El arte de no ejercer el poder

Ahora que Alberto finalmente se puso los pantalones de Cristina parece que se viene una campaña electoral como esas que al kirchnerismo le ha dado tan buenos resultados en 2009, 2013, 2015 y 2017: a domesticar o morir. Pertenecer es fácil y difícil a la vez. Es como dijera un panelista político en 2013 al afirmar que “el peronismo es una cáscara vacía que solo cumple las órdenes de un general, o generala como ella prefiere que se diga”. Ella era Cristina Fernández y Alberto Ídem era el panelista. Y tenía razón. 

Hoy a nadie le importa ser peronista. Hay que estar a favor de lo que Cristina piensa y saber adaptarse a lo que pensará mañana. En ese parámetro Leandro Santoro y Cecilia Moreau son recontra cuadrazos mientras que Fernando Gray tiene que abulonarse a su cargo orgánico y legítimo en el PJ bonaerense porque al niní Máximo se le ocurrió que una buena forma de lograr que su agrupación logre un caudal de votos superior a sus integrantes es copar la estructura partidaria de una provincia en la que nació y a la que volvió recién hace cinco años. 

En este escenario cabe preguntarse en qué momento se ocupan de “los problemas de la gente” si se la pasan rosqueando o boludeando en la Quinta de Olivos a cualquier hora y sin las restricciones que nos cabe al resto. En lo que llevan de mandato solo hemos visto peleas internas-externas y paupérrimas gestiones de políticas. Uno puede ponerse comprensivo con que les tocó lidiar con un contexto internacional de mierda en materia sanitaria, pero ningún número refleja lo que nosotros padecemos a nivel económico, social, laboral o donde miremos. 

Alberto Ídem guardó en una media toda su prédica de añares sobre la independencia del Poder Judicial. Y no lo hizo de forma velada, sino que lo hizo en su discurso de informe del Estado ante la Asamblea Legislativa. Al día siguiente, la vicepresidenta de la Nación señaló con el dedo a los que la están juzgando y fue televisado por todos los medios. Una semana después Alberto mantiene una reunión con inversores a quienes intenta convencer de que en la Argentina se puede invertir. Veinticuatro horas más tarde ordena profundizar los controles sobre la cadena de precios mediante la auditoría de los inventarios de las empresas. ¿Lindo clima para invertir, no?

En medio de todo nos queda la gestión de la pandemia. Sí, ya sé que es fácil juzgar con el diario del lunes, pero nosotros siempre tuvimos el diario con tres meses de adelanto: sabíamos las pruebas y errores del norte y así y todo jugábamos a los campeones mundiales de la gestión de la pandemia. Lo curioso es que el Presi sí batió varios récords, además de ser el primer presidente peronista porteño de la historia. Es el primero en llegar a 80 puntos de imagen positiva a seis meses de iniciado su mandato. Y también es el primero en perder 40 puntos en los dos meses siguientes. Y fuera de los números –y si la memoria no me falla– se ha convertido en el campeón de lo contrafáctico: dice que hará algo, todos le avisan que se la va a dar en la pera, se la da en la pera y sale a decir que “si no hubiera hecho lo que hizo, habría sido peor”. Frase de cabecera, sea con la salud, lo que queda de la economía o lo que corno fuera. 

Como muestra basta un botón: el gran logro mostrado por el Poder Ejecutivo fue la renegociación de la deuda con los tenedores de bonos. Un fiasco que fue celebrado como Año Nuevo y que solo consiguió patear para más adelante los vencimientos mientras el déficit fiscal sigue perforando su propio piso con una tuneladora. Hoy a Guzmán le bajan el precio hasta los demócratas de Washington. 

En este contexto en el que ya no sabemos cuánto vale ningún producto, en el que aún se emite a mansalva para financiar al tesoro, en el que se necesitan 60 lucas para no caer bajo la línea de la pobreza, el ministro de Economía sale de gira con La Cámpora por el interior. Una recorrida por Mar del Plata, una visita a Entre Ríos, un picadito de fútbol, una vacuna con 36 años y sin comorbilidades. Y ni que hablar del resto de los colegas de Tincho: veinte ministerios, una jefatura de gabinete, 109 secretarías, 218 subsecretaríass y más de dos mil direcciones y coordinaciones. ¿Logros? 

