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El coso no me carga

El coso no me carga

La comprensión y la aceptación no son cosas que vayan de la mano. Pueden ir en paralelo, de vez en cuando, y cada tanto tocarse. Pero casi siempre es un milagro, un evento extraño, algo para celebrar. Digo esto porque, desde ya demasiado tiempo, la conversación social y política gira en torno a la imposición de creencias que, muchas veces, no entendemos pero aceptamos como verdades.

“Si no hacemos esto, somos Venezuela”, debe ser la frase más repetida desde que Venezuela se hizo pomada. Es una frase poderosa. Durante muchos, muchísimos años supuse que era una frase equivocada. Debo tener varios textos al respecto en los que despreciaba tal afirmación. Para eso me basaba en los antecedentes históricos, el devenir del siglo XX y hasta la conformación antropológica, cultural y social de Venezuela y de Argentina.

Hoy pienso que nadie tiene el futuro asegurado, y menos si lo basa en su pasado. Venezuela llegó a tener el PBI per cápita más alto de América Latina y fue la Tierra Prometida de todos los perseguidos políticos de las dictaduras de la región. Saber que hablamos de hace dos décadas y no de hace dos siglos, es preocupante.

Probablemente vuelva a cambiar de opinión en el futuro, que cada libro que leo abre una ventana nueva en mi cabeza. En los últimos años leí mucho sobre países que existieron por siglos y desaparecieron. Es un tema que siempre tuve en mi cabeza por culpa de haber sido escolarizado en la década de 1990, cuando los mapas con división política quedaban desactualizados de un mes al otro de la cantidad de países que aparecían o desaparecían. A lo largo de un puñado de mundiales de fútbol vimos cómo Yugoslavia daba paso a Croacia y Serbia y Montenegro, para luego convertirse en tantas selecciones que podrían conformar su propio fixture eliminatorio.

Como sea, terminé por volverme un adicto a la historia de países desaparecidos. Y no me refiero a la Roma occidental, que duró más de un milenio, ni al Antiguo Egipto, cuya duración duplica a los dos milenios que llevamos de historia después de Cristo. Hablo de gigantes como la República de Venecia, que extendió su duración por nueve siglos, o los miles de reinos, principados y ducados, con banderas, ejércitos y mandatarios que surgieron, se expandieron y murieron.

Alguna vez conté que mi abuelo nació en el desaparecido Reino de Italia. Su abuelo había nacido en el Reino de las Dos Sicilias. El padre de su abuelo, había llegado al mundo en el Reino de Napoli. Y todos nacieron en el mismo pueblo.

Los países, esas cosas que damos tan por sentadas como eternas, son una construcción tan humana que se vuelven demasiado frágiles.

Todo esto que relato viene a cuento de una información que vi al pasar esta semana y que tiene que ver con el primer libro que leí en la catarata de historia universal que encaré en los últimos diez años: el Presidente de la Nación y su entorno, han mencionado “Por qué fracasan los países” como libro de cabecera. Una obra publicada hace casi dos décadas por Daron Acemoglu y James Robinson en la que se hace mención a la historia de innumerables mitos de países fallidos y exitosos: que el clima, que la cultura, que la genética, que la ascendencia de su población trasplantada, que su ubicación geográfica. Todos y cada uno de ellos son desarmados con la facilidad de los datos, esa manía que tienen los científicos de hacerte mierda las creencias. Claro, si estudian, cualquiera puede.

Luego de hacer mierda cada mito, cierran la introducción –medio libro en el que aparece, obviamente, la Argentina– con el ejemplo número uno. Dos países con la misma cultura, la misma genética, el mismo origen ancestral, la misma geografía, el mismo clima. Uno es Corea del Norte, el otro, Corea del Sur. Chau mitos.

Como el libro tiene varios lustros en circulación, jódanse si les espoileo el final: los países que fracasan son aquellos con instituciones débiles.

Se imaginarán por qué me llamó la atención leer que Milei & Co. citaran a “Por qué fracasan los países”. No sé si lo leyeron entero y no les importó, o si tan sólo fueron derechito a los capítulos sobre economía, que también son bastante piolas. Menos cuando veo que el presidente comenzó a leer “Macroeconomía: una guía fácil” de Sturzenegger. El mayor problema del primer libro mencionado es que cada uno que quiera leerlo, puede llegar a retener lo que le conviene.

Típico de lo argentino, todo se improvisa, sobre la marcha, que si pasa, pasa. Hasta que comienzan las contradicciones por desconocimiento más que por guachada. Es un grave error suponer que un tipo dañino lo hace de pura maldad, cuando es más la frustración frente al desconocimiento lo que puede generar las peores medidas de gobierno, legislativas o judiciales. El camino al desastre siempre está asfaltado por burros con buenas intenciones.

