador, pero es de los que creen que al régimen teocrático y asesino de Irán solo puede cambiarlo «la democracia de su gente».
Después de lo que me pasó con aquel texto de 2016 sobre Trump, lo último que me atrevería a hacer es volver a restarle importancia a un fenómeno nuevo, porque no tengo la bola de cristal. En todo caso, sí me resulta más interesante discutir qué mierda ofrecen las plataformas políticas en todo el mundo para que, en el ranking de miedos, terminemos siempre en elecciones imprevistas.
Sigo la actualidad de Estados Unidos por necesidad artística: me gusta ver lo que pueden hacer los medios con presupuestos bien ejecutados. Pero el hecho de ver y consumir noticias como drogas desde hace décadas no me convierte en experto en nada, del mismo modo que tener gastritis no me convierte en gastroenterólogo. Así es que me sorprende ver a tantos especialistas en cómo el mundo se irá a la mierda por culpa de un mecánico de Green Feathers que se cansó de pagar la nafta más cara de toda la historia de su país y que solo quiere que le arreglen algo. Hasta podría colgarme, en un claro acto de evasión laboral, y filosofar sobre cómo es que cerca de un tercio de los norteamericanos ahora está preocupado por la corrupción, y pensar si realmente eso gravitó en una toma de decisiones o si solo alcanzó con que el costo de vida nunca deje de encarecerse.
Es como cuando veo que se tiran con el riesgo país de un lado al otro: los que acusan al Gobierno de hacer todo mal, y hasta no falta el retorcido que afirma que sube por una declaración de Máximo Kirchner, quien no es tomado en serio ni por su madre. Y eso último no es un chiste. Está bien, medio que es un regalo que el presidente todavía tenga en su cuenta el tuit del 16 de diciembre de 2018, cuando dijo esto: «Frente a la suba del riesgo país, los inútiles de Kambiemos dicen que sube por el temor a CFK. Por un lado, el riesgo sube porque el país tiene un endeudamiento explosivo que lo hace insolvente. Por otro lado, si CFK crece es porque los Kambiemos son unos incompetentes gobernando».
Por otro lado, es un poco fuerte que, tras vivir con un riesgo país mínimo de 1800 puntos y máximos cercanos a los tres mil, alguien del antiguo gobierno opine sobre la situación actual del índice de JP Morgan. Y freno ahí porque, básicamente, yo tampoco puedo explicar cómo funciona el riesgo país. Lo que sí me resulta simpático es que cualquier triunfo antiderecha en el mundo sea visto como una esperanza por nuestros partidos políticos tradicionales, en los que la renovación de sus líderes llega solo con la Parka.
Y pasa en las mejores familias que se cuelen informaciones que no sabemos cómo procesar ni cómo las procesan nuestros seres queridos. Pasa en las mejores familias y también en la mía, donde tengo que bancarme acusaciones de zurdaje por no casarme con Trump, quien tiene planteos de comercio internacional que Milei calificaría de proteccionismo socialista si no estuviera encandilado por el brillo del rostro del mandatario norteamericano.
Es la necesidad de posicionarse uno y posicionar al otro en un mundo en el que no sabemos bien cómo explicar lo que somos, pero sí a quién no queremos que nos vinculen. O sea, podemos decir que «estamos a favor de las ideas de la libertad» y dejarlo ahí, pero seguramente pondremos énfasis en no tener nada que ver con todo lo que nos genera rechazo. Ese es el argumento con el que se justifica la polarización en todo el mundo, y en parte es cierto, sobre todo para quienes necesitan identificarse porque la independencia de criterio es lava.
Ahí tengo una pregunta que nadie puede responder: ¿qué tan mal están las cosas para que siempre votemos con la pistola en la cabeza? Lo planteé unos textos atrás y sigue sin responderse, porque los ejemplos se multiplican. ¿Te parece un horror que un tipo como Milei haya llegado a la Presidencia? Era así en campaña, sí. ¿Qué tan mal estaba la mano para que a la mitad más uno de los votantes les pareciera la mejor opción en un balotaje? ¿Esos mismos nombres otra vez en danza? ¿Nunca una autocrítica sobre qué se propone y quién se presenta?
Lo mismo va para cada elección en la que vemos polarizaciones donde otros ven frenos. En Estados Unidos hay antisemitas por todos lados, a niveles en los que compiten la ignorancia más bruta y el odio más rancio, en ambos partidos, y cualquiera que siga el mundo podcastero lo sabe bien. ¿Qué había en juego para que ganaran un Mamdani en Nueva York antes o un Sayed en Michigan hoy? ¿Había una mejor propuesta para elegir? ¿Nadie arregló nada y cambiamos? ¿El miedo no alcanzó? ¿Faltó militancia? ¿Es realmente un cambio de caras? ¿Es la economía? ¿Son los estúpidos? ¿Es un complot o el mundo se ha vuelto suicida?
Si te digo que lo sé, te miento.
¿Cómo que esto tiene caja de cuarta?
P.D.: Qué bicho noble el Torino.
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Un comentario
Todavía siguen con el verso de los iranies y la testigo con memoria fotográfica en la AMIA?
Una mujer judia apareció colgada de un árbol en Mississippi. Suicidio dijeron todos menos los familiares y amigos, que creen que es un crimen de odio. El antisemitismo esta escalando a niveles demenciales
Ah no, era negra. Casi me preocupo