Usted se preguntará qué estará craneando el oficialismo en la Cámara de Diputados para “solucionarle los problemas a la gente”: regalarle el PJ bonaerense a Máximo para que tenga la birome en el armado de listas. Todo lo que le importa a Máximo hoy. Al país le va perfecto, no pasa nada, está todo en orden y por ello depositan sus energías en rosquear políticamente y, si pueden, vacunar a algún pibe de 18 años para que pueda juntar likes en Instagram. 

Alberto, por su parte, se corrió finalmente del rol que no esperaba tener. Ya dijimos en este mismo lugar que en abril de 2019 pretendía la embajada argentina de Madrid y un mes después era candidato a presidente. Ahora vemos las consecuencias de tamaña irresponsabilidad de su parte. O sea: estuvo afuera de la primera liga de la política por más de una década, nunca tuvo territorio, no administró ni una plaza, la única vez que legisló fue en la lista de Cavallo y como Jefe de Gabinete se dedicó a cumplir órdenes. Salvo que nadie se haya dado cuenta del incoherente acto de suponer que Néstor Kirchner controlaba todos los resortes del Poder y, al mismo tiempo, Alberto era un tipo que ejercía su propio Poder. 

Era obvio el resultado: no puede designar un ministro. Peor aún, no puede conservar un ministro. No pudo -ni quiso- defender a la que presentó como su amiga de la universidad. 

Y ahí lo tenemos dedicado al fino arte de ceder las 24 horas los siete días de la semana. Y no crea que es fácil: debe resultar agotador estar todo el día abocado a la tarea de contener y contradecirse. Para cada medida de gestión que adopta hay una frase de Alberto chicaneando a algún otro presidente que la adoptó, sea Mauricio Macri o la mismísima Cristina Fernández. Todas, sin faltar a una sola, desde la política macroeconómica hasta la destrucción de cualquier resorte institucional que aún quede en pie para garantizar la impunidad de ya sabemos bien quiénes. 

Se encuentra tan corrido del ejercicio del poder que volvió a ser un comentarista de la política, pero como se encuentra en un cargo que no es para nada menor, eso lo lleva a tener que decir cosas que no resisten una sola sinapsis de alguien con el cerebro estrenado. Sin ir más lejos, ayer mismo dijo que, en la oposición, «cada dos por tres aparecen negacionistas» mientras que en el oficialismo está «la memoria». Una memoria tan selectiva que se le olvidó que él mismo inició su carrera de la mano de Assef y cuando renunció a su banca para irse de soldado de Néstor fue reemplazado por su compañera de lista Elena Cruz.

El motivo de su discurso era «sembrar amor» –sic– y por eso dijo lo que dijo de la oposición, que había sugerido que las provincias puedan gestionar sus propias compras de vacunas ante la evidente inoperancia de la Nación. Reconozco que es un exceso suponer que las provincias serán más eficientes, pero no por ello vamos a darles la posibilidad de competir en incompetencia con la Nación. En ese sentido, el Presi dijo que los de la oposición «quieren que compren las vacunas los que tienen plata». Y todo mientras el ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, Daniel Gollán, tuiteaba que acababan de vacunar al Indio Solari, un hombre que, como bien sabemos, se encuentra por debajo de la línea de la pobreza, al igual que Cristina, al igual que él, al igual que todos los chetos que acompañan a Axel en su revolución narniana.

Hace ya muchos años pedí desde este mismo sitio que la corrupción no nos tape el hecho de que gobernaban como el ojete. Vuelvo a repetirlo.

Lo que sí no dejará de sorprenderme nunca es ese grupo raro compuesto por personas que, desde la comodidad que les da estar lejos de la línea de pobreza, ya no les molesta tanto las violaciones a los derechos humanos y hasta redescubren el capitalismo para justificar que Alberto “no consigue vacunas porque hay exceso de demanda y poca oferta”. Tanto renegar del capitalismo durante tantos años y lo terminaron por entender como el orto. Y ni que hablar de esos que con títulos de abogado o en ciencias políticas juegan con el discursito para confundir democracia con república. Eso no es ignorancia, eso es de hijo de puta.

Tema para otro texto.

Domingo. Poder que no se ejerce, Poder que no tiene razón de ser.

 

 

PD: Antes de escribir estas líneas pensaba “qué final triste para un tipo con tamaña carrera”. Pero luego de repasar por arriba sus logros políticos, no se podía esperar otra cosa que un final gris para un tipo con una trayectoria gris. 

PD II: Ojo con Massa.

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