Incluso a la hora de oponernos a algo que rechazamos, puede que adaptemos nuestros argumentos en función de quién tenemos del otro lado. Leopoldo Moreau, por ejemplo, arrojó la idea de que el gobierno exagera la percepción de la crisis económica y social. Con el relajo de saber que su Pyme familiar de cinco salarios en el Congreso no depende de los vaivenes económicos, Moreau pasó por alto que todos los días tira una pálida sobre la situación económica del país. ¿Turro o idiota? Un poco de esto, otro poco de aquello.

Lo peor es que esta clase de representantes de la inviabilidad económica son replicados por el contexto que se los permite. En medio de los cuestionamientos a la inconstitucionalidad de un Decreto, el Congreso reclama la presencia del Jefe de Gabinete. Los amigos del oficialismo lo piden, aunque sea, como un gesto de buena voluntad. La Constitución Nacional, esa que está tan de moda en las últimas semanas, dice que el Jefe de Gabinete es el “responsable político” del Poder Ejecutivo, la cara del Presidente ante el Poder Legislativo, el tipo que tiene que ir una vez al mes al Congreso durante las sesiones ordinarias. Y si bien no dice nada de las extraordinarias, va de suyo que el Jefe de Gabinete tiene que presentarse a defender un decreto que será refrendado por él. Es una normativa que dispone el Presidente y él no concurrirá, ¿quién sigue, según las normas?

Bueno, para la Casa Rosada “hay cosas más importantes para hacer que ir a responder preguntas”. Eso sí, aseguran que “está bien que haya” cuestionamientos y, por eso, “mandaron gente idónea a contestar”. Pero “el ministro de Economía y el Jefe de Gabinete tienen que seguir gestionando la crisis mientras se sientan a debatir”.

Sí fueron el ministro de Justicia, el de Interior, el secretario de Cultura y la ministra de Seguridad. Y acá entra otra contradicción: si Caputo no puede ir porque está gestionando la emergencia económica, ¿por qué sí puede concurrir Bullrich, que gestiona la otra emergencia que pide el Ejecutivo: la de seguridad? ¿Y por qué pudo ir el secretario de Energía, Eduardo Chirillo, si también se pide la emergencia en Energía?

Otro que fue solito –y no tiene ningún pedido de emergencia– es Mariano Cúneo Libarona, ministro de Justicia que quería ser integrante de la Corte cuando le fue presentado a Javier Milei. Otro de los temas de cuando el Presidente se encontró con el triunfo y la falta de cuadros para ocupar cada cargo, es que comenzaron a acercarle nombres para cada área. Cúneo Libarona le fue presentado por Alejandro Fantino, que entiende tanto de la administración de Justicia y de los resortes del Estado como yo puedo comprender de logaritmos avanzados. O logaritmos a secas.

Todos recordamos a Cúneo Libarona por ser sinónimo de los noventas, por inventar, prácticamente, el rol de abogado mediático. Lo que todos olvidamos es que fue abogado de Juan José Ribelli, el comisario que fue el enlace de la conexión local en el mayor atentado que haya vivido la República Argentina: la voladura de la AMIA. Y si bien es cierto que no corresponde vincular a los abogados con los clientes que defienden por trabajo, Cúneo llevó su compromiso laboral a niveles exorbitantes cuando terminó en cana un par de meses por amenazar con un video al entonces juez federal de la causa y por falso testimonio.

Nadie quiere vincular a los abogados con los clientes a los que representan, pero es muy difícil cuando otro socio del mismo estudio de los hermanos Libarona, Matías, es el abogado de Flavio Caputo, el hermano del actual ministro de Economía, en la causa en la que se investiga la contratación de la maderera del líder de Revolución Federal, los payasos que quedaron pegados cuando le pusieron una pistola en la cara a Cristina Fernández.

El ministro de Justicia tiene una pésima relación con Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz. Su ilusión era ir a la Corte Suprema. O sea: iba a la Corte pero porque odia a Rosatti y a Rosenkrantz. Y llegó a Milei por Fantino. Improvisación total, absurda. Lo que no pareció ser tan improvisado fue su reacción cuando se enteró de que en el proyecto de ley que supuestamente revisó antes de ser presentado, figura que la Oficina Anticorrupción y la Unidad de Información Financiera pueden constituirse como querellantes en causas de corrupción. Pidió modificarlo por Decreto, porque el Ejecutivo no está para investigar ni perseguir. Y eso que del ejecutivo dependen todas las fuerzas de seguridad federales.

Ahora dice que no, que la corrupción es un tema importantísimo. Pero la política de no perseguir y quitarle funciones a la OA y la UIF, sigue tan vigente como con Alberto Fernández.

El domingo 31 de diciembre, en una entrevista en Radio Rivadavia, Patricia Bullrich contó que debía coordinar su cartera con Defensa. Se le preguntó para qué, y contestó que “a fines de compras de material en cantidad”. Remarcó que solo para eso, para que no hubieran malos entendidos. Diez días más tarde, el ministro de Defensa da un discurso ante el Estado Mayor Conjunto y habló de usar a las Fuerzas Armadas para combatir al narcotráfico y al terrorismo. O para reforzar las fronteras. O para custodiar represas. Al pasar, mencionó el objetivo irrenunciable de recuperar las islas Malvinas. ¿Algún plan que debamos saber o no prepararon ni un discurso?

Incluso hay cuestiones que se pretenden instalar como jugadas políticas, pero que terminan por desnudar otra improvisación bañada de resentimiento. El Fondo Nacional de las Artes, por ejemplo, podría caer en esa jugada: cedemos esto a cambio de lo otro. Sin embargo, si raspamos para encontrar quién metió la idea en el Decreto, nos encontramos con una columna escrita por Arnold Sturzenegger en Infobae hace un año en el que relata su visión de inconsistencia en quitarle dinero a la cultura para devolvérsela a la cultura a través de la burocracia. ¿Pensaba esto Sturzenegger cuando su esposa fue asesora del FNA durante la gestión de Macri, lo pensaba antes o comenzó a pensarlo después de una salida complicada de su cónyuge?

¿Y Milei no lo sabía a la hora de firmar las designaciones y, además, el decreto? ¿Leyó la totalidad de lo firmado o hizo lo mismo que con el libro Por qué fracasan los países? ¿Por qué designó autoridades en un ente que puede ser cerrado sin necesidad de la presencia de un funcionario?

La respuesta es sencilla desde lo pragmático: lo que no le interesa, lo delega. Es más que loable y no soy sarcástico. Nada peor que un Presidente que pretende saber de todo. El tema es que, luego, se desentiende del asunto. Como también lo hace en materia internacional y por eso cita a países de los que no conoce su funcionamiento o apoya la modificación de países a condenar en base a los nombres que conocemos: Venezuela, Cuba, Nicaragua. Hay países con igual o peor desempeño en materia de participación política, otros con igual o peor desempeño en materia de derechos humanos y otros que financian al terrorismo, pero que ni figuran en nuestros intereses. Todo depende de si tenemos amigos allí o de si tienen mucha plata para comprarnos cosas. Plata mata derechos humanos y principios, siempre, siempre, siempre.

Por ahora, Milei parece que solo se arrepiente de haber elegido a Victoria Villarruel como su compañera de fórmula. La vicepresidente hace gala de su personalidad, organiza actividades protocolares mientras al presidente lo llevan de paseo para mostrarle cómo funciona el Estado, y hasta se da el lujo de compartir en sus propias redes notas sobre su persona hechas en base a declaraciones de sus propios allegados. Luego las borra. Quizá influyó un poco eso de que la perfilan como una persona capaz de reemplazar a Milei. Antes de que termine su mandato.

Y todo así, entre la improvisación, el dogmatismo y la hinchada. Lo que permitimos de uno, nos ofende de otro, porque son cosas distintas. Y claro que son cosas distintas, no es lo mismo imponer tributos por la fuerza que imponer tributos por la fuerza. Tampoco es igual pretender que el Congreso solo convalide lo que el presidente quiere que pretender que el Congreso se limite a convalidar lo que el presidente quiere.

De todos modos, es para destacar algo crucial: el propio FMI le pide al gobierno que pase sus reformas económicas al Congreso. ¿Por qué? Para que no se dé vuelta todo con un decreto de un futuro presidente. ¿Se entiende el valor de lo institucional, por más burros que sean sus integrantes?

Hay mil explicaciones para entender por qué un país se va al tacho. Pero todas coinciden en un punto primigenio: cuando se hicieron mierda sus instituciones. Cuando en un país todas las facciones enfrentadas coinciden en una sola cosa: que tener razón vale más que respetar las instituciones. Quizá sea algo a tener en cuenta, al menos desde lo discursivo. Las instituciones están hechas para que no tengamos que depender de la buena o mala voluntad del funcionario de turno. Y eso es algo a considerar en tiempos en los que todo está bien o mal si lo hace el que me cae bien o no.

 

Nicolás Lucca

 

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